El Campeonato Mundial de Fútbol recién terminado dejó para el análisis el protagonismo popular que definió y graduó la importancia de festejos y celebraciones a partir del espíritu malvinense argento, y condicionó el calendario político de las últimas semanas a partir de la victoria contra Inglaterra.
Los dos últimos partidos disputados por la Selección Argentina de fútbol incrementaron el entusiasmo colectivo y, al mismo tiempo, acrecentaron un nivel de politización que resultó incómodo para las autoridades.
La sábana hotelera con el grafiti ‘Las Malvinas son argentinas’ expuesta por los jugadores resultó un gesto político de muy difícil asimilación para los libertarios vernáculos. Y prologó unas palabras de Messi que, sin siquiera contener una crítica acabada y franca, golpearon al Gobierno donde más le duele. El capitán de la Selección, en una nota posterior con TyC Sports, que estaban “orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todo lo malo que nos toca pasar. Que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes o que la vive peleando.”
Interludio ideológico
Los libertarios, con la sensibilidad social como papel de lija gruesa que los caracteriza, procuraron que no hubiera símbolos o banderas alusivas a las Islas en la cancha. Pero la idea no fue coronada por el éxito pese a la intervención de la FIFA, el FBI, la Policía de Georgia y las delegaciones de la seguridad de ambos equipos. Y fue así que la imagen de los jugadores de la Selección agitando esa sábana de hotel con un texto pintado con aerosol negro recorrió el planeta.
El pensamiento libertario vernáculo también es lúgubre y con algunos aportes destacables, tanto de sus propios cuadros como de los compañeros de ruta, de los invitados, por decirlo así. En vísperas del partido con Inglaterra le tocó a la secretaria de Seguridad, Alejandra Monteoliva, salir al ruedo. Y procedió sin percatarse que ocupar un alto cargo en la administración libertaria vernácula y decir -habida cuenta de la horrorosa riqueza lingüística de Milei para insultar ‘urbi et orbi’- que los hinchas debían abstenerse de portar mensajes de odio, sonaría como una broma de mal gusto.
Pero hubo más. Monteoliva informó que estaba prohibido “el ingreso de elementos que tengan algún tipo de mensaje provocativo, ya sea de contenido político, racial o religioso”. O sea que rozó el absurdo, nivelando ideológicamente lo político, racial o religioso en ese contexto para meterlo todo en la categoría de potencial provocación. Y debió parar allí, pero cuando le preguntaron si la prohibición contemplaba las insignias de las islas, respondió que “no pueden entrar carteles, banderas o mensajes de ese tipo”, y que el reclamo de soberanía entra en la categoría de mensaje político. ¡Aleluya! Tal cosa fue, se sabe gracias a las palabras de Monteoliva, la sábana hotelera que agitaron los jugadores argentinos en el campo de juego, y por lo tanto (como todo vale para minimizar, o al menos disimular, lo político) derivó en una mera provocación.
El hecho disgustó a Milei, y mientras cientos de miles de argentinos festejaban en las calles e incluso replicaban la consigna malvinera, desaconsejó “caer en slogans berretas, populistas, nacionalistas, rancios”. Si tuviera más carnadura política, en vez de continuar con la línea trazada desde que en su momento manifestara admiración por Thatcher y reivindicara la audeterminación de los kelpers, hubiera recordado a Perón, a quien se le atribuye la sentencia sarmientina de que “se vuelve de cualquier sitio menos del ridículo”, y hubiera reprimido su incontinencia verbal.
Del humor sorprendente
Pero Milei insistió, y dijo que las islas se recuperan con “diplomacia sabia y no con gestos de patrioterismo barato, berreta”. También aseguró que “eso muestra lo imprudente del actuar de personas que podrían tener responsabilidades serias en esto”. Y no conforme prosiguió: “afortunadamente, digamos, esas frases impertinentes e impropias que podrían estar generando ruidos corresponden a personas intrascendentes y que nadie le da importancia y nadie los considera seriamente, tengan o no tengan cargos relevantes”.
Pocas horas después, ante el desborde popular por el pase a la final dejando en el camino a la Selección inglesa, y más allá de la sábana hotelera, Milei reculó y dijo: “es un sentimiento que está dentro de todos los argentinos y es perfectamente válido y lícito que los jugadores se quieran expresar y lo hagan”.
Seguidamente, otra vez les bajó el precio, y destacó los presuntos logros diplomáticos de su gestión para recuperar las Islas, mientras llegaban noticias de que la administración Trump reivindicaba el derecho de los jugadores argentinos a mostrar la sábana hotelera con la consigna de la discordia.
El Gobierno enfrentaba una feroz contradicción, ciertamente, porque la administración Trump -además- desestimó cualquier sanción para los jugadores díscolos. Y fue Andrew Giuliani -el director ejecutivo del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca para el Mundial- quien decidió clausurar el camino del retorno desde el ridículo, y desechando la percepción de Monteoliva -que había visto en la sábana hotelera un mensaje de odio- manifestó: “creemos en nuestros derechos de la Primera Enmienda […], y en cuanto a la capacidad y la oportunidad de poder hacer esas declaraciones, tienen la capacidad de hacerlo en los Estados Unidos de América.”
El turno del vocero
Todavía faltaban 48 horas para la final con España, pero Adrián Ravier, flamante vocero presidencial, economista pampeano, miembro de la Sociedad Mont Pelerin fundada en 1947 por Hayek y Friedman, académico asociado al libertario Instituto Cato con sede en Washington y ex diputado nacional, tomó la palabra.
Primero dijo que el Gobierno no coincide con quienes consideran que “la gente no llega a fin de mes”, e inspirado en las imágenes de algunas tribunas repletas de hinchas argentinos (una mínima minoría de la población), y en un intento de forzar las palabras de Messi, agregó: “no dudo de que haya gente que no llega a fin de mes, pero decirlo en general da la sensación de que todos están en la misma realidad.”
El vocero presidencial también aseguró que tienen “datos para mostrar que la pobreza e indigencia vienen cayendo (porque) un país que baja la inflación genera salida de la pobreza”. Muy discutible el dato, especialmente si en paralelo se reconoce que a la clase media el ingreso “le rinde menos” por el aumento de tarifas que promovió la gestión de Milei. Y si lo anterior es discutible, la insistencia en argumentos conocidos con resultados (como en el caso de los “incentivos de inversión”) inciertos, es más que discutible: “Fíjense el rol ingrato de este Gobierno (sic) aumentando el precio del combustible, del gas, la telefonía, pero todo eso había que hacerlo para generar incentivos de inversión”.
Si algo quedó claro de las primeras declaraciones e intervenciones públicas del vocero fue, además, qué piensa de la Argentina. Cuando comenzaban a llegar, merced a la difusión global de la sábana con la consigna malvinera en el campo de juego, noticias referidas a la probable reapertura de las negociaciones con Inglaterra por la soberanía de las islas, el gobierno libertario pareció tomar nota del asunto. Pero el vocero apeló a un matiz ideológico lamentable y escribió en X: “Siendo un país bananero, nunca vamos a recuperar las Malvinas. Si logramos que la Argentina sea grande nuevamente, próspera y respetada, nuestras posibilidades de avanzar en el reclamo de soberanía serán mucho mayores. La única vía es la diplomática, y el respaldo internacional es clave”.
Bien entendidas sus palabras, y como el gerundio del verbo “ser” no lo disimula, se deduce que para el vocero presidencial la Argentina no es subdesarrollada, o dependiente, o apenas emergente, etc. Es un país que continúa sobrellevando toda la carga despectiva del término “bananero”, aunque en la actualidad los mayores productores de bananos sean potencias como China e India, y potencias emergentes como Brasil. En definitiva, el vocero presidencial utiliza un lenguaje anacrónico que complica innecesariamente la comunicación oficial del Gobierno.
La reacción fue inmediata, y dado que indujo al vocero a comprender que se había mandado un moco, aclaró lo de siempre: que no había dicho lo que dijo, que había sido malinterpretado por los medios con “mala fe”, que la culpa la monopoliza el kirchnerismo por todo lo que hizo para convertir a la Argentina en un país bananero, que sus palabras debían leerse como un condicional, etc.
La derrota y el laberinto
Comprender lo que ocurría en las calles, sobre todo luego de ganar a Inglaterra y perder la final, con grandes movilizaciones que animaban el enlace simbólico de ideologías, clases y generaciones, debió ser prioritario para el Gobierno. En cada partido de la Selección la comunidad nacional veía, una vez más, lo que reivindica de manera absolutamente inclusiva, y va desde la soberanía hasta la justicia social, la educación y la salud públicas, el reconocimiento del esfuerzo o el culto de la amistad. En definitiva, esas multitudes heterogéneas demandaban, utilizando la imagen emblemática de la camiseta de la Selección, una vida mejor. Pero el Gobierno no lo vio. Y cuando decidió planear algo para celebrar el regreso del plantel, cometió una gaffegrosera porque fue impreciso. Con la intención de enancarse por mero oportunismo en la masiva adhesión suscitada por el plantel mundialista, Milei anunció que declararía un asueto el día del regreso.
Y como todo venía sucediendo a destiempo, apenas sonara el silbato final del partido con España el Presidente argentino difundió en las redes dos mensajes. El primero fue de agradecimiento: “¡¡¡Muchas gracias Jugadores!!! Hasta el final con las botas puestas. Argentina, siempre en lo alto”. El segundo contiene la proyección de su propia inquietud y un traslado de la responsabilidad llamativo, que recuerda el pasaje bíblico con alguien que se lava las manos: “dada la inquietud sobre los festejos por el logro alcanzado por la Selección Argentina, comunico a la población que, en función de lo que decidan los Jugadores y el Cuerpo Técnico respecto al día para celebrar, el mismo será declarado feriado nacional.”
Pero el feriado quedó latente, como tantas cosas. Y abundaron las teorías conspirativas respecto de la derrota, demostrando que los usuarios de las redes se han convertido en eximios hermeneutas de gestos políticos apenas perceptibles, o en divulgadores de grandes confabulaciones que están a la vista de cualquiera.
El equipo jugó para atrás, por ejemplo, porque amenazaron a la conducción de la AFA con ir a la cárcel, y de muerte a los jugadores y familiares. Lo probaría el largo abrazo de Messi con el “Chiqui” Tapia, al momento de recibir la medalla. También operó la masonería, en connivencia con los ingleses y para vengarse de la insolencia argenta que, no conforme con el triunfo, desplegó una pancarta subversiva. Y abundaron quienes plantearon que habría que buscar la clave en cómo andaban los números de las grandes empresas de apuestas y plataformas de predicción, que en el Mundial 2026 movieron unos 50.000 millones de dólares.
Todas estas cuestiones, más los partidos en sí mismos, serán motivo de largas conversaciones. Y también serán hablados los encuentros, festejos, concentraciones y bailes callejeros hasta la madrugada, fraguando a fuego lento una identidad trascendente. El campeonato mundial es el summum de la pasión futbolera, pero también manifiesta una potencialidad popular de la cual la política debe hacerse cargo.
Por estos días escribió Marcelo Bielsa que durante el desarrollo de la copa se hizo visible “la argentinidad, ese momento en el que hacemos algo juntos por lo que tenemos en común”.
La argentinidad en el fútbol “es Malvinas y es el Diego, los pibes que murieron y la última de Lio”, agregó el ex canciller, y tras una serie de consideraciones propuso una definición: “Ahora, transcurrida la final, nos sentimos orgullosos y doloridos. Ni la paciencia ni la sobriedad son nuestros ritos domésticos; somos impuros, indómitos, arbitrarios, nostálgicos. No somos queribles, no somos odiosos ni lo queremos ser: somos argentinos.”