Con cinco siglos de atraso Milei anunció en Davos la muerte de Nicolás Maquiavelo. Nadie pareció tomarlo en serio, y los que le prestaron atención lo hicieron en forma literal. Sin embargo, repasando algunos aspectos de la biografía de Maquiavelo y algunos pasajes del discurso de Milei, quedan claras segundas intenciones aviesas. Para el Presidente, a la política pueden reemplazarla los mercados. Landaburu, aquí, hace algo que Milei no hizo: historizar a Maquiavelo.
Si la idea de Milei en Davos fue sintetizar, utilizar y neutralizar el pensamiento de una de las grandes figuras del Renacimiento italiano, eligió un procedimiento discutible. En efecto, se endureció detrás del atril y dijo del autor de El Príncipe, de los Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio, de El Arte de la Guerra, de la comedia La Mandrágora y la fábula El diablo que tomó esposa, entre otras tantas obras trascendentales, que había muerto. A pesar de los cinco siglos que pasaron desde que el genio florentino exhalara su último suspiro, Milei aseguró: “Estoy aquí, frente a ustedes, para decirles –de modo categórico– que Maquiavelo ha muerto. Durante años se nos deformó el pensamiento presentándonos un falso dilema al diseñar políticas públicas, donde se debía optar entre la eficiencia política en contraposición al respeto de los valores éticos y morales de Occidente.”
De algún modo esa “eficiencia política” fundamentaría tantos años de pensamiento deformado que visualizó Milei, y derivaría en la vieja idea de lo maquiavélico, de lo que opera políticamente en función de que “el fin justifica los medios”, apelando a engaños, falta de escrúpulos y exceso de perfidia. Nada nuevo. William Shakespeare, un coetáneo de Maquiavelo que también creía en la eficiencia, pero en la “eficiencia escénica”, se permitió algunas inexactitudes o falsedades a fin de sostenerla contra viento y marea, cuando no aumentarla.
En la segunda escena del Acto III de Enrique VI, por ejemplo, aparece el duque de Gloucester poco antes de convertirse en Ricardo III, y allí puso Shakespeare en boca de este oscuro personaje algo más o menos así: “Yo puedo agregar colores al camaleón / Puedo cambiar de forma como Proteo, si me conviene / Y al siniestro Maquiavelo puedo mandarlo a la escuela de la perversidad.” Pero cuando se estrenó esa obra, en 1591, los escritos de Maquiavelo ya circulaban con fluidez, a la par de ciertas creencias respecto de lo maquiavélico, de la política pensada como un asunto al margen de cuestiones filosóficas, morales o religiosas. Eran un recurso fácil para movilizar al público emocionalmente, pero Enrique VI había reinado entre 1422 y 1461, años entre los cuales el duque de Gloucester se habría manifestado capaz de remitir al genio florentino a la escuela de la perversidad, cuando en verdad éste recién nacería en mayo de 1469. Pequeño detalle cronológico, pero a Shakespeare le importaba el incremento de la eficiencia escénica cuando el duque de Gloucester, hablando del no nato Maquiavelo, falseaba la verdad histórica para que el público se estremeciera al ver que el futuro Ricardo III, giboso, rengo y tan feo que los perros ladraban a su paso, encarnaba una suerte de Maquiavelo elevado a la enésima potencia.
En tiempos de Shakespeare ceñía la corona Isabel I, la Reina Virgen. Atrás quedaban las enormes tensiones sucesorias y religiosas, debidamente expresadas por la concepción y práctica de la política que había animado el maquiavélico Ricardo III, evocada en el escenario. Bajo el reinado de Isabel I, que duró casi cuatro décadas, esas cuestiones estuvieron en gran medida resueltas: por entonces ocupaba el trono quien fuera designada por la divinidad y convirtiera un reino mayoritariamente católico al protestantismo. El maquiavélico Ricardo III había sido un eslabón necesario para ese desenlace, y de ahí la exaltación shakesperiana.
Poco antes en Florencia las tensiones entre el poder eclesiástico y las diversas Casas republicanas parecían insuperables. Los hermanos Juliano y Lorenzo Médicis dominaban el Estado florentino desde 1466, pero en 1478 los Pazzi, que habían conspirado contra ellos, intentaron asesinarlos durante una misa en la iglesia catedral de Santa Separata. Lorenzo de Médicis, poco después conocido como el Magnífico, huyó de la trampa defendiéndose “con su propia arma”, según Maquiavelo. Pero simultáneamente el arzobispo de Pisa intentó con sus hombres tomar el Palazzo de la Signoria, sede del gobierno, para complementar la acción subversiva en la catedral. Fracasó: él y dos complotados terminaron colgando en las horcas improvisadas en las ventanas del Palazzo, mientras otros rebeldes fueron barridos de la escena cuando los arrojaron desde los pisos altos, vivos. Pronto el cuerpo desnudo de Francesco de Pazzi le hizo compañía al arzobispo desde otra de las ventanas, al tiempo que las casas de sus familiares fueron tomadas por los Médicis. Como anécdota tragicómica vale agregar que Bernardo Bandini, autor de la primera puñalada que costó la vida de Juliano de Médicis, huyó a Constantinopla. Entonces Lorenzo el Magnífico negoció con el sultán su extradición y un año después se mecía en el extremo de una cuerda, pero vestido de turco.
La conspiración frustrada de los Pazzi derivó en la campaña militar contra Florencia de los ejércitos del papado y del rey de Nápoles, que infligieron una severísima derrota a las tropas mercenarias florentinas en la batalla del Poggio Imperiale (1479). O sea que se enfrentaron dos juegos de intereses con marcos normativos y morales contradictorios que debieron poner entre paréntesis, según Maquiavelo, para pensar y ejercer las respectivas políticas más eficientes. Y son hitos del período, entre otros, Lorenzo de Médicis encabezando el Estado hasta su muerte en 1492, el ingreso de Carlos VIII de Francia –“la barbarie insolente”, escribió Maquiavelo– a Florencia dos años más tarde, reafirmando sus derechos sobre el reino de Nápoles, la negociación con Carlos VIII de una nueva república, animada fundamentalmente por el fraile dominico Girolamo Savonarola, al final excomulgado, ejecutado y quemado en 1498 por hereje y difusor de enseñanzas sediciosas.
Maquiavelo continuó su carrera burocrática, sin embargo, y a los veintinueve años fue nombrado secretario de Los Diez de Libertad y Paz, un comité ejecutivo que se encargaba de asuntos militares y política exterior. A pesar del eclipse de los Médicis, la etapa del ejercicio activo de la política para Maquiavelo duró hasta septiembre de 1512, cuando cayó la república dirigida por el gonfaloniero perpetuo Piero Soderini. Probablemente, pese a las diferencias que mantuvo con una facción del patriciado florentino conocida como el partido de los optimates, los Médicis no hubieran prescindido de sus servicios porque Maquiavelo no era un enemigo de la Casa. Y él trató de conservar el empleo pero no fue posible, y aseguran sus biógrafos que una vez separado de sus tareas habituales disimuló el ocio forzoso con la escritura de algunas de las obras más importantes de la cultura occidental, como las ya nombradas El príncipe y Discursos sobre la primera década de Tito Livio.
Pero entonces hubo un interludio que no debe omitirse. Cuatro meses después del golpe que devolvió el poder a los Médicis, en 1512, su nombre apareció en una lista de sediciosos que habrían planeado asesinar piadosamente a Juan o a Juliano de Médicis, o a los dos. Maquiavelo, que era inocente, fue preso desde el 12 de febrero al 12 de marzo de 1513, y soportó la tortura interrogativa legal conocida como strappado, o la cuerda.
El suplicio consistía en que a la vista de los funcionarios judiciales –con quienes era posible incluso discutir ciertos procedimientos del tormento–, con las manos atadas a la espalda y una cuerda que pasaba por las muñecas y una roldana fija en el techo, izaban al torturado hasta determinada altura. Luego lo soltaban para que cayera casi hasta el suelo, y esto se repetía tres o cuatro veces. Nicolás Maquiavelo constató entonces lo que después escribiría hasta el cansancio: “El temor al príncipe se mantiene por un terror al castigo que nunca nos abandona.” Y en el segundo de los tres “Sonetos de la prisión”, redactado efectivamente en la cárcel, describió cómo la adversidad del poder conducía hasta el mayor extrañamiento. Evocó que al decirle su nombre a una musa –en verdad, Maquiavelo deseaba que las musas intercedieran por él ante Juliano de Médicis–, ésta le golpeaba la cara y le advertía: “Tú no eres Nicolás porque tienes atadas piernas y tobillos y estás encadenado como un loco.”
Que no lo reconocieran las musas metaforizaba la disolución del ser hasta su expresión mínima, y Maquiavelo escribió esos versos convencido de que lo decapitarían en pocas horas. No le temía al papado (un recurso temporal incapaz de unificar a su Patria) ni a Dios, aunque sabía que Dios era “más amigo” de unos que de otros. En Discursos sobre la primera década de Tito Livio escribió que el papado “no ha tenido poder para ocupar Italia, ni ha permitido que otros la ocupen”, aunque se asociara a todas las intervenciones de los “bárbaros”.
En otro orden, Maquiavelo aseguró que la peor guerra es la guerra que se pierde, y el príncipe no debe infligir a su país la humillación de una derrota y de una ocupación extranjera por haber evitado una confrontación armada, o por no haberse preparado para ella. Siempre desaconsejó las tropas mercenarias, porque pueden experimentar amor entre amigos y a Dios, como todos, pero no amor al príncipe. Desde el punto de vista político, si el príncipe puede elegir entre ser amado o temido, Maquiavelo le aconsejó lo segundo, habida cuenta de que lo primero no es regulable por él sino por el amante. Además los hombres tienen amor propio y son ingratos, “están más dispuestos al mal que al bien”, son ambiciosos y crueles. Escribió Maquiavelo en El asno: “Sólo el hombre mata a otro hombre, y lo crucifica y lo desnuda.”
En el marco del enfrentamiento de la república con el poder eclesiástico, Maquiavelo sostuvo incluso que una religión distinta a la de la iglesia de Roma serviría mejor a la patria. Y como el hombre es más malo cuando las circunstancias se lo permiten, y ejerce el libre albedrío para perjudicar al otro, además de la educación y las leyes habría que mantenerlo industrioso. Y pobre. Y próximo al reino de la necesidad, de modo tal que no lo tienten las abundancias propias y ajenas, y el libre albedrío no devenga en un exceso peligroso. En términos contemporáneos, Maquiavelo proponía un sector privado pobre y un sector público rico, para instaurar una república armoniosa capaz de garantizar su defensa y preservar el bien común.
También el morir por alguien (o por algo) fue motivo de reflexión en sus escritos militares. No creía en la eficiencia de los ejércitos de mercenarios, y tampoco en la superioridad de los soldados-amantes que Fedro, en El Banquete de Platón, supuso más ardorosos al momento de tomar las armas. Si bien reconocía el amor entre amigos y no criticó a la homosexualidad, Maquiavelo pensaba que los soldados debían encarnar la decisión de morir por algo que los trascendiera. Ellos debían amar esa trascendencia, que no era otra que la patria, y el nuevo príncipe, el que se diera la misión de unificar a Italia y liberarla de los extranjeros, solamente dispondría de tropas dispuestas al mayor sacrificio yendo al encuentro del pueblo y movilizándolo.
En la excelsa biografía Maquiavelo en el infierno de Sebastián de Grazia también quedó registro del procedimiento elegido por el genio florentino para dar cuenta de la unión del príncipe y el pueblo. En efecto, Maquiavelo metaforizó la distinción filosófica entre materia y forma, y aseguró que la primera existe –el pueblo, el material del Estado–, y que está dispuesta y aguardando al “prudente y virtuoso que le introduzca forma”. Liberar y unificar a Italia era un proyecto de guerra justa, y reforzaba el juicio la convicción de que “la paz como esclavos es más gravosa que la guerra como hombres libres”. Y que solamente liberando y unificando a Italia se puede pensar en la construcción de un Estado justo, esto es, gobernado para el bien común.
En muy apretada síntesis, corresponde advertir que Maquiavelo sentó las bases del realismo político moderno, poniendo entre paréntesis las cuestiones éticas para analizar y gestionar el manejo del Estado. El pragmatismo, la astucia y la adaptación a la Fortuna son algunas de las herramientas principales para el logro de la estabilidad del Estado, y esto merece una consideración particular, porque sirve también para ubicar al Mal en el pensamiento de Maquiavelo, y su probable superación. En efecto, el autor de El Príncipe no suponía que las cuestiones del mundo fueran indiferentes a Dios, al cielo o los cielos, a la Fortuna, las fuerzas astrales y los espíritus. Pero pensaba que los hombres debían reemplazar la virtud pregonada por la Iglesia por una nueva virtud –la virtù– que les permitiera reducir a la Fortuna a su mínima expresión. Tampoco negaba el compromiso de Dios, pero sólo con la Providencia. Para Maquiavelo, entre la Providencia y los hombres se interpondría la Fortuna, ese puro azar maligno y arbitrario. En esta suerte de “secularización” de la Fortuna, en esta –para la época– novedosa ubicación del mal, radica la “inmoralidad” de Maquiavelo. Las acciones de los hombres, que deben ser valerosas, astutas, empeñadas en lograr el poder, incluso crueles, lejos de expresar la sumisión a los designios de la Fortuna deben responder a la decisión de oponerse a la adversidad o, si esto es imposible, de colocarla a su favor.
La obra de Maquiavelo influyó en filósofos como Bacon, Spinoza, Hume y Montesquieu, entre muchos otros, y en la actualidad es difícil pensar la ciencia política moderna sin sus aportes, así como también la problemática referida a la soberanía nacional y las relaciones internacionales. Ciertamente, ya es un lugar común inteligir que lo que es “útil” para el Estado no siempre coincide con la moral tradicional, y que la práctica y el análisis de la política requiere la puesta entre paréntesis de aquélla. Incluso desde la izquierda se registraron importantes coincidencias con el pensador renacentista, sobre todo en lo que hace a la consolidación del Estado, o al funcionamiento y despliegue, por analogía con el príncipe, del partido revolucionario. También hubo lecturas desde la izquierda demoradas en el modo de obtención, mantenimiento y utilización del poder, y la comprensión de su anatomía.
En Davos el Presidente Milei arrancó su discurso, como se dijo, asegurando que Maquiavelo ha muerto, y con él también ha muerto “un falso dilema al diseñar políticas públicas, donde se debía optar entre la eficiencia política en contraposición al respeto de los valores éticos y morales de Occidente”. Sin solución de continuidad dijo también que la oposición entre las dimensiones de eficiencia y justicia es falsa y errónea, sencillamente porque “lo justo no puede ser ineficiente ni lo eficiente injusto”. Y luego de estas palabras axiomáticas, siguió: “Puesto en términos crudos –al momento de diseñarse las políticas públicas– resulta inadmisible, desde el punto de vista de la ética y la moral, sacrificar a la justicia en el altar de la eficiencia.” También aseguró que “a diferencia del modo en que se encaró en el pasado, que estaba basado en un enfoque utilitarista, hoy, la defensa del sistema capitalista de libre empresa debe estar basada en su virtud ética y moral”.
La línea argumental de Milei es asombrosa. Después de “resolver” lo anterior dijo que “les demostraré que no existe dilema entre el utilitarismo político y la política, basada en valores, ya que, si las mismas estuvieran en conflicto, eso implica que las bases del utilitarismo político deben descartarse por injustas”. También según Milei sería fácilmente constatable que “gran parte de los conflictos humanos surgen de una fallida interrelación entre el derecho natural y el derecho positivo”, pero como “el derecho natural es justo en sentido universal” y se basta a sí mismo, podría derivarse que el capitalismo de libre empresa, dado que no lo agravia, es una doctrina justa.
Con estos y algunos conceptos más quedaría probado, según Milei, que las instituciones del capitalismo de libre empresa, sostenidas por los derechos naturales, el principio de apropiación originaria de Locke y el principio de no agresión, no sólo son justas, sino que además son eficientes. Respecto del “problema ético fundamental para concebirse como la búsqueda de la mejor manera para fomentar la coordinación y la creación empresarial”, aseguró que “la concepción del ser humano como un actor creativo y coordinador implica aceptar con carácter axiomático el principio de que todo ser humano tiene derecho a apropiarse de los resultados de su creatividad empresarial”. Y finalmente, a pesar de las críticas populares, el capitalismo de libre empresa no socava los valores morales, lo cual implica que “los mercados no sólo son superiores desde lo productivo, sino que también son justos, y que, por ende, las políticas públicas deben estar guiadas por la ética y no el utilitarismo, ya sea económico y/o político, que siempre derivan en soluciones injustas, populistas y empobrecedoras”.
La conclusión caía de maduro, y Milei la hizo explícita con entusiasmo: “Por lo tanto, reafirmo lo dicho al inicio de esta conferencia. Maquiavelo ha muerto y por lo tanto es momento de enterrarlo. Es más, dado el vínculo profundo entre la moral y los mercados libres, estos últimos nos hacen mejores personas.” Era una conclusión aventurada, porque también suponía la convocatoria a las exequias de la praxis política sin el condicionamiento del marco filosófico, religioso o moral, para reemplazarlo por la “moral” de los mercados libres. Y de paso, junto con Maquiavelo podría descansar el sueño eterno su príncipe, aquel político inescrupuloso y sin limitaciones, intervencionista, hacedor de repúblicas, nacionalista y patriota, y con toda seguridad precursor del peronismo.