¿Y ahora qué?

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El sueño húmedo del esclavócrata

Cuando Lula critica a las elites recuerda la casa grande donde vivían los esclavistas. Los esclavos habitaban su barraca. Milei sueña con la Argentina del siglo XIX y principios del XX. Pero no con todo. Ni siquiera con los conservadores reformistas. El papel de Bialet Massé y Joaquín V. González. El tiempo de Perón, cuando “todos éramos machos”. Y el ruido en la Casa Blanca que puede llegar a la Rosada.

Será porque Brasil abolió la esclavitud recién en 1888, será porque un Lula llegó al gobierno recién en 2003, lo cierto es que los vecinos de al lado usan una palabra que aquí no existe: “esclavócrata”. No es sólo “esclavista” sino algo más, porque se trata del dominio del aparato del Estado por parte de los esclavistas. Y ese dominio supone Justicia, represión, guerra cognitiva, racismo, clasismo y, claro, el control de los tres poderes. La vida cotidiana y el gobierno en un mismo combo, basado en el sueño de que la historia retroceda hasta antes de ese fatídico 1888.

“Esclavistas” es una palabra que usó en su discurso la diputada del FIT Romina del Plá durante el debate de la reforma laboral. Sin ese vocablo, la idea de un tipo de explotación digno del siglo XIX sobrevoló los discursos opositores. En esta edición Jorge Landaburu analiza los detalles de cómo el Gobierno busca oficializar la precarización que ya practica desde que asumió, y Guido Aschieri registra el peso cada vez mayor de la informalidad

El sueño húmedo de Su Excelencia Javier Milei, que desde el decreto 70/2023 viene construyendo la suma del poder público y ahora logró legitimarlo en el Congreso gracias a seis gobernadores, también es la vuelta al tipo de relación laboral del siglo XIX. No oculta su cronología de cuándo comenzaron todos los males: con Hipólito Yrigoyen en 1916. Es decir, con el primer presidente elegido por la Ley Sáenz Peña. 

La nostalgia libertaria sobre el siglo XIX y principios del XX es, sin embargo, selectiva. Cuando habla de Sarmiento, Su Excelencia no menciona ni la educación pública ni la idea de reproducir en toda la Argentina el modelo de Chivilcoy, que era el de los farmers norteamericanos, y no el esquema latifundista basado en la expansión de la frontera agraria que se impuso. 

Tampoco nombra a Juan Bialet Massé, que en 1904 escribió el monumental Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina. Describió a fondo las condiciones de trabajo concretas y palpables, y lo hizo por encargo de Joaquín V. González (1863-1923) cuando este riojano era ministro del Interior en la segunda presidencia de Julio Roca. González impulsó el primer Código de Trabajo.

Cuando cuestiona a la crema de las élites, Lula suele criticar a los que reivindican el dominio de la casa grande sobre la senzala. En la casa grande vivían los esclavistas de las grandes haciendas del café o del azúcar. En la senzala, los esclavos. 

Al revés de Mauricio Macri, que fechaba el comienzo de los maleficios en 1945, Milei se cuida de hacerlo. Es para no espantar el voto peronista que cosechó en 2023 y, en menor medida, en las legislativas de 2025.

Machos

Pero el contenido es el mismo, porque la legislación social que iniciaron los conservadores reformistas como Joaquín V. González solo cobró fuerza institucional arrolladora con Juan Perón.

Hay un relato muy interesante que recogió el gran historiador británico del sindicalismo argentino Daniel James. En su libro Resistencia e integración, James incluyó testimonios de obreros. 

Uno de esos trabajadores describía así la vida política bajo los conservadores, en la década de 1930: “Yo era conocido como alguien en quien no se podía confiar, de modo que no me permitían votar. En aquellos años, ¿qué importancia tenía la ley? Había un grupo de ellos, matones, pagados por el comité conservador. (…) Todo el mundo los conocía y ellos cerraban el paso cuando quería entrar. Se podía ver sus pistolas debajo del saco”.

Pregunta al obrero: “¿Quiere decir que le obligaba a desistir de votar con amenazas?”.

Respuesta del obrero: “No. Nunca lo hacía abiertamente, por lo menos conmigo. No había por qué hacerlo. Sabías que tendrías que pagar de alguna forma si te opusieras a ellos. Era un tipo de juego para ellos”.

Consultado sobre qué hacía entonces el trabajador, respondió así: “Y bueno, ¿qué podías hacer? Nada. Volver a casa. Tal vez quejarme a los amigos de esos hijos de puta. Si uno armaba un escándalo te haría pagar de algún modo y no serviría para nada. Vos no tenías ninguna importancia para ellos. Pero después, con Perón, todo cambió. Voté por él”.

Pregunta: “¿Cómo cambió?”

Respuesta: “Bueno, con Perón todos éramos machos”.

El jefe está en problemas

Para desmontar esa larga historia, que combina el avance de los derechos sociales con la industrialización, tema que vuelve a tocar en esta edición Martín Aguirre, Milei confía en sus fierros propios, llámense Santiago Caputo o Karina Milei, y en el poder de palo y zanahoria que exhibió Donald Trump en las últimas elecciones. En las argentinas, no en las estadounidenses. En medio de la debacle tras su derrota en los comicios provinciales bonaerenses, el escándalo de Guantanamera y las once votaciones perdidas en la Cámara de Diputados, Trump dijo que o los argentinos votaban a Milei o se morirían. Funcionó, y en Washington, el mismo jueves en que la cámara baja empezaba a tratar la ley de destrucción laboral, Trump lo recordó mientras Su Excelencia cantaba Burning love junto con el húngaro Víktor Orban. Poor Elvis.

Difícil saber hoy qué sucederá con los aranceles, pero después del fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos contra el ejercicio del poder supremo, Trump, jefe de Milei y su jefe de campaña, está en problemas. En esta edición estudian qué ocurre en ese tema Sergio Kiernan, Jaime Iturri Salmón y Enrique Aschieri. El asunto es serio. En su habitual columna sobre el Poder Judicial, el columnista del New York Times Adam Liptak no dudó en titular “La Declaración de Independencia de la Corte Suprema”. Según Liptak, el fallo que considera inconstitucional la imposición de aranceles sin participación del Congreso es crucial porque sentencia sobre un aspecto medular de la política del Poder Ejecutivo. El presidente de la Corte, John Roberts, no es precisamente un liberal progresista. Incluso fue ostensible que Trump le agradeciera la decisión de garantizarle inmunidad judicial pese a los procesos en su contra. Y ya menos formalmente, en una cena del Alfalfa Club, cuenta Liptak que dijo en público sobre él: “Le voy a besar el culo durante un largo tiempo”. 

Hay que ver si el momento del beso ya terminó o si a Roberts no le importa. La minoría de tres jueces de la Corte Suprema no sólo falló en disidencia sino que le hizo a Trump recomendaciones concretas sobre el modo de poner aranceles sin saltearse la Constitución. El punto es que, si no da un golpe de Estado, debe hacerlo con el Congreso. Aquí se aplicaría lo que un estudioso norteamericano de las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos, solía decir: “Hay que saber que la democracia es buena y engorrosa. Las dos cosas a la vez”. Negociar implica tiempo, esfuerzo y cierta distribución de poder. Con un dato no menor: este mismo año habrá elecciones de medio término, frente a las cuales Trump viene toreando al decir que disputará el control a los Estados. Se renueva toda la Cámara de Representantes (diputados), un tercio del Senado y varias gobernaciones, justo en un contexto de derrota trumpista en megaciudades como Nueva York. 

¿El voto de la Corte Suprema es un aviso de que hay límites al ejercicio del poder? ¿Es parte de una disputa política dentro del propio campo conservador? ¿O influye, también, el enfrentamiento entre globalistas y nacionalistas, todos con vocación imperial, eso sí, dentro de la derecha dura de los Estados Unidos?

Para la Casa Rosada no es inocuo lo que ocurra en la Casa Blanca. Si la política tiene mucho de montaña rusa, jamás hay garantías de que la casa grande, quede en el país que sea, tenga el futuro comprado.

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