Los ayatolás masacraron manifestantes, ICE mató a una mujer, Israel sigue demoliendo y Venezuela estrena virreinato.
Alguien lo hizo circular por las redes, en buen inglés: la próxima vez que te preguntes cómo pudieron dejar que los nazis llegaran al poder, cómo fue que no se dieron cuenta, contestate que fue así, así como lo estás viendo ahora.
Tal vez -ojalá- el autor exagera, pero esta semana fue una de crueldades notables.
Las fuerzas armadas de Israel siguen ocupando buena parte de Gaza y la están demoliendo. Ya no es el objetivo principal, pero siguen matando a alguien todos los días.
Los ayatolás reprimieron como nunca las protestas populares y mataron a cientos o miles de personas. El crimen que cometieron, penado con la muerte, es el de “atacar a Dios”.
Un agente de Migraciones mató a sangre fría a una mujer de 37 años que trataba de alejarse en su coche. Le metió tres tiros por la ventanilla y después inventó que le tiró el auto encima. Un colega le metió un tiro en la pierna a un detenido que quiso escaparse.
Suecia y Francia empezaron a llevar tropas a Groenlandia para complementar el despliegue del ejército danés. Es en solidaridad por el apriete de Donald Trump, que quiere quedarse con la isla que pertenece a un viejo aliado de la OTAN.
Lo que queda del gobierno venezolano paró de detener opositores y hasta soltó algunos presos políticos, incluyendo alguno norteamericano. El éxodo en la frontera brasileña es fantástico.
Los ayatolás reprimen
El pueblo iraní salió a las calles por la crisis económica terminal, muy entendible para argentinos. Su moneda ya no vale nada, cotiza de a millones frente al dólar, la inflación va de la mano con el desabastecimiento, y el gobierno sólo atina a decir lo de siempre, que la culpa es de las sanciones internacionales. Por patriotas que sean, por islámicos que se definan, hay un momento en que cualquier persona sensata se da cuenta de que vive en una supuesta potencia militar, con drones y misiles, que banca milicias en cuatro países, pero no tiene nada que comer…
Con lo que no extraña que la protesta empezara con un cierre general del Gran Bazar de Teherán, uno de los más antiguos centros de comercio del mundo, donde ya no iba casi nadie. Los ayatolás en el poder saltaron, por el inmenso valor simbólico de la medida, que en 1979 fue el golpe final al régimen del Shah. Las protestas estallaron en todo el país, hasta en esos pueblos chicos donde todos se conocen. El régimen cortó los teléfonos e internet, y sacó a la policía y a sus brigadas paramilitares -una suerte de Triple A de uniforme negro- a meter bala.
El Presidente Naranja amenazó con “consecuencias terribles” si seguían matando, pero no parece que eso impresionó a los dueños del poder. Nadie sabe exactamente cuántos muertos hubo, se habla de hasta 3500 “subversivos”, y de decenas de miles de detenidos. Un detalle muy importante: el régimen señaló que hubo 150 brigadistas y policías muertos, cosa nunca vista. Parece que los iraníes salieron a la calle dispuestos a pelear.
Luego, los ayatolás anunciaron que iban a ahorcar a los peores detenidos, sin explicar cómo los eligieron, por el delito de “ataque a Dios”, ya que parece que disentir con el régimen es ir contra la divinidad misma. El jueves, el embajador iraní ante la ONU dijo que no, que no iban a ahorcar a nadie.
De paso: la derecha israelí acaba de mandar a la Knesset una ley poniendo la pena de muerte también por la horca a cualquiera que mate a un israelí, no siendo israelí.
Jerusalén y varias capitales árabes le pidieron a Washington que no bombardee Irán. Temen las represalias, que esta vez los ayatolás están movilizados.
Migraciones
Hubo un tiempo en que “la migra” era un grupo de funcionarios civiles que sellaban pasaportes en los aeropuertos, pedían papeles y formularios en trámites de residencia, y manejaban detenidos que le traía la policía si estaban flojos de papeles. La migra hoy se llama ICE, hielo, y consiste en gentes de fajina militar, casco, chaleco antibalas y fusil de asalto que hacen redadas violentísimas. Minneápolis es su víctima más reciente, una ciudad en estado de sitio.
Los agentes ya están ganando fama de mal entrenados y arbitrarios, y de habituales quebrantadores de la ley. A donde vayan los siguen norteamericanos de documento en el bolsillo protestando lo que hacen y exigiéndoles que se quiten las máscaras. Los ICE los detienen cada dos por tres, algo perfectamente ilegal, y de paso se sacan las ganas de darles unos golpes.
Pero hace una semana, un sacado le pegó tres tiros por la ventanilla del auto a una mujer de 37 años que estaba tratando de salir del lugar, como le habían ordenado. Está en video, es duro de ver. El agente tuvo todo el respaldo posible del gobierno federal, que lo canonizó en vida y acusó a la muerta de querer atropellarlo, algo a todas luces insostenible. Luego, le ordenó a los fiscales federales de Minesota que investiguen a la muerta y a su viuda, a ver qué mugre le encontraban. Seis fiscales al hilo renunciaron protestando por la orden, que quedó en la nada.
Lo mismo le están haciendo, inesperadamente, al muy eminente referente del establishment financiero mundial, Jerome Powell, titular de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Es insólito, es como si Videla le hubiera hecho juicio a Alsogaray por corrupción, que es exactamente lo que dice Trump que hizo Powell. La excusa es que una amplia reforma de la sede del banco central norteamericano se fue totalmente de presupuesto, y que el proyecto incluye demasiado mármol y demasiados baños privados.
En realidad, la madre de la causa es que Powell no quiere bajar las tasas de interés como quiere el presidente. Powell y el resto del board de la Reserva tiene el mandato legal de contener la inflación sin afectar el crecimiento, pero Trump directamente niega que haya inflación y no para de decirle idiota al titular. La citación de la fiscalía cayó muy pero muy mal en los círculos financieros de Estados Unidos, que se consideran con bastante razón el verdadero poder en el país. Powell fue un ejemplo de dignidad y buenos modales contestando los cargos tan falopas.
Los mismo hicieron, oh sorpresa, los Clinton, que se negaron a presentarse ante el Congreso cuando fueron citados. Bill y Hillary, ex presidente y ex canciller y candidata presidencial, explicaron que los citan otra vez por el Caso Epstein nada más que para ensuciarlos, y que ya declararon abundantemente en su momento. Los republicanos se desconcertaron, pero anunciaron que los van a llevar por la fuerza pública. Pueden hacerlo, y también mandarlos presos.
En Venezuela
Caracas vive días de desconcierto y adivinación, pasando del registro humilde ante Washington a la retórica de la soberanía y la libertad. Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos y el canciller más influyente desde Henry Kissinger, que también fue Asesor en Seguridad Nacional, es el encargado de pilotear a control remoto lo que queda del chavismo en el poder. O sea, es canciller, asesor y virrey. Rubio dejó saber que le exigió a Caracas que expulse a sus asesores cubanos, rusos, iraníes y, sorpresa, chinos, que nadie sabía que andaban haciendo otra cosa que negocios. El resto de lo que andan hablando es todavía reservado, pero nada casualmente todo el mundo se acordó de Diosdado Cabello, el ministro del Interior y brazo ejecutor del régimen. Que está acusado de exactamente los mismos cargos que Nicolás Maduro…
Sí se filtraron detalles que pueden explicar uno de los misterios del secuestro del presidente venezolano, el de por qué no funcionaron las sofisticadas defensas antiaéreas de la capital. En 2009, Hugo Chávez anunció que había comprado unos sofisticados sistemas S300 de defensa aérea rusos, presentados como una herramienta de soberanía ante Washington. Estos son sistemas muy pero muy sofisticados y Chávez llegó a afirmar que tenía cinco mil de estos cohetes.
Los S300 son móviles, baterías de seis enormes cohetes montados sobre un tanque, cosa de hacer más difícil ubicarlos. A esto hay que sumarle que, desde el embargo de armas de EEUU en 2006, Venezuela se rearmó a la rusa, con tanques T-72, cazas Sujoi 30 y su propia fábrica de fusiles Kalashnikov. El sistema se completaba con un poderoso radar chino que coordinaba las baterías.
Pero nada de esto entró en acción la noche del secuestro. El radar estaba apagado, las baterías no dispararon y el pobre soldado leal que disparó un solitario cohete antiaéreo Manpad fue desintegrado con una ráfaga de explosivos. Este silencio alimentó la teoría de la traición: que una interna contra Maduro desactivó su defensa y seguridad personal para que se lo llevaran.
Pero otras fuentes, todas norteamericanas, arriesgan otra hipótesis, la de la terminal incompetencia de los militares a cargo del tema. Resulta que en videos y más videos aparecen tirados por ahí, a veces todavía en sus casas, las baterías y los misiles, yaciendo en depósitos y jamás montadas. Las que sí se desplegaron parecen tener serios problemas de mantenimiento, algo que los más conspiranoicos atribuyen a un deseo ruso de nunca ver uno de sus misiles bajar un avión norteamericano, lo que crearía complicaciones para Moscú.