Una reflexión sobre la necesidad de superar simplificaciones engañosas al mismo tiempo que una exhortación a considerar cada compatriota más que un competidor, un hermano.
Un agudo analista de la política argentina con quien no siempre estamos de acuerdo (pero cuya lectura es aconsejable para zamarrear la interpretación de los hechos) sostiene que “gobernar es ajustar sin que nadie lo advierta”. Una sutileza instrumental.
Se trata, ciertamente, de una sentencia para meditar desde varios ángulos, aun para quienes nos orientamos dentro de una visión más clásica, aquella que dice que gobernar es organizar la sociedad en la búsqueda del bien común, o sea con un eje esencialista donde las herramientas deben ordenarse a sus fines.
En esta visión el ajuste es procedente cuando se ha incurrido en un desborde o han cambiado las condiciones que dieron lugar a determinado desenvolvimiento institucional y es necesario reorientar los recursos humanos y materiales (estos últimos siempre escasos) hacia formas de administración más funcionales al objetivo de mejora comunitaria que cada rama del Estado tiene que cumplir. Así desaparecieron los leprosarios, por ejemplo, para poner un toque de humor negro a modo de ejemplo.
Podría ser, hablando en términos más actuales y por lo tanto más picantes, y también como caso práctico, que haya que replantear la internación psiquiátrica transformando los hospitales de locos en centros de atención más ajustada a las dolencias reales de cada grupo de pacientes mentales, para esbozar una hipótesis con apariencias de plausibilidad, pero en ningún caso es admisible, a esta altura de la civilización, (diagnósticos y tratamientos mediante), cerrar manicomios o asilos por falta de presupuesto como argumento.
O peor, argumentar que “no hay plata” cuando la ruleta financiera lleva a emisiones obscenas para instrumentar los manejos a los que se recurre para sostener paridades cambiarias convenientes a los programas de ajuste perpetuo.
Con la prioridad del presunto equilibrio monetario por sobre las condiciones de vida de los ciudadanos se pone de cabeza lo que tiene que pararse sobre sus pies. Cuando esto ocurre, algo se ha quebrado entre la gente común y sus presuntas dirigencias.
Cesa así la correspondencia, siempre frágil y discutible, entre los intereses de los representados y quienes ejercen las responsabilidades de gobierno. Por allí – y por otros tantos resquebrajamientos realmente existentes – se cuela el actual descrédito de la política como ciencia y arte del esfuerzo por la mejora del conjunto social.
El ajuste como elemento nuclear de la política responde a una visión formal y conservadora, aquella que bloquea cualquier perspectiva de transformación y pretende (en forma vana) consolidar una determinada estructura social.
Al convertir la herramienta en un fin en sí mismo establece un cepo mental que impide reconocer cambios históricos de superación del atraso y sobre todo bloquea la perspectiva de diseñarlos con un sentido integrador que al mismo tiempo permita superar las carencias que padecen amplios sectores, tal como ocurre hoy en la Argentina aun cuando se trate de un fenómeno registrable en diversos países, como un mal de época.
Una pretensión imposible
Pretender instaurar el ajuste como única y principal condición de la libertad lleva en sí mismo un contrasentido, puesto que la ampliación de opciones para realizarse en la vida personal siempre se da en un contexto social e histórico concreto que lo condiciona.
Es decir, no existen sociedades ideales donde cada cual pueda encontrar un camino de salvación con independencia o desprecio de la suerte de sus familias, vecinos o compatriotas.
Aún en la abundancia de alternativas que ofrece el espectacular desenvolvimiento de la ciencia y la tecnología contemporáneas existen restricciones que obligan a pensar en políticas necesarias para garantizar a todos los miembros de una sociedad determinada el acceso a los bienes necesarios para una subsistencia digna.
Quizá lo que diferencie a nuestra época de las anteriores sea, justamente, que ahora es posible garantizar el piso vital de supervivencia a cada miembro de la comunidad nacional desde un nivel de dignidad básica.
Esto no era así en el pasado, cuando la organización desigual de la producción regía la conformación de los agregados humanos de un modo inevitablemente jerárquico. Requería una autoridad disciplinadora que contuviera a los menos favorecidos cuyo aporte al esfuerzo colectivo era sin embargo necesario para garantizar la reproducción de la riqueza y su eventual ampliación mediante la fuerza y la rapiña.
En nuestro tiempo, en todo caso, el riesgo para la humanidad es destruir y consumir los recursos del planeta para sostener apenas el lujo y bienestar de la porción encumbrada y dominante dañando al mismo tiempo su entorno. En este sentido existe todavía sin resolver el desafío de administrar el ambiente y aprovechar los recursos (y su regeneración) con tecnologías no destructivas.
Todo hace pensar que la humanidad encontrará ese camino sin suicidarse, pero eso no impide ver que en las circunstancias actuales sigue primando la rapacidad por sobre la solidaridad.
Mientras tanto, aparecen regresiones ideológicas como el libertarismo, tal como expresa el actual titular del Poder Ejecutivo y su alter ego, el ministro de “desregulación” Federico Sturzenegger.
Con el débil argumento de que siempre es preferible que no existan regulaciones, o que sean mínimas, se busca desmantelar toda una armatura (en su significado de soporte o estructura) institucional que sin duda requería correcciones pero que en modo alguno debe dejar de existir. Quieren “libertad de los mares”, donde el pez grande se come al chico. Muy troglodita y anticuado. Odioso.
El ajuste como eje de la política, no sólo económica sino sobre todo social, es una manifestación rústica y clasista de una concepción de la sociedad que paradójica y contradictoriamente reaparece cuando estamos en un estadio superior de capacidades para cuidar de nuestros semejantes.
Y ello es, mientras no se demuestre el contrario, una expresión del formato de acumulación predominante basado en la iniciativa privada, (valor al que no parece conveniente renunciar tanto como es indispensable controlar sus desbordes), dando lugar a lo que notables pensadores críticos denominan hoy con acierto tecnofeudalismo, donde el poder de última instancia lo tienen los conglomerados corporativos que dominan la innovación tecnológica.
O sea, la humanidad progresa y de algún modo mejora, mientras los beneficios de la civilización son cada vez más capturados por asociaciones globales que escapan – o así lo pretenden – a sus deberes de solidaridad y sostenibilidad de las comunidades realmente existentes, como es nuestro caso nacional. Olvidar que toda producción es social es el punto de partida de este error.
Este predominio mundial, del que tenemos aquí aplicaciones diarias, se propone ir desmontando todos aquellos mecanismos construidos a lo largo del tiempo para la mejora social. Aun cuando es cierto que ciertas formas de administración de la cosa pública envejecieron, en modo alguno se justifica su desmantelamiento, tanto en materia educativa o sanitaria, por ejemplo, porque ello acelera la descomposición del cuerpo social.
Verdad es también que lo anterior explica lo presente como momento sombrío aunque no determina el porvenir, sólo lo condiciona y, en las circunstancias actuales, lo hace de un modo peligroso. Por eso idealizar el pasado, que nunca fue idílico, es una forma de caminar en la dirección opuesta a lo que necesitamos, que debe orientarse hacia un creciente bienestar y convivencia solidaria. Rescatando merecidamente los avances registrados en los momentos históricos que efectivamente ocurrieron.
Entre las necesidades fundamentales y las aspiraciones siempre crecientes con tendencia al infinito hay un largo camino de acciones concretas. Se trata de definirlas del modo más racional y equitativo que sea posible en cada momento de la existencia de los pueblos. El presente en modo alguno es el tiempo de la renuncia a la libertad bien entendida, combinada con fraternidad e igualdad, y mucho menos a que sea un bien escaso transable en el mercado.
Los argentinos enfrentamos desafíos tan apasionantes como exigentes, puesto que no estamos optando entre realidades angelicales sino entre dificultades complejas. Pero si hay algo seguro es que las simplificaciones agravan las situaciones indeseables.
Así como la política gubernamental no puede reducirse al ajuste tampoco puede carecer de una intencionalidad o proyecto común, de elaboración compartida sin propietarios intelectuales o esquemas abstractos de aplicación dudosa. A eso se llamaba programa nacional, expresión rigurosa que ha sufrido el desgaste del tiempo, por mal uso, hasta convertirse en una marca antigua y poco convocante.
La renovación de las prácticas políticas también implica al lenguaje. Es necesario entonces una construcción que lleve al entendimiento en un idioma común a todos los grupos sociales que comparten un destino sobre una base geográfica y una historia que lejos de anclarnos en situaciones estancadas nos proyecta al porvenir sobre la base de lo que somos y lo que podemos ser.
Con la modestia del caso, sugerimos que esa construcción se inspire en ideales integradores, reconociendo en cada compatriota a un semejante y un hermano.
En principio, tan magna tarea merece el intento para superar tantos desencuentros.