Mudanza

(Romina y Natalia, episodio IX)

Sinopsis de personajes:

Romina y Natalia: son amigas de la infancia

Romina Carla: Nació y vive en un amplio dúplex en Juncal y Laprida. Es huérfana de madre. Es impulsiva, adora los dólares baratos y su espectáculo preferido es ver demoliciones de casas y monumentos antiguos.

Natalia: Recién desocupada. Fue despedida de su trabajo en un estudio de abogados del que estaba encariñada. Vive con Stella, su mamá y con ella tiene que emprender la mudanza al departamento de Romina. Está secretamente enamorada de Gustavo.

Stella: Mamá de Natalia. Separada. Su ex  marido y padre de Natalia vive en México. Volvió sola con su hija de su exilio en Estocolmo en los primeros años de democracia años de democracia.

Liliana: Es la difunta madre de Romina.

Gustavo: Médico y taxista. Vive cansado y muerto de sueño. Conoció a Natalia trayéndola en el taxi y pasó la noche en el departamento de Juncal.

Ricardo: Papá de Romina, arquitecto exitoso, demoledor y desarrollador de torres. Secretamente financista. Casado, separado y viudo de Liliana, la mamá de Natalia. Vuelto a casar.


Era la hora de la siesta. Aunque parezca mentira, en ese punto de Barrio Norte, ahí, en Juncal y Laprida a la tarde tempranito, se respira un aire y un silencio casi de pueblo. Nati se empezó a relajar de lo que hubo sido un acto de arrojo. Le vertió suficientes gotas de Clonazepám a su amiga hasta dormirla. La hizo subir en duermevela por la escalera, la depositó en la cama, y, una vez que la vio bien dormida, profundamente dormida, se detuvo a contemplarla  un rato. Ahí con los ojos cerrados, la respiración pareja, Romi se parecía a cuando eran chicas en primer grado; las mamás, Stella y Liliana se conocieron y se quisieron enseguida; Liliana y Ricardo fueron el gran refugio para las dos, que llegaban del exilio en Estocolmo. El papá de Natalia había decidido quedarse a vivir en México.

Nati se acordó de golpe de esa infancia primaveral alfonsinista. Se acordó de  un día que, de golpe, Liliana, Ricardo, Stella y otros padres amigos tuvieron que ir a la plaza un miércoles previo a  Semana Santa. Se quedaron las dos con otras dos nenas del segundo piso al cuidado de Ilde, la empleada de Liliana y Ricardo, los padres de Romi. Se pusieron las cuatro a hacer filas con todos los muñecos y muñecas de la casa. Vistieron a las barbies con ropas diseñadas por ellas usando pañuelos, trapos, toallitas chiquitas, hasta papel higiénico. Con esos atuendos  instalaron a las muñecas en cada uno de los escalones y a los demás muñecos por toda la casa. Sentía que estaban haciendo un evento de modas. También desplegaron peluches. Romina tenía demasiados juguetes. Ildefonsa jugaba como una más, puso un disco de chamamé y hasta se vistieron ellas con ropa de fiesta de Liliana. Jugaron como locas las cuatro nenas, Ilde les hizo la comida y después se quedaron las cinco dormidísimas en los sillones. Fue una verdadera fiesta. Los papis llegaron y vieron todo el quilombo, las bellas durmientes estaban fritas. Liliana y Ricardo dejaron todo así; la casa estaba en desorden, pero qué importaba. Después de la manifestación se habían ido con otros compañeros a una pizzería de la calle Callao, brindaron, habían conseguido mesa al toque y, sobretodo, sentían que se empezaban a sacar a los milicos de la vida.

Nati contemplaba ahora a Romina dormida y pensaba en todos los juguetes que Liliana había ido  guardando en uno de los placares del vestidor. Liliana había sido medio acumuladora y conservadora de la memoria. Pero bueno, ahora Nati no debía recordar, más bien, actuar, salir en ese mismo momento, dejando a Romi en su quinto sueño, recoger a su mamá con las cajas, llegar puntual para recibir al flete y volver. Hizo todo con el sigilo necesario. Cerró con llave, bajó, y fue a tomar el 37 en Las Heras. Natalia registraba, medía cada paso que daba, cada cosa que veía o pensaba. Hacer una mudanza de la casa en la que tantos años había vivido, mudarse por desalojo, vivir con su amiga más querida sin trabajar más, o, no, quién sabe, quizá volver a trabajar quien sabe cuándo, vivir bajo el ala de Ricardo, el acaudalado padre de Romi, antes tan progre y demócrata, y ahora…

El bondi vino enseguida y estaba excepcionalmente vacío, a pesar de que en estos tiempos se forman colas larguísimas. Subieron ella y dos señoras. Nunca supo bien dónde se apoyaba la sube. El boleto se puso carísimo ese día. Sería por eso la escasez de pasajeros.

El primer asiento estaba ocupado y decidió ir a los de atrás, a los que están detrás de la puerta del medio y hay que subir una escalerita. Había olor. Olor pesado, ese olor que hay ahora en Buenos Aires, olor a meo y roña, olor pesado, olor que da bronca y culpa. Igual, ella comprendía ciertos fenómenos sociales, sus padres le habían enseñado… Se sentó en uno de los asientos individuales.  Atrás de ella había un muchacho completamente dormido. Se ve que había pasado varias noches en la calle y ahora estaba bien alojado, pobre, sentado en el asiento del vehículo que hacía de hotel. Era grande, corpulento, parecido a Gustavo, pero no era Gustavo. Cuánta gente dormida que estoy viendo, -pensó.  ¿Cómo será dormir en la calle? Uno da vuelta la cara cuando pasa y ve personas envueltas. O, al contrario, te sube un morbo que te hace ralentar el paso y mirar lo más posible, y lo más disimuladamente posible.

En el asiento largo de atrás había una familia con varias bolsas y atados.

Llegó a su parada. Bajó. Caminó las cuadras hasta su casa y ya estaba el flete cargado. Stella estaba muy firme, poniendo cara de apurada. Nati se subió y el camión arrancó. Buena onda el fletero, tenía un cuadrito del Diego en el vidrio de adelante y eso le dio alegría. Un día de estos volvería a su antigua casa a chequear, a ver su viejo hogar vacío. Ahora, nada de mirar atrás, ir directo a lo de Romi, descargar todo en el living despacito para no despertarla. Dejarían las cosas de la mudanza y se irían a pasar la tarde a los bosques de Palermo a caminar y a comer algo en el pastito. El departamento de Romina estaba cerca y eso era bárbaro. A la noche volverían, cenarían con Romi, y, quizá, o seguro, vendría el médico taxista a quedarse a dormir. Para desembalar y acomodar tenían el día de mañana.

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