Para que sea realmente eficaz la acción cotidiana debe tener una retaguardia cultural amplia y universal, aun cuando nuestro ámbito de responsabilidad sea nacional. Esta necesidad impone como condición necesaria cultivar conciencia histórica y no desatender los grandes procesos, tanto del presente como del pasado. Con esta premisa Ariza presenta un interesante poema de Jorge Aulicino, donde revisa la Revolución Soviética en diálogo con su principal figura, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin.
Dicen que Lenin, tan intransigente con las veleidades de los intelectuales, decía que a los poetas había que respetarlos de un modo especial, como seres únicos que veían realidades no convencionales. No se metía con ellos, aunque desconfiara del futurismo de Maiakovski como una huida hacia adelante y recomendara no abandonar a Pushkin. Y recomendaba las grandes obras de la literatura rusa.
Nuestro compatriota Jorge Aulicino, fallecido en julio del año pasado, fue un reconocido escritor (Premio Nacional de Poesía en 2015), traductor y colega en el periodismo con una larga trayectoria en Clarín y la Revista Ñ, de la que fue su editor en las sombras durante varios años. Tradujo, empeño gigantesco, La divina comedia, del Dante, y a Passolini, Montale y Ezra Pound, entre otros. Su recomendable sitio Otra Iglesia Es Imposible (Museo de poesía antigua y contemporánea) exhibe innumerables pruebas de esa destacada labor.
Editó una compilación de su obra hasta 2012 bajo el título Estación Finlandia, que es justamente el del poema que presentamos hoy.
No hacemos crítica literaria, vale aclarar. Eso es cuestión de expertos. Pero nos permitimos recomendar la lectura de este complejo poema escrito por este cabal artesano de la palabra a quien el comunismo abandonó (y no al revés, como es usual decir para salvar almas de la condena eterna) a lo largo de una vida prolífica.
Sobre el hecho histórico en sí, la revolución de 1917, digamos que la polémica no ha dejado de ocurrir, ni lo hará por el momento. Recordamos aquel sabio chino a quien pidieron un análisis de la Revolución Francesa y contestó algo así como “es muy pronto el tiempo transcurrido como para dar una opinión concluyente sobre sus efectos”. Quienes la consideran un fenómeno detestable prefieren descartarla como una anomalía histórica, pero resulta inocultable como ejemplo de ingeniería social transformadora, con todas sus luces y sombras, que las tiene en abundancia acordes a su época.
Aulicino no recurre a la descripción ni la denostación, su aproximación poética no sigue el método del relato (o contrarrelato) histórico, sino que lo sublima como un hecho único lleno de dimensiones inesperadas y lo describe con las herramientas del lenguaje, abriendo todos los caminos posibles a la interpretación, incluso aquellos que no están sugeridos en el texto. Lo curioso es el cierre, tan manoseado hoy.
Que el lector haga su propia reflexión. Aquí queda abierto el agujero del sentido y sugerimos dos conceptos esenciales como matrices analíticas, por un lado, necesidad, por otro, libertad:
Estación Finlandia
Libertad es la necesidad conocida (Engels)
Y sobre la precisión, y sobre el armado de aquella relojería
que implicaba vidas en las leyes de la historia, el viento de octubre
rugía. Sabés, no era el nido de la cigüeña ni el jardín de los cerezos
sino su luz, la que, derrumbándose, provocaba el desapego,
otra alienación. Ni de fraguas rojas como el cielo
con el porvenir en los ojos de ciervo de los nuevos obreros.
No era lo que se perdía, no. No lo que se ganaba.
Era todo torvo, metafísico, de uno y otro lado.
Y sobre aquella vastedad del clima al que se abandonaba todo,
tu dedo desde el camión blindado.
No era el jardín, era su luz;
no era el futuro, sino su hueco.
“¡Todo el poder a los soviets!”, tu dedo.
No ha lugar a semiclimas. Este es el momento,
Mañana será tarde, ayer era temprano.
¿Alguno vio que ese momento sagrado de la historia
—lo que va del ayer al mañana— era cimbreante vértigo?
O algo distinto al vértigo. Un momento de nada.
Hablando en rigor,
un momento ahistórico (ni los de arriba ni los de abajo
pueden vivir como hasta ahora).
Ciego, entraste en el hueco sin voces. Y tras de vos,
el sóviet.
¿Qué sería ahora de la nueva asamblea? Una torsión en los siglos,
una extrema prescindencia, un cántico vacío, un oratorio,
un canon.
A partir de vos, la historia fue irreal. En cierto modo
—en un modo, en el único modo—,
dejó de ser historia. Fue de nuevo el páramo duro de la religión,
no humano.
En tus secretas charlas con Hobbes, resolviste la partida de
esta forma:
Si los dejamos librados a sus intereses, estos potros desnudos,
hambre y fusil,
van a la organización, al gremio, a la palabra hecha objeto:
salario, salario.
Nuestra luz, amasada en alguna comarca de la lógica, en un sitio
atestado,
revelará el destino que calzaremos como un guante de acero.
No pudo con tu cerebro tu cuerpo tártaro. Paralizado, mudo,
dictabas todavía cartas
al Comité Central.
Pero no todo había cambiado ya: se organizaba lo rampante según
el dictado
de una máquina de acero que era imposible parar.
En los parlamentos europeos se veían las caras, cara a cara,
pero en el sóviet había caras tan despejadas de engaño que
apenas
conservaban el color del surco, la rojiza luz de los talleres.
Los hombres no fueron tratados ni como cosas: fueron tratados
como ideas.
Y todo el partido, toda la historia, se convirtió en ideológico erial.
Todo fue irreal, y tragó sangre, madres, olores,
el silencio sagrado del trabajo.
Coraje, Lenin. Borbotea de nuevo el alcantarillado de la historia.
Estos son hombres, estos son hombres, en las vacías ciudades nuevas.
Habemos hombres y chatarra. Hombres que saben de un modo confuso
de aquel intento de entender, en lucha cuerpo a cuerpo,
de qué son objeto.
Millones quedaron allí, en el descampado sin historia,
por entender la historia,
por cambiar la historia sin entenderla,
por trascender lo vano y lo nuevo.
Millones, por ser en la luz infecunda del cielo.
Millones por vos, por tu dedo señalando lo más privado de historia,
lo nuevo privado de historia: el poder de los sóviets.
La libertad.
Jorge Aulicino
(Poesía reunida, Ediciones en danza, Bs.As., 2020, págs. 415-417)