Nordelteños. El término quizás se imponga para nombrar a los habitantes del barrio cerrado más grande de Latinoamérica, satirizados en “Viudas negras”. Y, por extensión, a los de los 1.000 countries que hay en la Argentina. Ricardo Greene, sociólogo chileno, magister en Desarrollo Urbano y doctor en Antropología de la Universidad de Londres, se propuso conocer cómo viven los habitantes de esos espacios considerados una “burbuja”.
El libro de Ricardo Greene Vivir en un barrio cerrado (Siglo XXI) afirma que no se trata de una burbuja y apunta a cambiar la idea de “barrio cerrado” por la de “barrio permeado” o, mejor dicho, permeable. Un lugar que, de alguna manera, funciona como un experimento de las ideas libertarias, donde los habitantes pueden realizarse de manera individual sin ningún tipo de intervención del estado. Greene pasó dos años entrando y saliendo de Nordelta para lograr una gran investigación de campo al estilo de los viejos antropólogos del siglo XIX, que iban a conocer la vida y costumbres de una tribu remota.
–¿Cómo surgió el libro?
–Estaba investigando, para mi tesis doctoral, el trabajo doméstico remunerado, un tema muy invisibilizado, incluso por los gremios y la política, aunque es el que más empleo les ha dado a las mujeres en la historia de América Latina. Hay un trasvase de contaminaciones muy interesante, que siempre se confunde en el discurso: son parte de la familia pero no. Se confunde lo afectivo con lo político y lo laboral, lo público y lo privado. Y me di cuenta de que eso no solamente pasa en una casa sino, en un nivel mucho más grande, en un barrio que está privatizado.
–¿Qué particularidades tiene un barrio cerrado como Nordelta?
–Son barrios diseñados para que los estímulos negativos no entren al barrio. Una especie de santuario. Pero todos los días entran en Nordelta 8.000 trabajadores: maestros, jardineros, pileteros, guardias de seguridad, profesores particulares, de yoga. Aunque Nordelta se presenta como un barrio cerrado, autárquico, donde se puede vivir la vida completa adentro.
–¿Por eso decís que no son una burbuja?
–Una de las hipótesis centrales del libro es cuestionar esta idea del archipiélago muy común en la literatura argentina, en Maristella Svampa, por ejemplo. La idea de que los barrios cerrados son islas de riqueza en un mar de pobres. Yo me centro más en los flujos, porque hay muchos elementos que cruzan cotidianamente los bordes de un barrio cerrado. Y no solamente personas: animales, objetos, bacterias, microbios, el dengue, la información.
–¿Nordelta está inspirado en los suburbios de Estados Unidos?
–Tiene bastante del suburbio inglés y del suburbio norteamericano. Es una radicalización de un estilo de vida muy ligado a la familia, como los babyboomers de Estados Unidos del ´40, donde suele ser el hombre el que sale a laburar, pasa todo el día afuera y vuelve en la tarde. Y eso implica una serie de operaciones que no son necesariamente bienvenidas por las mujeres. Para muchas, es muy difícil acostumbrarse a Nordelta. En Estados Unidos, la población femenina se industrializó durante la guerra. La argentina también era una población usualmente profesional que laburaba en Capital. En términos simbólicos, el gran referente de Nordelta, y de la clase media en Argentina, es Miami. En Chile eso no existe.
–¿Qué nos pasa a los argentinos con Miami?
–Es un referente importante del menemismo en adelante, incluso paisajísticamente, en términos de modelos de vida: la idea del yate y la forma de habitar los ríos, que no estaba antes de la llegada de los countries. Todo eso viene importado de ese imaginario. Es difícil encontrar en Argentina otro paisaje como el de Nordelta, con amplias avenidas en perfecto estado y bien señalizadas, sin una sola publicidad, rodeadas de extensas zonas de césped bien prolijo. Pero esa es una postal común en las avenidas que rodean a los parques temáticos de Orlando, Florida.
Los nuevos pioneros
“Eduardo Costantini, dueño de Nordelta, abrió dos barrios hermanos de Nordelta en Florida: toma un modelo pero lo exporta con ciertas latinidades –dice Greene–. Porque el barrio norteamericano no es tan cerrado, solamente es una barrera que se abre y se cierra para que pasen los autos. En parte, porque se fundaron en lugares mucho más despoblados, áreas rurales. Acá se dio la expansión en áreas industriales. Los vecinos dicen que antes no había nada. Había industrias, fábricas, la Ford… pero los primeros nordelteños se ven como pioneros”.
–¿Qué papel cumplen las rejas en Nordelta?
–Todo se trata de lo que ve el habitante. Las separaciones que ellos ven, que dividen sus barrios de las áreas comunes y de la avenida Troncal, suelen ser cercos vivos o cursos de agua. Pero lo que separa Nordelta del barrio Las Tunas son muros altos, de hormigón. Los guardias que ellos ven cotidianamente no llevan armas. Pero los que están en el perímetro, sí. A mí me decían: “No queremos sentirnos en un lugar militarizado”, algo que sí ocurre en los barrios cerrados de Brasil y México. Acá está la ficción y la fantasía de la vida cómoda.
–¿Es fantasía que haya más seguridad? Porque en 15 años no hubo asesinatos, secuestros ni violaciones.
–Habría que distinguir, y yo no lo hice, qué diferencia hay entre esos índices de criminalidad con los de otros barrios de elite en el AMBA. No sé si las cifras serían tan distintas. Es lo mismo con las trabajadoras domésticas, que me decían: “el maltrato que recibimos acá es igual al que recibíamos afuera”.
–¿Y qué es distinto en Nordelta?
–La pretensión de autorregulación. El barrio tiene su propio sistema judicial, su propio poder ejecutivo. Y la pretensión de la opacidad: no quiere ser visto por el país, no quiere que entren cámaras ni gente extraña. Como lo demostró el conflicto cuando fueron a allanar al dueño de la droguería Suizo Argentina, y demoraron a los policías en el ingreso. Los policías de Benavidez y de Pacheco y me decían: “Nosotros no entramos a Nordelta. Ellos tienen su propia seguridad. Y si hay un robo o un choque, lo verán ellos”. Hasta la recolección de basura es privatizada.
–¿Cómo intentan mantener al Estado afuera?
–Tienen sus procedimientos, su libro de reglas, sus tribunales de disciplina. Ellos imponen multas. Cuando algo llega a los medios, los policías, con dificultad, entran. Como pasó cuando cuatro chicos se ahogaron en un lago, iban borrachos y el auto salió volando en la mitad de la noche. O cuando asaltaron al futbolista Cristian Traverso. Pero el Estado entra lo menos posible. El discurso es “ojalá que el Estado no esté”. Un discurso bien libertario.
–¿Qué pasa con las ambulancias?
–A un tipo le dio un ataque al corazón, llamaron a la ambulancia, no la dejaron entrar rápido, y el tipo se murió. Entonces hubo una discusión, y los vecinos se negaron a dejar entrar ambulancias con el argumento de que podían ir ladrones disfrazados y desvalijar las casas. Y la solución que encontraron fue la misma de siempre: necesitamos nuestra propia ambulancia. Compraron dos y las tienen estacionadas en los accesos. No confían en nada del aparato público, nada de lo que venga de esta otra Argentina que desprecian.
–Parece un experimento adelantado de las ideas libertarias.
–Nordelta anticipó muchas ideas, incluso del gobierno de Mauricio Macri. Toda la búsqueda espiritual de los vecinos está en línea con las ideas de la fundación El arte de vivir, una visión bien libertaria de la salvación individual. No es colectiva y ni siquiera meritocrática: es lograr tu propia salvación con tus propios recursos.
–¿Y qué resultados tuvo la aplicación del discurso libertario?
–Se da esta contradicción fundamental: tenemos un discurso aparentemente libertario pero con prácticas sumamente restrictivas. ¿Qué decisiones puede tomar una persona y hasta dónde llegan? Nordelta es de los lugares más hipernormativizados que he conocido en mi vida. Hay 60 o más protocolos distintos para regular la vida cotidiana. Una circular de una página explica la forma de pasear al perro. Hay un protocolo para lavar el auto, otro para el tacho de basura, otro para pintar la casa, otro para las fiestas y el ruido. Un barrio, habitado sobre todo por jubilados, prohibió que los chicos jueguen en la calle porque el ruido no los dejaba dormir la siesta.
–Como si tuvieran que crear su propio Estado para vivir en “libertad”.
–Claro. Yo, que vengo de una corriente más anarquista, creo en la coordinación colectiva, en el interés y el bien común. Pero esas no son las claves con las cuales está construido Nordelta. Cuando hay un conflicto, la gente no va a tocar la puerta del vecino: llama al intendente. Tiene que haber normas para minimizar todos los estímulos que puedan ser percibidos como negativos, todo lo que pueda dañar un poco esa buena vida. Pero ese mismo aparato empieza a asfixiar a la gente que vive ahí.
–Muchos vecinos citan a Mafalda como ejemplo de la vida que vivieron de chicos y quieren para sus hijos.
–Eso habla de la vida del barrio que ellos tuvieron o imaginan haber tenido en Capital u otras ciudades. Mafalda es una chica de unos 10 años que sale sola, se encuentra con amigos, está todo el día en la calle y no le pasa nada malo. Pero Nordelta es por definición un barrio residencial, no es un barrio mixto con negocios y gente circulando por la calle. No está lo que Jane Jacobs llama “ojos en la calle”, vecinos mirando la circulación de gente. Todas las casas son opacas, no se ve mucho para afuera. Y se camina muy poco, no hay veredas salvo en la Troncal, que se usa sobre todo para salir a correr o andar en bicicleta.
–¿El barrio está planificado para andar en auto?
–Yo hice el ejercicio de pedirle a la gente que me mostrara su barrio, sin aclaraciones. Y en el 100 por ciento de los casos fue en auto. Entonces, Mafalda existe como referente, pero no es un barrio construido para ser el barrio de Mafalda. No hay extraños, no hay calle, no hay ojos, no hay heterogeneidad de funciones ni de personas.
–Hay un espacio que muy interesante porque está en el borde: el centro comercial.
–Está planificado para llegar en auto, pensado para personas de otros countries, aunque puedas entrar caminando. Cuando se abrió Nordelta, los vecinos no tenían adónde comprar cosas, pasar el tiempo, tomar un café. Y como no daban los números para abrir un centro comercial dentro de Nordelta, lo hicieron público. Pero la señalética y los guardias son de Nordelta, hay banderas del barrio, hasta las bocas de tormenta dicen “Nordelta”. Si le preguntas a cualquier persona, te responden que están en Nordelta. No hay gente de la calle, por ejemplo, durmiendo ahí. Pero es un espacio súper interesante para los adolescentes, que son el mayor problema histórico para los barrios de este tipo en el mundo.
–¿Por qué?
–Porque se aburren: no quieren una vida tan homogénea. Quieren quilombo, aventura, riesgo, gente distinta, música, ruido. Hubo intentos de poner lugares de fiesta adentro, pero la gente se quejaba por el ruido. Los chicos van al centro comercial, donde los padres los dejan porque se sienten más o menos seguros, y ahí pasan cosas, llega gente de otros barrios.
–¿Qué tipo de Naturaleza hay en Nordelta?
–Nordelta se vende como un proyecto verde, ecológico, en sintonía con la naturaleza. La gente habla mucho de una vida más natural. Pero todo está pensado y producido artificialmente. Aunque se puede decir que todo lo que llamamos naturaleza está producida artificialmente, en el caso de Nordelta hay datos muy claros. Para construir el lugar, con capacidad para albergar a 100 mil personas, se movieron 24 millones de metros cúbicos de tierra de lo que era básicamente un pantano, se elevó el terreno 1,70 metros y se creó un lago artificial de 180 hectáreas. Entonces hay que mantener los lagos, controlar el pH y las algas. Cada especie de árbol está pensada y cada árbol tiene un QR. La naturaleza está muy manufacturada. Los nordelteños no valoran toda la naturaleza: ni a los mosquitos ni a las ratas.
–¿Cómo interpretás el conflicto por los carpinchos?
–Los carpinchos están en un espacio liminal: son una plaga pero también son, para muchos, seres adorables como los elefantes o a los delfines. Seguramente los niños de Nordelta tienen peluches de carpinchos. Por eso con los carpinchos ha habido fricción dentro del barrio. Hay mucha gente que apoya la esterilización, su exilio o exterminio, y otros que se han organizado para defenderlos, diciendo “este es su hábitat natural, nosotros invadimos este espacio”.
–¿Nordelta es una comunidad?
–Hay mucha discusión sobre qué es una comunidad. Ellos dicen que lo son y puede ser. Cuando uno lleva 10 o 15 años en un barrio se van formando ciertas relaciones más cotidianas. Los espacios tienen significado y son simbólicos. Hay memorias, recuerdos, es donde han criado sus hijos, que juegan juntos, se cuidan, se acompañan. Sería una comunidad por voluntad, donde hay más un discurso que prácticas cotidianas de cuidado. En realidad, son muchas comunidades, porque hay 27 barrios y pequeños núcleos de personas que van teniendo vidas en conjunto. Pero en conjunto no es un barrio pensado para favorecer la vida comunitaria. Es un proyecto urbano pensado para favorecer la vida familiar, individual: yo y mi núcleo familiar. Las plazas son usadas casi únicamente por chicos pequeños, llevados por trabajadoras de casas particulares. No van familias a hacer picnic y tomar mate y si lo hacen, es un escándalo. Y tampoco es una comunidad que tome sus propias decisiones. La planificación y la regulación del barrio están dictadas por Nordelta S.A..
–¿Cómo funciona este ideal de familia saludable? Vos mencionás que casi no se ven sillas de ruedas, discapacitados, gays, ni hablar de “locas”…
–Mi investigación tiene un tiempo. Son 50.000 personas y seguramente las cosas han cambiado. Pero, por ejemplo, en el centro comercial había una gran publicidad que decía “Somos una familia tipo” y mostraba a un hombre, la mujer con la cara operada, dos hijos, un perro, un auto. O sea, los Simpson o los Picapiedras: la clásica idea del suburbano norteamericano.
–¿Hay vecinos que pasan meses sin salir de Nordelta?
–Nordelta se presenta como una ciudad-pueblo de la que podrías no salir nunca. Te dicen: “acá tenemos oficinas, centros médicos, universidad, supermercado”. Pero hay un montón de cosas de la vida que son necesarias y no están. No hay cementerio, no hay planta generadora de electricidad. Fuera de eso, Nordelta es una máquina que reproduce el miedo.
–¿En qué sentido?
–Si te pasara en Capital que vas manejando y alguien le tira una piedra a tu auto, eso no va a escalar mucho. En Nordelta es un asunto del cual se puede hablar por semanas, y va a terminar en medidas como comprar nuevos equipos de seguridad, construir muros, sumar cámaras. Es un espacio muy sensible a las alteraciones del confort. En la vida urbana latinoamericana, uno convive con que te pueden afanar. Esa tolerancia se reduce en Nordelta, y eso hace que tiendan a salir menos. Empiezan a tener mucho más miedo de la ciudad.
Greene relata en su libro que las mujeres dejaban de manejar hasta Capital porque no se atrevían a pasar por barrios “feos”. Entonces, se tomaban la combi para ir al teatro, al cine, a ver amigas y familia, a tomar un café. Pero cuando volvían, no querían que se subieran las trabajadoras a la combi: “Es una maquinaria que va haciendo que se encapsulen más las personas dentro de su propia realidad contenida –explica–. El mundo les parece mucho más amenazante”.
–El transporte de los “de afuera” generó varios conflictos. No los dejan entrar en bicicleta y solo podían moverse con las combis privadas, que daban un muy mal servicio. ¿Qué pasó?
–El tema de la Troncal, la avenida que va desde la entrada de Pacheco hasta el centro comercial y conecta a todos los barrios, siempre generó tensión, porque esa ruta tenía que hacerse para conectar a la región. Y Nordelta siempre aplazó la apertura. Durante veinte años pagó un montón de guita para que les dejaran tener esa ruta cerrada. Los funcionarios de Tigre me decían “esto funciona hasta que se levanten las voces y digan ´no va más´, porque no está bien”. Y en el décimo piquete de trabajadoras domésticas quejándose por el transporte, el tema llegó a los medios, se viralizó y finalmente se liberó la avenida para el transporte público. Pero con mucho miedo de los nordelteños. Una señora se sacaba fotos mostrando cómo los de afuera podían atravesar los muros entre barrios. Y empezaron a construir otro tipo de cerramientos en el espacio semi-público del norte.
–¿Los jóvenes que se criaron ahí, cuando llegan a la adultez eligen vivir en un barrio cerrado?
–Muchos se van a Capital, o últimamente a sedes de universidades privadas. La universidad no funcionó en Nordelta: abrió con tres carreras y tuvo que transformarse en una universidad de servicios para señoras, cursos de jardinería, esa onda. Los jóvenes querían estudiar en otros lugares. Pero cuando tienen hijos, quieren volver. Ahí vuelve a aparecer el relato familiar, de la comodidad, tener más espacio y una vida adecuada para los chicos, pensando que esa vida metropolitana no lo es.
–¿Y consiguen ese confort que buscan?
–Pasan dos cosas. Una, hay gente que consigue parte de ese confort y se da cuenta de que no es lo que buscaban. Sobre todo, las mujeres. Esta es una radicalización de prácticas que ellas ya llevaban en Capital. Ya estaban con ayurveda, comiendo sano, con pilates y yoga, buscando la espiritualidad y el contacto con la naturaleza. Todos esos discursos encuentran en Nordelta un lugar donde radicalizarse. Pero Nordelta expulsa otras prácticas que estaban en su vida y que empiezan a echar de menos. Ya no tienen el café, no pueden juntarse con una amiga en 20 minutos o caminar hasta un negocio. Por otro lado, está la hipernormatividad. Se dan cuenta de que no es tan liberal como ellos pensaban, que hay mucha envidia entre los barrios. Es el clásico problema de la construcción de una utopía: quizás no hay tal lugar como el que estaban imaginando.
–¿Por qué y cómo usan los nordelteños la palabra “negros”?
–La usan apelando a la subhumanidad. En el libro trazo esa gran genealogía de la construcción racista de la región, que siempre distinguió entre los ciudadanos apropiados y los ilegítimos, con una serie de tecnologías que han recorrido Argentina, Chile y Brasil. La construcción de una nación siempre es la construcción de una ciudadanía imaginada, donde algunos entran y otros no. En general, la literatura académica latinoamericana ha puesto más énfasis en la distinción de clase que en la de raza. La raza no existe biológicamente, pero existe el racismo. Yo no lo esperaba, pero en las entrevistas y las notas de campo aparecía una constante mención a cierto tipo de población como “negros”. Son personas que no son dignas, son peligrosas o incivilizadas, con las cuales no se puede tener ningún tipo de trato y de las cuales hay que separarse. De hecho, a Portezuelo, el barrio más poblado y accesible de Nordelta, los vecinos le dicen “el Bronx”.