¿Cuál es la relación entre las ideas-fuerza del neoliberalismo y la realidad cotidiana? ¿Cómo juega ese vínculo en el voto y en el consenso social? Y del mismo modo, ¿cómo fue que las banderas de la industrialización y la justicia social conectaron con el sentir mayoritario y elevaron la autoestima popular? Aquí una revisión histórica con la mirada en el futuro.
Desde hace por lo menos medio siglo, cada oleada de políticas neoliberales (o como mejor se las prefiera calificar) siempre fue acompañada por la profusa difusión, muchas veces avasallante, de un conjunto de ideas-fuerza, traducidas a slogans y latiguillos de fácil comprensión para el común de la ciudadanía. Con el propósito de facilitar la aceptación social de sus programas, buscaron crear en la población –con distintos grados de éxito– una base de consensos y apoyos lo más amplia posible. Ya sea para convalidar las medidas concretas aplicadas o para generar en la ciudadanía corrientes de opinión favorables a los principios rectores que sirven de marco a la concepción neoliberal, aunque ésta se presentara bajo distintos ropajes como hoy sucede con el rótulo libertario.
Eso ocurrió incluso durante la dictadura, cuando la aplicación del plan Martínez de Hoz se llevaba adelante con la protección del escudo de las armas. Aun así, en esa época, regida por la imposición de la fuerza y la violencia explícita, también el poder de turno cívico-militar que le otorgó soporte al modelo liberal-monetarista de aquel entonces, se ocupó de dar su propia “batalla ideológica” o “batalla cultural”, como la llama hoy Milei. Sus objetivos: demonizar todo lo hecho en el pasado, desacreditar ante la sociedad cualquier enfoque o propuesta alternativa de signo nacional y lograr, en la medida de lo posible, que una parte significativa de la población asumiera como propio el rumbo fijado por esas políticas.
Las fórmulas fueron siempre las mismas, aunque matizadas según las circunstancias. Algo así como un recetario universal al que todo país, haciendo abstracción de su historia real y su identidad singular, debe forzosamente adoptar para alcanzar el nivel de progreso que las naciones desarrolladas ya lograron. Regirse por otros principios significaría insistir en el error y prolongar el fracaso. O dicho de otro modo: la dirigencia que se resista a aceptar esa suerte de compendio de recetas de aplicación planetaria, supuestamente fundadas en la experiencia internacional y en el respaldo de una “ciencia económica” presentada como imparcial, además de estar “fuera de época”, condena a su país a profundizar su decadencia.
El inventario es bien conocido: las reformas desreguladoras, la apertura indiscriminada de la economía, la idea de que el empresariado local es “ineficiente” por no estar expuesto a la competencia, la supuesta defensa del consumidor en contraposición a los productores nacionales, el decretar la caducidad del modelo sustitutivo de importaciones, la idea que la Argentina debe especializarse en producir aquello que demuestre ser competitivo a nivel internacional, el cuestionamiento a toda política que se proponga defender el mercado interno como plataforma del desarrollo nacional, el equilibrio fiscal y el ajuste monetario como condiciones excluyente de la reducción de la inflación, la libre movilidad del capital financiero, el debilitamiento del papel de los sindicatos (y si es posible su eliminación), la idea de que el costo laboral es la causa que impide la generación de empleo, la privatización de los sistemas jubilatorios, la enajenación de las empresas públicas. Y su leitmotiv principal: el desarrollo se logra como un proceso espontáneo cuando el Estado deja de interferir en el libre juego de las fuerzas del mercado.
Son tal vez las principales “ideas fuerza” que, con mayor o menor énfasis, han ido ocupando un amplio espacio al punto de imponer, en buena medida, la agenda que ordena el debate público.
Lecciones del pasado reciente
En la década del ‘90, luego de las hiperinflaciones de 1989 y 1990 y bajo el paraguas del Consenso de Washington,la atmósfera dominante reproducía, en esencia, los mismos patrones ideológicos que sirven de sustento al experimento libertario. También en aquella época, el culto a los citados principios se presentaban como irrefutables hasta el momento en que sobrevino la gran crisis de 2001.
Mientras el país se iba sumergiendo en la “paz de los cementerios”, con las fábricas paralizadas, las máquinas arrumbadas o trabajando por debajo de su capacidad de producción, los productores agropecuarios quebrados, con sus campos hipotecados, las economías regionales destruidas y los comercios vacíos, las ideas dominantes que se imponían en la discusión pública eran las que expresaban los intereses de quienes se beneficiaban de ese modelo que no solo reprimía y asfixiaba el desarrollo del país sino que provocaba un daño inocultable al tejido productivo ya existente, especialmente al entramado industrial.
Hablar de producción nacional, de defensa del trabajo argentino, de protección de la economía, de preservación de los derechos laborales, de la necesidad de incentivar el desarrollo de la industria o del papel activo que debe cumplir el estado como impulsor del desarrollo nacional, eran ideas que no tenían cabida.Esas “recetas viejas”, presentadas como causantes del fracaso, que impedían adoptar como propias las reglas que supuestamente habían posibilitado el progreso de las naciones desarrolladas, eran la verdadera causa del estancamiento y la pobreza.
En ese entonces, los que osaban cuestionar al neoliberalismo recibían, con el estilo de la época, los mimos ataques y descalificaciones que propina Milei a quienes cuestionan el modelo libertario, incluso utilizando argumentos análogos. También en aquel entonces, el Plan de Convertibilidad, que era elogiado en los principales foros económicos del mundo, había logrado concitar un amplio consenso social y electoral.
Hay que recordar, como se señalaba, que la política de estabilización diseñada por Domingo Cavallo había tenido como telón de fondo las hiperinflaciones. Menem había alcanzado la reelección en 1995 presentándose como el garante de la estabilidad, cuando ya existían sobrados indicadores que reflejaban que el éxito del programa antinflacionario se pagaba con recesión, destrucción del tejido industrial, enajenación del activo público y crecimiento del desempleo. Sin embargo, aun en esas condiciones, un sector mayoritario del electorado optó por apoyar la continuidad de esas políticas, cuyo sostenimiento se logró sobre la base de endeudar cada vez más al país hasta un nivel que se tornó insostenible.
Y sucedió que un día, cuando los mercados financieros bajaron el pulgar, todo terminó. El estallido de la Convertibilidad, provocado por la propia dinámica de las fuerzas del mercado, produjo efectos sociales calamitosos. Pero, al mismo tiempo, aunque parezca paradójico, liberó a la Argentina del “chaleco de fuerza” impuesto por los sectores que mantenían asfixiadas las fuerzas productivas nacionales en beneficio del modelo que privilegiaba la especulación financiera, el endeudamiento, el negocio de la importación y la liquidación del activo público.
Así se hizo plenamente visible la situación real del país: crecimiento astronómico de la deuda externa, un sistema productivo diezmado, las empresas que habían sobrevivido a la oleada importadora trabajando con un elevadísimo porcentaje de su capacidad ociosa, el desempleo superando el 18% de la población económicamente activa, la pobreza llegando al 46% de la población.
Como se recordará, la bomba que estalló provocó el naufragio del gobierno de Fernando de la Rúa, dando inicio a una crisis institucional que llevó a la cinematográfica sucesión de presidentes hasta derivar, por voluntad de la Asamblea Legislativa, en la presidencia de Eduardo Duhalde. Éste, junto a la liga de gobernadores y con la colaboración del ex Presidente Raúl Alfonsín, en un contexto extremadamente complejo, pudo mantener a flote la paz social. Al mismo tiempo, puso en marcha el programa diseñado por Jorge Remes Lenicov que sentó las bases del nuevo orden económico que más tarde Roberto Lavagna, primero como ministro de Economía de Duhalde y luego de Néstor Kirchner, logró estabilizar.
El estallido del Plan de Convertibilidad que condujo al país al borde del abismo y provocó un tembladeral que sacudió a todas las instituciones del Estado, llevando al extremo la amenaza de una ruptura incontrolable de la paz social, derivó en la apertura de un nuevo ciclo económico que tuvo la virtud de invertir los términos de la ecuación sobre la que se había basado el programa neoliberal en crisis. La imposición de la lógica regida por los negocios financieros, el endeudamiento crónico, la apertura a la importación y la enajenación del Estado fue reemplazada por un orden macroeconómico que, poniendo nuevamente el centro de gravedad en la recuperación de la producción nacional, el trabajo y el crecimiento del mercado interno, inició el difícil y sinuoso camino de la reconstrucción de la economía nacional.
Hay que señalar, a la vez, que con el estallido del modelo también naufragaron las ideas-fuerza que habían dominado el debate público durante la Convertibilidad. Ya durante el interregno de la presidencia de Duhalde, comenzaron a revalorizarse conceptos que antes eran condenados como verdaderas herejías, incluyendo la idea del papel insustituible que le cabe cumplir al Estado. Esa corriente de recuperación de la conciencia nacional, que excedió los límites del debate económico y se proyectó hacia otros ámbitos, cobró mayor solidez a partir de la presidencia de Néstor Kirchner.
Así como el menemismo, al asimilarse al cuerpo ideológico del neoliberalismo, fue presentado como una suerte de aggiornamentode la doctrina justicialista a las condiciones de la época (haciendo las delicias del establishment nacional e internacional), no fue casual que la conformación de la identidad del kirchnerismo, en muchos aspectos, conectara con las raíces históricas del peronismo. Porque lo que estaba sucediendo en los hechos, en la base material real de la sociedad argentina, no era otra cosa que una recuperación del país motorizada por el crecimiento sostenido de las fuerzas productivas nacionales, a partir de la expansión de la producción, el crecimiento de la industria, la creación de fuentes de trabajo genuinas y la reafirmación de la condición salarial.
Durante el período que va desde el 2003 al 2007 la Argentina creció a tasas chinas: 8,8% en 2003, 9% en 2004, 9,2% en 2005, 8,4% en 2006 y 8,6% en 2007. En esos cinco años el aumento del PBI, marcadamente motorizado por el crecimiento del sector industrial, alcanzó el 51,3%. En 2008 la economía creció un 3,1% y en el 2009, año en que la crisis de las hipotecas de alto riesgo (subprime) en Estados Unidos se expresó en toda su dimensión, el PBI de la Argentina permaneció estancado (0,1% de aumento) para luego, en 2010 y 2011 volver a las tasas de crecimiento del 9,1% y del 8,6%, respectivamente. Si contabilizamos, de punta a punta esos 9 años, la economía argentina experimentó un crecimiento del 93,9%.
Ese proceso real recreó las condiciones para que las “viejas” ideas volvieran a cobrar vida en el debate público. Enarbolar las banderas del trabajo, la producción, el desarrollo de la industria nacional, la formalización del empleo, la recuperación salarial, entre otras,no eran el producto de una retórica vacía sino ideas-fuerza que sintonizaban con las experiencias vívidas de amplios sectores de la sociedad.
Liberadas de la fuerza enajenante de la ideología neoliberal, que había llevado a muchos a quedar atrapados en la idea ilusoria de que apoyando esas políticas se beneficiarían, ahora esos mismos sectores, incluyendo a franjas enteras del empresariado nacional, experimentaban la posibilidad de progresar en el marco de un país que, luego de colapsar, se volvía a poner en marcha. El progreso individual se enmarcó en una corriente general que, entre otros efectos, llevó a elevar la autoestima colectiva y el sentido de pertenencia a un proyecto de país que nuevamente podía vislumbrarse con esperanza en el horizonte.
En otras palabras: fueron banderas revitalizadoras de la conciencia nacional, que reflejaron el sentir popular porque, en los hechos, la economía real se había puesto en movimiento, la recuperación del empleo era una realidad, las empresas volvían a ganar dinero dedicándose a sus fines productivos específicos, los salarios ganaban poder adquisitivo y las negociaciones colectivas funcionaban como ámbito de negociación en una economía que se expandía a tasas chinas.
Pero, como lo han señalado distintos analistas, sería un error concluir que esas banderas, en sí mismas, representaron el contenido de un programa económico que, consciente y deliberadamente, se planteara cómo superar las restricciones estructurales que previsiblemente sobrevendrían como consecuencia del propio éxito de las medidas que impulsaban el crecimiento. La profundización en el análisis de este punto cobra una creciente actualidad.
La matriz productiva
El último ciclo de recuperación prolongado de la economía real al que se hacía referencia (2003 al 2011) se apalancó, fundamentalmente, en la utilización de las capacidades de producción ya existentes. Y, analizándolo en perspectiva (como lo han puesto de manifiesto diversos economistas), si bien se realizaron importantes inversiones en infraestructura y se alentó la producción a través del estímulo de la demanda, no se contempló a su debido tiempo la transformación necesaria de la matriz productiva que le otorgara sustento al proceso de desarrollo a largo plazo.
Hay sobrados ejemplos que ilustran esta debilidad o insuficiencia. Tal vez el más emblemático es el que se refiere al sector energético. Contando con abundantes recursos de gas y, aunque en menor medida, también de petróleo, las compras de energía en el exterior acumuladas desde 2003 al 2015 alcanzaron los 87.000 millones de dólares.
Las consecuencias de falta de un verdadero programa de desarrollo se hicieron visibles. Alcanzados los límites del crecimiento que la propia matriz productiva admitía, las fuerzas motoras de la expansión de la economía perdieron vigor. Se fueron apagando. Un proceso que se hizo claramente visible a partir de 2011. Allí se comenzó a pagar el precio de la ausencia de un plan que, incentivando las inversiones necesarias en los sectores prioritarios, se hubiera anticipado a las restricciones previsibles que frenarían la dinámica del crecimiento.
Allí, en esa fase de declinación, comienza a escindirse lo discursivo de la realidad. En la medida en que fue perdiendo fuerza la dinámica productiva y se agotó la capacidad de que se generara nuevas oportunidades de trabajo genuino, las mismas banderas que sintonizaban con el sentir popular en la etapa del acelerado crecimiento y la expansión comenzaron a perder contenido, a transformarse en fórmulas vacías, retóricas. El congelamiento durante años de la discusión sobre las causas de las sucesivas derrotas, incluyendo no solo la discusión sobre los errores políticos cometidos sino también el debate sobre las insuficiencias del modelo económico nacional aplicado durante las experiencias kirchneristas, impidieron desde hace años ahondar en lo que hoy parecería ineludible afrontar.
Es verdad que las sucesivas oleadas neoliberales obligaron a los gobiernos que las sucedieron a ocuparse de sortear todo tipo de obstáculos y, en buena medida, a concentrar sus esfuerzos en gestionar las situaciones de emergencia generadas por las propias crisis. Tal vez el caso más dramático que lo ilustra fue el estallido de la Convertibilidad y los efectos en cadena que produjo, imponiendo día a día una agenda centrada en emergencias imposibles de soslayar.
Sin embargo, aun considerando esos condicionamientos, la identificación del problema de fondo que impidió encaminar un proceso sostenido de desarrollo, si cabe el término, no debería eludirse. Ya no como reflexión o autocrítica de las experiencias del pasado, sino fundamentalmente en función del desafío de reconstrucción del país que tarde o temprano, una vez agotado el ciclo neoliberal de Milei, las fuerzas que integran el campo nacional, comenzando por el peronismo, tendrán nuevamente que afrontar.
Además, el repaso de la historia reciente parecería dejar en claro que la reiteración de las oleadas de políticas neoliberales se alimentó de las insuficiencias o debilidades de las políticas que, aun siendo inspiradas por un indudable sentido nacional, no lograron transformar la estructura económica que asfixia el desarrollo. Esto sucedió con Mauricio Macri y, luego del gobierno fallido de Alberto Fernández (quien públicamente admitía su descreimiento sobre la necesidad de que su gobierno contara con un programa económico), también ocurrió con Milei abriéndole las puertas a la que, sin lugar a dudas, representa la versión más radicalizada del neoliberalismo.
El carácter novedoso del movimiento libertario responde más a sus modos y formas de expresión agresivas y no al contenido de sus ideas, principios o programas. Ylo que una vez más se presenta como “lo nuevo” no es otra cosa que la reiteración de las viejas recetas. Mientras que lo que hoy es calificado de “viejo”, en verdad representa el ideal de aquello que aún no pudo hacerse realidad: para quienes aspiran a evitar que la Argentina termine sumergida en un mar de miseria y exclusión peor al actual, lo supuestamente “viejo” es la encarnación de las banderas que nunca deberían ser arriadas.