El cambio climático ya no puede pensarse solamente como un problema ambiental. Sequías más frecuentes, incendios más prolongados y fenómenos extremos se traducen en pérdidas de producción, mayores costos y presiones sobre los precios. Para la Argentina, que atraviesa un proceso de estancamiento económico, Enrique Aschieri advierte sobre una combinación particularmente peligrosa: los efectos climáticos pueden convertirse en otro factor que alimente la estanflación.
Se viene la primavera y el verano. Contrasta con la continuidad del frío recesivo que atravesamos. En el norte, el verano que los abandona hizo desastres por el cambio climático. Por estos lares y, para no desentonar, es muy probable que la corriente del Súper Niño y el cambio climático echen leña al fuego en el proceso de estanflación por el que atravesamos.
Sus dos componentes, estancamiento y retroceso e inflación, resultan agudizados por la propia dinámica económica. A su vez, el gobierno cárdeno no muestra signos de tener alguna idea o alguna voluntad, o una mezcla de ambas, sobre cómo revertir el proceso estanflacionario.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), una organización paraestatal conformada por 38 Estados, entre los cuales están los países más desarrollados, viene emitiendo informes sobre las recientes olas de calor, sequías, incendios forestales e inundaciones vividas en el verano boreal. En ellos se hace eco de la urgente necesidad de comprender estos fenómenos climáticos cada vez más intensos y aboga por “fortalecer la resistencia de las comunidades, los ecosistemas y las economías”.
También advierte que, a lo largo de este siglo, “el sistema climático podría alcanzar puntos de inflexión críticos: umbrales que, a partir de ese momento, lo reorganizan, a menudo de forma abrupta o irreversible”.
El costo creciente de las sequías
El informe Perspectivas Mundiales sobre la Sequía de la OCDE discute el grado de eficacia de las políticas para enfrentar la mayor frecuencia de las sequías. El cambio climático redunda en que, además de ser más frecuentes, sean más prolongadas y severas. La amenaza a la seguridad hídrica, en franca profundización, afecta a las sociedades, los ecosistemas y las economías.
El informe de la OCDE señala que desde “la disminución del rendimiento de los cultivos y la escasez de energía y el comercio fluvial hasta la degradación del paisaje y la interrupción de los medios de subsistencia, los impactos de las sequías van en aumento, al igual que sus costos”.
Unos pocos datos cuantitativos son bien ilustrativos acerca de lo delicado de las tendencias climáticas. Al fin y al cabo, el 40 por ciento de la superficie terrestre se enfrenta a sequías cada vez más frecuentes y severas. Cuando la Argentina festejó su centenario, el 20 por ciento de la superficie terrestre era pasible de ser afectada por sequías.
El informe de la OCDE da cuenta de que las sequías son responsables del 34 por ciento de las muertes relacionadas con desastres naturales. Desde 1980, el 37 por ciento de la superficie terrestre mundial ha experimentado una pérdida significativa de humedad del suelo, mientras los niveles de agua en muchos ríos y acuíferos del mundo están disminuyendo.
Hay que ponderar que entre 1900 y 2020 la superficie global de tierra arable y cultivos aumentó aproximadamente un 82 por ciento, pasando de unos 900 millones de hectáreas a cerca de 1.640 millones. Asimismo, las bocas para alimentar eran 1.600 millones de habitantes en 1900 y 7.900 millones en 2020, un aumento del 390 por ciento.
El rendimiento global por hectárea de los cereales aumentó aproximadamente un 280 por ciento entre 1900 y 2020, lo que significa que la productividad de la tierra prácticamente se multiplicó por cuatro. A nivel mundial, el rendimiento promedio pasó de cerca de 1,1 toneladas por hectárea a principios del siglo XX a más de 4,2 toneladas en 2020.
Eso sí, una hectárea de cereal requiere prácticamente la misma cantidad absoluta de agua tanto en 1900 como en 2020, pese al marcado aumento en la eficiencia en el uso del agua y en el rendimiento por hectárea gracias a la tecnología, los fertilizantes y la genética de los cultivos.
No obstante, la agricultura es el sector más vulnerable a las sequías, con rendimientos de los cultivos que caen hasta un 22 por ciento en años particularmente secos. A medida que las sequías se intensifican, su costo económico aumenta. El costo de un episodio promedio avanza a un ritmo anual de entre el 3 y el 7,5 por ciento. Como resultado, el costo de una sequía hoy es al menos el doble que en 2000 y se proyecta que aumente entre un 35 y un 110 por ciento para 2035.
Más incendios y temporadas más largas
En cuanto a los incendios forestales, su frecuencia y gravedad, así como la duración de la temporada de incendios, están aumentando en muchas regiones del mundo. La ocurrencia de incendios forestales extremos, es decir, particularmente severos en términos de tamaño, duración, intensidad e impacto, también está aumentando, señala la OCDE.
Por ejemplo, en nuestro país, el cambio en la duración de la temporada de incendios forestales respecto del período 1860-1910 sería de 11 días si la temperatura aumenta 1,5 grados, de 14 días si aumenta 2 grados y de 18 días si aumenta 3 grados.
La duración de la temporada de condiciones propicias para incendios aumentó un 27 por ciento a nivel mundial desde 1979. La contaminación del aire causada por incendios forestales se asocia con 340.000 muertes prematuras al año. En tanto, los incendios forestales extremos son cada vez más difíciles de sofocar.
Lo que percibe la ciudadanía global
A escala mundial, la lectura de los datos recogidos en la reciente Encuesta Mundial de Riesgos de la Fundación Lloyd’s Register da la impresión de que, para buena parte de los ciudadanos de a pie, cuando pasa el calor, bajan las aguas turbias o se apagan los incendios, la premura que genera el descontrol climático pasa a un segundo plano. Al escarbar ese terreno se encuentran algunas sorpresas.
Para tomarle el pulso a las tendencias emergentes en la percepción y las experiencias de riesgo de las personas, la Fundación Lloyd’s Register lleva adelante esta encuesta, que va por su cuarta edición, en colaboración con Gallup. Reúne datos proporcionados por más de 143.000 entrevistas realizadas en 140 países y territorios durante 2025.
Se le pregunta al entrevistado: “En sus propias palabras, ¿cuál es la mayor fuente de riesgo para su seguridad en su vida diaria?”. De acuerdo con los datos recolectados, el 15 por ciento de los adultos no identificó ningún riesgo como “principal”. Fue la respuesta que mayor porcentaje alcanzó.
Las respuestas de los ciudadanos de 140 países revelan que los accidentes y lesiones relacionados con el tránsito siguen siendo el riesgo para la seguridad que más preocupa en todo el mundo, como ocurrió en todas las ediciones de la encuesta desde su creación en 2019. Sumaron el 14 por ciento de las respuestas.
Tanto en la encuesta de 2023 como en la de 2025, entre las 13 opciones que incluyen economía, tecnología y finanzas, el cambio climático y la severidad del tiempo quedaron en sexto lugar, con el 6 por ciento de las respuestas. Tampoco varió entre 2023 y 2025 la percepción del riesgo generado por el medio ambiente, que cosechó apenas el 2 por ciento.
Los daños notificados a causa de los alimentos y el agua potable, en cambio, alcanzaron su nivel más alto desde que comenzó la encuesta. Poco más del 14 por ciento, uno de cada siete adultos, respondió haber sufrido daños por los alimentos en los últimos dos años. Alrededor del 13 por ciento, uno de cada ocho, manifestó haber sufrido daños por el agua potable.
La Encuesta Mundial de Riesgos destaca que la preocupación pública por la calidad del aire está muy lejos de los niveles que debería alcanzar. Solo la mitad de las personas en todo el mundo, el 53 por ciento, expresa preocupación por el riesgo que supone, pese a las advertencias de la Organización Mundial de la Salud de que el 99 por ciento de la población mundial respira aire que supera sus límites de calidad.
¿Y por casa cómo andamos?
A fines de junio de este año, Lloyd’s Register Foundation y Gallup publicaron un informe específico sobre cambio climático titulado Solos juntos: el consenso oculto sobre el cambio climático, que analiza cómo perciben las personas de 140 países el riesgo que plantea el fenómeno.

La última encuesta, elaborada también en colaboración con la Oficina del Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, midió por primera vez en 2025 las llamadas “creencias de segundo orden”. Es decir, captó no solamente lo que la gente piensa, sino también lo que cree que piensan los demás.
Las investigaciones académicas sobre las “creencias de segundo orden” revelan que, cuando las personas subestiman la cantidad de gente que comparte sus preocupaciones, el apoyo expreso a una política puede estancarse aunque exista en privado. Una persona que cree estar sola en su preocupación por el cambio climático es menos propensa a exigir medidas o aceptar las consecuencias que conllevan que otra que sabe que su preocupación es ampliamente compartida.
Benedict Vigers comenta en el sitio de Gallup que las naciones ricas no ven su propia ansiedad climática. Muchos creen que el cambio climático es una amenaza, pero pocos piensan que los demás sientan lo mismo.
A nivel mundial, “nueve de los diez países con mayores discrepancias entre la opinión personal y la percepción social son naciones de altos ingresos”. Estados Unidos presenta una de las mayores diferencias. El 51 por ciento de los estadounidenses afirma que el cambio climático representa una amenaza muy grave, pero solo el 10 por ciento cree que la mayoría de sus compatriotas opina lo mismo. Son 41 puntos porcentuales de diferencia, una brecha que solo iguala Portugal.
Italia, Reino Unido, Uruguay, España, Francia, Alemania y Chile registran diferencias de entre 33 y 38 puntos. Argentina es el único país de ingresos medios-altos que aparece en la lista.
Una gran mayoría de los argentinos considera que el cambio climático representa una amenaza muy seria para el país. De hecho, la Argentina fue el único país de ingresos medios-altos que se ubicó entre los primeros lugares globales de esta tendencia, compartiendo dinámicas habitualmente observadas solo en naciones de ingresos altos.
Que los argentinos se hayan destacado globalmente por registrar una de las mayores brechas de percepción climática del mundo implica que las políticas en favor del medio ambiente, dadas las “creencias de segundo orden”, quedan con un apoyo muy menguado.
La “ilusión de la minoría” hace pata ancha. El dato más crítico para la Argentina en la encuesta Solos juntos fue el aislamiento percibido. Aunque individualmente la mayoría está preocupada, los encuestados estiman de forma masiva que solo el 10 por ciento de sus compatriotas comparte esa misma preocupación.
Esto tiene un efecto de autocensura. La desconexión de percepción provoca que los ciudadanos crean erróneamente que sus preocupaciones ambientales no son compartidas por el resto de la sociedad, lo que frena o desincentiva las demandas colectivas y las políticas públicas de acción climática.
En los análisis complementarios de esta segunda encuesta Lloyd-Gallup sobre la seguridad y el entorno social, la población argentina también figuró entre las más propensas a declarar que se siente menos segura que hace cinco años y a manifestar una marcada falta de confianza en la capacidad institucional de su gobierno para mitigar los riesgos cotidianos.
Dato que equilibra la mengua de las “creencias de segundo orden” cuando se considera que, en la evaluación de la OCDE, nuestro país está muy mediocremente preparado para evitar o prevenir las deletéreas consecuencias de los desastres climáticos.
La austeridad cárdena también en las amenazas climáticas, si estas se concretan, va camino a tener un importante costo político, que se profundizará en tanto, por esas cosas de la vida, se disipe “la ilusión de la minoría” que deshaga las “creencias de segundo orden”. Y no solo sobre los desastres climáticos.