El financiamiento masivo de la Inteligencia Artificial y el endeudamiento corporativo están impulsando la volatilidad económica actual, superando incluso la influencia de las deudas públicas.
Los mercados se mueven con vínculos entre diferentes elementos que no siempre son evidentes hasta que se rompen.
En Wall Street los bonos del gobierno norteamericano esta semana acusaron un aumento de la tasa de interés. No fueron los únicos. Los rendimientos de los bonos soberanos llegaron a máximos que hacía lustros no se tocaban en Francia, Alemania, el Reino Unido y Japón. El rendimiento del bono gubernamental norteamericano a 30 años, que se mueve en sentido contrario al precio -como es propio de los bonos-, alcanzó brevemente el 5,34% el martes, el nivel más alto desde 2007.
Además de aumentar los costos de endeudamiento del gobierno, los mayores rendimientos de los bonos a largo plazo, como primer impacto, encarecen las hipotecas y los préstamos para automóviles en los países del G-7. El Nueva York Times el martes 18 de agosto advertía que “abordar la asequibilidad es más urgente que abordar la deuda. El aumento de la financiación a plazos se produce en un momento en que muchos hogares recurren cada vez más al endeudamiento para cubrir sus gastos diarios.
El pago de intereses -para poder cubrir las necesidades básicas- incrementa el costo de la vida, que ya venía en alza debido al aumento de los gastos médicos, de vivienda y de combustible. Para muchos deudores, los préstamos se han convertido en su única opción: la mitad de quienes los utilizan afirmaron que de otro modo no podrían llegar a fin de mes”. Desde los más que prósperos norteamericanos hasta los muy pobres argentinos están contra las cuerdas por el endeudamiento. Los gringos, con sentido práctico, abogan por más ingresos.
Muchas explicaciones se centran en recalcar que los inversores se muestran más reacios a prestarles dinero a los gobiernos mediante la compra de bonos por temor a que la deuda pública, impulsada por el envejecimiento de la población y la falta de voluntad política, entre en default. El déficit fiscal que corre sería el gran problema e imparable la tentación del gobierno de reducir la deuda dándole manija a la inflación.
Es para considerar que, por un lado, los gobiernos no pueden defaultear en su propia moneda, porque son poseedores de la imprenta que hace billetes. Salvo el episodio extravagante del gobierno de Cambiemos, no se conocen gobiernos que hayan incurrido en semejante innecesaria estupidez de defaultear en su propia moneda.
Por el otro, que el déficit norteamericano se debe a los recortes impositivos de Trump. No es nada estructural. Y esto se manifiesta en que el precio de los credit default swaps (CDS) a cinco años, un seguro que toman los inversores contra el incumplimiento soberano de los Estados Unidos, prácticamente no se movió.
El miércoles la deuda pública norteamericana neta en manos privadas alcanzó al 100 por ciento del PIB. Los que siempre ponen el grito en el cielo hicieron sentir su queja, que -gran paradoja- no tiene ningún fundamento atendible, salvo los prejuicios. Para que no cunda el prejuicioso pánico, el Tesoro norteamericano el mismo día informó que intensificaría sus planes de recompra de deuda pública, lo que provocó una fuerte caída en los rendimientos de los bonos un día después de que los rendimientos de los bonos a 30 años alcanzaran su nivel más alto en 19 años.
Los inversores preocupados por la inflación estaban vendiendo bonos. La decisión del Tesoro de aumentar las recompras «al menos al doble» este trimestre se interpretó como la reacción del secretario del Tesoro, Scott Bessent, a los recientes altos rendimientos, que impulsan el costo no solo del endeudamiento público, sino también de las hipotecas y otros préstamos al consumo. La reacción favorable del mercado fue rápida, aunque la sospecha es que esto no vaya más allá de las elecciones legislativas de noviembre.
Es verdad que los inversores están preocupados porque el alto el fuego de 60 días con Irán expiró sin un acuerdo de paz duradero, lo que amenaza con un aumento en los precios del petróleo que reactivaría la inflación. Por esas casualidades de la vida, el yen barato podrá ayudar. La newsletter GZERO da cuenta de que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos han instado a Japón a multiplicar por diez su capacidad de almacenamiento, que actualmente ronda los 8 millones de barriles, y, según se informa, mantienen conversaciones similares con Corea del Sur.
En la actualidad, gran parte del petróleo del Golfo se almacena localmente, lo que deja a los exportadores vulnerables a los conflictos regionales y al cierre continuo del Estrecho de Ormuz. Japón tiene una larga trayectoria almacenando petróleo de propiedad extranjera tras la disminución del consumo interno en la década de 2000, lo que le ha permitido disponer de instalaciones de almacenamiento con capacidad sobrante para arrendar a otros productores.
El verdadero impulso
En definitiva, lo que está impulsando la tasa de interés está en los bonos privados, no en los públicos. Es la junta del hambre con las ganas de comer de los gigantes tecnológicos que están inundando el mercado con bonos corporativos para financiar el desarrollo de la inteligencia artificial.
Los fondos de pensiones, que tradicionalmente absorbían la deuda pública, se están retirando de esta clase de activos. Y los inversores privados en bonos, sensibles a los precios, están reemplazando a los compradores gubernamentales.
Las acciones de las empresas de chips sufrieron fuertes caídas el martes en los Estados Unidos y el miércoles en Asia, a medida que los inversores comienzan a preocuparse por las perspectivas de crecimiento del sector si se ralentiza el desenfrenado gasto en inteligencia artificial impulsado por la deuda.
El miércoles, los medios especializados informaban que el S&P 500 acumulaba tres días consecutivos de pérdidas en medio de la incertidumbre generada por la deuda. Esa racha negativa se revirtió tras el anuncio del Tesoro de medidas para apuntalar el mercado de bonos.
Relacionada con el vaivén de la IA está el alza del 9% este año del índice de referencia europeo, el Stoxx 600, ligeramente por debajo del aumento del 12% del S&P 500.
BlackRock informó que en julio ingresaron 4.400 millones de dólares a sus ETF europeos, debido a la salida de capital de las volátiles acciones de semiconductores. BNP Paribas, haciendo de la necesidad virtud, especificó que, si bien las empresas europeas quizás no lideren el desarrollo de la IA, podrían beneficiarse de su uso.
A pesar de los temores de que el aumento de los precios de la energía perjudique la economía del continente, la industria europea está en auge. Las empresas europeas están en camino de registrar uno de los mayores crecimientos de beneficios trimestrales de los últimos años en el segundo trimestre.
A todo esto, la IA ha generado un problema político importante en los Estados Unidos, que de momento está en barbecho en la periferia. Una encuesta de Gallup constata que alrededor de tres cuartas partes de los estadounidenses no confían en que las empresas utilicen la IA de forma responsable. Más del 70 por ciento se opone a la construcción de centros de datos en su zona por temor a la inflación del agua y la electricidad. Pensilvania se convirtió en el último estado en restringir el desarrollo de centros de datos. El 80 por ciento desconfía de la IA para el asesoramiento médico y las decisiones de contratación corporativa. El Wall Street Journal narra la “frenética carrera de las grandes tecnológicas para sofocar la creciente reacción en contra de la IA” en la que las empresas tecnológicas “están organizando sesiones informativas, ofreciendo empleos garantizados y realizando grandes donaciones para ganarse el apoyo público a los centros de datos que necesitan”.
Atención a Japón
Hace tres semanas el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, ordenó comprar yenes con euros para frenar la devaluación de la moneda japonesa. Los europeos se enteraron cuando la operación estaba en curso. El rudo Bessent no tuvo la deferencia de avisarles. Las compras oficiales norteamericanas bajaron la cotización del dólar de 164 yenes a 156. Desde entonces anda boyando más cerca de los 159 yenes por dólar.
Se puede sospechar que los cambistas seguramente no están para hacerse los guapos con la billetera, nada más y nada menos, del Tío Sam. No tan lineal. Los datos de los centros financieros globales indican que siguen vendiendo yenes, por eso la tendencia hacia 159. Entre la lógica de los Green Berets y la del Green back, gana la segunda.
La columnista del Financial Times Katie Martin deduce que en la tenida entre el rudo Bessent y los mercados la moneda está en el aire y los mercados están inmersos hasta el cuello en el carry trade.
En términos generales, el carry trade describe el proceso mediante el cual los inversores piden prestado en una moneda barata cuyo mercado crediticio funciona con bajas tasas de interés (como el yen) y lo invierten en activos más rentables o atractivos (como los bonos del gobierno estadounidense y las acciones tecnológicas, respectivamente).
“La popularidad y la notoriedad del carry trade fluctúan, lo que refleja el fervor especulativo generalizado. Prospera en el entorno de baja volatilidad que prevalece actualmente”, consigna Katie Martin.
Matiza el análisis de esta situación The Economist y el semanario inglés destaca que el Banco de Japón es “el mayor operador de divisas de todos los tiempos”. Algo así como una institución acostumbrada a hacer apuestas a una escala que haría temblar a cualquier fondo de cobertura. La máxima dice: no risk, no reward, sin riesgo no hay recompensa, así que a trepidar.
Nada es para siempre
Junto a la movida de Bessent, las intervenciones (venta de dólares) del Banco de Japón (BoJ), actuando en nombre del Ministerio de Finanzas japonés, habrían insumido más de 95.000 millones de dólares, según Reuters.
Vendió los dólares a unos 160 yenes cada uno. “Gran parte de sus reservas se acumularon cuando un dólar se podía conseguir por menos de 100 yenes. Por lo tanto, al realizar esta operación, el gobierno japonés obtuvo enormes beneficios. Un cálculo rápido sugiere que podría haber recaudado hasta 5,7 billones de yenes (36.000 millones de dólares)” señala The Economist.
El carry trade -hasta el momento- arroja como resultado en el balance del sector público, que ha embolsado los beneficios de las fluctuaciones cambiarias favorables, y también la diferencia de rendimientos entre los activos extranjeros que posee y los pasivos en yenes que adeuda.
The Economist distingue que el objetivo de las intervenciones cambiarias del BoJ durante los últimos 25 años no ha sido obtener ganancias, sino estabilizar el yen y corregir las mayores fluctuaciones del tipo de cambio.
“Un yen excesivamente fuerte perjudicó a los exportadores japoneses y agravó sus tendencias deflacionarias tras el estallido de la burbuja de precios de los activos en la década de 1990. Un yen excesivamente débil, por el contrario, eleva el costo de los alimentos y el combustible, la mayoría de los cuales son importados. Mientras Japón luchó contra el estancamiento de la demanda y la presión deflacionaria, su gigantesca estrategia de carry trade fue sostenible. En esas condiciones, el Banco Central siempre iba a mantener las tasas de interés bajas y el yen débil”, resume así el semanario inglés los puntos salientes del comportamiento del BoJ.
Para el economista Barry Eichengreen, especialista renombrado en materia de comercio y finanzas internacionales, “todo el debate sobre la debilidad del yen frente al dólar gira en torno a las mismas cuestiones. Mientras los rendimientos de la deuda estadounidense se mantengan tan altos -impulsados por una inflación persistente y una credibilidad cada vez menor de la política monetaria estadounidense- y mientras el Banco de Japón siga una senda cautelosa en las subidas de las tasas de interés, el yen seguirá siendo una buena opción de venta para el amplio grupo de participantes del mercado que ya han obtenido grandes beneficios con esta operación”.
La lógica
En este panorama no hay que perder de vista que los capitales de riesgo -la inversión directa, la compra de acciones, bienes raíces, etc.- para los cuales la calidad del entorno podría, en efecto, ser determinante, son, con relación al conjunto de las entradas y en saldo, es decir, teniendo en cuenta las salidas correspondientes, cantidades insignificantes. De lejos, la mayor parte de los cientos de miles de millones de dólares que ingresan a los Estados Unidos, al ritmo anual actual, en compensación del déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, se invierten en bonos tanto del gobierno como de las grandes corporaciones de ese país, cuyo rendimiento es fijo, por lo tanto, no condicionado por las fluctuaciones durante el “ciclo”, en cuyo caso el reembolso depende de la solvencia del deudor y muy poco de la situación general, o -cuando se trata de empresas- de sus resultados operativos.
Por el contrario, las anticipaciones pesimistas sobre la coyuntura -léase Donald Trump- incitan generalmente a la adquisición de obligaciones negociables a causa de las ganancias de capital que genera una baja de la tasa de interés consecutiva a una recesión-deflación.
Se observa, ahí, la oposición clásica entre las respectivas determinaciones de los dos mercados, el de títulos de renta variable y el de títulos de renta fija. Mientras un descenso de la actividad económica deprime el primero, fortalece el segundo. Por el contrario, en la recuperación, se inflan los beneficios empresariales y los dividendos estimulan las acciones, mientras se va acrecentando la demanda en el mercado de capitales, lo que provoca una tensión sobre la tasa de interés que hace caer la cotización de las obligaciones negociables ya emitidas con la tasa anterior.
Entonces, las variaciones de la tasa de interés de los Estados Unidos están condicionadas por la acción voluntarista de la Reserva Federal (la Fed), ya sea directamente por la fijación imperativa de la tasa de descuento. La tasa de interés deviene así en una variable exógena y no es el tipo de cambio, por lo tanto, el valor intrínseco del dólar, presumido como reflejo de la salud de la economía norteamericana, el que determina la tasa de interés, sino que son las expectativas sobre la evolución de esta última las que determinan el tipo de cambio.
Kevin Warsh, el nuevo presidente de la Reserva Federal -cuya independencia de Trump sigue muy en duda-, ha anunciado la composición de cinco grupos de trabajo, cada uno con el objetivo de replantear algún aspecto de la política monetaria. Algunos creen ver en esa acción de Warsh el regreso del monetarismo -por los personajes que convocó- y entonces los deseos de Trump de bajar la tasa de interés se verían completamente frustrados.
En abierta contradicción, Bessent quiere tasas de interés bajas con la maniobra de recompra de bonos de largo plazo y Warsh quiere subir la tasa de referencia.
El mercado global toma nota. Al fin y al cabo, comprar dólares es comprar títulos de crédito librados en dólares que devengan intereses. Desde su creación fuera del espacio norteamericano, el dólar es de entrada un dólar prestado a un agente norteamericano, público o privado. En tanto remunerado, deja de ser por definición un activo monetario y se convierte en un activo financiero.
Lo que queda del día
Al despelote financiero se suman El Niño y Ormuz, y se juntan las voces de la FAO y el Banco Mundial para alertar que los precios globales de los alimentos están para subir por un par de años, al menos.
El FMI viene haciendo hincapié en que el aumento de las tasas de interés a largo plazo podría desencadenar una crisis de deuda soberana o llevar a los gobiernos a inflar sus precios para salir de la deuda o a reestructurarla.
Un reciente informe del Banco de Pagos Internacionales subraya que “una corrección importante del mercado de valores podría tener consecuencias macroeconómicas mayores hoy que en el pasado” en razón de que el descomunal volumen de los mercados bursátiles estadounidenses baila al son de la IA y de estos mercados depende el grado de variación de la riqueza global.
Unas observaciones del sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein (fallecido en 2019) y del filósofo esloveno Slavoj Žižek, acerca del mar de fondo por donde navega la acumulación a escala mundial, pinceladas con algunos datos y procesos que están anudados en el revés de la trama de los días que corren, además de su interés en sí, el connubio ponen en evidencia los rasgos más desangelados que articulan el comportamiento del gobierno cárdeno con relación al capitalismo realmente existente.
A decir verdad, las tendencias se palpan ásperas tanto en la estructura como en la superestructura de la acumulación a escala mundial. Según Wallerstein, “en este sistema hay tres tipos principales de costos de producción: de personal, insumos e impuestos. Cada uno constituye un paquete complejo, pero es posible demostrar que, en promedio, los tres han aumentado con el tiempo como porcentajes de los posibles precios de venta, y que en consecuencia existe una restricción global de las ganancias que amenaza la capacidad para proseguir con la acumulación de capital a un ritmo considerable. Esto está socavando la razón de ser del sistema capitalista, y ha conducido a la crisis estructural en que nos encontramos”.
En el ámbito de la superestructura, Žižek observa que “el temor a la identificación ‘excesiva’ es la característica fundamental de la ideología del capitalismo tardío, el enemigo es el ‘fanático’ que se ‘sobreidentifica’ en lugar de mantener una distancia apropiada respecto de la pluralidad dispersa de las posiciones de los sujetos (…) Lejos de contener cualquier tipo de potencial subversivo, el sujeto disperso, plural y construido, aclamado por la teoría posmoderna (el sujeto propenso a modos particulares e inconsistentes de gozar, etc.), simplemente designa la forma de la subjetividad que se corresponde con el capitalismo tardío. Tal vez ha llegado el momento de (…) concebir al ‘capitalismo tardío’ como la época en que la fijeza tradicional de las posiciones ideológicas (la autoridad patriarcal, los roles sexuales fijos, etc.) se convierte en un obstáculo para la mercantilización desenfrenada de la vida cotidiana”.
Con “los tres tipos principales de costos de producción: de personal, insumos e impuestos”-jerarquiza Wallerstein- mostrando globalmente tendencias alcistas, se corona una coyuntura en la que la conducta del gobierno argentino se puede caracterizar como obsesionada con remover los obstáculos que impiden “la mercantilización desenfrenada de la vida cotidiana” -Žižek dixit-. Tiempos interesantes en los que se tramita la largada de la carrera por las presidenciales de 2027.