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Bocco: “La Argentina tiene más proyecto futbolístico que proyecto económico”

Arnaldo Bocco es economista, fue director del Banco Central y presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE). Su experiencia en el sistema financiero y en el financiamiento productivo atraviesa su mirada sobre uno de los problemas estructurales de la Argentina: una economía capaz de generar enormes rentas en el agro, la minería, la energía y las finanzas, pero con dificultades persistentes para transformar esos recursos en inversión, industria y empleo. En esta conversación con el programa Y Ahora Qué? que se transmite en el canal +Perfil, Bocco sostiene que el problema no es que la Argentina carezca de sectores competitivos.

Según Arnaldo Bocco, hay actividades capaces de obtener ganancias extraordinarias, pero una parte importante de esos excedentes no se reinvierte en el país. Frente al modelo de Javier Milei, advierte sobre el desmantelamiento de sectores productivos, la ausencia de inversión pública y el crecimiento de una economía apoyada en cuatro motores: agro, minería, energía y finanzas. Su propuesta es recuperar un proyecto de largo plazo basado en obra pública, reindustrialización, infraestructura exportadora y un sistema financiero orientado hacia la producción.

Acostumbrás criticar el rentismo de la Argentina. ¿Cómo definirías?

—En una sociedad capitalista hay una tasa de ganancia promedio que equipara a distintos sectores, pero hay sectores que tienen posiciones dominantes, situaciones de localización geográfica o están asociados con determinados productos, como el agro, la minería o las finanzas, y obtienen una renta todavía mayor que la tasa de ganancia promedio del sistema. La Argentina es uno de los países con mayor índice de renta expresada en esos términos. Hay una gran cantidad de sectores con capacidad de apropiación de beneficios muy altos, por encima del resto de la sociedad.

¿El caso de la tierra es el ejemplo más claro?

—La tierra tiene un beneficio asociado a que no la produce el propietario. La concesiona en un sistema de contratación en el que hay alrededor de 50 mil a 70 mil contratistas que pagan por su uso. El propietario puede estar todo el día tomando café mientras otro trabaja su tierra. El que pone el hombro es el que está trabajando con las máquinas. Puede llevar detrás de su espalda diez millones de dólares en cosechadoras, camiones, arados y tractores, pero una parte importante de la ganancia de ese capital se la lleva el dueño de la tierra. El rentismo está muy asociado con ganancias extraordinarias y con tareas no productivas.

¿Cómo se trasladó ese fenómeno a las finanzas?

—En los años 70 la Argentina entró, con la dictadura, en una inserción financiera. Hubo una gran explosión de creación de bancos durante Martínez de Hoz. El sistema financiero tiene una garantía de dominación de posiciones de mercado. Su mercadería es el dinero. En condiciones de volatilidad, inestabilidad internacional o problemas políticos, el dinero empieza a tener volatilidad. Y la moneda que usa la Argentina para medir esas transacciones no es la moneda nacional, sino el dólar. Ahí empieza a aparecer gente que gana muchísimo dinero vendiendo o comprando ese dinero en determinados momentos. Ese es un gran obstáculo para el desarrollo capitalista argentino.

¿Por qué es un obstáculo?

—Porque el desarrollo capitalista en el mundo hoy es tecnología, innovación y una fuerte inversión en la gente que trabaja, en su puesto de trabajo, en entrenarla y llevarla a un punto en el que pueda lograr una mejor vida trabajando en un mundo cada vez más exigente. En la Argentina eso está sufriendo un golpe tremendo.

¿El patrón rentístico se repite en la energía y en la minería?

—Sí. El cobre, el oro, la plata, la minería en general tienen capacidad para obtener rentas muy grandes. La gran diferencia de la Argentina respecto de otros países es que ese dinero acá no se acumula. Integra la fila de fondos que van a atesorarse en el exterior. Se va.

Eso es lo que normalmente llamamos fuga.

—Sí. Técnicamente en el Banco Central se llama atesoramiento en moneda extranjera o formación de activos externos. La Argentina en el último año y medio fugó casi 40 mil millones de dólares. Es una cifra extraordinariamente alta. Paralelamente, determinadas empresas emiten deuda bajo ley norteamericana y colocan deuda para financiar inversiones, sea en minería o en agroindustria.

¿Cuál es el riesgo productivo más grande que ves?

—Probablemente no haya casi ningún lugar del mundo con la productividad que tiene la producción de leche sobre la ruta 19, de Santa Fe a Córdoba. Es una zona competitiva internacional y localmente, y ahora está en derrumbe. Desaparecen tambos porque la soja o el maíz tienen un rendimiento más alto y desalojan una actividad que exige trabajar los 365 días del año. Hay productos de altísimo valor agregado, como la leche maternizada, que podría exportarse a China y vale diez veces más que la leche en polvo común. Lo que tenemos es un capitalismo sin conducción de largo plazo.

Cuando hablamos de dinero argentino afuera, ¿estamos hablando de pequeños ahorristas que tienen unos dólares o de otra cosa?

—No. Puede incluirlos, pero estamos hablando fundamentalmente de capitales mucho mayores. Y lo curioso es que no sólo no se invierten acá. En este período están invirtiéndose en producción de bienes reales, vivienda u otras industrias en Estados Unidos, Brasil u otros países. No generan trabajo argentino.

Entonces la cadena empieza en la Argentina con extracción, valorización y renta extraordinaria, y después una parte importante se va.

—Claro. Puede ir a un paraíso fiscal o convertirse en inversión en otro lugar. Pero no genera trabajo argentino. Pensemos en los años 60. La Argentina tuvo años de expansión con gobiernos democráticos, Frondizi y después Illia, con tasas de crecimiento del 7 u 8 por ciento. Era el primer PBI de América Latina. Después pasó al segundo, al tercero, y Brasil y México empezaron a superarnos. Hoy estamos cuartos o quintos.

¿Qué significa ese retroceso?

—Que la Argentina no tiene proyecto. Le falta un proyecto de largo plazo. Tenemos sectores modernos, expansivos, enclaves productivos con capacidad de generar renta y dólares. Los necesitamos porque tenemos que cubrir exigencias futuras. Pero también tenemos otra Argentina, subordinada, que perdió trabajo. El empleo que consiguió en la informalidad es mucho menos retributivo que el que tenía en el sector formal. La Argentina no tiene decidido hacia dónde va. Probablemente tenga un proyecto futbolístico más importante que un proyecto económico.

Repito tu frase: “Tenemos un proyecto futbolístico más importante que un proyecto económico”.

—Sí. En el deporte la sociedad tiene más claras muchas cosas. Es más uniforme, más ordenado. En la economía pasamos de un extremo al otro. Hoy estamos desmontando, con una velocidad atroz, una parte de la Argentina productiva. Podemos discutir si algunos textiles son ineficientes. Pero la Argentina es un gran exportador de maquinaria agrícola. Exportamos a Rusia, Europa, Estados Unidos y África. Son máquinas con informatización, uso de satélites, máquinas que trabajan sin conductor. Y estamos desarmando esos sectores porque empezamos a importar máquinas usadas del exterior.

¿Por qué la reacción social frente a eso parece tan débil?

—La respuesta de la sociedad es apenas defensiva. No aparece un “hasta acá llegamos, esto es lo mío”. Alguien dice que va a traer frutillas de Grecia o aceitunas de cualquier otro lado y todo pasa normalmente. Este gobierno le dio a buena parte del empresariado una cantidad de instrumentos que con ningún otro gobierno hubiera logrado, en términos laborales y de organización de la economía.

¿Cuáles son hoy los sectores que sostienen el crecimiento?

—La economía argentina tiene tres sectores productivos que impulsan lo poquito que crece y un cuarto sector netamente de transacciones financieras. Son minería, energía, agro y sector financiero. Pero no podés tener una economía sin producir los alimentos necesarios ni desarticulando los encadenamientos nacionales. Estamos importando máquinas y hasta barrios enteros prefabricados para instalarlos en una minera.

¿Qué efecto tiene la desaparición de la inversión pública?

—Tenemos decenas de miles de kilómetros deteriorados porque hace tres años que pasamos de tasas importantes de inversión pública a un sistema donde casi no hay inversión. Eso deja obsolescencia en el aparato productivo. Al mismo tiempo, las empresas venden más barato porque la gente gana menos. La gente deja las primeras marcas, pasa a las segundas, después a las terceras y finalmente deja de consumir. Ahí sentís que hay un hundimiento de la Argentina.

¿Y socialmente cómo se expresa?

—Con tristeza. Hoy no hay violencia ni una salida visible. No sabemos qué va a ocurrir. Lo que tenemos claro es que hay tristeza. Desde 1983 hubo una Argentina siempre debatiendo, incluso con los empresarios y entre los propios empresarios. Hoy nadie debate nada. La obra pública movía alrededor de medio millón de trabajadores directos e indirectos y hoy puede tener 100 mil. Está paralizada incluso la obra de saneamiento y de vivienda, que son las que proporcionalmente absorben más mano de obra.

Entonces, si tuvieras que definir cinco o seis objetivos para otro programa económico, ¿por dónde empezarías?

—Por el estado en que estamos, empezaría por la obra pública, los puertos y las plataformas de exportación. En seis meses podés arrancar y estructurar un ejército laboral que vuelva a tener reglas de juego claras para el empresario, el capataz, el trabajador y el que maneja el camión de hormigón. También haría una reindustrialización de la Argentina. No sé si toda la industria va a sobrevivir, pero la Argentina tiene que tener un aparato industrial.

¿Qué ejemplo tomarías?

—Brasil. El sistema financiero argentino hoy es gigante. Tenemos 77 bancos, alrededor de 280 compañías de bolsa y una enorme cantidad de fondos de inversión. Brasil tiene una economía seis veces más grande y una estructura distinta, pero su sistema financiero es enorme. Tiene la bolsa de futuros más grande del mundo después de Chicago. ¿Eso impidió que tuviera una economía productiva? No. Brasil utilizó fondos del sistema financiero para financiar la reconversión de su aparato productivo. El sistema financiero juega un papel importante, pero debe ser conducido. El sistema productivo juega un papel importante, pero debe ser ordenado.

¿Te preocupa tener déficit fiscal?

—Me gustaría tener las cuentas ordenadas, pero tampoco me mata el hecho de no tenerlas perfectamente ordenadas. Si existe un mercado de capitales, la Argentina puede crecer con financiamiento y ahorro interno. Eso requiere bajar la inflación y darle sustento a la moneda local.

¿Hay que bajar la inflación?

—Sí. Hay que bajarla.

¿No hay discusión sobre eso?

—Para mí no. Lo que no hay que hacer es sacralizar el déficit fiscal. La gente quiere vivir en una sociedad con poca inflación, pero también con ingresos para poder comer todos los días.

¿Y qué Banco Central debería tener la Argentina?

—La Reserva Federal no tiene solamente una función de sanidad financiera. También tiene que cuidar el empleo. El mundo cambió muchísimo después de 2008 porque el mercado de capitales creció brutalmente. El problema de la reforma que viene en la Carta Orgánica es que puede quitarle margen de maniobra al Banco Central. Hay que ser estricto con la localización del crédito porque los empresarios también tienen sus picardías y son parte del negocio de la fuga de capitales. No fuga el empleado ni el que conduce el colectivo.

¿Cuál sería entonces el riesgo de esa reforma?

—Además del problema político de dejar un directorio por seis años que el próximo gobierno no pueda remover, el Banco Central que viene parece ser más un Banco Central del mercado de capitales que de reordenamiento del sistema bancario. La banca quedaría limitada a lo transaccional: pagar, cobrar, transferir, pagarle a un proveedor o cobrar un sueldo. El ahorro lo manejaría cada vez más el mercado de capitales. Y el Banco Central tendría la protección para manejar el ahorro, los seguros y todo lo colateral al sistema financiero.

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