La moralidad es una construcción social. O sea, no es universal ni natural sino que se forma históricamente a partir de acuerdos, costumbres, relaciones de poder y necesidades colectivas. Por supuesto que las normas morales pueden cambiar a través de la educación, las leyes o el contexto, pero no por la exclusiva voluntad de un narcisista poderoso como Donald Trump, que conoció a varias personalidades que las desafiaron abiertamente, y animaron historias con final poco feliz.
Un pensador oceánico entendió al hombre como producto y artífice de la historia y escribió, en la primavera de 1845, una serie de Tesis para refutar la impronta mística de otro erudito. El texto quedó allí, inédito, hasta que transcurridas más de cuatro décadas, en 1888, Friedrich Engels lo dio a la imprenta como apéndice de un libro de su autoría: Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Pasado casi un siglo y medio, ahora, resulta pertinente advertir que la Tesis número XI, la última del apéndice que Engels agregó a su libro, sigue resonando como un mandato inapelable: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos al mundo, pero el objetivo es transformarlo.”
Engels fue amigo, colaborador y compañero del autor de la célebre Tesis número XI y como él sostenía que más allá de lo que piensen de sí mismos, los seres humanos no son algo aislado sino seres sociales cuya esencia y desarrollo se fraguan en las relaciones de producción y la vida en sociedad. En tanto productos y artífices de la historia, en ese doble movimiento de mutua y simultánea transformación se inscribe la existencia de quienes se crean a sí mismos (siendo artífices) mediante su actividad práctica y social (en especial el trabajo, que transforma la naturaleza y la sociedad), pero a la vez son moldeados por esas condiciones históricas y materiales (que los vuelve productos), conformando un ciclo de autogeneración y cambio constante.
Abundan los ejemplos, incomprensibles al margen del despliegue de una dialéctica que los involucra, y que derraman mucha más claridad sobre su momento histórico que sobre quienes los animan. Allí está el caso de Ghislaine Noelle Marion Maxwell, por ejemplo, la novena y última hija del recontra millonario británico y dueño de medios de comunicación Robert Maxwell. Nacida cerca de París, creció en Oxfordshire y estudió en la Universidad de Oxford, donde ganó rápida notoriedad porque el propietario del club de fútbol Oxford United, su padre Robert Maxwell, le cedió la dirección de la institución. También el nombre de Ghislaine ilustró la popa de un yate de 55 metros de eslora y 9,7 metros de manga, una embarcación de un lujo decididamente obsceno. Pero el 5 de noviembre de 1991, navegando en aguas de Gran Canaria, el propietario del barco (Robert Maxwell, a la sazón con algunos problemas económicos) se cayó por la borda. Y esa muerte desató especulaciones de todo tipo, en un abanico que fue desde el “ahogamiento accidental”, según la justicia, hasta la posibilidad de que el magnate hubiera optado por el suicidio, o lisa y llanamente hubiera sido víctima de un asesinato. Esta última opción fue la que sostuvo Ghislaine, incluso hasta un año después, cuando viajó a Nueva York para establecerse y continuar organizando grandes fiestas, como en Inglaterra, frecuentadas por ricos y poderosos. En uno de esos eventos conoció al millonario estadounidense Jeffrey Epstein.
Por entonces los poseedores de grandes fortunas veían con simpatía la creciente difusión de las obras de varios economistas, como el inefable Murray Rothbard y sus admiradores (al estilo de Hans-Hermann Hoppe, David D. Friedman, Joseph Salerno y Walter Block) que asumían, aunque con matices, los principios del libertarismo radical y del anarcocapitalismo sin anestesia. Decían que el Estado era una molestia para el despliegue de “la prosperidad empresaria”, y de ahí la propuesta de abolirlo junto con toda regulación (incluso la que implicara cuestiones morales) que obstaculizara la expansión del mercado. Y en ese clima epocal, entonces, con la voz de Rothbard haciendo contrapunto desde el pasado inmediato y defendiendo relativamente a la prostitución, las drogas, la venta de órganos, los contratos extravagantes o el “mercado de niños” (aunque debiera suavizar su postura planteando que no defendía ciertos tráficos sino la venta voluntaria y contractual para ser coherente con sus teorías), Jeffrey Epstein y Ghislaine se hicieron socios y pareja, y ella fue la encargada, según estableciera luego la justicia, de “atraer, transportar y traficar niñas menores de edad, algunas de tan solo 14 años”, para abusar de ellas.
Jeffrey Epstein, que no había heredado una fortuna como Ghislaine, acumuló sin embargo un importante patrimonio realizando negocios financieros diversos y también invirtiendo en medios de comunicación, al tiempo que habría montado una red de tráfico sexual de menores, y filmado subrepticiamente a sus clientes para luego someterlos, según trascendidos, a extorsión o chantaje. Eran todas prácticas contrarias a la moralidad alcanzada luego de intensos debates democráticos, controversias, negociaciones y consensos en la virtual totalidad de las comunidades nacionales de Occidente, y que había cristalizado en sus plexos jurídicos y también en numerosos acuerdos internacionales. Y esa moralidad pudo ser atacada por Rothbard y sus compinches recurriendo a una penosa moralina, ciertamente, pero resistió con éxito, incluso hasta procesar en 2005 la acusación contra Epstein de abusar sexualmente de una niña de 14 años. Y el episodio hubiera concluido allí porque el magnate se declaró culpable de cargos estatales menores y acordó con el fiscal una condena de 18 meses de prisión, de los cuales cumplió sólo 13, pero con salidas diarias de 12 horas para trabajar.
Escandaloso, claro que sí. Pero reparable, porque en noviembre de 2018, luego de años de esquivar acusaciones por el estilo, Epstein fue denunciado públicamente por decenas de mujeres que aseguraron que había abusado de ellas cuando eran menores de edad. Entonces el 6 de julio de 2019, acusado de tráfico sexual de menores en Nueva York, en Florida y en las Islas Vírgenes (donde poseía una isla privada), fue arrestado. Enfrentaba una posible condena de 45 años de cárcel, y apenas ingresó en el penal intentó quitarse la vida, la primera vez sin éxito, hasta que poco más tarde, el 10 de agosto de 2019, apareció muerto en su celda. Así fue como el proceso federal quedó cerrado porque se habría producido, según el forense, la muerte del causante por ahorcamiento. Pero el hecho no impidió que las autoridades continuaran investigando su red y posibles cómplices hasta la fecha.
Quien fuera su pareja y socia, Ghislaine Maxwell, cayó en manos del FBI a comienzos de julio de 2020 y rápidamente, a fines del año siguiente, fue encontrada culpable de cinco de los seis cargos que le imputaban, entre ellos reclutar y traficar adolescentes para que Epstein abusara de ellas. Intentó que el tribunal la considerara víctima de Epstein, pero en junio de 2022 recibió la sentencia de pagar una multa de 750.000 dólares y cumplir 20 años de prisión. O sea que la moralidad imperante continuaba funcionando, más allá de corruptelas y negociaciones no siempre transparentes, y posibilitó que Virginia Giuffre presentara en 2021 una demanda civil contra Andrew Mountbatten-Windsor (el príncipe Andrés, participante activo en la Guerra de las Malvinas) por abuso sexual cuando ella tenía 17 años. Los entregadores fueron Epstein/Ghislaine Maxwell, y la historia merece algo de atención.
La infancia de Virginia Giuffre fue muy dura y su padre, que trabajaba en las canchas de tenis del resort Mar-a-Lago, propiedad de Donald Trump, logró que la contrataran como asistente en los vestuarios. Virginia Giuffre ya había sido abusada reiteradamente y víctima de la trata, y en Mar-a-Lago conoció a Ghislaine Maxwell, quien a su vez le ofreció una entrevista para formarse como masajista. El primer “masajeado” fue Jeffrey Epstein en Palm Beach, y “lo que esperaba que fuera una entrevista de trabajo se convirtió en el comienzo de años de abuso”, manifestó Virginia Giuffre. En otra ocasión aseguró que pasó de ser abusada por Epstein a ser “pasada como una bandeja de frutas” entre sus poderosos conocidos, mientras la llevaban en jets privados por todo el mundo. Y así fue que en uno de esos viajes aterrizó en Londres, cuando todavía tenía 17 años, para que Epstein y Maxwell le presentaran al príncipe Andrés.
El comportamiento de Epstein, Maxwell y su red de usuarios era contradictorio con la moralidad imperante y permeable, en consecuencia, a las demandas de las víctimas que lograran formularlas. En el caso de Virginia Giuffre acusó a Jeffrey Epstein y al príncipe Andrés de abuso sexual cuando ella era menor de edad, y a Ghislaine Maxwell de haberla entregado con ese fin. En 2022 hubo un acuerdo extrajudicial con el príncipe por una cifra secreta, aunque circularon versiones de que habría alcanzado 13 millones de dólares.
Como es sabido, el denominado “caso Epstein” continúa su curso e interpela severamente la conciencia moral de la sociedad americana. En estos momentos Bill y Hillary Clinton, pese a las amenazas de acusarlos de desacato ante el Congreso, han decidido no comparecer para rendir declaraciones presenciales, a puerta cerrada, en la investigación que lleva a cabo la Cámara de Representantes sobre Jeffrey Epstein. Según algunos analistas, la insistencia en sumar a la investigación las declaraciones de los Clinton (que conocieron a Epstein, y Bill lo recibió en la Casa Blanca 17 veces mientras era presidente) procuraría desviar la atención de los vínculos amistosos del presidente actual, Donald Trump, con el delincuente sexual convicto, y de la decisión de cerrar la investigación sin revelar información clave.
En su momento Virginia Giuffre utilizó los recursos que obtuviera de varias demandas civiles y el arreglo extrajudicial con el príncipe Andrés para lanzar la organización no gubernamental Victims Refuse Silence (luego Speak Out, Act, Reclaim), y convertirse en una gran activista contra el abuso y tráfico sexual. Mientras su proyección política crecía, el daño irreparable que había padecido, tal como escribió en su autobiografía Nobody´s Girl, se volvía insuperable. Y entonces Virginia Giuffre, aun habiendo fundado una familia en Australia, se quitó la vida a los 41 años.
La moralidad es una institución que puede y debe cambiar, por supuesto, en el curso de la historia. Quienes funcionan como si no les incumbiera y creyendo que así contribuyen a cambiarla cometen un error, porque las instituciones implican también los procedimientos sociales para su transformación. Pero respecto de la moralidad, lo cierto es que en la mayoría de los casos se acepta la norma positiva implícitamente, por el mero hecho de negar las acusaciones recibidas.
Es lo que ocurrió con otro personaje de esta historia, que además de la celebridad por su participación en la Guerra de las Malvinas, prosiguió su ascendente derrotero mediático desbordante de escándalos por sus vínculos con el delincuente sexual Jeffrey Epstein y las acusaciones de abuso sexual de Virginia Giuffre. Pero en un punto, dada la existencia de cierta moralidad imperante, su conducta fue considerada lesiva para la Corona, y el rey Carlos III lo despojó entonces de sus títulos reales, honores militares y tratamiento de “Alteza Real”, lo desalojó del Royal Lodge y le quitó hasta el nombre, convirtiéndolo en Andrés Mountbatten-Windsor. Así la monarquía británica buscó proteger su reputación ante la presión pública y la eventualidad de nuevas revelaciones. La renovada atención sobre el caso Epstein se da luego de que el presidente Trump recibiera fuertes presiones, incluso de sus propios partidarios, para que salga a la luz más información, sobre todo porque el Departamento de Justicia –sorprendentemente– planteó que no había pruebas de que Epstein llevara una “lista de clientes”. Y entonces esa crisis, que bien podría entenderse como crisis de moralidad, se da cuando el Potus 47, luego de atacar a Venezuela arremetiendo contra todos los principios y métodos internacionales que podrían fundamentar la convivencia pacífica, salió a plantear sus propósitos anexionistas respecto de Groenlandia. Y lo dijo con todas las letras, brutalmente: por las buenas o por las malas Groenlandia debe ser norteamericana, y advirtió que “mi moral es lo único que puede detenerme, no necesito el derecho internacional”. Para el resto de los seres humanos, sin lugar a dudas, en ese derecho internacional cristalizan muchos de los principios morales que posibilitaron la esperanza de una vida en paz y mejor. Y si resiste esta ofensiva, quienes lejos de someterse a derecho eligen ignorarlo, en algún momento habrán de rendir cuentas.