Hay entrevistas que se hacen para “explicar el mundo” y otras que se hacen porque, de golpe, el mundo te deja sin mapa. La charla con el especialista Gabriel Merino cae en esta segunda categoría: cuando la idea de un “nuevo orden” suena tentadora y casi tranquilizadora, él propone que estamos entrando en una fase más áspera, de (des)orden multipolar y caos sistémico, donde las piezas se mueven rápido y el tablero se reescribe en tiempo real.
Merino es investigador del Conicet y profesor de la Universidad Nacional de La Plata (IdIHCS/UNLP), con una línea de investigación centrada en transición del sistema mundial, crisis de hegemonía y dinámica multipolar.
–¿Qué cambia respecto del viejo intervencionismo y por qué lo definís en tus trabajos como pasaje a un imperialismo más “territorialista”? Y, en clave Venezuela como caso-testigo: ¿en qué medida Venezuela condensa (para EE.UU.) recursos, migración, crimen transnacional y disputa con China/Rusia?
–El “corolario Trump” no es totalmente novedoso, pero pone explícitamente, ante el declive relativo de EE.UU., la recuperación del principio estratégico de la Doctrina Monroe como eje, y por eso eligen a Marco Rubio como secretario de Estado. Esto señala la importancia que adquiere la región en el “repliegue” y el objetivo de dominar el hemisferio occidental. El corolario Trump blanquea que van a intervenir “como sea necesario”, incluso con fuerza militar, para asegurar dominio regional, recursos naturales, control geopolítico y expulsar potencias rivales. Yo lo leo como dominación sin hegemonía: más palos y menos zanahorias. Eso habla de debilidad: menos incentivos económicos, más presión político-militar. Un ejemplo: aun con alineamiento total, el gobierno de Milei obtiene sobre todo “zanahorias financieras”, pero no una ola de inversión productiva; y ni siquiera bajan aranceles como los de acero y aluminio. EE.UU. se protege y defiende cada punto. Trump explicita “vamos por el petróleo”, “nuestro hemisferio occidental”. Hay un cambio cualitativo territorialista: plantea expansión del Estado continental hacia Canadá y Groenlandia, y control más directo de la región. No se trata de bloquear el comercio con China: lo que busca EE.UU. es controlar ese comercio (que sus corporaciones intermedien). Eso está en juego en Venezuela e Irán: países que exportan gran parte de su petróleo a China. EE.UU. quiere presionar al máximo y controlar ese circuito; no necesariamente impedir que China compre, sino controlar el negocio.
–¿Por qué decís que no estamos entrando a un “nuevo orden”, sino a una etapa de caos sistémico? (En esta afirmación incluís a los BRICS, el conflicto Rusia–OTAN, la llegada de DeepSeek y el repliegue de EE.UU.)
Yo creo que estamos en una transición de poder mundial que se inicia a principios del siglo XXI y que tiene distintas etapas. A partir de 2013–2014 entramos, de a poco, en lo que podemos pensar —tomando el concepto de Giovanni Arrighi— como una fase de caos sistémico: períodos en los que se agudizan las luchas y la competencia interestatal, la competencia económica, las revoluciones y contrarrevoluciones en las periferias, y una transformación profunda del sistema en general. Digo 2013–2014 porque ahí empieza lo que Occidente llama una “nueva Guerra Fría”, sobre todo en Estados Unidos y Europa, y yo llamo una guerra mundial híbrida y fragmentada: distinta de la Guerra Fría, aunque tenga algún “aire de familia”. A partir de la pandemia se acelera un conjunto de tendencias de esa transición.
–¿Cuáles?
El declive relativo de Occidente geopolítico y el ascenso de poderes emergentes; una gran revolución tecnológico-productiva; y una dualidad muy clara en la economía mundial entre cierto estancamiento y financiarización de las economías del Norte global, que contrasta con la expansión de China, India, Asia occidental y otros emergentes. Eso se acelera y entramos —para mí— en una sexta etapa de la transición: este desorden multipolar.
–¿Por qué “desorden” multipolar?
–Primero, porque no hay un “nuevo orden” cristalizado: no hay un Yalta, un Potsdam, un Bretton Woods. No es que terminó la transición y se estabilizó un nuevo ciclo hegemónico. Al contrario: estamos en plena agudización de las disputas propias de esta fase de caos sistémico. Incluso escaló esta guerra mundial híbrida y fragmentada. Lo vemos en Irán, en el genocidio en Gaza, en lo que puede pasar en Venezuela, y también en cómo escaló la guerra comercial y tecnológica. Entonces hay “desorden” porque, por momentos, aparecen configuraciones que parecen “orden”: cómo juegan EE.UU., China, Rusia, India, por ejemplo; o la aparición de los BRICS, que uno podría leer como parte de un orden nuevo en construcción. Pero nada de eso está cerrado ni estabilizado. Lo que sí se consolida es el pasaje de un mundo unipolar a un mundo multipolar.
–¿Cuál es el rasgo central de esta etapa?
–La clave de este mundo multipolar es que expresa un quiebre de la hegemonía estadounidense. Porque puede haber multipolaridad bajo una hegemonía (pasó con Gran Bretaña en el siglo XIX), o bipolaridad (la Guerra Fría), o unipolaridad (tras la caída de la URSS). Pero esta multipolaridad es distinta: expresa una crisis más profunda, no solo del orden unipolar sino del sistema. Se consolida un mundo cada vez más post-occidental. Eso no significa que Estados Unidos no siga siendo un actor de enorme peso, pero sí que el mapa del poder mundial aparece con otros rasgos y otras características.
–Mencionás la “progresiva victoria” de Rusia sobre la OTAN en este multipolarismo. ¿Qué te lleva a esa afirmación? ¿Qué lectura hacés del conflicto respecto de la relación Rusia–OTAN y del reordenamiento euroasiático?
–Para entenderlo hay que mirarlo en el largo plazo. Tras la caída de la URSS, Paul Wolfowitz, uno de los referentes neoconservadores, planteó que, aprovechando la debilidad rusa, había que debilitarla estructuralmente y sacar a Rusia del “gran juego”: para eso, las ex repúblicas soviéticas debían quedar bajo la órbita de la OTAN. En una línea similar, Zbigniew Brzezinski decía en 1997 que Rusia con Ucrania podría ser potencia; Rusia sin Ucrania, no. Ucrania era un pivote geopolítico clave para quedar bajo la órbita OTAN. Hubo advertencias en sentido contrario, como la de George Kennan, que consideraba un error expandir la OTAN. Ahí está el núcleo.
–A qué núcleo te referís?
–Expandir la OTAN apuntaba a debilitar a Rusia estructuralmente, y Ucrania era una pieza central. Para Rusia, el flanco occidental es una línea de seguridad existencial: lo muestran las invasiones napoleónicas y la invasión nazi-alemana. Esto se expresa incluso en documentos como un paper de la RAND Corporation (2019) que plantea “sobre extender” y desequilibrar a Rusia incentivando el conflicto ucraniano y escalando sanciones. La apuesta occidental era que Rusia colapsara o quedara muy debilitada. Eso no pasó. Rusia, de hecho, hoy está más fuerte: superó a Alemania y Japón en su PBI a precios de poder adquisitivo (PPA) en estos últimos años y, según ese criterio, aparece como la cuarta economía mundial. Además, Rusia está logrando objetivos en Ucrania: hoy Occidente —Trump incluido— plantea que Ucrania no puede entrar a la OTAN, que era un objetivo central ruso. En lo territorial, Rusia no busca “controlar toda Ucrania”: busca que regiones del sur y este —más rusoparlantes y filorrusas— queden bajo su órbita; incluso al principio Rusia pretendía autonomía para esas regiones y ahora apunta al control directo y su incorporación a la Federación Rusa. En paralelo, Rusia consolidó su inserción euroasiática: fortaleció vínculos con China, India e Irán en la estrategia que suele llamarse “eurasianismo”. Y, estrictamente en lo militar, el paso del tiempo favorece a Rusia y la OTAN no parece tener capacidad de revertir el curso sin una escalada directa que sería inaceptable (y peligrosísima) por el riesgo nuclear. Por eso digo “victoria progresiva”: está en curso, no está cerrada, pero la tendencia favorece a Rusia. Ucrania articula varios niveles: conflicto interno (prooccidentales vs. prorrusos), conflicto regional (Rusia–OTAN) y conflicto global (viejo orden unipolar vs. multipolaridad emergente)..
–¿Qué significa que BRICS+ se consolide como “nuevo multilateralismo”? ¿Qué contraponen a la hegemonía de Estados Unidos frente a lo que definís como “sobre extensión imperial”? Y, por último, ¿Qué tan real es la capacidad de construir financiamiento “pro-desarrollo” y no “pro-subordinación”?
–BRICS es clave para entender la transición de poder. La primera cumbre fuerte de mandatarios fue en Ekaterimburgo (Rusia), 2009, justo después de la crisis financiera global 2007–2008. Ahí se articulan grandes semiperiferias de tamaño continental que producen una parte enorme del mundo industrial, agrícola y de recursos, y empiezan a discutir un mundo “más equitativo”, es decir, cuestionar la primacía del mundo unipolar. Disputan dimensiones claves: poder financiero-monetario (otra arquitectura financiera), tecnología (romper la lógica centro/semiperiferia), defensa, recursos naturales. El ejemplo típico: Apple diseñaba y se ensamblaba en China; hoy China lanza marcas propias con capacidad tecnológica propia. Con la expansión BRICS+ (sumas de miembros y socios), esto “prende” en el Sur Global.
–¿Por qué “prende”?
–Porque BRICS no es un bloque militar ni una alianza rígida: es una asociación del mundo multipolar, con puntos de articulación que resultan atractivos. Uno: sirve para resistir o amortiguar políticas de contención de EE.UU. (por ejemplo, Rusia sostuvo ventas de petróleo y comercio en monedas nacionales pese a sanciones). Otro: ofrece cooperación tecnológica.
Y, de a poco, construye otra arquitectura financiera: el Nuevo Banco de Desarrollo (NBD), iniciativas de comercio y pagos por fuera del dólar. No tiene aún un volumen comparable, pero es un proceso continuo. Además, empuja principios de política exterior ligados a Bandung: coexistencia pacífica, no intervención, beneficio mutuo. Eso da margen de maniobra al Sur Global: yo lo llamo un multilateralismo multipolar.
–Cuando hablás de “sobreextensión imperial” de EE.UU., ¿a qué te referís exactamente?
–A la idea de que, para sostener su primacía global, Estados Unidos tiende a expandir compromisos y frentes de disputa (militares, financieros, tecnológicos, sancionatorios) en un momento en que su capacidad de sostenerlos con incentivos económicos y consenso se vuelve más limitada. En ese escenario, aparecen más costos (internos y externos) y menos margen para ordenar el sistema: por eso, en lugar de cerrar un “nuevo orden”, se profundiza el desorden y crecen los espacios de articulación alternativa como el BRICS.
–En esta revolución tecno-productiva, ¿quién controla las cadenas de valor digitales y qué lugar queda para periferias/semiperiferias en ese tablero? Y, teniendo en cuenta DeepSeek: ¿qué expresa que ciertos hitos tecnológicos chinos se vuelvan “símbolos” del cambio de época?
–Lo primero es que el protagonismo de China indica que pasó de semiperiferia (taller industrial del mundo) a un gran centro económico emergente con capacidades tecnológicas, financieras y comerciales. Otros BRICS vienen más atrás, pero achicando distancias. Estamos en plena revolución tecnológica-productiva y, desde 2014, en competencia estratégica agudizada. No es casual que haya crecido fuerte la inversión global en I+D: si no tenés capacidades tecnológicas-productivas, quedás subordinado. Pero también se abre una oportunidad: países de la semiperiferia y la periferia pueden construir más márgenes de maniobra, buscar transferencias tecnológicas y negociaciones que permitan achicar la brecha tecnológica. Si no hay estrategia nacional, las tendencias te pasan por arriba: te “periferializan”, perdés densidad productiva y social, y eso se traduce en el empleo, la productividad y otros indicadores. En América Latina eso viene de larga data: hubo una contratendencia en los 2000, pero hoy reaparece la pérdida de capacidades estratégicas. Y el riesgo es que se agudice: quedar como patio trasero de un polo en declive que te traslada costos.
–¿Qué condiciones y rasgos te permiten hablar de ‘Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada’? Y en paralelo, ¿qué significa “repliegue estratégico”? Recuperar patio trasero, ¿alude a reordenar sin retirarse del poder?
–Yo empecé a trabajar esta idea entre 2015 y 2016, un poco como respuesta a eso de la “nueva Guerra Fría” que empuja el Occidente geopolítico, sobre todo el núcleo anglosajón. Me parece una etiqueta útil para ordenar un relato: te alinea detrás de Estados Unidos y te instala una antinomia muy cerrada —“mundo libre/democracias” versus “autocracias”—, pero al mismo tiempo te tapa lo que para mí es la contradicción de fondo, que es la disputa entre un viejo orden unipolar con hegemonía estadounidense y la emergencia de un mundo cada vez más multipolar. Hay una frase del Papa Francisco en 2014 que a mí me quedó resonando mucho, cuando hablaba de una “tercera guerra mundial por pedacitos”. Esa imagen es muy buena, porque captura la idea de un conflicto que no se presenta como “una” guerra clásica, total, declarada, sino como una dinámica que se despliega por fragmentos, en distintos escenarios y con distintas herramientas. Y acá viene lo central: esto no se parece a la Guerra Fría en lo más importante.
–¿Qué sería “lo más importante”?
–La Guerra Fría fue un conflicto montado sobre una hegemonía norteamericana en auge. Esto, en cambio, ocurre en un contexto de transición y de declive relativo del viejo hegemón; algo más parecido —salvando las distancias— al período 1914–1945. Además, hoy no tenés dos bloques cerrados, separados, con fronteras nítidas. Tenés un mundo multipolar e interdependiente: China y Estados Unidos compiten, sí, pero al mismo tiempo comercian a gran escala y están conectados por mil vasos comunicantes. Y, a diferencia de la Unión Soviética, China está metida en el corazón de la economía mundial: es la gran plataforma industrial del planeta. Eso cambia completamente la naturaleza del conflicto. Por eso hablo de una guerra “híbrida” y “fragmentada”. Híbrida porque no se juega solo con fuerza militar convencional: se mezcla con formas no convencionales —presiones económicas, sanciones, disputa tecnológica, operaciones de información, movilización política, lo que algunos llaman “revoluciones de colores”—. Y fragmentada porque no tiene un único frente: se expresa en distintos planos y escenarios a la vez. Lo ves en Ucrania, en Medio Oriente —con Gaza como foco—, en el eje Irán–Israel, y también en Asia-Pacífico, con Taiwán como un teatro permanente de tensión aunque no haya guerra abierta. En el fondo, es un conflicto difuso, multisectorial, que se expande y se reconfigura todo el tiempo.
–¿Con qué argumentos interviene Liz Truss (ex primera ministra británica) para convencer al Congreso de EE.UU. de votar un paquete de ayuda para Ucrania, Taiwán e Israel?
–Plantea que Ucrania, Gaza y Taiwán son “la misma guerra”, no guerras distintas. Para ellos se juega un conflicto por otros medios: fragmentario, con pedazos que se despliegan en distintos territorios, sin un inicio y fin claros. Con Irán, por ejemplo, hay una guerra económica clara desde 2018, cuando Trump rompe el acuerdo nuclear e impulsa una “presión máxima” con sanciones; incluso asesinan a Qasem Soleimani, y no hay declaración formal de guerra. Es un conflicto difuso.