Cómo funciona la maquinaria comunicacional que involucra a todo el campo popular en el concepto de “kuka”, y luego intenta convertirlo en amenaza moral permanente. En lo que va del 2026 se desplegó una campaña antiperonista en redes sociales. En sus principales publicaciones, que son 3.500, obtuvo más de 164 millones de visualizaciones.
Cuando Javier Milei ganó la presidencia no sólo cambió el signo político del gobierno. Cambió la temperatura emocional del debate público. Y mientras la discusión económica ocupaba el centro de la escena institucional, en paralelo se consolidaba algo menos visible pero igual de potente: una maquinaria comunicativa dedicada a producir un enemigo.
En lo que va de 2026, la consultora QSocial relevó miles de piezas publicadas por cuentas como Agarrá la Pala, Indignado, Mate con Mote, Carajo Stream, El Peluca Milei, ElBuni y más de tres mil autores más, unidas por un hilo conductor estratégico: el objetivo de deshumanizar al peronismo. El corpus completo, que puede verse aquí, superó los 92 millones de visualizaciones en Instagram y los 72 millones en TikTok, acumulando cerca de 11 millones de interacciones entre likes, comentarios, compartidos y guardados. No se trata de publicaciones aisladas ni de exabruptos espontáneos: lo que aparece es un sistema narrativo consistente, replicable y emocionalmente eficaz.
En el centro de ese sistema hay una palabra que no siempre se escribe, pero que organiza todo y tiene historia: el enemigo interno.
Delitos y cárceles
La inseguridad funciona como columna vertebral. En la galería dedicada a seguridad aparecen escenas de delitos, imágenes de cárceles, referencias a “terroristas K”, comparaciones permanentes de Kicillof con Bukele y frases que vinculan cada hecho violento con el gobernador de la provincia de Buenos Aires. El mecanismo es reiterativo y por eso mismo potente: se toma un episodio, se lo moraliza, se lo personaliza y se lo contrapone a un modelo de autoridad disciplinadora. En estos contenidos, la Provincia deja de ser un territorio complejo atravesado por múltiples variables sociales y pasa a convertirse en prueba moral de un fracaso ideológico. La discusión sobre política criminal desaparece. En su lugar se instala el pánico personalizado.

El blanco sindical
Pero el dispositivo no se agota en la seguridad. Otro eje temático muestra la ofensiva contra sindicatos, CGT, el conflicto en FATE, el Garrahan y distintos dirigentes políticos y gremiales. Allí se observa algo más que crítica política: aparece la humillación como forma. Tanto en dirigentes como en militancias. Planos que exageran cuerpos, racismo, aporofobia y obesidad mórbida asociados a la militancia política. Recortes que enfatizan gestos, títulos en mayúsculas amarillas que hablan de “gordos”, “sindergarcas” o “vagos”. El cuerpo se vuelve argumento.
La gordofobia y la aporofobia no son efectos secundarios: cumplen una función narrativa. El sindicalista no es sólo alguien con quien se discrepa; es grotesco. Tiene el cabello sucio. El trabajador precarizado no es sujeto político; es caricatura moral. La desigualdad estructural se evapora y reaparece convertida en defecto individual. Sin dientes.
En la galería dedicada al feminismo, el patrón se repite con otro tono. “Falso feminismo”, “feminismo real vs falso”, comparaciones con el feminismo iraní. La estrategia consiste en deslegitimar antes que debatir. Se construye una escena en la que el feminismo argentino sería hipócrita, selectivo o funcional a intereses partidarios. No se discuten políticas públicas ni agendas concretas; se erosiona la identidad del sujeto colectivo.
Cucarachas
La extranjerización del adversario es otra pieza clave. En distintos posteos se asocia a este “kirchnerismo” de “zurdos” que incluye por ejemplo a empresarios, periodistas o artistas que nada tienen que ver con el peronismo, con Venezuela, Cuba y México como representaciones del mal. Incluso aparece la frase “prefiero que nos invada Estados Unidos antes que vuelvan los kukas”. También se representa un ejército de cucarachas que invade la Argentina y seres humanos militarizados las eliminan con armas de fuego. El adversario deja de ser competidor democrático para convertirse en cuerpo extraño, casi extranjero. Un bicho. Es un mecanismo clásico en contextos de polarización intensa: primero se deslegitima, luego se deshumaniza.

En varias piezas también asoma el racismo simbólico y la aporofobia directa. Manifestantes populares ridiculizados, mujeres de barrios humildes editadas para reforzar estereotipos, escenas de precariedad convertidas en burla y cinismo. La pobreza se transforma en espectáculo moral. El “kuka” aparece como ignorante, dependiente, marginal. No es una discusión de modelos de desarrollo; es una pedagogía del desprecio.
Más allá de los temas, hay una estética común que refuerza la sensación de sistema. Tipografías amarillas en mayúsculas, placas rojas con palabras detonantes, pantallas divididas, recortes de televisión acompañados por creadores que miran a cámara con gesto de indignación permanente. Los nombres de las cuentas cambian, pero el molde se repite. Esa repetición produce familiaridad y reconocimiento inmediato. No parece improvisación: es formato.

Un volumen enorme
El volumen de circulación confirma que no se trata de nichos marginales. Con más de 160 millones de visualizaciones combinadas y millones de interacciones, esta narrativa ocupa un lugar central en la conversación digital argentina. Y lo que construye no es sólo apoyo al oficialismo. Construye identidad a partir de la humillación del otro.
Cuando inseguridad, sindicalismo, feminismo, pobreza y extranjerización estigmatizados, se combinan bajo una misma lógica, el resultado no es simplemente crítica ideológica. Es deshumanización política. El adversario deja de ser alguien con quien disputar poder en elecciones y pasa a ser terrorista, parásito, grotesco, invasor. En ese desplazamiento, la democracia pierde espesor.
La pregunta no es si existe el derecho a cuestionar a un gobernador, a un sindicato o a un movimiento social. La pregunta es qué ocurre cuando la política se convierte en fábrica sistemática de odio visceral y cuando esa fábrica opera con eficacia industrial. Paradójicamente este proceso se da paralelamente a la devastación de la industria nacional.
¿Y la disputa?
En sectores opositores suele circular la interrogación acerca de los motivos de una imagen positiva de Javier Milei bastante por encima del 40 por ciento. Este tipo de estrategias forma parte de la composición de ese proceso de subjetivación.
¿Podrán las fuerzas políticas democráticas erguirse identitariamente con tal solvencia como para presentarle batalla a esta deshumanización? ¿Podrán disputar poder si esas identidades y sensibilidades no se yerguen también en la territorialidad digital? ¿Será capaz la dirigencia política de conjugar a estas bases tan desesperadas como perseverantes en todas las formas de la presencia y de “poner el cuerpo”, en una nueva esperanza colectiva que sea capaz de enfrentar la atrocidad?