Trump hace feliz a la derecha y Alemania despierta fantasmas

Las milicias ya no protestan en EE.UU., porque lograron todo. Alemania se rearma y a la vez se prepara para restaurar y aumentar la colimba. El recuerdo de la invasión nazi a Ucrania de 1942.

La mitad de los norteamericanos están papeados por la depresión que les causa tener un Presidente Naranja. La otra mitad está esperanzada, contenta o expectante, a ver qué pasa con la economía. Pero hay un sector que está feliz, extático, triunfante: la ultraderecha miliciana. Están tan contentos, que se quedan en casa disfrutando de su triunfo político, el de haber cambiado el sentido común en su país, haber normalizado lo que hace seis meses era un discurso extremista.

En el primer gobierno de Donald Trump se los veía casi cada fin de semana, más o menos de uniforme y armados, protestando contra los inmigrantes, los progres en las universidades y el prejuicio en su contra de los medios masivos, entre otras linduras. Hoy, a seis meses del segundo gobierno, ni se los ve excepto en cenas de camaradería. Los Proud Boys, los Three Percenters y toda la runfla que se hizo famosa tomando el Capitolio en enero de 2021 disfruta del espectáculo. Por primera vez en la historia, su agenda está en el centro de la política nacional.

Esta sí que es una base electoral satisfecha. Primero, todos sus camaradas fueron perdonados y liberados. Y nunca hubo redadas mayores contra los inmigrantes, ni se las hizo con un discurso tan xenófobo (oficialmente, son “invasores”). Nunca se combatió a las políticas de integración en las universidades con tanta saña y penalidades económicas semejantes. Nunca se prohibió el aborto en medio país, se elogió tanto a las iglesias blancas y se hizo tan difícil entrar a Estados Unidos como ahora. Hasta las vacunas están dejando de ser obligatorias, ni siquiera bien vistas. Sólo falta que la Tierra pase a ser plana.

Que Donald Trump disfrute de esta burbuja ideológica no extraña, es la parte dura de su habitual estilo “señora gorda reaccionaria”, enemiga de lo moderno y lo políticamente correcto. Claro que las consecuencias son feroces y reales, porque sigue muriendo gente y siguen arruinándole la vida a tantos. Por ejemplo, a los primeros deportados a Uganda, que se encontraron esta semana perdidos bajo un sol africano.

Lo mismo pasó con la federalización de la seguridad de la capital, que se llenó de agentes vestidos de combate. Según Trump, Washington está en entropía y debería tener la pena de muerte para delitos graves. Pero la capital es una ciudad mayoritariamente negra y la comunidad está asustada, porque cuando la cosa se pone dura, se los llevan puestos por portación de cara. 

Este drama tiene un lado de farsa, como siempre. Una de las razones para federalizar la seguridad pública, además de que ahí manda el Jefe, es que todo se hace más grave. Si mandar a cagar a un policía es una infracción, desearle lo mismo a un federal es “asalto agravado”. El primero es administrativo o casi, el segundo es un caso penal. Pero en Estados Unidos hay un paso previo para que te encanen mal, porque un jurado tiene que decidir si la falta existió, prima facie. Y ya van dos casos en los que los buenos vecinos de Washington dijeron que nones.

El segundo es de comedia, en serio. Una noche, un señor medio machadito estaba comiendo un sándwich en la puerta de una fiambrería, cuando pasaron unos agentes federales de chaleco antibalas camuflado. El tipo los miró y les dijo “fascistas”. Los canas se enojaron y lo encararon, y ahí el acusado les hizo el tal asalto agravado: les tiró con el sándwich. Al jurado le tomó cinco minutos dejarlo en libertad. Esto fue raro, muy raro, porque en general los fiscales controlan la información que le dan a estos jurados y, como es una etapa previa a un juicio de verdad, casi siempre ganan. Que perdieran dos veces seguidas es tomado como un gesto de resistencia.

Otra que resistió fue Susan Monarez, que hace apenas un mes fue nombrada al frente del muy prestigioso Centro de Control de Enfermedades, el famoso CDC. Resulta que el ministro de salud, el psicopático Robert Kennedy, anunció esta semana “con alegría” que ya no hacía falta vacunar contra el covid a niños y adultos sanos. Kennedy lleva décadas jurando contra toda evidencia científica que las vacunas son el origen del autismo, por eso su alegría. La decisión despertó un huracán de críticas y una ola de renuncias en el aparato científico del ministerio y sus institutos dependientes. Monarez criticó la decisión pero no renunció. Kennedy la rajó, pero ella se quedó porque tiene mandato del Senado y considera que ni el ministro ni el presidente pueden echarla. La situación es caótica y, nuevamente, inédita.

Para entender este lado del trumpismo, hay que imaginarse que nuestro Javier Milei lo echa al titular del Servicio Meteorológico Nacional por anunciar una hora de calor. Y entonces nombra a un devoto negacionista del cambio climático, que ni meteorólogo es. O que un terraplanista queda a cargo del Instituto Geográfico Militar… ¿se imaginan los nuevos mapas?

Otro sapo fuera del control del Gran Jefe fue que Dinamarca denunciara a Estados Unidos por andar operando en Groenlandia. La noticia salió primero en los medios, que denunciaron que Trump tenía a tres ex empleados suyos del primer gobierno armando operaciones para convencer a los groenlandeses de que estarían mejor como el estado 51 de la Unión. El canciller danés, Lars Lokke Rasmussen, llamó al embajador norteamericano y le comunicó el enojo oficial. “Cualquier intento de interferir en los asuntos internos del reino es inaceptable”. Rasmussen aclaró que por ahora era una “conversación” con el representante de Washington.

Espías autralianos

Este martes pasó algo muy raro en Canberra: el gobierno australiano en pleno acusó a Irán de organizar atentados antisemitas, expulsó a sus diplomáticas y anunció que cerraba la embajada en Teherán. La decisión del primer ministro Anthony Albanese fue de asombro, porque la acusación iba directo a un incendio provocado en un tradicional restaurante kosher en Sidney, más algunas pintadas.

Lo poco que se sabe de la organización del atentado no suena a película de espías. La inteligencia australiana no dio detalles, pero parece que todo lo armó un personaje de los que andan con gorra Gucci rosa neón y reloj con diamantes, que reclutó online a una patotita que se tentó con cobrar 2500 dólares por realizar “una acción”. Los terroristas resultaron tan inútiles que primero atacaron una cervecería con un nombre parecido al del restaurante que era el blanco, y tuvieron que volver la noche siguiente con su bidón al Lewis Kitchen.

En fin, si esto es cierto, la Guardia Revolucionaria Islámica anda haciendo lo que puede por ahí.

El rearme alemán

Este subtítulo parece que atrasara casi un siglo y debería abrir un párrafo sobre la militarización de la Renania y las Sudetes. Así estamos, volviendo a cosas viejas gracias a Vladimir Putin y su guerra en Ucrania. Este miércoles, el gobierno alemán anunció su propuesta para reformar el sistema de reclutamiento en un país que abolió su relativamente pequeña colimba en 2011. No van a empezar por reimponerla, pero no la descartan.

Lo que propone Berlín es primero la zanahoria y luego el palo, para que crezca su ejército de 180.000 efectivos más casi 50.000 reservistas. El objetivo es llegar a los 260.000 profesionales más 200.000 reservistas convocables en caso de emergencia. La zanahoria es un fuerte aumento de sueldos, indispensable en todos los países ricos donde no hay una reserva de pobres que encuentran la oferta militar -casa, comida y salario bajo- particularmente atractivos. También se ofrece mejor entrenamiento y especializaciones con salida laboral.

Alemania empezó el proceso de rearme con el canciller Olaf Scholz, que descubrió que enviarle tanques Leopard a Ucrania significaba diezmar sus flacos arsenales. Ahora continúa con Friedrich Merz, que tuvo que reformar la constitución para que fuera legal tomar deuda para comprar armas. Mientras las fábricas se expanden, queda el tema de la formación de tropas y oficiales: muchos veteranos se están retirando y hay un claro problema de personal con experiencia.

Por eso viene también el palo, todavía suave. Resulta que todo varón de 18 años cumplidos va a tener que llenar un formulario dando información personal y afirmando si quiere o no servir de uniforme en el futuro, y por qué. Las mujeres pueden optar por llenar el formulario o no, pero es obligatorio para los varones. El gobierno busca tantear a los chicos para calcular si va a ser necesario o no restaurar el servicio militar o van a alcanzar los voluntarios. 

La razón de fondo es que una posible garantía para la paz entre Rusia y Ucrania sea una presencia militar europea por esos rumbos. Esto hace un ruido moral enorme: la Wehrmacht ocupó Ucrania en 1942 y la masacre de civiles todavía retumba en la historia de ucranianos y alemanes.

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