Groenlandia, la mayor isla del mundo, es un punto de convergencia entre las grandes potencias. Estados Unidos, que acaba de firmar un preacuerdo secreto con Dinamarca, la considera parte de su seguridad interior y mantiene una fuerte presencia militar. China incrementó su influencia económica desde 2011, buscando aprovechar las nuevas rutas marítimas árticas y el acceso a recursos estratégicos. Rusia intensifica su presencia militar en el Ártico y ve en Groenlandia un factor clave para el control regional.
Groenlandia, con una superficie dos veces superior a la de Venezuela, es una isla mayormente cubierta por una capa de hielo permanente que representa la segunda mayor reserva de hielo del planeta. Su población, de alrededor de 57.000 habitantes, está compuesta en un 87 % por inuit, principalmente el grupo Kalaallit, quienes mantienen una cultura tradicional en condiciones climáticas extremas y con una densidad demográfica muy baja, la menor del mundo.
Históricamente, Groenlandia fue colonizada por Dinamarca en 1721 y mantuvo una relación compleja con la metrópoli. Desde 1979 goza de autogobierno con competencias propias, aunque Dinamarca conserva la política exterior y defensa. La isla no forma parte de la Unión Europea, a diferencia de Dinamarca, y depende económicamente en gran medida de las transferencias danesas, que representan más de la mitad de sus ingresos. La pesca es la principal actividad económica local. Concentra el 85 % de las exportaciones. La caza sigue siendo importante para la subsistencia cultural.
El interés internacional en Groenlandia aumentó en las últimas décadas debido a su posición geoestratégica en el Ártico y a la riqueza potencial de sus recursos naturales. La base aérea estadounidense en Thule, establecida en 1941, es un punto clave para la defensa y vigilancia del hemisferio norte, especialmente en el contexto de la Guerra Fría y la actual rivalidad con Rusia y China. Esta base alberga sistemas de alerta temprana ante misiles balísticos y es fundamental para el control del denominado GIUK Gap, una ruta estratégica entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido.
La carrera por el Ártico se intensificó en 2007, cuando Rusia, Canadá y Dinamarca reclamaron soberanía sobre áreas del océano Ártico, basándose en interpretaciones de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982. Estados Unidos también reclama derechos en la región, especialmente por su estado de Alaska. En este contexto, Groenlandia adquiere un valor estratégico para reforzar la presencia estadounidense en el Ártico y contrarrestar la influencia de Rusia y China.
El interés estadounidense en Groenlandia no es nuevo. Ya en 1868 se evaluó su adquisición. Sin embargo, fue durante este segundo mandato del expresidente Trump cuando se hicieron públicas declaraciones explícitas sobre la posibilidad de comprar o incluso tomar la isla por la fuerza, bajo argumentos de seguridad y económicos. Estas afirmaciones, que evocan la ideología del Destino Manifiesto, generaron preocupación internacional y rechazo entre la población groenlandesa, que considera que su futuro debe decidirse por sus propios habitantes.
Desde el punto de vista político, Groenlandia avanzó hacia la independencia con la aprobación de su Estatuto de Autonomía en 2008, que establece una hoja de ruta para lograrla, transfiriendo competencias al gobierno local salvo en defensa, política exterior y finanzas. Las elecciones parlamentarias de marzo de 2024 reflejan un fuerte deseo de independencia, con partidos que abogan por una separación gradual o inmediata de Dinamarca, aunque persiste incertidumbre sobre el camino a seguir.
En materia de recursos, Groenlandia posee un potencial significativo en minerales, hidrocarburos y tierras raras. Más del 75 % de su superficie está cubierta por hielo, cuyo deshielo acelerado por el cambio climático está revelando yacimientos minerales aún poco explorados. Según el Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia (GEUS), existen yacimientos moderados a altos de 25 minerales críticos para la industria europea y mundial, incluyendo cobre, uranio, oro, níquel y tierras raras, estas últimas con un estimado del 25 % de las reservas globales.
La explotación de estos recursos enfrenta desafíos técnicos, ambientales y sociales, especialmente por la oposición pública a la minería de uranio y el impacto del cambio climático en el ecosistema local. Además, Groenlandia tiene un gran potencial hidroeléctrico, capaz de superar en producción a las diez mayores centrales hidroeléctricas del mundo juntas, y se estima que posee importantes reservas de petróleo y gas natural, aunque la concesión de nuevas licencias está suspendida desde 2021 por razones climáticas.
La Unión Europea, aunque perdió a Groenlandia tras su salida en 1985, mantiene interés en la isla, ofreciendo apoyo político y económico, y buscando proteger sus derechos de pesca. Dinamarca, a pesar de las presiones externas, sigue siendo el actor principal en Groenlandia, proveyendo estabilidad y apoyo financiero.
Respecto a los posibles escenarios de control de Groenlandia por parte de Estados Unidos, se plantean dos vías principales: una toma pacífica o una toma por la fuerza. La opción militar, declarada como posible por Trump, violaría el derecho internacional y pondría en riesgo la estabilidad de la OTAN y la reputación de la ONU, además de generar un rechazo frontal de la población local y un probable conflicto prolongado.
La toma pacífica podría darse mediante la venta voluntaria por parte de Dinamarca, la decisión soberana de Groenlandia tras su independencia o el aumento del control de facto estadounidense. Sin embargo, Dinamarca dejó en claro que Groenlandia no está en venta y que la decisión corresponde a sus habitantes. La independencia y posible integración en Estados Unidos requerirían referendos y acuerdos complejos, además de una oferta económica atractiva para la población local.
El control estadounidense ya es significativo en la práctica, con veto a la influencia china, dominio militar en Thule y capacidad técnica para explotar los recursos minerales. No obstante, las recientes declaraciones amenazantes generaron un rechazo creciente en la población inuit.
Teresa Belmonte Sánchez escribió un paper para el Instituto Español de Estudios Estratégicos, a partir del cual se realizó este resumen. Participaron Silvia Iranzo Gutiérrez, Guilermo Echenique González, Isidro López-Aparicio Pérez, Francisco Rojo y Fernando Torres San José.