¿Y ahora qué?

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Ernesto Bohoslavsky, historiador: “Este gobierno está más a la derecha que buena parte de sus votantes”

Hay algo tentador —y un poco tramposo— en explicar el fenómeno de Milei en el poder como si hubiera aparecido de golpe, salido de un algoritmo, una bronca postpandemia y un par de consignas eficaces. Tentador porque simplifica. Tramposo porque borra la historia larga: los linajes, las peleas internas, los reacomodamientos y, sobre todo, las maneras cambiantes en que las derechas argentinas buscaron legitimidad. El historiador Ernesto Bohoslavsky escapa de la tentación y de la trampa.

Bohoslavsky es historiador y, en particular, historiador de la América Latina del siglo XX. Estudió en Neuquén, pasó por Cusco y se formó también en Madrid. Además de investigador del CONICET, fue por veinte años profesor en la Universidad Nacional de General Sarmiento, en el conurbano bonaerense. Investiga las derechas sudamericanas, pero siempre pone una advertencia sobre la mesa, con la mezcla justa de ironía y rigor: derechología no es derechofilia. En el libro Historia de las derechas en Argentina, coescrito con Sergio Morresi (FCE, 2025), propuso salir del zoom del día a día y reconstruir el mapa de una derecha que nunca fue una sola. 

–En el libro ustedes plantean dos grandes familias (liberal-conservadora y nacionalista-reaccionaria). ¿Cuál es la diferencia “de origen” entre esas dos derechas? ¿En qué se nota en la vida política concreta?

–La noción de “familia” es una herramienta analítica: sirve para comprender a un sujeto político en el tiempo, pero no es necesariamente un instrumento que los practicantes de la política reconozcan como propio. De la misma manera, la categoría “derechas” es analítica y no siempre nativa. A nosotros, esta idea de tradición —a veces de familia— nos permite agrupar actores que, de otro modo, quedarían como casos aislados. No son iguales entre sí, pero tienen un diálogo más intenso entre ellos que con lo que queda por fuera. Dicho esto, identificamos dos tradiciones. La primera, liberal-conservadora, es una tradición larga que nace a fines del siglo XIX; no nace como “tradición”, sino casi como sentido común de la clase política. Es la idea de que a este país le corresponde alguna forma de república, algún tipo de gobierno representativo (no necesariamente democrático), y la convicción de que lo más conveniente es mantener el mercado lo más desregulado posible, aun al precio de desentenderse de la vulnerabilidad social. La otra tradición es posterior: nace hace más o menos un siglo, en parte como respuesta a esa primera tradición (y también con un fuerte componente anticomunista, antiizquierdista, antiobrero, y en muchos casos antisemita). Esta, que llamamos nacionalista-reaccionaria, tiene un contenido mucho más cercano al del catolicismo político: los liberal-conservadores pueden ser católicos a título personal, pero no cultivan ese catolicismo político como programa. Es una tradición más hispanista, menos cosmopolita, convencida de que el “alma nacional” es católica, y que eso no se lleva bien con un entramado legal democrático. Cree mucho más en la “democracia orgánica”, en alguna forma de autoritarismo paternalista, en arreglos corporativos o directamente en un régimen católico y autoritario, pero no en la democracia liberal.

–A lo largo del siglo, esas familias oscilan entre purismo doctrinario y pragmatismo para derrotar a un enemigo común. Si armamos una línea de tiempo: ¿cuándo ganó el purismo y cuándo el pragmatismo? 

–No sé si hay una regla. Podemos identificar momentos. En general, tengo la impresión —y es la impresión que transmitimos en el libro— de que han sido bastante puristas, y que eso redundó en una inversión espasmódica y de pocos recursos para construir instituciones partidarias estables, eficaces y sostenidas en el tiempo. Ese doctrinarismo ideológico es responsable de la debilidad de las apuestas institucionales. Diría que se aflojan las perspectivas más puristas cuando enfrente aparece un enemigo compartido poderoso. Pasó hacia el final del gobierno de Perón, cuando entró en conflicto con la Iglesia y se desarrolló un espacio compartido para nacionalistas y liberales, distintas tradiciones gorilas que no se llevaban del todo bien. Pasó también en 1975–1976; y hoy es el momento de mayor predisposición a dejar en segundo plano banderas históricamente irrenunciables.

–La reconstrucción del libro llega “hasta Milei”. ¿Qué tiene de “punto de llegada” y qué tiene de “episodio” dentro de una historia más larga?

–Si uno lee bien a Gramsci, la hegemonía nunca está terminada, porque siempre está desafiada: hay gente que sale, y gente que quiere entrar al bloque dominante. Entonces no está escrito que este proceso de convergencia se mantenga en el tiempo: habrá que verlo. Uno puede identificar tensiones dentro del armado de La Libertad Avanza; si bien a veces uno las agiganta, lo cierto es que existen. Por ejemplo, hay tensiones con el mundo ligado a la agenda militar, y la distancia con Villarruel también muestra algo de eso. También hay que ver qué pasa con las bases: qué ocurre con sectores populares que votaron convencidos de que Milei era la receta para controlar la inflación, pero se encuentran con empobrecimiento, vulnerabilidad social y laboral. Ahí puede aparecer otro punto de tensión, con “arrepentidos” o “desencantados”. En algunas elecciones provinciales se vio: ese humor estaba presente, pero no hubo fuerzas capaces de absorberlo de manera consistente.

–Si arrancamos por el quiebre de la política de notables, ¿qué le pasa a las derechas argentinas cuando aparece la democracia de masas y el voto empieza a pesar de verdad? ¿Qué miedos, qué diagnósticos y qué estrategias aparecen primero? ¿La derecha argentina históricamente desconfía del voto o desconfía de quiénes votan?

–Vale la pena descomponerlo entre el nivel provincial y el nivel nacional. Porque diversas opciones de derecha han ido a cortejar el voto provincial muchas veces, y han ganado muchas elecciones. Pienso en el Partido Demócrata en Mendoza o el bloquismo en San Juan, entre otros. Ahí hay derechas que no tenían grandes problemas con el juego democrático: lo jugaban y lo jugaban bien. Pero a nivel nacional, muchas veces la agenda se orientaba más a evitar el triunfo de lo que se consideraba “el mal mayor” que a construir una opción estable. Entonces, es posible ver un trabajo relativamente exitoso en el plano provincial junto con una profunda inestabilidad en el plano nacional. Uno podría decir que, del último medio siglo, el partido de derecha más importante en términos de consolidación y territorialización fue el PRO: eso hay que reconocerlo. Hoy está en decadencia; no lo daría por muerto, pero está en decadencia. En cuanto a la tradición nacionalista, tampoco diría que se abstuvo siempre de participar de la vida electoral: lo hizo, con resultados más bien modestos, salvo en el caso del MODIN, creado por Aldo Rico. 

–Ustedes dicen que el peronismo fue un “terremoto” para las derechas. ¿Qué parte del edificio se cae ahí? ¿La relación con el Estado, la relación con el pueblo, la relación con el conflicto social?

–Son varias cosas las que sacuden. Yo creo que el peronismo golpea más fuerte a la tradición liberal-conservadora que a la nacionalista-reaccionaria, sobre todo porque contradice el principio de excluir al Estado de la economía: el nivel de intervención estatal, que ya venía en alza desde la crisis de 1930, con el peronismo se vuelve mucho más eficiente y agresivo en materia de regulación e intervención. Para la tradición nacionalista-reaccionaria, en cambio, el peronismo es más incómodo y ambiguo: hay quienes dicen “este es el Mesías que venimos buscando” y hay otros que no quieren saber nada, que lo ven como alguien que les “robó banderas”. Lo que también los sacude es que Perón consigue una solidez electoral muy difícil de derrotar. Y, sobre todo, hay algo del peronismo que es revulsivo por su capacidad de interpelar y movilizar a una parte de la sociedad argentina que hasta entonces no se había politizado con esa conciencia popular o de clase; refunda la cultura política argentina. En el libro retomamos una distinción entre culturas políticas “horizontales” y “verticales”.

–¿En qué consiste esa diferencia? 

–El peronismo cultiva una exaltación de formas políticas “de abajo”, consagra una valorización de la ruptura con la deferencia y una condena de la “élite” intelectual, política y económica. Para los voceros de la élite, todo eso era indigerible.

–Si lo conectamos con hoy, ¿qué continuidad ves entre ese “peronismo-peligro” y las figuras actuales del enemigo? ¿Qué lecciones deja el “antiperonismo de Estado” para entender por qué, décadas después, ciertas derechas vuelven a coquetear con lógicas de exclusión del adversario?

–Hay varias marcas de lecturas propiamente “gorilas”. Una muy frecuente en los 40 y 50 era la filiación de Perón o del peronismo con el nazismo: esa hoy no está tan presente. Sí, en cambio, está más presente una crítica de cuño liberal: la idea de que el peronismo es ineficiente o empobrecedor. A mi entender, esa crítica es en buena medida infundada al mirar varios indicadores; pero lo que “de verdad” haya pasado no es lo central para que la crítica funcione. También está muy presente una crítica moral: la idea de que el peronismo organiza la economía con criterios políticos, que “la política mete la cola” donde no debería hacerlo. Esa es una idea que se fortalece mucho en los años 80: entonces —como plantea Mariana Heredia— deja de ser legítimo que la política gobierne la economía y pasa a instalarse más bien la idea contraria. El kirchnerismo intentó, en parte, renovar y re-legitimar el dominio político sobre la economía (control de salarios, criterios políticos para el ajuste de las tarifas, etc.), y eso fue leído como una reedición de la expansión estatal del peronismo. Esa crítica funciona con más potencia desde Alberto Fernández, porque la intervención estatal ya no aparece asociada a una mejora perceptible de la vida cotidiana. Y durante la pandemia, sobre todo, empieza a imponerse una idea contraria: que el Estado no solo no te cuida, sino que te jode la vida.

–Cuando la vía electoral no rinde, parte de la derecha busca el poder vía la inserción de cuadros técnicos. ¿Qué cambia ahí: la ideología o el modo de gobernar? En términos históricos: ¿cuándo aparece con fuerza la figura del “experto” (economista, tecnócrata, gestor) como forma de legitimación política? Y si miramos el presente: ¿con qué se reemplaza hoy esa legitimidad (mérito, “anticasta”, autenticidad mediática)?

–Creo que hoy en día ocurre en Argentina algo que también se observa en otros lugares: una repolitización del neoliberalismo. Los neoliberales ya no se presentan principalmente como quienes poseen una expertise técnica, sino como quienes están dotados —para decirlo en términos que circulan hoy— de una superioridad ética, política y estética. Parecen decir que no es solo “sabemos de números” sino que es la afirmación de que “nuestro modo de vida es superior”. Y, por otro lado, la sociología de las profesiones te muestra que una vez que los expertos entran en política, difícilmente vuelvan a ser expertos “sin mancha”: una vez que exhibieron una cierta parcialidad política, es difícil volver a vender la marca propia como imparcial. Algunos lo logran, pero con otra credibilidad. Y el propio Milei, después de ser presidente, difícilmente pueda volver a “venderse” como un experto neutral.

–Menem es un capítulo clave para tu análisis en términos de paralelismo. ¿Cómo se explica históricamente que un programa pro-mercado se ejecute desde el peronismo? ¿Qué le hizo eso a la identidad de las derechas (y al antiperonismo clásico)?

–Creo que el menemismo está pidiendo una evaluación histórica ahora, a la luz de la experiencia de Milei. El menemismo retoma un proceso de transformación que ya había iniciado Martínez de Hoz, con una herramienta que el ex ministro quizá nunca habría imaginado como posible: el peronismo mismo, es decir, la ejecución de una agenda pro-mercado desde una identidad popular. Además, una buena parte de la derecha liberal se entrelaza con ese proyecto y lo ejecuta por “mano propia” (pienso en el desembarco de la UCeDé y sus cuadros técnicos, etc.). Ahora, el menemismo no fue solo orientación económica neoliberal; era un gobierno heterogéneo. Lo que sí tiene en común con el presente es la base popular. Pero hoy ese apoyo popular está menos organizado por aparatos como en los años noventa y más sostenido en decisiones individuales: el apoyo de hoy a Milei tiene también traducción electoral como el menemismo, pero me parece más reversible, porque no está atado a redes territoriales sólidas y permanentes.

–¿Cómo convive esa “naturalización” con el estallido de 2001, que también reactiva repertorios anti-elite?

–Después de 2003, el kirchnerismo consigue reagrupar una buena parte de las identidades refractarias al neoliberalismo; convence a muchos indecisos e incluso a parte de la gente que había estado más activamente comprometida en las modalidades de protesta. Pero el neoliberalismo no desaparece como gramática ni como ilusión. En la elección de 2003, entre Menem y López Murphy sacan alrededor del 40% de los votos, y por muy poco esa no termina siendo la opción en el balotaje. En un país todavía “en llamas”, ese porcentaje dice mucho: esa pulsión neoliberal no desaparece sino que quedó amainada por los éxitos económicos y políticos del kirchnerismo. Recién volvió a asomar con fuerza en 2008, con el conflicto del campo: ahí se articula un imaginario “productivista” frente a la figura del conurbano parasitario y dependiente de la ayuda social. Y, cuando finalmente se logra armar una alternativa ganadora con el PRO, fue con un discurso casi de “yo no voy a hacer lo que hizo la derecha clásica”.

–Macri habilita que una centroderecha llegue por elecciones con un discurso de gestión. Si lo comparás con derechas anteriores, ¿qué tiene de máscara (eufemismos, “no somos derecha”) y qué tiene de innovación organizativa? ¿El PRO fue un “dique” de moderación o un “puente” que normalizó agendas y cuadros que después se radicalizaron?

–No lo sé, pero lo podemos pensar. Al asumir, el macrismo se presenta como gestión, no como derecha: una centroderecha modernizadora, posideológica. Ahora, el gobierno de Macri termina abiertamente corrido a la derecha. Y lo llamativo —que decimos en el libro— es que cuando Macri se presenta a la reelección en 2019 descubre que tiene candidatos a su derecha: ese escenario en 2015 era difícil de imaginar. En 2023, el macrismo ni siquiera entra en el balotaje. Hay un corrimiento ideológico, pero no estoy seguro de que haya sido “voluntario” desde arriba; creo que es más bien resultado de presión desde abajo: una radicalización vociferante, quizá minoritaria, pero muy ruidosa, que corre al PRO hacia posiciones más duras. En ese contexto, Macri apoya a Milei en el balotaje. Y la pregunta es: ¿Macri logró que sus votantes vencieran sus reticencias y apoyaran a Milei o más bien le vendió a Milei algo que Milei ya poseía?

–Ustedes describen el fusionismo como convergencia ideológica y a veces organizativa entre derechas que fueron hostiles por décadas. ¿Qué “condiciones de posibilidad” lo vuelven viable en Argentina recién ahora?

–Creo que en buena medida esto es hijo de la pandemia. La pandemia tuvo impactos políticos de los que recién ahora estamos “desayunando” del todo. También es hijo del fracaso del gobierno de Cambiemos y de la desilusión con el Frente de Todos. El contexto de pandemia facilitó una sensación —no sé si “objetiva”, pero sí extendida— de que el Estado se había desentendido de una parte de la población. Además, dos episodios detonaron un escándalo moral enorme: la fiesta de cumpleaños de la esposa del presidente en Olivos y el Vacunatorio VIP. Es muy difícil resistir una crítica moral ante lo que parecen como casos de una hipocresía evidente. Sumemos el descalabro inflacionario: la memoria de otras escaladas de precios del pasado incentiva la búsqueda de bajar la inflación “a como dé lugar”, porque te desestructura la vida cotidiana. Eso genera una demanda de solución; las propuestas de Milei eran alocadas, pero no se habían probado. Y del otro lado, el oficialismo proponía como solución a alguien que estaba en el gobierno y no estaba solucionando nada. A ello vale la pena agregar un trabajo cultural de años: Milei, y figuras como Laje o Márquez, fueron tejiendo compatibilidades entre neoliberalismo duro y conservadurismo moral en circuitos y redes que parecían “poco legítimos” para muchas élites. Pasó bastante por debajo del radar de las ciencias sociales y del periodismo. Cuando quisimos mirarlo en serio, ya habían ganado el balotaje.

–¿Qué significa para vos que un gobierno pueda ser pro-mercado y, al mismo tiempo, tensionar límites republicanos y pluralismo?

–Para mí eso es más una regla que una rareza. Pensemos cuáles fueron los grandes momentos de desregulación económica en Argentina: 1976, el menemismo y ahora. Yo diría que el “matrimonio” que suele funcionar es el de una apuesta por una salida neoliberal con una relación muy reñida con el Estado de derecho, y una predisposición a la represión usada de manera menos culposa, a veces desvergonzada. Ahí se conecta con otra cosa que discutimos en Fantasmas rojos, el libro que escribí junto con Marina Franco: la centralidad del anticomunismo en Argentina. Es una fuerza de larguísima duración y de gran potencia al que el gobierno actual ha reutilizado y vigorizado: no existe el comunismo, pero sí existe el anticomunismo, y eso ordena parte de los enfrentamientos políticos.

–El libro deja picando una inquietud: “¿hay un pueblo de derecha?” El triunfo electoral, ¿alcanza para hablar de “derecha popular”?

–Lo que sabemos es que hay —por ahora— una predisposición a salidas de derecha. No sabemos cuánto va a durar. Y yo creo que este gobierno está más a la derecha que buena parte de sus votantes. Cuando el gobierno se mete en agenda valórica y conservadora —aborto, diversidad sexual, dictadura— creo que una parte de sus votantes no lo acompaña. En todo caso, muchos lo votan a pesar de eso: el contrato preelectoral era bajar la inflación, y eso lo está cumpliendo (menos de lo que dice el oficialismo, pero más de lo que admiten sus opositores). Para la población, la inflación dejó de ser el problema agobiante que era en diciembre de 2023; hoy aparecen en las encuestas como más relevantes el miedo a perder el empleo, el empobrecimiento, etcétera. Entonces, no sé si hay un “pueblo de derecha” en sentido fuerte. Lo que sí hay es una opción popular importante dispuesta a acompañar la orientación económica actual, aun sabiendo que eso implica otras cosas que le disgustan —alineamientos internacionales con Estados Unidos, ataques a consensos de derechos humanos, expresiones homofóbicas—. El día que aparezca alguien que ofrezca ese orden económico sin el disgusto de toda la otra “caterva” oscurantista, quizás ahí haya un cambio en esas voluntades que por ahora acompañan a La Libertad Avanza.

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