¿Y ahora qué?

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El síntoma Fate: la falta de protección lleva a la depresión

Desmantelar la industria para favorecer únicamente al sector agropecuario y minero generaría una crisis de desempleo masivo. Estas actividades primarias emplean a una minoría de la población. En cuanto a la apertura indiscriminada, la protección arancelaria no es un capricho, sino una necesidad estructural del capitalismo para equilibrar la brecha entre la producción total y el ingreso. Hay una contradicción en declararse el más fiel seguidor de Trump y seguir políticas de libre mercado.

El sonado cierre de Fate, el reciente discurso del canciller norteamericano Marco Rubio en la Conferencia anual de Munich sobre seguridad (que reúne a los países miembros de la OTAN) abogando por el proteccionismo y la cerrada fe librecambista del gobierno argentino, trazan un cuadro lleno de contradicciones muy agudas, sin que en el horizonte nacional aparezca una síntesis que las supere en función de los intereses bien entendidos de las mayorías. Hay borradores, pero nada nítido que indique que encontramos el difícil camino de salida. 

Para los librecambistas cárdenos, la producción agropecuaria, núcleo de la especialización internacional argentina –ahora ampliado hacia le minería, el gas y el petróleo-, ve menguado su potencial para generar y distribuir bienestar porque le fue implantado por irracionalidades varias, utilizando el artificio proteccionista, el sector industrial que consume en general, y le consume en particular, más recursos de los que proporciona. Si las actuales realidades y promesas del sectores minero de gas y de petróleo se consolidan, es menester cosechar la experiencia vivida y extirpar de cuajo al octavo pasajero industrial.

De ahí, entonces, que los librecambistas argentinos sostengan que la apertura de la economía, el medio cuyo fin es destejer el entramado manufacturero, posibilitara finalmente sanear estructuralmente la economía.

Las magnitudes incursas del producto bruto sectorial de la manufactura, el agro y la minería sugieren que la supresión de la industria se observa nada factible. En efecto el agro argentino genera 5 por ciento del Valor Agregado Bruto (VAB) total o del Producto Interno Bruto (PIB) (valor agregado y producto bruto son conceptos similares). También genera el 5 por ciento de los puestos de trabajo de toda la actividad económica nacional y paga el 3 por ciento de su masa salarial. Su importancia está como proveedor de divisas. La minería significa algo más de medio punto del empleo total del sector privado argentino.

El sector manufacturero, sumado una parte del sector servicios (la delimitación de ambos se difumina) y del transporte explica un tercio del PIB argentino. En los Estados Unidos y la Unión Europea (UE), la industria andar rondando el tercio del PIB y el sector servicios poco menos que el 70 por ciento del PIB. Globalmente, el sector industrial (secundario) emplea aproximadamente entre el 10 por ciento y el 25 por ciento de la fuerza laboral total, variando según la región y el nivel de desarrollo del país.

Para más, la comparación con otros países del mundo desarrollado de la actividad primaria, da una idea del lugar hacia dónde va el más que subsidiado sector agrícola-ganadero (los datos incluyen la silvicultura y la pesca) y el sector minero. En los Estados Unidos, el agro representa el 0,9 por ciento del PIB y emplea el 0,7 por ciento de la mano de obra. En Japón, estos valores ascienden al 1,1 por ciento del PIB y al 2,9 por ciento de la mano de obra empleada. En Alemania representa el 0,7 por ciento del PIB y el 1,4 por ciento del empleo. En Francia, 1,7 por ciento y 2,8 por ciento, respectivamente. El sector minero representa una pequeña fracción directa del PIB en los Estados Unidos y la Unión Europea, generalmente por debajo del 2 por ciento. 

Este destino de apocamiento es el del agro argentino -subsidios incluidos- a condición de que no se detenga el cambio tecnológico que supone la consolidación del mercado interno; o sea, a contramano de lo que desea el campo para sí cuando se solivianta por las retenciones. Lo mismo le corre a la minería y al petróleo y al gas.

La reflexión más simple desde estos datos sugiere –sin atenuantes- que el reemplazo de las actividades secundarias a manos de las primarias, si se lleva a cabo, trae como consecuencia una enorme masa de desocupados y una sociedad onda la de los beduinos. 

Proteccionismo como necesidad

Pero, ¿es verdad que la actividad económica argentina que resultare de ese experimento, una especie de Golfo Pérsico agrario-minero, de ahí en más no necesitaría si o si protección? Se trata de una mera y peligrosa ilusión que se difumina cuando se contrasta las ideas que se hacen de cómo funcionan las cosas con las cosas como realmente funcionan.

No hay libre elección entre proteccionismo y librecambio. El proteccionismo es una necesidad del capitalismo tal cual es. Y no se trata esa discusión de trocar productos caros por los mismos productos más baratos. El asunto es más enrevesado y el precio de los productos del intercambio no es un dato que entre en juego. Ese es un vicio del análisis en que cae de forma recurrente el debate público y publicado.

La cuestión real pasa por comparar el ingreso bruto que genera en el año el producto bruto que anualmente hace un país. Ocurre que si el producto es igual al ingreso, los librecambistas las tienen todas a favor cuando proclaman que el proteccionismo es inútil. Es que sobre la base de ese supuesto de igualdad les asiste la razón. 

Partamos de considerar que tanto el producto como el ingreso pueden expresarse como la sumatoria de precios por cantidades de todos y cada uno de las mercancías y servicios que componen el agregado que se realizan anualmente (el PIB). Dicho esto último por pura convención. De manera que, al existir una relación inversa entre precios y cantidades, y dado un nivel de ingreso, si sube el precio baja la cantidad y si baja el precio sube la cantidad.

El proteccionismo (al poner aranceles a los precios de los bienes importados) le baja su cantidad y, como se trata de una igualdad, del lado del ingreso pasa lo mismo. Así, tenemos menos bienes y más caros. En otras palabras, si el producto genera ingresos que lo igualan, tal como creen los librecambistas y no sólo los librecambistas, como estos ingresos se gastan entonces no se observa cuál sería el perjuicio de comprar afuera barato lo que hacerlo internamente sale caro. Más bien lo contrario.

Sucede que el supuesto de la igualdad producto-ingreso no tiene nada que ver con la realidad. El producto siempre es mayor que el ingreso, puesto que el primer miembro de la igualdad incorpora la tasa de ganancia. Para que ese producto pague todos los costos incurridos (que son los ingresos fijos de los factores que concurrieron a generarlo), y el ingreso variable que es la ganancia, debe ser vendido. Como dijo Sismondi (en rigor: Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi,1773 – 1842), aunque la ganancia del empresario nace de la producción “sólo nace después de la venta. Sólo entonces el productor hace sus cuentas, cuando separa su capital íntegro del intercambio que acaba de realizar, juzga las ganancias que le quedan, provee a sus distracciones, y reanuda sus operaciones”. 

Bajo estas circunstancias reales de producto mayor que el ingreso, la protección alcanza pleno sentido, puesto que al aumentar el precio del bien importado hasta ser interesante y factible producirlo localmente, la desigualdad producto ingreso se atenúa porque la mayor cantidad producida localmente equivale a la cantidad que se deja de importar. De ahí que la experiencia sempiterna de la humanidad sea vender antes que comprar, exportar lo más posible e importar lo menos posible. Por lo visto, no se trata de un mundo loco, que se niega a reconocer en la práctica las supuestas bondades del librecambio. Es tan ficticio el mundo librecambista que es un mundo sin tasa de ganancia. Y lo que es tan malo o peor: un mundo sin movimiento de capitales.

Por cierto, la desigualdad producto-ingreso entraña la más mayúscula contradicción que debe resolver a diario el sistema económico en que vivimos, estando el comercio internacional comprendido en tal contrapunto. Es más, las distintas medidas de política económica que se ponen en juego deben su efectividad o su ineficacia a su capacidad o incapacidad para cerrar el hiato producto mayor a ingreso. 

Porque si una política económica ahonda en vez de acortar la diferencia emanada del producto mayor al ingreso, es decir no crea mayor poder de compra en una economía de corriente sobre ofertada, entonces la baja de los precios que es tendencial suscitada por la insuficiencia estructural del poder de compra, por fuera del ciclo, se profundiza y se frena el deseo de comprar. Derecho a la crisis por falta de ventas.

Así, importar mercancías amplifica en mucha esa baja de precios tendencial, le echa nafta al fuego. Por eso las clases dirigentes conscientes de sus responsabilidades hacen dos cosas: desde siempre y en todos lados, protegen su mercado interno y al mismo tiempo, en el escenario del cinismo llamado diplomacia, se exhiben como heraldos de la libertad de comercio, alentado políticas ajenas en las que si sale cerca ganan ellos y si sale cara pierde el creyente crédulo.

Sembrar vientos, cosechar tempestades

Al nivel actual de desarrollo alcanzado por la Argentina, el efecto que engendraría la falta de protección sería el de una profunda y endémica depresión que conlleva el pulular de una enorme masa de desempleados. 

De nuevo, es menester nunca perder de vista que la industria explica un tercio del producto nacional y da empleo (de forma directa e indirecta) al grueso de los argentinos y el agro, la minería, el petróleo y el gas un décimo y da empleo a una limitada minoría. Entonces no se ve bien cómo y por dónde es que el campo y los minerales cuadruplicarían su volumen como producto y multiplicarían por cinco su demanda de empleo en el caso de que los librecambistas se salgan con la suya. 

Una cosa que tengamos una agricultura muy adelantada frente a una industria relativamente atrasada no quita la otra; decisiva para la preservación del empleo puesto que está en juego el nivel del producto. A su vez, el espectro de bienes industriales es mucho más amplio que el de los productos agrícolas, en tanto la proporción que representan en las compras de la canasta familiar es una función creciente del aumento del nivel de vida. En vista de las rigideces del comercio exterior y la importancia que el país tiene en los mercados agrícolas globales, las ventas del agro rondan el límite de la saturación.

En un planteo equilibrado, no hay por qué renunciar a la especialización agropecuaria-minera. Al fin y al cabo la prosperidad no depende del tipo de bienes que se exporten. Si se exporta con salarios baratos hasta los robots terminan siendo baratos. China exime de mayores comentarios al respecto.

Pero, en la agudísima retranca que supone la ultra especialización agropecuaria-minera, y esta es la suprema ironía, la economía argentina no queda eximida de la necesidad de protegerse, porque es la desigualdad producto mayor que ingreso la que impele al proteccionismo y no el tipo de especialización internacional adoptada. Además, setenta años de crueles y sangrientas guerras civiles en el siglo XIX por el control de la aduana, parece que no han enseñado nada.

Ir a menos

La población argentina crece poco menos del 1por ciento anual. Está envejeciendo; lo que significa que más del 10 por ciento de sus integrantes es mayor a 65 años de edad. Y, si nada cambia, seguirá envejeciendo y comenzará a declinar. El saldo migratorio es nulo tirando a negativo (salen más de los que entran). Nunca como ahora la Argentina moderna tuvo una cantidad tan apocada de inmigrantes. 

Tal escorzo del estado de situación demográfica, da pie para preguntarse: ¿qué implica, para el presente y la perspectiva del proceso de desarrollo argentino? Quizás al final de toda esta irracionalidad de esos proteccionistas demorados que son los librecambistas, se trate sólo de menos argentinos para una Argentina aminorada. Pocos pero “buenos”.

Ese síntoma se ausculta en el aspecto que menos se menciona –o directamente se ignora– de la ventaja comparativa de David Ricardo. Los fundamentos teóricos no son un fuerte de la derecha argentina, cuyo gran activo en esta lid es haber convencido a buena parte de la sociedad civil de que sus peores intereses –y más mezquinos- son los que mejor les acomodan. En general, nadie sale bien parado de esta situación al contemplar la fábrica de pobres en que nos hemos convertido. Pero tal parece que esa sublimación de la anti economía es global.

En el modelo del economista inglés clásico, el paso de la situación sin comercio (autarquía) a la con comercio (libre cambio absoluto) supone, de acuerdo a los parámetros que puso en juego, la caída de casi un décimo de la población mundial. Con el 90 por ciento de los habitantes supérstites se hace el mismo producto bruto que antes.

La relación entre desarrollo de las fuerzas productivas y crecimiento poblacional eran una de las cuestiones clave del análisis económico a principios del siglo XIX, cuando se estaba dando los primeros pasos para consolidarse como ciencia. 

Ya a mediados del siglo pasado mientras en la mayoría abrumadora de los modelos de crecimiento económico marginalistas que se iban sucediendo en gran forma en la academia se optaba por postular constante el crecimiento de la población, una forma de rehuir a encontrarle una imbricación entre ambas variables para guiar la política de largo plazo, cundía la preocupación mundial por la “explosión demográfica”. 

Se temía, sin mayores fundamentos o fundamentos atendibles pese a la muy ruidosa alharaca que suscitaba, que la base productiva del planeta no estuviera en condiciones de sostener una humanidad que desde sus albores hasta el 1900 había lograda ser habitada por 1.650 millones de habitantes. De ahí hacia 1950, la población mundial orilló los 2.500 millones de habitantes. Hoy anda en los 8 mil millones y la proyección hacia el 2100 –variante media de la ONU- la cubica en casi 10.500 millones. 

Estamos atravesando globalmente la etapa de “implosión demográfica”, a la que se suma entusiasta el gobierno libertario argentino. 

Marco Rubio sostuvo en su discurso de Munich en referencia al maridaje con los europeos: “Juntos, podemos recuperar el control de nuestras industrias y cadenas de producción y prosperar en los ámbitos que definirán el siglo XXI. Pero también debemos recuperar el control de nuestras fronteras nacionales, controlando quién entra en nuestros países y en qué cantidad. No se trata de xenofobia ni de odio: es un acto fundamental de soberanía nacional. No hacerlo no sólo supone abandonar una de nuestras obligaciones más básicas para con nuestros pueblos, sino que también supone una amenaza urgente para el tejido mismo de nuestras sociedades y para la supervivencia de nuestra civilización”.

Aunque no se ve por qué no “se trata de xenofobia ni de odio”, la escandalosa contradicción entre el accionar de la administración Trump y los objetivos que persigue el gobierno argentino la mide el grado de adhesión sin cortapisas que el segundo practica respecto de Washington.

Tal como está planteado el escenario, el programa de transformación que requiere para dar vuelta como una media una Argentina que se ha convertido en una fábrica de pobres, no luce encontrar actores y hacedores a la altura de a circunstancias. Incluso, si ese programa despertara el más amplio consenso, dada la inconsecuencia global de la teoría y la poca edificante situación del pensamiento argentino, hay que deducir que para las cosas salgan bien el gran papel es el de la fortuna, ese otro componente de la buena perspectiva del príncipe sobre la que con inequívoca lucidez aleccionaba Maquiavelo. Ironías del idioma: “fate” en inglés significa albur, suerte.

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