El Estado nacional, en lo que va de la gestión de Milei y sus colaboradores de mayor confianza, padeció agravios que comprometen seriamente su futuro. La serie de recortes hechos con tanta impericia como salvajismo implicaron el abandono de la provisión de bienes públicos que, además de agregar más penurias a la población, implicaron mayor transferencia de ingresos hacia los sectores altamente concentrados y la claudicación estatal de formular y realizar un sentido colectivo.
Vino a destruirlo. En varias ocasiones se describió como un topo que lo haría desde adentro. Y nadie sabe qué dejarán del Estado nacional Milei y sus amigos, teniendo en cuenta el abandono consecuente de sus funciones primordiales, el ajuste perpetuo (ahora ratificado por el Presupuesto 2026), la inversión pública a la baja y el escandaloso endeudamiento. Apalancadas en la Ley Bases, ahora llegó el turno de las privatizaciones o concesiones de compañías como Enarsa, el Belgrano Cargas y Logística, Corredores Viales, Nucleoeléctrica y Yacimientos Carboníferos Río Turbio, entre otras, apuntando a desarticular las bases de la economía y consolidar un modelo extractivo, exportador de materias primas, con algunos nichos industriales pero al servicio precisamente de la desindustrialización que desde hace añares inhibe el desarrollo potencial del país.
Se deduce por lo tanto que un objetivo político clave para las fuerzas del campo nacional es recuperar el gobierno del Estado y transformarlo nuevamente en el instrumento de la reconstrucción económica, social y cultural de la Argentina. Y como parte de ese objetivo es necesario también revisar crítica y autocríticamente las propias experiencias pretéritas para no incurrir, como tantas veces ha sucedido, en los mismos errores.
El Estado nacional y la vida feliz
En el presente estadio de la cultura occidental, como es sabido, son reconocibles tres grandes concepciones del Estado, una de ellas con raíces en el pensamiento aristotélico (y su convergencia con la escolástica), y las dos restantes absolutamente tributarias de la Modernidad. Entonces la primera concepción reconocible, el punto de vista cristiano en su versión católica “moderna”, plantea que “los Estados son formas de la unidad y del orden entre los hombres, necesarias para la vida humana y parte activa en su perfeccionamiento (Pío XII, La decimaterza: Mediator Dei)”. Esta concepción tributaria del cristianismo (o del judeo-cristianismo, si se quiere) mereció la ubicación en un lugar central, teniendo en cuenta que la escolástica sirve de caja de resonancia de Aristóteles, quien propuso en Política que el hombre sea considerado un “animal político” que se dio el Estado, más allá de sus formas concretas, “para hacer posible una vida feliz”. Y por eso “la verdadera noción del Estado –de nuevo Pio XII– es la de un organismo fundado sobre el orden moral del mundo”.
Si está fundado en el orden moral del mundo, entonces el Estado devendrá legítimo y dirigirá la voluntad de los hombres en pos del bien común, praxis dominante que condicionó el destino de las otras dos maneras más significativas de pensarlo: el liberalismo (o la visión individualista-liberal) y la visión marxista-leninista. Estas dos perspectivas no han podido salir de cierta interlocución recurrente con la teoría del Estado que se nutre de la tradición judeo-cristiana, y en sus variantes extremas, cuando probaron animar cierta negatividad absoluta, se desplazaron hasta participar de una cuarta concepción, lisa y llanamente anarquista.
Para el marxismo-leninista es imposible un Estado con alguna autonomía respecto de las clases dominantes (y de la sociedad en su conjunto), y entonces lo entiende al servicio de los dueños del capital y dotado de un severo aparato represivo. Pero de la militancia política, de la acción interesada de grupos o agregados y las intersecciones que definen intereses comunes deriva el marco ético y moral que postula una hipótesis de redención futura para todos, y la posibilidad de poner transitoriamente el Estado a su servicio.
En el caso de las variantes extremistas de la concepción individualista-liberal se registra un materialismo más rancio porque se articula con el individualismo. A ver: de la coimplicancia del materialismo y la acción interesada del individuo no deriva marco de contención ética y moral alguno, porque éste demanda la sustitución del individuo por el grupo (cualquiera sea) y el consiguiente recorte relativo del “materialismo” de cada quien para diseñar una suerte de utopía posible. Por eso la concepción individualista-liberal llevada a sus extremos exhibe una exigencia de jibarización del Estado (aunque sea desde adentro, operando como un topo), y una voluntad de ruptura más radical. Y ese abandono claudicante (pero interesado, en el curso del ascenso de los beneficiarios de la concentración económica y política) quedó sintetizado palmariamente con la expresión laissez-faire, consigna programática que desde su formulación no pudo asimilar, sin embargo, una visión del Estado lidiando con la conflictividad que su implementación y continuidad en el tiempo generarían. Y de ahí que algunos de sus publicistas contemporáneos más notables hagan pie de nuevo en Hobbes y Rousseau (aunque con sordina) y sostengan, como Friedich Hayek en Camino a la servidumbre, que el Estado es “aquel mínimo de poder sin el cual es imposible mantener relaciones pacíficas, es decir, esencialmente los poderes del laissez-faire ultraliberal”.
Eppur si muove
El Estado nacional argentino gobernado por Milei y sus amigos hace muchísimas cosas todavía. Es una maquinaria que despliega su actividad, como bien saben los habituados a su estudio, pero no produce si por producere se entiende aquello que responde a su “esencia”, esto es a la provisión de bienes públicos y, mediante ellos, a la producción de sentido colectivo. Y habrá que demorarse en estas cuestiones aunque su abordaje, por mínimo que sea, resulte algo difícil.
Es cierto: el obrar del Estado parece inagotable y habilita pensarlo por analogía con algunas reflexiones de un gigante, aunque políticamente controvertido, de la filosofía del siglo XX. En Carta sobre el humanismo escribió Martin Heidegger: “Falta mucho para que pensemos sobre la esencia del obrar en forma suficientemente decidida. Se conoce el obrar sólo como el efectuar un efecto. Su actualidad es apreciada por su provecho. Pero la esencia del obrar es el consumar. Consumar quiere decir: realizar algo en la suma, en la plenitud de su esencia, conducir ésta adelante, producere.”
O sea que Heidegger contrastó la esencia del obrar con un efecto, usualmente visto por su provecho (bueno para todos o para pocos), cuando en verdad la esencia del obrar es el consumar. Aquí está la clave: Heidegger dilucidó que consumar quiere decir el realizar algo en la suma, en la plenitud de su esencia, y conducir ésta adelante, producere. Y es sabido que la etimología de producere, palabra compuesta del prefijo pro (adelante) y el verbo ducere (guiar, concudir) remite al latín y significa “engendrar”. O sea que al poner bajo la lupa “en forma suficientemente decidida” el obrar, puede develarse que a veces no responde a su “esencia”, que no consuma, que no suma-con, o mejor, que no produce, impidiendo por lo tanto el pasaje al futuro de aquello que le dio origen. Y esto merece algo más de atención, porque bien puede aplicarse a todos los campos.
Si también es propio del Estado el obrar, ¿qué debe consumar cuando lo hace? ¿Alcanza con una apreciación utilitaria de su desempeño? ¿O habrá que analizar qué realiza en la suma, o mejor, si verdaderamente produce? Hay que insistir en que el Estado por ahora no cesa de obrar, y que puede ser objeto de un creciente perfeccionamiento técnico, y que su obrar es mensurable por el provecho que de sí deriva. Pero también hay que insistir en que la esencia de los Estados nacionales contemporáneos es la provisión (por administración o por terceros) de bienes públicos, ya sea educación, cultura, salud, justicia, defensa y seguridad, entre tantos otros, para realizar así su esencia, que no es otra que proveer sentido a la comunidad nacional.
La consideración usual del obrar “sólo como el efectuar un efecto”, y desde un punto de vista meramente utilitario, es contrapuesta como se dijo a la idea de “realizar algo en la suma”, de consumar, de manera que la esencia también resulte conducida adelante, se proyecte y funcione como una aspiración desde el futuro. O sea que el “fin” de un obrar, para que no se limite a “efectuar un efecto”, debe contener la esencia del “principio” en tanto consumado, lo cual en el caso de la provisión de los Bienes Públicos implica, por añadidura, la satisfacción de los derechos humanos y los derechos y obligaciones de la vida en comunidad. Y como el campo nacional habrá de incorporar programáticamente esta cuestión para el debate y la contienda democrática, corresponde advertir que por cada Bien Público definido será deducible el derecho que habrá de satisfacer (el derecho a la salud, a la educación, a la justicia, etc.), constituyendo una guía eficaz para el rediseño del Estado nacional, en primer término, y su despliegue institucional y organizativo, inmediatamente después.
Si el Estado nacional es la instancia política máxima de la Nación, si deviene de un proceso social complejo en el que conviven fuerzas identitarias y grandes contradicciones en el curso de su desenvolvimiento, su función básica y sustantiva es, mediante la provisión de Bienes Públicos, la construcción de un sentido colectivo. Satisfecha de tal modo la necesidad de cohesión de la comunidad nacional, el Estado habrá de generar, preservar y eventualmente expandir un lugar de autoridad con aptitud suficiente para dirimir los conflictos y armonizar los intereses del conjunto.
Finalmente, el campo nacional habrá de estar en condiciones de salir al cruce de la provocación de conservadores derechosos como Sturzenegger, que intentan circunscribir el debate entorno de las múltiples reglamentaciones y procedimientos, y de aquello en que también el Estado nacional se exterioriza, el “aparato estatal” con los múltiples organismos e instituciones que lo componen. Así que la derecha intentará imponer una visión restringida del Estado nacional para fundirlo con el “aparato estatal”, cuando no con la Administración Pública. Y se trata de una provocación, pero sobre todo una manera de profundizar la quita para las grandes mayorías, hay que insistir en ello, de los derechos como la salud y la educación, por ejemplo, y tantos otros en última instancia necesarios para una vida digna de ser vivida.