Para Mario Sebastiani, médico obstetra y Premio Konex 2023 por su labor destacada en salud pública, la eutanasia no debe analizarse desde “una perspectiva médica o religiosa sino desde una mirada jurídica, filosófica y ética, porque si la vida le pertenece a cada persona, el final de vida también”. Opina que “nuestro fin de vida pertenece a nuestra esfera privada, y tenemos que tener la posibilidad de decidir”.
“Todos están de acuerdo en que las personas deben tener el derecho a la propia vida y a la propia muerte; y las leyes deberían acompañar ese derecho a decidir”, explicó este impulsor de una ley de eutanasia para la Argentina.
La Real Academia Española (RAE) define eutanasia como la “intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura. Muerte sin sufrimiento físico”.
Sebastiani consideró que “el impacto de la religión en la cultura judeocristiana es muy importante porque está muy arraigada la idea de que la vida me la da y me la quita Dios, además no nos gusta hablar de la muerte y creemos que los médicos están para curar y preservar la vida y no para la muerte, pero eso también existe”.
–Todo eso es verdad, y también es cierto que usted hoy promueve la eutanasia. ¿Por qué?
Sebastiani: Porque creo que no es un tema médico sino jurídico, filosófico y ético porque si la vida le pertenece a cada persona, el final de vida también. Si no, le pertenece a familiares, amigos, legisladores o al Gobierno. Así que me van a encontrar en el lugar más libertario. Aunque hoy suene mala palabra, yo no discuto la muerte sino la libertad de morir, el ejercicio de libertad y autodeterminación sobre mi cuerpo. La finalidad de la eutanasia es una muerte digna. La idea es poder legislar para que exista un derecho a la muerte digna. Es un derecho humano.
–¿Qué lo decidió a defender la eutanasia?
–Sebastiani: Lo primero tuvo que ver con una anécdota personal que me ocurrió hace unos 45 años en el Hospital Italiano, cuando era jefe de guardia. Resulta que apareció una residente muy apesadumbrada. Me dijo que una señora que estaba en una de las camas se estaba muriendo y que la llamaba continuamente. Le sugiero que le dé morfina, pero me responde que el especialista en cuidados paliativos no se lo permitía porque el colega pertenecía al Opus Dei. Entonces le digo: “Si mañana no está en la guardia, ¿qué harías?”. Me quedé con la sensación de que mi vida, nuestra vida, está en manos de tipos que pueden hacernos una transición tormentosa o de otros que pueden favorecerla. Y no porque uno la preservara y otro la asesinara, sino porque es un problema de conciencia en el que se inmiscuye la religión. Luego de este hecho, en una librería de Estados Unidos encontré el libro “Cómo morir”, empecé a adentrarme en el tema y hoy trabajo desde la Plataforma Dignidad, una red que articula personas y organizaciones en ocho países, convencidos de que hablar del final de la vida es también una forma de cuidar, decidir y transformar.
–¿Y sobre qué se basa el trabajo que desarrollan allí?
–Sebastiani: Trabajamos para que decidir sobre el final de la vida sea un derecho garantizado en toda América Latina. Lo hacemos desde la creación de conocimiento, para visibilizar las barreras y avances en la región; el litigio estratégico, que transforma casos individuales en cambios estructurales; la incidencia normativa, para impulsar leyes y políticas públicas justas y el diálogo regional, que reúne experiencias y perspectivas interdisciplinarias sobre el proceso de la muerte.
¿Dónde se permite la eutanasia?
Existen países que permiten que un profesional de la salud administre deliberadamente los medios para causar la muerte del paciente a petición suya, con protocolos muy estrictos que deben cumplirse al pie de la letra.
En Europa son Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, España y Portugal. En América la tienen aprobada Colombia, Uruguay, Ecuador, Cuba y Canadá. Y Nueva Zelanda en Oceanía. En Suiza y Alemania está permitido el suicidio asistido donde, a diferencia de la eutanasia, el médico provee los medios y el paciente debe realizar el llamado acto de muerte.
Luego, Australia legalizó la muerte voluntaria asistida en algunas jurisdicciones, pero no existe una ley unificada, y en Estados Unidos hay estados que permiten el suicidio asistido médico para enfermos terminales como en Washington, California, Nueva York, Oregon y Nueva Jersey.
Sebastiani trabaja para que esto sea universal porque entiende que la decisión de seguir viviendo pertenece “a la esfera de la vida privada, la libertad y la autodeterminación. ¿De quién es nuestro fin de vida?, de nuestra vida privada, y tenemos que tener la posibilidad de decidir, concretamente, de pedir ayuda para morir dentro de un protocolo. Ayudar a morir debe ser un acto de compasión y de amor”, agregó.
–¿Y por qué en Argentina se hace dificultoso lograrlo?
–Sebastiani: Sin pretender ir en contra de nada ni de nadie, por la religión. Y me parece que no debería estar mediado por ella porque es una cosa absolutamente individual, espiritual y que está relacionado con la conciencia de cada uno. Así ocurrió con la ley que legisló sobre el aborto, hubo libertad de conciencia. Respecto a la eutanasia, hay cinco proyectos, algunos caídos, otros vigentes, pero nunca se discutieron porque no logran atravesar la barrera de la Comisión de Salud. No puedo poner un nombre y apellido de alguien que los esté frenando, pero lo cierto es que nunca fuimos convocados a discutir al Congreso a favor o en contra de una ley de eutanasia.
–¿Qué diferencia hay entre eutanasia y suicidio asistido?
–Sebastiani: Hay un carácter transitivo. Yo te ayudo a morir y te inyecto una sustancia letal, o bien te digo: “Mirá, estas son las pastillas, tómalas, tomate un vaso de agua y con esto te vas a morir”. En una agarraste vos las pastillas, y en la otra, alguien te inyecta una sustancia letal. Filosóficamente, las dos personas pidieron ayuda para morir. En un caso, hay un suicidio asistido porque hay un asesoramiento, y será el Estado el que provea los elementos para que yo pueda tener una muerte y la provoco yo mismo. En el caso de la eutanasia, yo inyecto una sustancia.
–¿Por qué es importante esta diferencia?
–Sebastiani: Porque hay gente que no se puede suicidar. Un tipo parapléjico, por ejemplo, no puede mover sus brazos, con lo cual, si no lo ayudamos a morir, seguiría sufriendo porque no puede lograr tomar el fin de vida en sus propias manos.
–Usted suele decir que hay que hacer pedagogía social sobre la eutanasia. Es decir que este tema no debe pasar sólo por comisiones legislativas, ¿Qué tipo de prejuicios o temores cree que tiene la gente en esto de promover su propia muerte? ¿No cree que en el fondo hay un temor a la muerte?
–Sebastiani: Enfáticamente diría que no porque el que pide morir lo tiene recontra masticado y además no lo va a lograr ahora. Hay que ingresar en un protocolo en el que hay que reiterar no menos de cuatro o cinco veces el pedido. Falta pedagogía en el sentido de que, con el aborto, por ejemplo, tuvimos cuarenta años de charlas y reflexiones. Acá estamos con menos tiempo, pero ya llevamos por lo menos cinco años muy fuertes y con un periodismo muy alineado en promover la discusión. Salgamos a explicar a la gente que no la vamos a matar, sino que son ellos que pedirían ayudar para morir. La otra cosa es que la eutanasia no se realiza entre un médico y un paciente, sino dentro de un protocolo que establecerá plazos no inferiores a diez días. Otro tema que puede influir es pensar que si existe la eutanasia todo el mundo querrá morir, y esto no es así, no habrá ninguna estampida. Los médicos privilegiamos la vida. Todas las estadísticas marcan que donde existe la alternativa de poder ayudar a morir, solo el 3 o el 4% de las personas adhieren a esta estrategia.
Una hoja de ruta
–¿Cómo es el camino que debe desandar una persona que solicite la eutanasia?
–Sebastiani: Puedo darle como ejemplo el protocolo descripto en el proyecto de ley presentado por Expte. 6512‑D‑2025 “Derecho a la muerte digna y regulación de la eutanasia y asistencia médica para morir”, impulsado por los diputados Oscar Agost Carreño y Miguel Ángel Pichetto, en noviembre del año pasado.
–¿Qué propone?
–Sebastiani: El proyecto busca reconocer y regular el derecho de toda persona a solicitar y recibir ayuda médica para morir cuando padece sufrimientos graves e intolerables por una enfermedad grave e incurable, con estrictos requisitos, control y garantías de dignidad y autonomía. La persona debe ser mayor de 18 años, capaz y estar en pleno uso de sus facultades. Respecto a la salud, debe padecer una enfermedad grave e incurable o un padecimiento crónico que cause sufrimiento físico o psíquico constante e intolerable sin posibilidades razonables de alivio y haber manifestado su voluntad libre, expresa, reiterada e informada por escrito ante escribano público o ante un juzgado de primera instancia y en presencia de dos testigos. También vale aclarar que esa declaración puede ser revocada en cualquier momento. Una vez presentada la solicitud, el médico tratante debe confirmar diagnóstico y capacidad del paciente, informar alternativas terapéuticas y cuidados paliativos y solicitar una segunda opinión médica independiente. Cumplidos estos requisitos, el caso debe ser sometido a una Comisión Médica y Bioética Interdisciplinaria para que dictamine su decisión y, si es positiva y el paciente ratifica nuevamente su voluntad, la eutanasia puede ser realizada bajo condiciones médicas seguras.
–¿Qué ocurre con la responsabilidad penal, civil y administrativa de los profesionales que cumplan con los requisitos y procedimientos de la eutanasia?
–Sebastiani: Quedan exentos de responsabilidad porque se modificaría el Código Penal para establecer que la eutanasia no constituye delito si se realizada conforme a esta regulación. Además, el Ministerio de Salud de la Nación sería la autoridad de aplicación, encargada de dictar protocolos clínicos y bioseguridad, crear un Registro Nacional de casos, y difundir informes estadísticos.
–¿Qué plazos se proponen para esa práctica?
–Sebastiani: Deben transcurrir, en general, no menos de 15 días entre la primera solicitud y la práctica, excepto si hay riesgo inminente de pérdida de capacidad o sufrimiento extremo, debidamente certificado. Y vuelvo a repetir que esto no se trata de un problema médico, sino de la libertad de las personas. Hay que aceptar que el sufrimiento, el dolor y la indignidad suceden, ocurren en nuestros finales de vida. La gente dice que le tiene miedo a la muerte, pero creo que a lo que uno le tiene miedo es que el final de la vida traiga dolor, sufrimiento e indignidad porque sobre la muerte nadie tiene idea de lo que viene después.