El autor es Raúl Gustavo Ferreyra, amigo de Y ahora qué, abogado constitucionalista, profesor titular de Derecho Constitucional de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y doctor en Derecho. En este texto, sin embargo, Ferreyra abandona el registro jurídico para construir un relato íntimo sobre el deseo, la memoria y el paso del tiempo. Una llegada tarde a un concierto dedicado a Ennio Morricone en el Teatro del Picadero termina llevándolo a la fila uno, a un metro y medio de los músicos, y cumpliendo inesperadamente uno de los deseos que lo habían acompañado durante décadas.
El deseo humano tiene muchas propiedades. Entre ellas, que es indestructible. No se gasta ni envejece; el tiempo pasa sobre él sin tocarlo. Puede quedar enterrado durante años, pero no desaparece. Insiste. Otra cualidad es que nunca se satisface del todo. Siempre falta algo entre aquello que se busca y aquello que se encuentra. Quizás esa distancia sea la llama que lo mantiene vivo.
El deseo no es lo mismo que la expectativa. La expectativa es consciente, tiene un objeto preciso y, muchas veces, una fecha: se espera un llamado, un resultado, un aplauso. Puede cumplirse o frustrarse y en los dos casos se termina. El deseo, en cambio, cuando algo lo calma, se desplaza y sigue una búsqueda. La expectativa mira hacia adelante, a lo que todavía no llegó. El deseo viene de atrás, de algo que alguna vez se tuvo o se creyó tener, y empuja hacia adelante.
Una expectativa cumplida se apaga. Un deseo, no.
A lo largo de mi vida tuve deseos y expectativas. De niño, jugar en la primera de Boca y hacerle un gol a River en la Bombonera. En la adolescencia, escribir como Albert Camus o actuar como Gérard Philipe. Más tarde, bailar una pieza con Agnetha Fältskog. Antes de que llegara la madurez, sentarme entre los músicos de una orquesta filarmónica. Después se sumó una admiración perpetua por Jorge Luis Borges y, también, por Ricardo Piglia. Ahora, ver crecer a mis nietos y que en la Argentina se edifique un Estado de derecho con instituciones republicanas y democráticas con justicia social.
Hace un mes saqué dos entradas, una para mí y otra para ella. El plan: un espectáculo sobre Ennio Morricone. Un recorrido musical y narrativo por la vida del gran compositor, con relatos y algunos de los temas más famosos que escribió para el cine, como los de Cinema Paradiso, La misión y El bueno, el malo y el feo.
Las casualidades gobiernan la vida por mayoría absoluta. La función era a las cuatro de la tarde, una hora difícil para ella, y a último momento tuvo un imprevisto. Finalmente, fui solo. Y, además, llegué tarde, algo insólito en mí, que siempre fui puntual. Tal vez, digo tal vez, fue por la cantidad de recuerdos que se asomaban.
En 1981, en plena dictadura militar, cuando no teníamos libertad ni igualdad y la solidaridad se ejercía a oscuras, se hizo Teatro Abierto. Una respiración artificial para los de mi generación. Yo tenía veintiún años y, por suerte, me había salvado de la conscripción. Fui un par de noches a ver algunas obras. No puedo recordar si allí vi por primera vez Gris de ausencia, de Roberto Cossa, o El acompañamiento, de Carlos Gorostiza; las dos se estrenaron en ese escenario el 28 de julio, el día en que empezó todo. Lo que sí recuerdo es con quién: con aquella muchacha que me besó una de esas noches. Muchos años después, cuando todavía era bailarina, me enteré de que había querido ser mi novia. Nueve días después del estreno, en la madrugada del 6 de agosto, el Teatro del Picadero fue incendiado.
El Picadero es muy pequeño. Entre la sala y el escenario ocupa unos doscientos metros cuadrados y tiene menos de trescientas butacas.
Llegué diez minutos después de las cuatro, y el Ensamble Filarmónico y Coral ya había empezado. Al entrar al teatro, sentí vergüenza. No sabía si subir al primer piso, donde está la sala, o irme. Me quedé. El acomodador, gentilmente, me dijo:
—Usted no puede ocupar su butaca en la fila siete. Tendrá que sentarse en la fila uno.
Se produjo el milagro. El escenario del teatro tiene menos de noventa metros cuadrados y la fila uno se encuentra, como máximo, a un metro y medio del escenario. Estaba dentro de la pequeña orquesta filarmónica: cinco violines, cinco vientos, un contrabajo, percusión, un piano y el director. Y, a cuatro metros, el coro, integrado por más de veinte mujeres y quince varones, todos mayores de cuarenta años.
Debajo de ese escenario, cuarenta y cinco años atrás, habían puesto las bombas. Ahora, a un metro y medio de mis zapatos, sonaba Morricone.
Disfruté con plenitud. Hasta podía ver los pentagramas iluminados. Las violinistas, el oboísta, el trompetista —que tenía tres trompetas, dos debajo de la silla— y, atrás, el piano. Desde tan cerca se escuchaba lo que nunca se escucha desde lejos: el roce de los arcos sobre las cuerdas, la respiración del oboísta antes de cada entrada, las hojas de las partituras al darlas vuelta. Un momento memorable.
La orquesta y el coro, y yo con ellos, recorrieron muchos temas, mientras en una pantalla, detrás de ellos, se proyectaban fragmentos de las películas.
Entre tema y tema, un locutor anunciaba detalles de las composiciones. Contó, entre otras cosas, que María, la mujer de Morricone, le sugería a su marido cuáles temas iban a quedar en la selección final. Pensé que detrás de cada melodía que yo creía conocer había también una conversación amorosa por el arte, alguien que escuchaba primero y decía cuál sí y cuál no.
¿Cómo no volver a enamorarse de Claudia Cardinale con “Jill’s Theme”, de Érase una vez en el Oeste, esa melodía lenta que parece no tener apuro en llegar a ningún lado? ¿Un clavecín o un piano?
Cuando empezó a sonar la música, yo estaba dentro de la filarmónica, escuchaba al coro y la veía a ella. ¡Qué morocha!
¿Y cómo no emocionarse con “Chi Mai”, de El profesional (1981), con ese bajo y esa percusión que marcan el alma para siempre?
Pasaron más de quince temas, y yo seguía ahí, en la fila uno, sin moverme. Después de cada uno, el aplauso llenaba la sala y se apagaba de golpe, como si nadie quisiera perderse lo que venía.
El final fue la apoteosis. Sonó “Here’s to You”, el tema de la película Sacco y Vanzetti: una canción breve, casi un himno, que repite sus nombres como una plegaria. Sin que me diera cuenta, mis vecinos de butaca empezaron a cantar con la voz de Joan Baez. Y yo con ellos. Una canción para Nicola y Bart, dos inmigrantes italianos ejecutados en los Estados Unidos en 1927.
La función terminaba con esa canción. ¿Cuánto hacía que no la cantaba? ¿Y cómo era posible que todavía la recordara? Era la misma letra de entonces, la que vuelve a sus nombres una y otra vez y se despide con unas palabras que el propio Vanzetti había dicho antes de morir: que aquel último momento les pertenecía y que su agonía era su triunfo.
Bajé la escalera despacio, como quien no quiere despertarse. Afuera, el pasaje Santos Discépolo estaba igual que siempre, indiferente.
Pensé en el teatro. Aquella madrugada de 1981, alguien creyó que, si le prendía fuego, se terminaba lo que pasaba adentro. Y esa tarde, en el mismo lugar, casi trescientas personas habían cantado juntas una canción para dos hombres a los que también quisieron borrar. Dos hombres condenados por un fallo que nadie, nunca, podría aplaudir.
Pensé en la fila siete. Allí quedaron dos butacas vacías, la mía y la de ella. La expectativa había fracasado: ella no vino y yo llegué tarde. Pero el deseo encontró su propio camino. Me sentó entre los músicos de una orquesta filarmónica, como lo había querido hacía tantos años, y me devolvió, sin pedir permiso, a aquella muchacha de los días de Teatro Abierto.
Y, aun así, algo faltaba. Siempre falta.
En sus Tesis sobre el cuento, Piglia sostenía que un relato breve siempre cuenta dos historias: una visible y otra secreta, que avanza por debajo y recién al final sale a la superficie. Esa tarde también hubo dos. La visible es la de un hombre que llega tarde a un concierto y termina sentado en la fila uno. La secreta empezó en 1981, en esa misma sala, con un beso y un incendio, y tardó cuarenta y cinco años en contarse.
En realidad, uno lleno de esperanzas va a buscar algo que perdió y que todavía no sabe nombrar.
La expectativa se apagó con las luces de la sala. El deseo se alivió.
Ah, me olvidaba. Hubo un solo bis, porque había que entregar la sala. Los músicos repitieron “Here’s to You” y, con las luces encendidas, nos pidieron que, mientras ellos tocaban, el público se retirara despacio. Y, si queríamos, cantando. Ya en la calle, en el pasaje que lleva el nombre de Discépolo, me vino a la cabeza “Uno”, el tango que escribió con música de Mariano Mores en 1943: el de alguien que busca, ilusionado, y descubre que siempre falta algo.