¿Y ahora qué?

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El nuevo orden mundial, con India y China de protagonistas, no es lo que Trump quería

Tanta amenaza, tanta tarifa, tanta Groenlandia, cansaron a los europeos, que en lo que va del año firmaron tratados con el Mercosur y ahora con India. Y todos van en fila a quedar bien con China.

Había que verlo sonreír a Narendra Modi, el premier indio que es tan alegre como Putin, por decir. Es que estaba ganando una que ya parecía imposible después de veinte años de negociaciones trabadas. El tratado de libre comercio entre la Unión Europea y la India es un escudo contra Estados Unidos y los caprichos del Presidente Naranja, que hace rato que agrede a ambas partes. 

La ceremonia fue por lo alto, con la presidente de la Comisión Europea Ursula von der Leyden y el del Concejo Europeo António Costa, como invitados de honor en el Día de la República, el lunes 26 de enero. Los europeos aplaudieron al ver pasar el enorme desfile militar que es tradición en lo que en otros rumbos llamamos día de la independencia.

Al día siguiente firmaron el tratado, que todavía tiene que pasar por instancias legales y legislativas pero es una señal fortísima. Es que el tratado puede duplicar en seis años el intercambio comercial entre el bloque e India. Nueva Delhi aceptó un cambio muy profundo en su política económica, muy proteccionista y con tendencias fuertes a la autarquía más tradicional. Por ejemplo, el impuesto a la importación de autos bajó del 110 por ciento al diez, aunque con un límite de 250.000 coches por año, y se eliminaron las tarifas a la importación de máquinas herramientas, productos químicos y farmacéuticos. 

En compensación, el tratado abre más el mercado europeo para la enorme industria textil india, la de derivados de petróleo, gemas, alfombras y pescados de criadero, todas muy afectadas por las medidas de Donald Trump. Para dar una idea de la importancia estratégica del tema para Modi, el comercio con EEUU del año pasado fue de 132.000 millones de dólares, y con los miembros de la UE fue de 136.000 millones. Si se duplica, Washington pierde toda influencia sobre Nueva Delhi.

Con la misma lógica, el premier laborista británico Keir Starmer viajó a China y también fue recibido por lo alto. La delegación fue de lujo, con la canciller -secretaria de finanzas- Rachel Reeves, el secretario de Comercio Peter Kyle y un avión entero de ejecutivos financieros del sector privado.

Xi Jinping los recibió con la alfombra roja, literalmente, y recepción en la Ciudad Prohibida. No queda muy en claro qué beneficio económico le puede traer a Pekín amigarse tanto con Londres, ya que la economía británica hace rato que anda mal y no atina a crecer. Para Starmer la cosa es más clara: invitar a los chinos a que usen más el mercado financiero londinense, que lucha por seguir entre los primeros. Para Xi, que recientemente recibió una hilerita de mandatarios europeos y de la Unión, la ganancia es inmediata: los aliados históricos de EEUU le piden audiencia y le elogian la estabilidad.

Mientras, las noticias no son buenas en EEUU. Esta semana, la Reserva Federal dejó en paz las tasas de interés, pese a los abiertos aprietes de Trump. Y explicó que el desempleo no picó pero la inflación sigue más alta de lo deseable, algo que el Hombre Naranja detesta escuchar.

Para peor, se supo que en noviembre el déficit de importaciones de bienes y servicios volvió a subir. Fue drástico, 56.800 millones de dólares de rojo, un 95 por ciento por arriba del mes anterior. Es que las importaciones subieron un cinco por ciento, con equipos de computación y medicamentos a la cabeza, y las exportaciones se cayeron un 3,6, sobre todo la de productos de consumo, oro, medicamentos y crudo.

Un cambio notable fue la baja del déficit comercial con China, que de enero a noviembre del año pasado fue de 189.000 millones, menos que el que tiene EEUU con la Unión Europea y apenas más que el que tiene con México. Se ve que las tarifas no redujeron las importaciones, apenas hicieron que los importadores compren en otros países.

La purga en China

Justo antes de recibir a la delegación británica, Xi dio un golpe de palacio de aquellos y se cargó a un histórico del sistema, el general Zhang Youxia. Fue tectónico, porque el general y el presidente son amigos de chicos y son hijos de cuadros de la revolución. 

No es que llame la atención que Xi le baje el pulgar a un general, que ya van varias purgas seguidas, todas bajo cargos de corrupción. Pero Zhang era el encargado de esas purgas, el que le hacía las listas de nombres a su amigo y comandante. De tanto liquidar altos oficiales, el general quedó como la persona de uniforme más poderosa del país.

Para entender esto hay que tener muy presente que el sistema político chino, como el soviético, mantenía bajo absoluto control político a los militares. Stalin fue el que creó el modelo con sus purgas de los años treinta que descabezaron el Ejército Rojo hasta un nivel peligroso y mandaron al cadalso o al Gulag a todo viejo camarada capaz de pelearle una gota de poder al Gran Líder. Mao Tse Tung siguió minuciosamente el mismo modelo y por las mismas razones: el Ejército de Liberación también estaba conducido por militantes de uniforme, que capaz que andaban pensando en voltearte.

Lo llamativo de este caso es que Zhang tiene 75 años y bastaba con pasarlo a retiro, en vez de acusarlo de vender secretos nucleares a Estados Unidos, lo que lleva la pena de muerte. Un editorial del domingo pasado en el diario militar, el Diario del Ejército de Liberación, da algunas pistas: Zhang y otro derrocado, el general Liu Zhenli, son corruptos y “pisotearon la autoridad del Secretario Militar”, esto es Xi. Eso sería un inadmisible cuestionamiento a “la absoluta autoridad del Partido sobre las fuerzas armadas”.

Las interpretaciones se multiplicaron, desde la fácil de que Xi se sacó de encima a un potencial rival, a que era un espía en serio. La más interesante es que, más allá de que Zhang y Zheng fueran corruptos personalmente, a Xi le preocupa en serio la corrupción entre militares por el “síndrome de Ucrania”.

Resulta que Vladimir Vladimirovich Putin tiene el mismo problema que Xi, y el enorme papelón ruso al comienzo de la guerra con Ucrania fue una clarinada. La invasión fue un desastre táctico y estratégico, con un nivel de incompetencia en la conducción que no se pudo esconder. Muchos equipamientos eran truchos, como filmaron con alegría los ucranianos: las armaduras reactivas de los poderosos tanques rusos no tenían panes de explosivos sino de cartón prensado.

¿Y si resulta que China está en la misma situación? El problema es que la corrupción “baja”, del comandante a los comandados, del general a los sargentos, y a la hora de combatir las balas no funcionan… En 2015, Zhang recibió el encargo de reformar las fuerzas armadas y prepararlas para una posible invasión de Taiwán, una operación muy compleja que puede significar una guerra con Estados Unidos. Se ve que Xi sigue teniendo sus dudas sobre el verdadero estado de sus fuerzas armadas.

El uno por ciento

Pero pase lo que pase con China, vaya quien vaya a Pekín, se trate lo que se trate con la Unión Europea, hay un sector que la pasa mejor que nunca. La prestigiosa ONG Oxfam acaba de publicar su estudio de la distribución de riqueza para 2025 y confirmó que las doce personas más ricas del mundo tienen lo mismo que los cuatro mil millones más pobres. Por primera vez, hay más de tres mil billonarios -bi, con B, gente con más de mil millones de dólares de riqueza personal- que controlan más de 18.000.000.000.000 de dólares.

Los superricos vieron crecer sus fortunas un 16 por ciento el año pasado. La reducción de la pobreza a nivel global se congeló.

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