Por debajo de tanta maléfica superficialidad late la ideología supremacista de que el mundo debe estar en manos de los fuertes y audaces, aquellos que no trepiden en pisar cabezas para obtener ganancias cuya ilegitimidad permanezca oculta. La verdadera batalla cultural pasa entonces por desmontar todas estas falacias diseñadas para aumentar la confusión y poder administrar el caos y proponer alternativas más humanas y dignas.
El gobierno de Javier Milei es una calamidad autoinfligida por el propio pueblo argentino mediante el ejercicio del voto popular, lo cual nos lleva a reflexionar sobre las condiciones en que se ejerce hoy el sistema democrático aquí y en otras partes del mundo.
No para auspiciar su desmantelamiento, como pretenden algunos magnates súper ricos, sino para establecer las condiciones que favorezcan una mayor participación popular en los asuntos públicos.
Independientemente de que ninguna gestión puede ser considerada mala o malísima en sentido absoluto lo que predomina actualmente en la Argentina es una visión regresiva y la carencia de conductas ejemplares en las que puedan verse reflejadas virtudes republicanas (racionalidad, planificación, frugalidad, solidaridad, entre otras) que hoy forman parte del ideario aspiracional de la mayor parte de los países del mundo.
Al contrario, se han impuesto aquí y en otras partes (no de modo uniforme) visiones cínicas carentes de la más mínima fraternidad comunitaria que se traducen en la aplicación de políticas muy crueles hacia la mayoría de las poblaciones que enfrentan así nuevas y mayores limitaciones.
Y ello ocurre sin perjuicio de que también las padecen quienes respaldan este tipo de orientaciones, lo cual abre, dicho sea de paso, una necesaria indagación sobre la psicología colectiva de nuestra época respecto de lo que hemos llamado la ideología sacrificial.
El análisis crítico de estas visiones individualistas y totalitarias (ambos extremos articulados en regímenes inhumanos) ya se venía planteado en el siglo XX, en otros contextos históricos, por la aparición de regímenes dictatoriales que persiguieron, esclavizaron y asesinaron amplios sectores de sus propias poblaciones.
Ocurrió en épocas relativamente recientes (siglo anterior) en las cuales, a diferencia de lo registrado en el pasado más remoto previo a la revolución industrial, parecía claramente posible que la humanidad alcanzara altos niveles civilizados de convivencia.
No fue así a despecho de la notable búsqueda del estado de bienestar en la posguerra, aunque fuertemente motivada por las condiciones en que se desenvolvió la llamada Guerra Fría y la competencia pacífica entre sistemas ideológicos, socioeconómicos y políticos (entre 1945 y 1991).
Previamente, aunque en nombre de la democracia y la libertad, se arrasaron ciudades enteras (los devastadores bombardeos de Hamburgo, en 1943 seguida por Dresde y Berlín en 1945, por caso) culminando con el uso de armas atómicas (Hiroshima y Nagasaki). La palabra “genocidio” se reservó para los derrotados o enemigos ideológicos, haciendo la vista gorda en los crímenes cometidos bajo protección del ladobueno. La masacre de Nankín en 1937/8 no usó tales justificativos porque ocurrió en la parte ajena del mundo.
En el contexto mundial alterado que hoy vivimos, donde han caído los disfraces y coartadas, las pujas se hacen con mayor brutalidad sin importar la visibilidad pública de los atropellos, facilitados por la masividad de las comunicaciones audiovisuales.
Los fenómenos de menor cuantía e impacto local se universalizan al mostrar crudamente perversidades de diverso tipo, incluyendo el uso de inteligencia artificial. Una especie de exhibicionismo de poder que no deja de ser relativo, pero por el momento se presenta como hegemónico y “natural”.
Recordamos como vigentes las categorías de apocalípticos o integrados de Umberto Eco para situarnos frente a estos poderosos procesos en despliegue desde un punto que no sea la impotencia.
La invasión mediática la vemos en la política, pero ocurre al mismo tiempo en otras manifestaciones de la vida social, presuntamente artísticas o, incluso, deportivas. No hay dimensión que no esté afectada por el exhibicionismo.
Lo grotesco en casa
La conducta pública del titular del Poder Ejecutivo y algunos de sus colaboradores más cercanos es provocativa y deliberadamente escandalosa, para atraer la atención sobre cuestiones muchas veces irrelevantes, fuesen por ejemplo los desmanes y negociados de la AFA o donde se deposita y custodia el sable corvo de San Martín. Cuando no sea, directamente, insultar a alguien.
Se agitan estos temas distractivos mientras trasciende al pasar, pero no por ello en forma menos impúdica, que se bajarán las partidas presupuestarias para pagar jubilaciones (3%) destinando esos recursos a un fondo de despidos que se supone aliviará a las empresas dicho riesgo.
Fabricada la “necesidad” de bajar las indemnizaciones (muy discutible a la luz de la experiencia mundial) y sumado el estigmatizado “costo laboral” se modela una “solución” que consiste en degradar las condiciones de vida de los sectores más vulnerables.
Es la cultura del descarte que el Papa Francisco denunciaba con toda precisión señalando su maldad intrínseca una y otra vez. No por casualidad el ensañamiento es sobre todo con los viejos y discapacitados.
A la fragmentación inducida hay que oponer la amistad y la solidaridad entre los miembros de una misma comunidad nacional con una proyección fraternal hacia el conjunto del género humano.
Dialéctica negativa
La falsa antinomia peronismo-antiperonismo, tan trajinada, sigue siendo un arma preferencial de quienes pretenden primarizar la estructura social argentina. Funciona, a pesar de ser forzada y sobreactuada. Es un hecho que no hay que dejar pasar y no basta con denunciarlo, implica empeñarse en funcionar fuera de esa caja de hierro decadente en que se opera para encerrar nuestras cabezas. Operación necesaria para poder encarar transformaciones necesarias que garanticen una convivencia digna al conjunto social signada por el mutuo respeto y la interacción fecunda.
Esa dialéctica destructiva introduce una división absurda entre compatriotas que comparten territorio, cultura (idioma y saberes), historia, convivencia y no pocas contradicciones irresueltas.
En consecuencia, hay que ir al encuentro de los macaneos y desmitificar las falsedades instaladas como presuntas verdades. Por ejemplo, que esta gestión ha logrado bajar la inflación y ordenar las cuentas públicas.
Está claro que, luego de los torpes manejos del INDEC ocurridos durante el kirchnerismo, la manipulación se ha sofisticado con la utilización deliberada de índices anticuados que no miden la verdadera inflación que padecen las familias en la Argentina. El escándalo explota ahora cuando la docilidad de Marcos Lavagna encuentra un límite en las pretensiones de Milei y Caputo de medir hacia la baja el incremento de los precios, en particular de los servicios que realmente se pagan que han aumentado extraordinariamente durante este gobierno (el índice acumulado entre diciembre 2023 y fines de 2025 es superior al 500 %).
De modo que el macaneo de que han vencido a la inflación no se sostiene, aunque el relato se apoya en dos falsedades: a) una cifra enorme para meter miedo proyectada durante la campaña, (aun siendo altísima la del gobierno anterior) y b) esta medición tramposa que ha terminado saliendo a la luz. Y se puede constatar, además, en la brutal caída del consumo, con ingresos estancados.
¿Esa argumentación canalla exime de responsabilidades en la crisis del empleo y los ingresos populares a las gestiones anteriores, de Cristina, Mauricio o Alberto? En absoluto, cada una lleva su cuota de errores que dan al final este trágico resultado. Pero no todo es igual, ni nada es mejor sin demostración. Que cada cual cargue con sus culpas y reclame sus méritos, si los tuviera.
Ahora no se trata de volver a ningún pasado idílico, sino de encontrar un camino de construcción integrador y de mejora social concreta y duradera.
Cuando hablamos de dialéctica negativa nos referimos precisamente al estancamiento del debate nacional en un camino sin salida tal como establece la tara peronismo/antiperonismo. Ningún pasado fue el mejor, digamos provocativamente, mirado sobre todo por lo que falta hacer, no sólo recuperar lo perdido.
Y lo mejor está por venir sólo si la representación de los intereses populares mejora sustancialmente. Esto quiere decir que hace falta un programa de expansión productiva que sustente avances sociales reales y concretos, proyectados sobre todos los sectores y la totalidad del territorio nacional.
Haberle desnaturalizado al peronismo su programa de redención social es una obra maestra de los intereses que se benefician con el actual estado de cosas, tan ruinoso para las mayorías y tan redituable para los sectores financieros e importadores.
Porque la operación gigantesca de opinión pública que ahora padecemos no empezó hace dos años, ni cuatro, ni diez, sino que viene de mucho más lejos.
Algo que no vemos con facilidad es que el antiperonismo y el antidesarrollismo provienen de una misma matriz ideológica que considera a los intereses nacionales como un obstáculo, por su pretensión abarcadora e integradora, para mantener su captura de ganancias en las actuales condiciones estructurales.
¿Posee el peronismo virtudes eternas y trascendentes como quieren creer sus nostálgicos reacios a la autocrítica y negando su inocultable crisis? ¿Basta con volver al 45, omitiendo piadosamente el 73 o el 2002/3, o el 2019, más cercano aún? En absoluto no. El legado histórico positivo se basa en la elevación concreta y progresiva del nivel de vida, en el acceso a la salud y la educación, debido en parte sustancial a la organización de las fuerzas laborales de modo que contribuyan con su aporte a la “grandeza de la Patria y la felicidad del pueblo”, entre otros datos inocultables.
O sea, en réplica a la dialéctica negativa que denunciamos para proponer su superación hay mucho por hacer en el seno del propio movimiento que fundó Juan Domingo Perón e inspiró Evita, quien de ningún modo sería montonera, si viviera. (Los eslóganes más impactantes no son en general los más ciertos. Forman parte de un determinado sentido común en un momento histórico dado y en el marco de una concreta relación de fuerzas, que cambia con el tiempo).
Lo que no cambia es la motivación ciega del capital en la búsqueda de ganancias y la irrenunciable vocación de mejora social y cultural que alimentan los pueblos. Y esa contradicción hay que resolverla positivamente en la política realmente existente, sumando voluntades y convocando a la ampliación de la conciencia, la organización y la movilización de las fuerzas productivas.
Más que bajar un cambio en las pasiones en juego que hoy se desgastan en confrontaciones estériles, hay que reorientar la energía social hacia una sumatoria no suicida, construyendo un vector de integración que articule al conjunto de la sociedad argentina sin dejar a ningún segmento al costado.
Esto puede sostenerse puesto que nos unen muchas más cosas esenciales que las que nos dividen y tenemos el futuro por delante desafiándonos.