¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

Ernesto Calvo, de la Universidad de Maryland: “Trump intenta un cambio de régimen en EEUU”

Hay una forma “fácil” —y tentadora— de leer al Trump de este tiempo: como un personaje estridente, una máquina de provocaciones, un reality político permanente. Ernesto Calvo propone otra mirada, menos obvia y más incómoda: entenderlo como un proyecto de poder con lógica propia. Un “giro imperial” que no se agota en los gestos, sino que reordena símbolos, instituciones, economía y política exterior, y desdibuja las fronteras entre Estado, negocio y plataforma.

Politólogo y analista internacional argentino, Ernesto Calvo es profesor de Gobierno y Política en la Universidad de Maryland, donde investiga el funcionamiento de las democracias contemporáneas, con especial atención a las instituciones políticas, el comportamiento electoral y la comunicación en redes.

–Definís la estrategia política de Donald Trump como un “giro imperial”. ¿A qué te referís con “giro imperial”? ¿En qué dimensiones lo ves?

–El giro imperial se ve en todas las áreas. Quiere decir que la estética, la política, la economía y el ejercicio mismo de la presidencia cambiaron significativamente. No es solo un aumento del poder del Ejecutivo: es, además, un culto de ese poder que se extiende a todo. Empecemos por la parte estética: intervenir la Casa Blanca, “tirar” el viejo ballroom y reemplazarlo por mármoles, en el corazón mismo del edificio, al estilo de los hoteles de Trump, es construir el poder presidencial alrededor de una Casa Blanca que, incluso físicamente, remite al siglo XIX. Y no es solo remodelación: es un cambio de registro. Pasa del modelo victoriano del siglo XIX y principios del XX a una estética del exceso, una estética de grandes barones de la economía traducida a la Casa Blanca, a estructuras visuales de una presidencia imperial. Eso también aparece en el cambio de nombres y símbolos: la demanda de que el Kennedy deje de llamarse Kennedy y pase a ser el “Trump Kennedy”; la idea de rebautizar Penn Station incorporando el nombre de Trump; la demanda de que el principal aeropuerto de Washington, Dulles, incorpore el nombre “Trump” en alguna de sus variantes. Ahí ves la búsqueda de culto de una personalidad imperial: lo magnánimo y lo megalómano como representación de su imagen. Imágenes de Rambo musculoso con la cabeza de Trump. Una estética del soldado americano y su comandante en jefe, que no es civil ni militar, sino imperial. Ese es el cambio estético, político y económico al que se ha montado el Trump 2.0 en su segunda presidencia. A diferencia de la primera presidencia, donde gobernaban Trump y su familia, en este segundo término su familia está privatizada. El poder es de Trump y los negocios fueron delegados a la familia. A diferencia del primer gobierno —donde estaba toda su familia en cargos políticos—, ahora la presidencia es Donald Trump y su familia se dedica a hacer negocios por el mundo. Hay una división muy clara de tareas.

–¿A qué se debe esa división de tareas?

–Para mí hay dos motivos para este cambio en el ejercicio del poder familiar. Por un lado, una parte de la familia se ha alejado para preservarse. Trump es una personalidad cada vez más errática y, comparado con la imagen pública, la versión del Trump presencial (en privado) debe ser aún más mercurial. No solamente es un Trump megalómano e imperial, sino también desbocado. Mantener a la familia “afuera” reduce su exposición mediática y reduce riesgos y costos. A la vez, hay una división del trabajo que hace más eficiente el funcionamiento de la Empresa Trump Inc. Trump concentra la presidencia como centro del poder y los negociados cripto, mientras que el “pay for play” del circuito de negocios lo maneja la familia. Algunos analistas comparan la presidencia de Trump con la locura del “King George”. Pero, ojo: hay rasgos de desborde, sí, y a su vez es una política sistemática, ordenada, que metódicamente va poniendo los cimientos de esta presidencia imperial, el fin de la República en favor del imperio norteamericano. Es por este motivo que la ruptura de tradiciones democráticas y republicanas de Estados Unidos, en muchísimos planos, no es solo un ejercicio de autoritarismo, sino también un intento sistemático de cambio de régimen.

–En el plano de la comunicación política, ¿esta segunda gestión es solo un aumento de intensidad respecto de 2016–2020, o hay un cambio de otro orden?

–En su primera presidencia, Trump trataba de centralizar el mensaje, pero esa centralización del mensaje presidencial no estaba conectada con la monetización del mensaje, con la capitalización e integración con las industrias de Trump y con sus negocios económicos. En esta segunda presidencia no solamente hay una centralización del mensaje: este mensaje es parte de su estructura de negocios. No usa Twitter, sino Truth Social, la cual se capitaliza y monetiza mediante la venta de participaciones. Su propia red social está al servicio de la capitalización del grupo económico y de las negociaciones que administra su familia. La comunicación se vuelve una infraestructura de captura de recursos: no es solo “bajar línea”, sino ordenar un circuito que conecta visibilidad presidencial, medio de comunicación, alianzas políticas y monetización del Ejecutivo.

–¿Tu hipótesis es que, en el entramado Trump, hay una búsqueda de monetización que no es meramente comunicacional?

–Sí, totalmente. Creo que existe un consenso alto entre políticos, académicos y periodistas, y que el mensaje presidencial tiene siempre objetivos de monetización. Gran cantidad de artículos en Estados Unidos —no solo en The New York Times, que es muy anti-Trump—, sino también en medios afines al Partido Republicano, como el Wall Street Journal, están publicando artículos sobre el alto nivel de capitalización de la presidencia y la forma en que la familia Trump está enriqueciéndose con la presidencia. Hace unos meses, una nota calculó que el conjunto de negocios de la familia Trump directamente vinculados a su presidencia ya ha asegurado por lo menos 1.500 millones de dólares, que fueron a los cofres de la familia. Esto incluye operaciones cripto y lo que se conoce como pay-to-play (“pagar para jugar”). Esto sin considerar gran cantidad de negocios “laterales”, que involucran a amplios segmentos de la industria tech, tradicionalmente demócrata, que se ha alineado con Trump y con el Partido Republicano. Entonces, no es solo el control del mensaje comunicacional lo que define a esta presidencia, sino la configuración de este mensaje al servicio de la capitalización de la familia Trump.

–Respecto de la industria tech: ¿ese alineamiento responde a intereses económicos o a un giro ideológico hacia el trumpismo?

–Yo diría que hay de las dos cosas. Algunos actores lo piensan como una estrategia de supervivencia, pero muchos otros como una oportunidad para “blanquear” literal y simbólicamente sus creencias supremacistas. Dentro del sector tech hay que distinguir a distintos tipos de actores. Tenés a quienes se alinean de manera coyuntural —por autopreservación, para evitar regulaciones o para reducir riesgos— y otros que tienen un alineamiento ideológico-político más profundo que encaja muy bien con el trumpismo. Musk es el caso obvio. Pero también figuras como Sam Altman, que es un discípulo de Thiel, muy alineados con el movimiento anti-derechos, anti-universidad, anti-DEI (anti-diversidad e inclusión). Ahí hay un alineamiento que no es simplemente “me conviene”, sino “me representa” o “encaja con mi proyecto”. Y después está el viejo grupo, más demócrata y más pro-DEI, que se había comulgaba con políticas pro-derechos hasta Biden —por ejemplo Bill Gates— y que, lamentablemente, cambió su discurso. Incluso gente como Jeff Bezos, a menudo considerado parte del grupo más “demócrata” por su posición anti-Trump durante la primera presidencia y que utilizó un medio progresista como The Washington Post para atacar a Trump en el pasado. Pero no en este ciclo, en el que The Washington Post no apoyó la nominación de Kamala Harris y abandonó sus posturas tradicionales pro-derecho. En el caso de Bill Gates, quien además quedó “quemado” por el caso Epstein, en el que está mencionado y comprometido, su reposicionamiento público lo deja más cerca de Trump en áreas claves como la política de medio ambiente y el debilitamiento de las políticas humanitarias de la fundación que administraban con su exesposa Melinda Gates. Lo que vemos en este último año es un giro de todo Silicon Valley en dirección a Trump que, por preservación, por conveniencia o por alineamiento ideológico, ha apoyado sus políticas públicas.

–Cuando hablás de giro imperial en lo económico, ¿a qué te referís concretamente?

–Se ve en varias cosas, algunas de ellas, para mí, autodestructivas. El uso del poder militar para extraer rentas económicas es básicamente la utilización de la fuerza militar para chantajear a un país para que dé concesiones económicas. La expansión de la agresión comercial como mecanismo de extracción de rentas fue una estrategia común a mediados del siglo XIX, que empieza a abandonarse en el siglo XX y es eliminada después de la Segunda Guerra Mundial. El retorno al sistema de tarifas pre–Segunda Guerra y a la amenaza militar como mecanismo de extracción de recursos es novedoso. Pero, además, a diferencia de tiempos anteriores, esta política se concentra exclusivamente en la figura presidencial y no en el Congreso o en el aparato burocrático. El presidente extiende competencias y ejerce las amenazas en forma directa, a través de su propia plataforma mediática y en ejercicio directo de un poder que no es más el de Estados Unidos, sino el de Trump. Trump amenaza, Trump ejecuta y Trump extrae concesiones en lugar de que sea la política del gobierno de los Estados Unidos. La autoridad de este Trump imperial es, a su vez, validada por la Corte Suprema, autorizando un “presidencialismo fuerte” que extiende las jurisdicciones del Ejecutivo a costa de los otros poderes, el Legislativo y del Judicial. Segundo, la nueva política de alinear a la Reserva Federal con Trump y no con Estados Unidos es totalmente novedosa en más de cien años. La Reserva Federal es una entidad sagrada en Estados Unidos, y su autonomía es considerada como uno de los garantes del valor del dólar y de la reputación que tiene Estados Unidos para ser la reserva monetaria del mundo. Es una entidad que no debería ser tocada por la presidencia, o así lo fue antes de que Trump considere válido intervenir para alinearla con su política económica y con sus objetivos de monetización del Estado norteamericano. Tercero: Trump, antes que el Estado, decide discrecionalmente cuáles gobernadores y territorios pueden recibir recursos públicos. La distribución de los recursos públicos es ahora abiertamente partidaria y es públicamente declarada como un instrumento válido de la lucha política. Este uso discrecional del gasto público no se alinea con el Partido Republicano, sino con Trump, que concentra la suma del poder público. Y ahí aparece la pregunta por cuál será el futuro del Partido Republicano cuando Trump no sea presidente. Porque hoy Trump es el Partido Republicano y Trump es el Estado norteamericano.

–Varios analistas hablan de una doctrina “Don-roe”. ¿En qué se parece a la doctrina Monroe y en qué se distingue?

–La doctrina Monroe del siglo XIX es tanto un mecanismo de expansión territorial como una demanda de control territorial de Estados Unidos sobre lo que en la Casa Blanca se denomina el hemisferio occidental —todas las Américas—. La doctrina Monroe, sin embargo, tiene su origen en el intento de Estados Unidos de limitar la expansión de las potencias coloniales europeas que competían por territorios. Las invasiones francesas, como ocurrió en Brasil, Estados Unidos y México. Las invasiones inglesas, en gran parte del Caribe, Estados Unidos y en Argentina. El financiamiento de las Coronas inglesa, francesa y española de los movimientos insurgentes y pro monárquicos en la región. Este es el contexto en el cual surge la Doctrina Monroe, cuando Estados Unidos no era una potencia mundial. La doctrina Monroe es agresiva hacia América Latina, pero también tenía un componente defensivo frente a Europa. Estados Unidos se veía a sí mismo como una democracia reciente (una democracia para blancos, no una democracia general) y todavía se consideraba “asediada” por potencias europeas. En cambio, la “Doctrina Don-roe”, como llaman a la política neocolonial de Trump, busca no solo control sobre el hemisferio occidental, sino sobre territorios de Europa y el sur global. La expansión territorial a Groenlandia, las amenazas a Canadá, Dinamarca y México, las acciones militares en el mar del Caribe y en Venezuela son una estrategia que tiene más en común con la expansión del Imperio inglés en los siglos XVII y XVIII que con la Doctrina Monroe del siglo XIX. La negociación explícita de ámbitos de influencia con otras potencias no ha ocurrido desde la Segunda Guerra Mundial, aun cuando Estados Unidos realmente ocupa su lugar privilegiado como potencia mundial después de la Segunda Guerra Mundial. El modelo que empuja Trump es el de un Estados Unidos gobernando militarmente sobre el mundo, con una Europa debilitada y una división del mundo entre potencias que incluye a Rusia y China. Esta nueva política colonial no tiene espacio para potencias emergentes, para economías emergentes como los BRICS, ni una Europa en pie de igualdad, a la que Trump acusa de ser vieja y falta de energía. Entonces la “Don-roe” es menos defensiva y más ofensiva que la Doctrina Monroe, y está al servicio de la extracción de recursos mediante “gunboat diplomacy”.

–¿Dónde aparece, ahí, el “Trump imperial”?

–El Trump imperial no solo está presente en el ejercicio de una política expansiva, sino en la comunicación de esa política expansiva como un derecho de los poderosos. El Estado es Trump y la política expansiva apoyada en acciones militares no es una potestad del Congreso y no está limitada por decisiones de la Corte Suprema. Él ha dicho explícitamente que está por encima de la ley internacional. No dijo “Estados Unidos está por encima de las leyes y tratados internacionales”, sino que se puso a él, personalmente, por encima de esas leyes. La política de expansión neocolonial es una potestad de él y no del gobierno de los Estados Unidos. Centraliza la autoridad, centraliza el poder y centraliza el símbolo del neocolonialismo que propone: “Estados Unidos soy yo”, “el imperio soy yo”. Es el viejo modelo del emperador personalista.

–En el siglo XIX, la reacción se justificaba frente a la expansión europea. Hoy, ¿quién es el enemigo? ¿China?

–China es un enemigo; Rusia es un enemigo, pero solo en la medida en que ocupan el lugar de ser potencias en competencia con Estados Unidos por el control de territorios y zonas de influencia. Al mismo tiempo, la relación de Trump con Rusia y con China se parece a la de “amigos en el tablero” dividiéndose el mundo. Estados Unidos está en conflicto, mientras que Trump está en comunión con los poderosos. Sin embargo, en ese tablero Europa no participa. Europa no está en comunión con Trump. Solo participan del reparto aquellos países que son potencias militares. No incluye potencias que controlan la mayor cantidad de recursos económicos o que pueden ejercer influencia diplomática y económica comparable. Europa queda corrido de la mesa, como un actor “viejo” en la mirada trumpista.

–Cuando Trump atacó Venezuela circuló la hipótesis de un reparto de territorios entre Rusia, China y Estados Unidos. ¿Coincidís?

–No creo que sea un reparto formal. Creo que están sentados al tablero y que Trump —no “Estados Unidos” abstracto, sino Trump muy particularmente— considera que tiene que hacer movidas como potencia imperial. No es que necesite el beneplácito de Rusia o de China; no es que dice “yo voy a Venezuela y vos andá a Ucrania” como pacto. Dice: “voy a ir a Venezuela”. Lo que vemos es un juego de movimientos, no de acuerdos dialogados y autorizados. Y, más allá de si Trump está o no condicionado por Putin, lo que es cierto es que Estados Unidos no está en un diálogo institucional con esas potencias: simplemente obvia a Europa y dice que no hace falta tenerla en el tablero. Además, por eso abandona la diplomacia blanda: recorta financiamiento de entidades internacionales (incluyendo unidades de la ONU), reduce fuerte el capital del Departamento de Estado para diplomacia blanda, elimina fondos de USAID —herramienta clave de influencia por distribución de recursos— y recorta otros programas de diplomacia política. Estados Unidos ocupaba el centro del poder mundial por cuatro pilares: ejército, diplomacia blanda, dólar como moneda de recambio internacional y acuerdos económicos globales; y había un quinto pilar, el dominio científico-técnico. Trump recorta diplomacia blanda, refuerza el martillo militar y, a la vez, ataca la independencia del banco central (lo cual afecta la centralidad del dólar) y desfinancia el sistema científico-técnico, provocando un éxodo de capital científico. Reduce un sistema complejo de influencia a una herramienta más bruta de extracción de recursos.

–¿Cómo se justifica el desfinanciamiento del sistema científico en Estados Unidos? ¿Es un tema presupuestario o ideológico? ¿Hay apoyo social para eso?

–El argumento es aún más trivial: es ideológico. Trump dice que el aparato científico, técnico y educativo de Estados Unidos es “demasiado de izquierda”. No hay una pretensión de “esto no es dinámico” o “esto no produce resultados de calidad”. De hecho, aparecen datos inquietantes: Harvard deja de ser la número 1 por medidas de productividad; y la cantidad de patentes de alta productividad aprobadas en China y en Europa —de origen chino— supera a la de Estados Unidos. Eso muestra una caída relativa de la posición de Estados Unidos como país central en producción científica y técnica. Antes competía Europa con Estados Unidos; ahora compiten China y Estados Unidos también con Europa, y China se posiciona como potencia científico-técnica del nuevo siglo. Pero la decisión no se presenta como “tenemos que invertir distinto para competir”, sino como castigo político: “no voy a financiar universidades y ciencia si son de izquierda”. Y eso encaja con una forma descarnada de ejercer poder: gobierna para un grupo —republicanos y conservadores— y no tiene problema en decirlo.

–Mencionaste la pregunta por el Partido Republicano “después de Trump”. Además, en estos meses hubo señales de desgaste de su imagen. ¿Cómo ves su apoyo popular y qué puede pasar con el partido?

–Una dimensión clave del Trump imperial es la pretensión de nacionalizar las elecciones. En Estados Unidos, las elecciones son administradas por los Estados, y constitucionalmente eso es así desde el origen. Trump dijo que hay que nacionalizarlas y, para eso, intervenir en quince Estados donde básicamente perdió para controlar el sistema electoral. Eso es un intento muy abierto de manipular instituciones democráticas para preservar por la fuerza lo que le cuesta preservar por política pública. Está cayendo su imagen positiva, está cayendo su viabilidad electoral. Las elecciones de medio término, en los últimos 40 años, casi siempre las pierde el oficialismo; las únicas excepciones suelen ser escenarios de guerra. Entonces, para evitar una derrota esperable, lo que propone es intervenir sobre reglas del sistema democrático. Eso lo distingue de presidentes de Estados Unidos por más de 100 años: tenés que ir al período de la segregación en el sur para encontrar un esfuerzo tan sistemático de manipulación de reglas electorales. ¿Qué hace el Partido Republicano sin él? El problema es que se volvió un partido demasiado “personalizado” y, en ese sentido, su futuro depende de si logra construir liderazgo y reglas sin ese centro único.

–En Argentina se creó una Oficina de Respuesta oficial y se la comparó con el “rapid response” de Estados Unidos. ¿Qué similitudes encontrás?

–Primero, una aclaración: los equipos de rapid response son muy comunes en Estados Unidos. Cada organización estatal que trabaja con temas críticos suele tener respuesta rápida; cuando hay crisis —Katrina, por ejemplo—, la tienen los militares, seguridad, emergencias. Ahora, más allá del rótulo, el paralelo con el trumpismo aparece en otra cosa: Milei viene copiando lo que hizo Trump desde el principio en el manejo de la prensa. Trump limita la presencia de medios no alineados en la sala de prensa; quita credenciales a periodistas de medios como The New York Times, Mother Jones, The Washington Post (en distintos momentos) y aumenta credenciales —muy codiciadas— a influencers de derecha, bloggers y podcasters de derecha, y medios más marginales pero afines. Algo parecido se ve con Manuel Adorni: una dinámica agresiva donde se da prioridad informativa a medios y actores afines. Eso reordena el ecosistema, establece un sistema de premios y castigos, y presiona económicamente y políticamente a los medios críticos.

–¿La crisis de The Washington Post es consecuencia de los ataques de Trump?

–Es una combinación. The Washington Post ya venía con problemas financieros; por eso Bezos puede tomarlo y capturarlo como un proyecto personal, del mismo modo que Musk compra X: el modelo es parecido. Bezos compra el diario como herramienta de amplificación e influencia —de Amazon y de él personalmente—, intenta reconvertirlo, le da un perfil algo más progresista/demócrata durante la administración pasada y sostiene parte de la estructura. Después se acumulan costos políticos y costos financieros y llega un ajuste brutal: despidos masivos, eliminación de secciones y reorientación editorial. Y en paralelo pesa el clima trumpista: el diario, por primera vez en muchísimo tiempo, no apoyó públicamente a la candidata demócrata Kamala Harris y se pronunció de forma muy tímida sobre cosas serias del trumpismo. El trumpismo —al igual que Milei— arma un sistema activo de premios y castigos para el periodismo: amenaza con sanciones, limita acceso, revoca clearances de seguridad. Eso tiene un costo adicional para un medio que ya venía frágil económicamente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *