Mientras todos los países agropecuarios y agroexportadores lograron enormes avances “en un mundo demandante de alimentos, Argentina no discute su ruralidad ni la implementación de programas de desarrollo agrario para el campo”, dice Matías Longoni, especialista en temas del sector y director de la publicación Bichos de Campo. “No hay proyecto”, subraya, y abre una polémica sobre las retenciones que Y ahora qué invita a seguir a quien desee participar.
Para Matías Longoni, Argentina “es un país agropecuario sin política agropecuaria”. En diálogo con Y ahora qué?, Longoni advirtió que el tema viene de lejos y que no tiene color político.
“Hay una continuidad histórica en los gobiernos que toman al campo como caja de recaudación y no generan políticas agropecuarias que estimulen el agregado de valor. A pesar de ello, no creo que haya un cerebro maquiavélico diciendo que hay que volver a la generación del ‘80. Simplemente no hay política agropecuaria”, explica.
–¿No hay política agropecuaria?
–Longoni: Ni política agropecuaria ni de desarrollo. En todo caso, todos los gobiernos han mantenido niveles de retenciones altos y otras triquiñuelas para que el flujo de exportaciones siga siendo de granos básicos, sin demasiado valor agregado local porque eso les permite recaudar más sencillamente.
–¿Qué unió al macrismo, al peronismo de Alberto Fernández y ahora a este gobierno con este no plan? ¿Por qué ninguno planteó una estrategia de desarrollo agrícola?
Longoni: Porque para los políticos, cualquiera sea su signo, es mucho mejor negocio discutir poder y elecciones en Buenos Aires, con la población absolutamente concentrada en las grandes ciudades, que distribuir riqueza y poder político hacia el resto de las provincias. Hay poco respeto al federalismo en general.
–¿Por qué?
–Longoni: Porque el sistema de retenciones actúa quitando recursos directamente a las fuerzas productivas y a las burguesías locales de cada distrito. Además, someten a los gobernadores. Entre otras cosas, las retenciones -como mecanismo- son muy útiles para someter a las provincias de manera que, luego, dependan de la coparticipación de impuestos y, de ese modo, les sacan mucho más dinero del que les devuelven. Por eso digo que hay cierto sometimiento político.Siempre hay razones políticas y económicas, pero en todo caso lo común es que todos gobiernos, desde 2002 a la fecha, se sentó a discutir seriamente cómo resolver de un modo más equilibrado el mecanismo que transfiere recursos desde el interior a los grandes conglomerados, que implica recursos y poder político. Finalmente, como siempre, el que maneja la caja maneja la política.Salvo matices en esto de bajar un poquito algunos puntos para ganar el voto del campo, no hay discusión sobre la política agropecuaria. Y mientras eso no ocurra estamos imposibilitados de lograr buena parte del desarrollo de la Argentina. Y no hablo solo de granos, porque se han sacado retenciones a otros cultivos regionales, tampoco se discute sobre la Argentina exportadora de frutas, verduras, hortalizas, cereales o carnes.Nuestro país tiene un potencial enorme, podría producir mucho más, y, sin embargo, están languideciendo una buena parte de sus producciones.
–¿Por ejemplo?
Longoni: La exportación de carne puede estar bien ahora, hay contexto para exportar y agregar valor. Sin embargo, estamos estancados en los mismos niveles de producción desde hace 30 años. O la exportación de leche, que tampoco tiene un plan sistemático que permita colocar los excedentes. Seguimos estancados desde hace 20 años en 10.000 o 12.000 millones de litros. En cada rubro que tocamos tenemos el mismo diagnóstico. Mientras todos los países agropecuarios y agroexportadores lograron enormes avances en un mundo demandante de alimentos, con China e India entrando en el escenario, con los países asiáticos cambiando las dietas e incorporando un montón de gente al consumo, Argentina sigue en los mismos niveles de producción. Y esto tiene que ver con las retenciones, con la ausencia de un tipo de cambio favorable y con un Estado que no discute la ruralidad ni eventuales programas de desarrollo.
–Usted mencionó el año 2002. ¿Qué ocurrió antes, había política agropecuaria?
–Longoni: No, tampoco. En todo caso había una política macroeconómica más estable pero nefasta, como la del menemismo. La ley de convertibilidad estableció una línea a partir de la cual uno puede decir que las cosas se desarrollaron muy mal para los pequeños y medianos productores, que desaparecieron de a miles. Esa estabilidad era el rasgo de un atraso cambiario estable, y los que estaban en negocios que lograban reemplazar ese atraso cambiario con competitividad, sobrevivían. En el agro se produjo una gran transformación, sobre todo porque la importación de tecnología estaba barata. Fueron diez años de estabilidad, pero desde el 2002 se alteró todo. Primero con Duhalde-Lavagna. Luego, con el kirchnerismo, entramos en una saga de conflictos que impidieron sentarse a negociar y desperdiciamos la mejor etapa histórica de precios para construir una política de desarrollo agropecuario.
–¿Y después, con Macri?
–Longoni: Hubo solo promesas que pudo sostener un par de años. En todo caso, lo que ha habido desde entonces es como una puja nunca saldada entre retenciones sí o retenciones no que generó una gran incertidumbre entre los productores porque no sabían en qué escenario producirían. Siempre hay una manipulación de los mercados de parte de los gobiernos que se modifica cuando, cualquiera sea su signo, necesitan recursos de urgencia y miran el sector agropecuario. Cualquiera sea la ideología, se termina en ese momento porque todos los gobiernos toman al agro como un reaseguro de última instancia.
–¿Por qué todos los gobiernos ven al campo solo como caja recaudatoria? ¿No es una mirada cortoplacista?
–Longoni: Sí. Ocurre que el campo vota y no mueve el amperímetro. En el país hay unas 250.000 explotaciones agropecuarias. Imaginemos que cada familia de esas tenga cuatro integrantes, suman un millón de personas, y todas no votan. Y también se estima que hay cerca de tres millones de empleados formales e informales vinculados a la actividad agropecuaria. Así y todo, tampoco hay un discurso a favor de ellos. También hay que considerar que hay responsabilidad de la dirigencia del sector agropecuario que nunca discute seriamente estos temas, y se limita a discutir sí o no a las retenciones. Desde el espacio político, por otra parte, también hay un enorme desinterés, y es triste porque se pierde mucho tejido rural en el medio. Esta combinación nefasta permitió que, según el censo del 2018, en el país había 251.000 explotaciones agropecuarias, pero el de 1988 indicaba que existían 521.000 emprendimientos, es decir que perdimos la mitad de nuestras explotaciones agropecuarias. Y también perdimos algo mucho más valioso: la sustentabilidad, porque con cada cultivo que se levanta, sobre todo en la actividad agrícola intensiva, se pierden nutrientes que nunca repusimos a los suelos porque no existe una política de equilibrio que piense en el mediano o largo plazo debido a la incertidumbre y la falta de una política pública desde el Estado.
–¿Por qué la política no lo entiende?
–Longoni: Porque es muy citadina, es holgazana y porque los votos están en Buenos Aires. ¿Quién va a resignar millones de dólares anuales de recaudación, por discutir retenciones?
–Pero podrían manejar los fondos de las retenciones e igualmente proponer una política de desarrollo y producción del campo para generar mayores ingresos a través de las retenciones.
–Longoni: Sí, es lo que hicieron Brasil, Uruguay, Paraguay o Perú, que nos está desplazando de los mercados frutícolas.
–¿Por qué cree que a pesar de que todos los gobiernos hacen lo mismo con el campo, muchos productores agropecuarios terminan atacando al peronismo y no les hacen los mismos a gobiernos neoconservadores o anarcocapitalistas?
–Longoni: En parte, es una consecuencia del conflicto del 2008, aunque viene de antes. También hay cierto gorilismo y mucha fragmentación en la representación agropecuaria. Los agropecuarios son, en este sentido, bastante ingenuos. A esta altura es una imbecilidad pensar en peronismo-antiperonismo, o gorila-antigorila. Argentina está desaprovechando enormes posibilidades en un mundo demandante de las materias primas existentes por seguir discutiendo fórmulas del pasado. Escucho a los ruralistas y a veces me provocan ternura. También es cierto que ellos mismos no piensan en un plan de desarrollo para el sector.
–¿Cuál debería ser?
–Longoni: Por ejemplo, en vez de tener diez ciudades como Pergamino, habría que tener unas doscientas como esa diseminadas en todo el país como una buena práctica de desarrollo agropecuario y hasta para equilibrar el poder político. Ese sueño existe en el agro, pero hay una completa incapacidad de las clases dirigentes agropecuarias de imponerlo en la agenda política porque están fragmentados y educados en el sálvese quien pueda.
–En Brasil es totalmente distinto.
–Longoni: Sí, ahí hay una bancada ruralista que si va Lula y dice vamos para allá, o Bolsonaro y dice vamos para acá, la bancada reacciona y dice que no, que el agro quiere tal cosa, y así mantienen un proyecto que ya lleva 35 años. En la Argentina, en cambio, termina conspirando lo errático de las discusiones que, incluso, son responsabilidad del propio sector.
–Por eso el campo también sigue en el mismo lugar, hecho que, en algún momento, podemos a empezar a mirar como un franco retroceso.
–Longoni: Claro, porque en realidad te estancaste, o te quedaste en un mundo que vertiginosamente incorpora tecnología y nosotros, en algunas cosas, seguimos en la edad de piedra agropecuaria, o no planificamos. Acabo de llegar de la isla del alto de Choele Choel, en el valle medio de Río Negro. Ahí, un tipo diseñó un sistema de riego para 20.000 hectáreas por gravedad. No hay que pagar ni siquiera electricidad para bombear el agua, y la mitad de esas hectáreas están sin producir. Es triste, ¿no?
—¿Y por qué?
–Longoni: Porque la fruta y la verdura hoy no son competitivas, porque nunca tuvimos reglas estables que defendieran al productor -por ejemplo- de los abusos de la cadena comercial, o porque no renovaron las variedades y, entonces, el negocio de la manzana dejó de ser competitivo, porque empezás a hacer tomate para la industria y viene un gobierno como éste y abre la importación indiscriminada de pasta de tomate de China y los empresarios prebendarios cierran la fábrica y ponen una importadora de pasta de tomate y la empaquetan.
Siempre hay una excusa porque, en definitiva, no hay proyecto.