Thomas Friedman, el influyente columnista de política exterior del New York Times, publicó una nota que causó gran impacto dentro y fuera de los Estados Unidos. Mientras tanto, los reservistas israelíes son cada vez más renuentes a cumplir.
Algo fascinante para el visitante a Israel es la extraña milicia que formaron los israelíes para defenderse primero y expandirse después. La IDF, la Fuerza de Defensa de Israel, abarca literalmente a todo el país, con los chicos y chicas haciendo su primer y largo servicio militar apenas terminan el secundario. Luego siguen de reservistas mientras puedan sostener un rifle. Las consecuencias son profundas, porque no hay una casta militar y uno termina conversando con un ilustre y erudito académico que a la vez es artillero en un tanque y sabe lo que quieras de calibres. Los viernes a la noche en los bares de Tel Aviv abundan en chicas y chicos de uniforme, con los Galil de culata plegada, tomando cocas porque están de servicio pasivo. Los reservistas ni se cortan el pelo, ni se afeitan si no quieren, con lo que parecen lo que son, civiles de uniforme.
A la vez, esto construye un país de gente que sabe matar, que vio e hizo lo que se ve y se hace en guerra. Hay madres orgullosas de su hijo músico, que es también francotirador. El padre contento con que el nene volvió de una pieza pero preocupado porque no quiere contar qué le pasó en el frente. Hay muchas cosas de las que no se habla en Israel.
No se hablan pero se notan, como se está notando ahora la dificultad del gobierno de Benjamín Netanyahu en lograr que los reservistas se presenten a las armas para su “ofensiva final”. Lo que hay que entender es que la mayoría de los que uno ve de uniforme, pilotos incluidos, son reservistas que en tiempos normales sirven un tiempo limitado cada año. Esto es un tremendo impuesto a toda la actividad económica israelí, la súbita ausencia de empleados a los que no se puede despedir por hacer su “otra” carrera, la militar. Pero en tiempos anómalos, como estos, el peso social es enorme.
Con lo que muchos están negándose a servir alegando los tradicionales asuntos personales, como carreras y hasta matrimonios en crisis, que muy raramente son rechazados o punidos. Una minoría se niega por cansancio con las razones de la guerra, lo que normalmente te daba una breve pena de prisión militar. El gobierno no da números, con lo que es difícil saber el porte del fenómeno, pero muchos oficiales y soldados les contaron a medios extranjeros que hay unidades que están a la mitad de su complemento.
Es otra pasada de rosca de Netanyahu y su banda de ultraderechistas, que tienen tropas en Siria, Líbano, Gaza y Cisjordania, y ahora quieren ocupar también los pedacitos de la Franja que quedaban sin demoler. Si cuesta convencer a un ejército profesional e imperial, como el norteamericano, que de alguna manera tiene sentido quedarse veinte años en Afganistán, es fácil imaginar lo que cuesta convencer a una milicia nacional en un país ultrapolitizado…
El nivel de revulsion es tan grande que un viejo partidario de Israel, Thomas Friedman, publicó esta semana una durísima columna contra Netanyahu en el New York Times, el bastión del establishment demócrata y un apoyador serial a casi todo lo que haga Israel. Para Friedman, “este gobierno israelí está cometiendo suicidio, homicidio y fratricidio”, todo a la vez. Esto es porque “está destruyendo a Israel frente al mundo, está matando civiles en Gaza sin consideración alguna por las vidas inocentes, está rompiendo la sociedad civil israelí y las comunidades judías del mundo”. La división es entre los que, allá y por todo el mundo, tratan de apoyar a Israel pase lo que pase, y los que ”ya no pueden tolerar, explicar o justificar lo que este gobierno le está haciendo a Israel”.
Friedman, con buen ojo, le marca una feroz falacia a Netanyahu, que Hamas ya fue destruido efectivamente y la justificación de la guerra ahora es “cazar al asistente del asistente del asistente del comandante que ya mataron”. Peor todavía es tratar de justificar que uno ordene a sus militares/milicianos expulsar a cientos de miles de civiles de sus casas y luego demolerles las viviendas con palas mecánicas. Cualquiera entiende que eso no tiene ninguna razón militar, “sólo el claro objetivo ulterior de hacerles la vida tan miserable que se quieran ir”.