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Singer: “La austeridad y la inversión social son incompatibles”

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Para Singer la base del lulismo llega a la gente que gana de cero a dos salarios mínimos.

Aunque la entrevista con The Intercept que aquí se reproduce en versión española se realizó el 2 de octubre, es decir dos días antes de la primera vuelta en Brasil, interesa la reflexión del entrevistado: además de profesor de Ciencia Política, André Singer fue el vocero de Lula en su primer gobierno y quien analizó el fenómeno de lo que él mismo llamó “lulismo”. Aquí analiza el impasse dentro del frente amplio de Lula, la fuerza del bolsonarismo entre los evangélicos y los riesgos de un proyecto autocrático en Brasil.

Las elecciones de 2026 son, nuevamente, una disputa por la existencia de la democracia en el país. El proyecto autocrático de Jair Bolsonaro sigue firme y fuerte con la elección de Flávio Bolsonaro, del PL, como candidato presidencial de la extrema derecha. “En la candidatura del hijo queda implícita la idea de que Trump manda en el mundo y Bolsonaro en Brasil”, escribe el politólogo André Singer en su nuevo libro, Impasse: Brasil frente a la ola reaccionaria (Impasse: o Brasil diante da onda reacionária, Companhia das Letras).

En una entrevista con Intercept Brasil, Singer afirmó que la democracia está “siendo socavada de manera gradual, pero continua”. Un nuevo gobierno de extrema derecha en Brasil aceleraría mucho ese proceso, como está ocurriendo con el segundo mandato de Donald Trump en Estados Unidos.

André Singer es profesor titular del Departamento de Ciencia Política de la USP. Fue portavoz y secretario de Prensa de la Presidencia durante el primer mandato de Lula, entre 2003 y 2007. Cuando salió del gobierno, Singer se dedicó a estudiar el lulismo. Desde entonces, es uno de los principales analistas de la política brasileña.

En su nuevo libro, combinando análisis de datos electorales con referencias a clásicos de la teoría política, Singer relaciona el gobierno de Jair Bolsonaro con el ascenso global de una nueva extrema derecha y analiza el frente amplio que eligió a Lula como un movimiento de alianzas contradictorias en nombre de la democracia. Funcionó para impedir la reelección de un golpista en 2022, pero ¿funcionará para reelegir a un demócrata en 2026? El impasse está planteado.

La división entre los dos grandes campos presentes en las últimas elecciones se produce en el territorio (Lula gana en los grandes centros urbanos, Bolsonaro en el interior), en las clases sociales (los más pobres están con Lula, la clase media con Bolsonaro) y en la religión (Lula tiene mayoría entre los católicos, mientras Bolsonaro consolidó una base electoral fuerte entre los evangélicos).

Para reunir una mayoría en defensa de la democracia, la campaña de Lula en 2022 recurrió a una alianza entre antiguos adversarios. Figuras históricas del PSDB, antiguo opositor del PT, se incorporaron a la coalición del tercer gobierno de Lula, como el propio vicepresidente Geraldo Alckmin, actualmente afiliado al PSB.

En ese frente amplio que eligió a Lula en 2022, Singer sostiene que conviven dos programas incompatibles: austeridad frente a inversión social. Grupos que antes eran adversarios tuvieron que unirse en defensa de la democracia, pero el resultado fue un frente relativamente paralizado. El gobierno Lula III logró practicar cierto nivel de inversión social, pero no consiguió construir una mayoría electoral cómoda como la que tuvo durante sus primeros mandatos.

Para el politólogo, el impasse dentro del campo democrático también debe resolverse democráticamente. La izquierda necesita volver a defender banderas históricas de su campo, como la reforma política, la revisión de la reforma laboral, la autonomía para decidir su propio destino y el control social de la política económica para combatir el neoliberalismo. De esa manera, en el debate público, la izquierda tendrá la oportunidad de convencer a sus aliados democráticos de que ésa es la mejor manera de conducir un país.

A continuación, la conversación completa de Intercept Brasil con el politólogo André Singer.

—Intercept Brasil: En Impasse, usted caracteriza al campo bolsonarista como “Confederación”, en referencia a la Guerra Civil de Estados Unidos. ¿Por qué eligió ese nombre? ¿Cómo está organizado ese movimiento ahora, antes de las elecciones?

—André Singer: “Confederación” fue el nombre que se me ocurrió cuando advertí que se había creado una unidad territorial alrededor de Bolsonaro, una especie de gran corredor en el interior de Brasil que va desde el norte de Rio Grande do Sul hasta el sur de la región Norte, pasando por regiones muy importantes desde el punto de vista económico, como el interior de São Paulo y de Minas Gerais.

Cuando estudiamos comportamiento electoral, siempre hablamos de tendencias. Eso no significa que todas las personas que viven en ese gran corredor del interior hayan votado por lo que yo llamo Confederación, pero la tendencia mayoritaria fue hacia ella.

La segunda razón fue que, en las elecciones de 2022, percibí ciertos indicios de separatismo. No creo que se trate de un movimiento significativo ni que indique que Brasil esté encaminándose hacia una secesión. Pero la palabra Confederación tiene que ver con la Guerra Civil estadounidense [en la Guerra de Secesión, los Confederados eran los estados del sur de Estados Unidos que defendían el mantenimiento de la esclavitud y la separación de los estados del norte]. En el movimiento brasileño ésa no es la tendencia principal, pero insistí en utilizar ese nombre porque en las elecciones de 2022 advertí una especie de enfrentamiento entre regiones.

Ese enfrentamiento entre regiones se vuelve más claro cuando observamos que el lulismo se arraigó en el Nordeste a partir de las elecciones de 2006. Sin esa base social, el lulismo no existiría. Hay un componente de “antinordestinismo” en la Confederación. Se siente, aquí y allá, cierto prejuicio.

Hay un último componente en la formación de la Confederación: la economía del interior está muy impulsada por el agronegocio, que ha sido muy próspero en Brasil. Si queremos comprender estructuralmente lo que está ocurriendo en el país, y parece que esto se está reproduciendo en las elecciones de 2026, existe una unidad del interior y del agro alrededor de las candidaturas Bolsonaro.

—En el caso del frente amplio que eligió a Lula, usted escogió el nombre “Concertación”. ¿Por qué?

—“Concertación” es un nombre que tomé de la experiencia chilena. Propuse ese nombre por la siguiente razón: en Brasil, lo que denomino campo popular siempre fue muy combatido por lo que llamo campo de la clase media, que se expresó a través de distintos partidos. El campo popular se unificó alrededor del antiguo PTB antes de 1964 y el campo de la clase media se unió alrededor de la UDN.

En nuestra experiencia posterior a la redemocratización, creo que eso se reprodujo en el PT y el PSDB, que se convirtieron en los grandes competidores del período 1994-2014, quizá el período en el que la democracia brasileña funcionó mejor si observamos todas sus dimensiones.

Con el impeachment de la presidenta Dilma y el proceso que siguió, el PSDB perdió impulso porque sus electores se radicalizaron hacia la derecha y prefirieron una candidatura de extrema derecha en 2018.

Ocurrió algo sorprendente, y quise utilizar la palabra Concertación para designarlo: la asociación entre antiguos grandes adversarios. Figuras del antiguo PSDB, como el exgobernador y actual vicepresidente Geraldo Alckmin, se unieron con el campo popular. No eran adversarios solamente desde el punto de vista táctico, sino también desde el punto de vista estructural, porque el campo popular y el campo de la clase media muy pocas veces, si es que alguna vez ocurrió, estuvieron juntos.

Eso me recordó la situación chilena posterior a Pinochet, en la que se produjo una asociación entre dos grandes adversarios, el Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano, que se habían disputado el poder hasta el momento en que la Democracia Cristiana apoyó el golpe militar que derrocó a Salvador Allende. A la salida de Augusto Pinochet, dictador de Chile entre 1973 y 1990, esos dos partidos se unificaron, lo que representó una gran novedad histórica. En Brasil ocurrió algo semejante: una unidad entre dos campos muy opuestos.

Esta Concertación se está haciendo a la brasileña. En Chile los partidos están mucho más estructurados, organizados y son más programáticos. La unidad está más formalizada. Aquí se produce más entre individuos y su base programática no está clara, lo que tendrá consecuencias más adelante.

—Hablemos de esas consecuencias. El impasse del título del libro no es sólo el impasse entre la democracia y un gobierno de sesgo fascista, sino también el impasse dentro del frente amplio que ganó las elecciones de 2022, porque allí existe una divergencia muy profunda respecto de cuál debería ser el programa de un Brasil democrático. ¿Cómo se expresó esa divergencia durante el tercer mandato de Lula?

—Ese frente democrático me parece indispensable. Hoy la democracia está amenazada en Brasil y está siendo socavada de manera gradual, pero continua. Un nuevo gobierno de extrema derecha va a acelerar mucho ese proceso, como está ocurriendo en Estados Unidos.

Ese frente democrático, indispensable para contener el avance de la amenaza a la democracia, contiene dos programas. No sólo compiten entre sí, sino que hasta cierto punto son incompatibles.

Uno de los programas propone adoptar la austeridad. Existe una presión enorme por parte de un sector del frente democrático para contener el gasto público de manera bastante radical, porque avanza hacia la desindexación de los pisos constitucionales destinados a salud y educación [es decir, eliminar la obligación de reajustar el gasto mínimo de acuerdo con la recaudación del gobierno] y hacia la desvinculación de los beneficios previsionales respecto del salario mínimo. Eso tendría un impacto enorme sobre la población de bajos ingresos.

También existe un programa de aumento de la inversión social. A través de ese aumento podría impulsarse la economía y, en un escenario bastante positivo, llegar a la reindustrialización del país.

Esos dos programas son incompatibles. El resultado fue que el frente terminó relativamente paralizado. Consiguió realizar cierto nivel de inversión social, suficiente para mantener unificada la base de electores con ingresos familiares mensuales de cero a dos salarios mínimos, que constituye el hábitat principal del lulismo. Pero no fue capaz de atraer hacia sí una mayoría cómoda de electores. Para eso necesitaría avanzar entre las familias que reciben entre dos y cinco salarios mínimos mensuales. Esos electores siguen bastante divididos y son, hasta cierto punto, mayoritariamente contrarios al gobierno. Creo que de ese grupo saldrán los indecisos que van a decidir la elección, que en este momento parece bastante ajustada.

Por otro lado, como no se hicieron las concesiones que esperaban los capitalistas, vivimos algo semejante a un ataque especulativo a fines de 2024. Ese ataque especulativo provocó una fuga de capitales, devaluación del real, aumento del precio de las importaciones y un rebrote del costo de vida, lo que llevó al gobierno a perder 12 puntos de evaluación “óptima y buena”. La aprobación del gobierno cayó de 36 por ciento a 24 por ciento entre octubre de 2024 y febrero de 2025.

Desde entonces, el gobierno intenta recuperarse. Recuperó parcialmente la aprobación perdida y ahora oscila alrededor del 31 y el 33 por ciento. No sabemos exactamente qué ocurrirá, pero tengo la impresión de que esa oscilación puede resultar decisiva porque la diferencia entre los dos principales candidatos se está volviendo muy pequeña.

Esto significa lo siguiente: ninguna de las dos alas de la Concertación está realmente satisfecha con el resultado del gobierno y éste no pudo desarrollarse plenamente.

—En su concepto de lulismo, usted caracteriza los dos primeros mandatos como reducción de la pobreza con mantenimiento del orden, un reformismo débil que redistribuye ingresos sin conflicto. En el tercer mandato, con este conflicto interno, ¿considera que esa misma definición todavía se aplica?

—El lulismo todavía funciona en lo que se refiere al mantenimiento de su propia base. Si la situación hubiera continuado como estaba a comienzos de 2025, con 24 por ciento de aprobación, habría sido muy difícil, porque en ese momento el presidente comenzó a perder aprobación en el Nordeste, entre los católicos y entre las personas con ingresos familiares mensuales de cero a dos salarios mínimos, la base del lulismo. Eso sugería unas elecciones difíciles. Si esa situación se hubiese mantenido, habría sido posible decir que el lulismo había sido afectado. Pero hubo una recuperación y el lulismo sigue en pie.

El problema es que la situación de Brasil y del mundo se volvió más difícil porque estamos frente a una extrema derecha que no existía con estas características hasta 2014. La extrema derecha se apoderó de una parte de la sociedad. No digo que la mitad de la sociedad sea de extrema derecha, porque no es así. El electorado que parece aproximarse a la extrema derecha debe rondar el 15 por ciento. Pero 15 por ciento es mucha gente. Frente a cierta fragmentación existente en el sistema brasileño, ese electorado posee capacidad de imantación: puede atraer a otros sectores como un imán.

En las elecciones de 2024 en distintas partes del mundo, buena parte de los gobiernos fueron derrotados porque la pérdida del poder adquisitivo produjo una gran insatisfacción. El elector tiende a atribuir esa responsabilidad a los gobiernos nacionales. Entonces existe otro factor que no es sólo brasileño, aunque se expresa en Brasil: una crisis de endeudamiento en la cual las deudas se convierten en una bola de nieve debido a los intereses y una deuda se superpone a otra. Una crisis de endeudamiento es algo muy serio, y Brasil viene aplicando tasas de interés muy altas, lo que incide sobre ese problema.

Es un conjunto de cuestiones que en 2014 no estaban planteadas de esta manera. Son nuevos desafíos.

—Hablando de nuevos desafíos, me pareció interesante una analogía que usted hace en el libro cuando escribe que Jair Bolsonaro construyó su propio Nordeste en el mundo evangélico, una base leal y suficientemente amplia como para competir con la base del lulismo, que sería el Nordeste. Usted insiste en que el voto nunca se define por un único factor. Entran muchas cosas en esa cuenta, pero hoy un público que era muy fiel a Lula, el de cero a dos salarios mínimos, también está muy influenciado por la religión, quizás de una manera que no ocurría antes de las elecciones de 2018. ¿Cómo llegó la religión a adquirir tanta importancia?

—Brasil viene cambiando desde hace aproximadamente cuarenta años. Cuando yo era joven [Singer tiene 68 años], Brasil era un país completamente católico. Las demás confesiones eran residuales. Pero una de las grandes transformaciones de Brasil es la constitución de un enorme segmento evangélico. Las estadísticas hablan de alrededor del 30 por ciento y, en los grandes centros urbanos, me parece que puede superar ese porcentaje.

Brasil dejó de ser un país completamente católico y pasó a ser un país semicatólico, pero con una participación evangélica muy importante. Desde el punto de vista político, es importante observar que hasta 2018 ese segmento no estaba unificado. No había encontrado un imán y Jair Bolsonaro fue capaz de hacerlo.

Bolsonaro hizo una alianza férrea con los pastores. Llevó a los pastores al gobierno. Eso cambia todo. A veces pensamos demasiado en términos ideológicos. La ideología es importante, pero existe otra parte que no tiene nada que ver con la ideología sino con un aspecto muy material de la política. Bolsonaro eximió de impuestos determinadas actividades religiosas, iglesias y pastores, concedió una serie de beneficios y llevó pastores a posiciones clave dentro del gobierno.

Creo que eso produjo un resultado cualitativamente nuevo en Brasil. A partir de Bolsonaro, ese segmento se unificó y se unificó alrededor de él. Tanto es así que consiguió aproximadamente la misma proporción de votos entre los evangélicos en 2018 y 2022. Medí ese segmento y es aproximadamente equivalente al Nordeste en cantidad de electores. Por eso digo que Bolsonaro encontró su Nordeste. Es una base fortísima.

Ahora está la cuestión del presente. Jair Bolsonaro no puede ser candidato porque quedó inhabilitado y fue condenado a prisión por tentativa de golpe de Estado. A mi entender, y lo digo desde el punto de vista de la defensa de la democracia, nada más apropiado.

Quisiera recordar que a Bolsonaro ya lo llamaban “mito” mucho antes de convertirse en presidente. Creo que es un liderazgo carismático que dialoga con un segmento importante de la población. Y como el carisma no se transmite, eso no pasa directamente al candidato que él designó, su hijo mayor.

Advierto, dentro del segmento evangélico, una indecisión bastante comprensible. Se unificaron alrededor de un liderazgo carismático, pero ese liderazgo está apartado.

El video de la exprimera dama Michelle contra Flávio es muy fuerte y apareció en un momento en el cual su candidatura estaba bastante debilitada, porque llegó inmediatamente después de la denuncia de que había pedido dinero al banquero Daniel Vorcaro, del Banco Master. En el video, ella está casi diciendo algo así como: “yo no tengo nada que ver con esta candidatura”. Después el Centrão se alejó y Flávio terminó bastante aislado al comienzo del proceso electoral oficial.

El pastor Silas Malafaia no estuvo presente en el lanzamiento de la candidatura en Río de Janeiro el 16 de agosto, pero apareció en el acto de Avenida Paulista de ayer [7 de septiembre]. Creo que comienza un proceso de reaproximación, una tendencia de los líderes evangélicos a dirigirse hacia Flávio, dado que fue indicado por el expresidente Jair Bolsonaro y representa aquello que unificó a ese segmento.

—Bolsonaro colocó pastores dentro del gobierno y colocó a uno en particular en el Supremo Tribunal Federal: André Mendonça, que protagonizó la divulgación de filtraciones selectivas sobre la relación entre Alexandre de Moraes y Daniel Vorcaro. Pensé en una formulación de Theodor Adorno sobre el comportamiento antisistema que usted presenta en el libro, según la cual algunas capas oprimidas terminan asociándose con cualquiera que aparezca como crítico del sistema. ¿Puede el comportamiento del ministro Mendonça influir sobre un voto antisistema que iría hacia un candidato que también está involucrado en ese mismo sistema entrelazado con el Banco Master, Flávio Bolsonaro?

—Estamos asistiendo a un embrollo porque éste es un episodio con tantos matices, que involucra ese tipo de relación del banquero con figuras de la política y las instituciones de una manera tan amplia, que parece alcanzar a todos los campos. Para el elector común esto constituye un episodio muy difícil de comprender. El elector común está muy alejado, en su vida cotidiana, de los matices que periodistas, políticos, intelectuales, politólogos y sociólogos se dedican a comprender y estudiar.

Como la mayoría no comprende los detalles de lo que ocurrió, algunas cosas van a concentrar la atención. Una de ellas es la figura del ministro Alexandre de Moraes, porque fue colocado en el centro del debate sobre la cuestión democrática durante el gobierno Bolsonaro y después del 8 de enero, por circunstancias que hasta cierto punto dependieron de él y hasta cierto punto no.

Creo que gran parte de lo que percibirá la franja más derechista del electorado estará relacionado con Alexandre de Moraes. Será identificado como el sistema y quien esté contra él aparecerá como antisistema. Todos los matices que eventualmente indiquen lo contrario pueden pasar inadvertidos.

Existe cierta confluencia entre la pregunta anterior y ésta, porque el ministro André Mendonça está vinculado con esas corrientes protestantes y se coloca en la posición de quien combate a otro ministro que fue presentado como el gran adversario del movimiento alrededor del expresidente Bolsonaro.

Mi intuición dice que esa síntesis puede producirse. Las connotaciones que esto está adquiriendo, el momento en el que apareció… Cuando analicemos retrospectivamente las elecciones de 2026, probablemente destaquemos esto como un acontecimiento importante de la elección, precisamente porque puede funcionar como amalgama para un electorado que quizá todavía no se encuentre completamente unificado alrededor de Flávio.

Insisto: el carisma no se transmite. Flávio no tenía una trayectoria previa que justificara su candidatura. Fue elegido personalmente por su padre. El candidato natural de esa coalición habría sido Tarcísio de Freitas. Michelle se manifestó en contra y todo indica que viene constituyéndose como una dirigente reconocida dentro de ese campo. Después Flávio fue aislado por el Centrão, un segmento que no tiene demasiada fuerza en las elecciones mayoritarias, pero tiene mucho poder en el Congreso. Sin embargo, estos acontecimientos recientes en el STF podrían producirle un resultado positivo.

—En 2012, cuando publicó Los sentidos del lulismo, usted escribió que, como había dejado de existir una derecha relevante, también había dejado de existir una izquierda relevante. En aquel momento sostenía que la polarización había dejado de ser entre derecha e izquierda para pasar a ser entre pobres y ricos. PSDB y PT, los adversarios de esa época, estaban más próximos al centro político. Pero esos tiempos pasaron y ahora claramente existe una derecha relevante en Brasil. En Impasse usted escribe mucho sobre recuperar la cuestión de la autonomía de la izquierda y retomar la crítica económica desde el campo popular. ¿Dónde está hoy esa izquierda relevante?

—Existe una gran lucha nacional e internacional que enfrenta a una nueva extrema derecha, que se extiende por el mundo después de la victoria de Donald Trump en 2016, y, del otro lado, a un frente democrático también muy amplio que incluye sectores de izquierda.

Para caracterizar ese frente democrático tenemos que comprender que, en el plano mundial, quien viene creciendo lentamente pero de manera continua es esa extrema derecha. Esa tendencia está haciendo que una parte importante de la sociedad quiera resistir y esa resistencia está uniendo a personas con orientaciones muy diferentes.

Dentro de ese gran frente democrático existen sectores de izquierda, también con distintas variantes y orientaciones. En Estados Unidos, los Socialistas Democráticos de América, organización política que incluye al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, están en ascenso. Eso no significa que vayan a tomar el control del Partido Demócrata, pero es un movimiento que está creciendo. Es un ejemplo del crecimiento de la izquierda dentro de ese frente democrático.

De la misma manera, aquí en Brasil creo que existen corrientes dentro del PSOL, el propio PSOL, corrientes dentro del PT, el propio PT si se quiere, el PCdoB y otros agrupamientos de izquierda que intentan levantar las banderas de la izquierda.

La izquierda necesita reconocer la necesidad del frente democrático, pero no dejar de ser izquierda. Necesita presentar sus posiciones y, de esa manera, mostrar democráticamente las contradicciones existentes. Ésa es la ingeniería que, creo, se está practicando en Estados Unidos, y se está haciendo bien. Y creo que en Brasil, quizás de una manera menos organizada, también está ocurriendo.

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