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Messi les ganó a los ingleses y a Milei (y por eso lo atacan)

Después de la victoria sobre Inglaterra y de la aparición de la bandera “Las Malvinas son argentinas”, una controversia deportiva se transformó en una impugnación de Lionel Messi, de la Selección y, finalmente, de la sociedad argentina. Medios británicos de enorme alcance, dirigentes políticos, cuentas automatizadas y usuarios particulares convergieron en una ofensiva que desbordó rápidamente el fútbol. El objetivo era destruir las piezas básicas del poder blando de la Argentina en el mundo. ¿Lo lograron?

La expresión tiene reminiscencias espantosas y queda descartada: “campaña antiargentina” llamaba la dictadura a la solidaridad internacional con las víctimas de la masacre y al reclamo de libertades y democracia.

Pero después de la final con España, y sobre todo después de la victoria de la Selección contra Inglaterra, agresiones violentas en las redes hubo.

Es verdad que participó gente como el exministro de Economía griego Yanis Varoufakis, al parecer incapaz de distinguir que el genocidio en Gaza no es una causa popular en la Argentina, aunque Milei esté alineado con Benjamín Netanyahu.

En esta misma edición, Diego Llumá analiza las zonceras internacionales. Podría aplicárseles la Fórmula Messi de Resolución de Controversias: “Andá-pashá-bobo”.

Sin embargo, importa más señalar que los bobos sueltos se sumaron, sin saberlo, a una virulencia concentrada en plataformas. María Fernanda Ruiz lo describe muy bien en una nota que merece verse y leerse en todos sus detalles y matices.

La distinción es simple:

  • Del lado argentino, los posteos en redes que incluyeron la imagen de la bandera “Las Malvinas son argentinas” fueron superiores en cantidad, pero espontáneos. Una suma de individualidades.
  • Del otro lado, los posteos fueron menores en cantidad pero intensos y violentos.

¿El otro lado es un país? ¿Un servicio de inteligencia? ¿El Reino Unido, que quiere debilitar a la Argentina todavía más que la fragilidad que causa Su Excelencia? ¿Algún sector tecnofinanciero para ganar más espacio de negocios y poder del que ya detenta gracias a Luis Toto Caputo, Pablo Quirno, Federico Sturzenegger y Su Excelencia? ¿O una conjunción de circunstancias y actores que todavía llevará tiempo desbrozar?

Mariano González Lacroix, especialista en defensa y conflictos internacionales, escribió en el sitio Zona Militar que el mecanismo debía analizarse como un caso de guerra cognitiva. Su argumento no fue que cada crítica proviniera de una central secreta, sino que un incidente deportivo había sido utilizado para instalar una narrativa internacional de desprestigio contra Messi, la Selección y el país.

Influencia concentrada

La reacción británica no quedó limitada al Gobierno. Piers Morgan, conductor y comentarista con ocho millones de seguidores, describió a los jugadores argentinos como “imbéciles sin clase” y deseó que España los derrotara en la final de la misma forma en que el Reino Unido había derrotado a la Argentina en la guerra de Malvinas. El mensaje eliminaba cualquier separación entre deporte y conflicto militar.

Al mismo tiempo, el masivo programa británico talkSPORT presentó el recorrido argentino como una combinación de favoritismo de la FIFA, polémicas arbitrales y provocación por Malvinas. The Sun, antes un tabloide popular y hoy también una plataforma multimediática, utilizó palabras como “desvergonzados”, “vergonzosos” y “cobardes”. Los dos medios pertenecen a News UK, que integra el conglomerado News Corp de la familia Murdoch. Morgan ya no es empleado directo del grupo, pero conserva vínculos comerciales y colaboraciones con The Sun.

La concentración importa. No demuestra por sí misma una orden centralizada, pero explica cómo mensajes semejantes, difundidos en una ventana de pocas horas por plataformas con millones de seguidores, pueden adquirir la apariencia de una reacción espontánea y universal.

El dato fundamental es el desplazamiento. Una falta de Paredes, una discusión posterior al partido o una reacción antipática dejaron de juzgarse como conductas individuales. Pasaron a funcionar como pruebas de un supuesto carácter nacional: los argentinos serían tramposos, violentos, racistas, soberbios y malos perdedores.

El mayor poder blando argentino

En estos días de alboroto en redes apareció una expresión: poder blando. No es nueva en política internacional y es una traducción de soft power. Un concepto que no inventó, pero sí elaboró largamente el politólogo estadounidense Joseph S. Nye. Fallecido en 2025, Joe Nye, como era conocido en el ambiente de los geopolitólogos, fue en 1993 y 1994 titular del Consejo Nacional de Inteligencia, que coordina las evaluaciones de inteligencia para el entonces presidente Bill Clinton, a quien también asistió como subsecretario de Defensa para Asuntos de Seguridad Internacional. Nye definió el soft power como “the ability to get what you want through attraction rather than coercion or payments”, es decir, “la capacidad de obtener lo que se quiere mediante la atracción, en lugar de la coerción o los pagos”. La definición aparece en el prefacio de Soft Power: The Means to Success in World Politics, publicado por PublicAffairs en 2004. Para Nye, ese poder surge principalmente del atractivo de la cultura, los valores políticos y las políticas de un país. El experto ya había introducido el concepto en un famoso libro de 1990, Bound to Lead: The Changing Nature of American Power. Nueva York: Basic Books.

En ese primer libro explicó que un país dispone de una forma de poder distinta de la fuerza militar y de los incentivos económicos: la capacidad de lograr que otros deseen los mismos resultados gracias a su prestigio y atractivo.

Nye llamó soft power a la capacidad de influir mediante la atracción, el prestigio y la legitimidad, en lugar de hacerlo exclusivamente mediante la fuerza militar o el poder económico. No se trata de obligar ni de comprar adhesiones. Se trata de conseguir que otros miren favorablemente a un país, a su cultura y a sus valores. Hollywood es una forma de soft power, por ejemplo.

La Argentina posee distintas fuentes de ese poder: la literatura, el tango, el cine, la educación pública, la tradición científica, los premios Nobel y una imagen histórica de país capaz de recibir e integrar inmigrantes. Los que nutren el soft power pueden ser nombres conocidos en algunos países o regiones. Jorge Luis Borges en Europa. O Astor Piazzolla. El tango, en todo lugar. Hoy, Lali en América Latina. O María Becerra entre los vecinos y en España. A una escala minoritaria pero que no deja de ser influyente, el polo argentino en el Reino Unido. Son señas de identidad automáticas, que facilitan el camino de la presentación en sociedad y pueden abrir puertas para la diplomacia, las exportaciones y los votos en la Asamblea General de la ONU.

Ninguna de esas formas, sin embargo, tiene hoy el alcance inmediato y masivo del fútbol.

Que no se frustre el ego de Su Excelencia el Presidente. Para centenares de millones de personas en el mundo, la primera asociación con la Argentina no es la inflación, la deuda externa ni Javier Milei. Es una camiseta celeste y blanca. Es Maradona. Es Messi.

Maradona representó la épica, el desborde, la revancha social y la victoria contra los poderosos. Sigue siendo un símbolo en todo el mundo, y ni hablar de Nápoles y del sur de Italia, donde directamente es una deidad que compite con San Genaro.

Messi produjo otro tipo de identificación: talento, persistencia, modestia y reparación. Durante años fue presentado como un genio distante de la Argentina. Después atravesó derrotas, renunció a la Selección, volvió y condujo el ciclo que terminó con la Copa América y el Mundial de 2022.

Esa trayectoria lo convirtió en algo más que un deportista famoso. Messi vuelve querible a la Argentina. Su nombre abre puertas antes de que la política exterior argentina las cierre. No necesita pronunciar un discurso oficial ni vender deliberadamente una marca país. Su influencia funciona precisamente porque no parece propaganda.

El fútbol es, en ese sentido, el mayor poder blando de la Argentina porque combina alcance global, continuidad histórica, identificación popular y capacidad emocional. Un reactor nuclear, un satélite o una novela pueden generar prestigio. Un partido de la Selección reúne simultáneamente a personas de Asia, África, Europa y América que conocen los colores argentinos, cantan sus canciones, como en Bangladesh, o siguen a sus jugadores cuando ven la Champions en la tele.

Messi también fortalece la autoestima colectiva sin necesidad de construir un enemigo. En su mejor versión, no engrandece a la Argentina contra los demás. La integra a una admiración universal.

Por eso, deteriorar a Messi, o a la Selección de Messi, tiene un valor que excede cualquier rivalidad futbolística.

Le podría quitar a la Argentina un instrumento de influencia positiva y automática. No fragilizaría solo a un gobierno como el libertario, que despliega una política antitética a cualquier cosa que huela a soberanía. En caso de resultar efectivo, el ataque a ese soft power haría más vulnerable a un país que, de ese modo, cuando decida reconstruirse tendrá una herramienta menos.

Cómo se destruye un símbolo

Destruir a Messi no significa terminar con su carrera ni conseguir que el público deje de reconocer su talento. Significa modificar el marco desde el cual se interpreta su figura.

La operación consiste en reemplazar unas asociaciones por otras. Donde había mérito, instalar privilegio. Donde había humildad, colocar simulación. Donde había perseverancia, presentar obsesión por recibir favores. Donde había admiración por la Selección, construir sospecha sobre los árbitros y la FIFA.

La acusación de favoritismo cumple una función decisiva. Permite sostener que Messi y la Selección no obtuvieron sus logros porque fueron mejores, sino porque alguien organizó el escenario para que ganaran. Si esa idea se consolida, cada penal, cada decisión arbitral y cada gesto se convierten retroactivamente en una pieza de la misma trama.

La siguiente etapa consiste en trasladar la sospecha desde Messi hacia sus compañeros. La Selección deja de ser un equipo competitivo y se convierte en una organización protegida, provocadora y violenta. Una especie de mafia. Finalmente, la caracterización se proyecta sobre el país entero. La Argentina ya no sería la sociedad que produjo a Messi, sino el lugar culturalmente defectuoso que explica sus supuestos privilegios.

González Lacroix define ese procedimiento como la construcción de una “imagen enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar a un actor mediante mensajes emocionales hasta reducir su legitimidad ante las audiencias. Su análisis considera que Messi es el principal activo de poder blando argentino y que convertirlo en símbolo de trampa y arrogancia implica un daño estratégico, no únicamente deportivo.

El resultado puede ser coordinado en sus efectos, aunque no exista un único director de orquesta. En el artículo publicado por La Prensa sobre las nuevas amenazas al poder nacional, Gabriel Camilli, un coronel mayor ya retirado, también cita a Nye e introduce una idea sobre cómo se libran en el mundo actual las guerras cognitivas: “La ausencia de una atribución definitiva no vuelve irrelevante el fenómeno. Por el contrario, permite comprender una característica central de la conflictividad contemporánea: las campañas de influencia ya no necesitan presentarse como operaciones centralizadas, uniformadas y fácilmente reconocibles. Pueden surgir de la convergencia entre actores políticos, intereses económicos, medios de comunicación, activistas, usuarios particulares, redes automatizadas y algoritmos capaces de premiar los contenidos más agresivos”. Y agrega Camilli: “No siempre existe un único director de orquesta. A veces basta con introducir una narrativa eficaz para que miles de voluntades distintas la reproduzcan por razones diferentes”.

Un poder que el Estado no sabe proteger

La Argentina suele pensar el poder en términos de dólares, armas, recursos naturales o relaciones diplomáticas. Todo eso importa. Pero una nación también adquiere influencia cuando millones de personas se identifican con sus símbolos, admiran a sus figuras y están dispuestas a escuchar su historia.

Messi consiguió algo que ningún gobierno argentino podría comprar. En países que apenas conocen nuestra política, su figura produjo simpatía hacia la Argentina. La camiseta nacional se volvió familiar en barrios de Asia, África, Europa y América. Los chicos aprendieron primero el nombre de Messi y después el del país.

Ese capital no fue construido por una campaña oficial. Surgió del fútbol, del talento, de la persistencia y de una relación emocional entre el jugador y públicos culturalmente muy diferentes. Por eso es tan valioso y también tan difícil de reemplazar.

La bandera de Malvinas agregó una dimensión política a ese poder. No convirtió a Messi y a sus compañeros en funcionarios. Tampoco significa que cada futbolista deba actuar como un diplomático. Pero durante unos segundos la causa argentina, a través de la diplomacia pública y popular de los jugadores, llegó a una audiencia que ninguna Cancillería habría podido alcanzar mediante sus recursos habituales.

El mensaje era especialmente incómodo para el Reino Unido. La controversia dejaba de circular únicamente en las Naciones Unidas, en documentos diplomáticos o en actos conmemorativos. Entraba en el espectáculo global más importante del momento, transportada por una Selección admirada y por el futbolista más reconocido de su generación.

Aquí aparece también la responsabilidad del Estado argentino. Un gobierno que comprendiera el valor de su poder blando habría respaldado claramente a la Selección y aprovechado la visibilidad para reafirmar el reclamo de soberanía. El gobierno de Javier Milei reaccionó inicialmente con incomodidad y corrigió parcialmente su posición cuando comprobó que la bandera tenía un apoyo social abrumador.

Milei pretende presentarse como defensor de la argentinidad después de haber adoptado una política exterior concesiva con el Reino Unido, de alineamiento automático con los Estados Unidos e Israel y de debilitamiento de capacidades industriales, científicas, tecnológicas y defensivas que forman parte de la soberanía efectiva.

Aunque surgido de las botas y no de los votos, ya lo hizo Leopoldo Fortunato Galtieri en 1982. Pero hoy, sabiamente, la sociedad argentina recuerda a los caídos, y especialmente a los chicos que hacían la colimba, mientras que no reivindica la dictadura y, menos aún, inscribe a Galtieri entre los patriotas de la historia.

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