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Con Milei las empresas pierden

El ataque a Rocca, Madanes, Méndez ya es reiterado en el Presidente, y provoca una eclosión de declaraciones del empresariado. Pero la coyuntura política deja en evidencia que para el empresariado no existe un lugar en un país escindido de los trabajadores. El aglutinamiento de intereses en favor de una propuesta de crecimiento económico puede ser instrumento para contrarrestar el ataque mileista.

El Presidente sigue despachándose contra Paolo Rocca, Javier Madanes Quintanilla y Roberto Méndez. Respectivamente, los dueños de Techint, Fate y Neumen. Javier Milei los llamó, en un mensaje de X, Don Chatarrín de los Tubitos Caros, Don Gomita Alumínica y el Señor Lengua Floja. Los acusó de haber dejado en evidencia “al sistema corrupto que hundió a los Argentinos de bien”.

Milei se despacha en X

Alude a una serie de episodios que comenzó a finales de enero, cuando Techint intentó igualar la oferta que la empresa india Welspun hizo en la licitación de caños convocada por la empresa Southern Energy, sin éxito. Luego, el 19 de febrero, se conoció el cierre de FATE, provocado por la apertura de importaciones de neumáticos, ocasionando el despido de 925 personas.

El aval de Méndez

La semana siguiente, Méndez avaló la política del Gobierno. Dijo: “Soy el primero en reconocerlo: estaban robando las multinacionales, nosotros, los empresarios (…) nunca ganamos tanta plata como cuando nos permitieron hacer lo que estábamos haciendo”. Elogió a Federico Sturzenegger por sostener que obligaría a las empresas a buscar una rentabilidad normal, aseverando que “En un momento estábamos marcando en un 60, 70%” y “en bruto, antes de los impuestos, tenemos que marcar no menos de 22%, porque en la Argentina los impuestos no son los que puede tener Europa o Estados Unidos. Después de los impuestos queda muy poquito, pero uno tiene que buscar el volumen y el servicio”. Posteriormente aclaró que sobre el robo que “estaban obligados a hacerlo, porque nos robaban a los industriales, porque no había producto y porque había una inflación del 250% mensual. Yo estaba obligado a hacerlo, pero si uno hace un relevamiento de precios ahora o años atrás, va a ver que Neumen siempre estuvo abajo del precio mercado. Yo siempre estoy cinco puntos abajo del precio más barato”.

Méndez no se arredró por el hecho de que se le escaparan las contradicciones mientras veneraba un atentado contra la industria de la que es partícipe. Si los empresarios ganaron, quiere decir que nada de eso se explica por los impuestos. O estaban obligados a poner precios imposibles que obstaculizaran su mercado, o aprovechaban condiciones extraordinarias de falta de competencia para realizar ganancias febriles.

Pero resulta ser que la competencia no depende de la apertura de importaciones para existir. También tiene lugar entre productores nacionales. Y Neumen, según el cándido Mendez, intentaba ponerla en práctica, aunque en este caso no se entiende si lo de los 5 puntos se trata de una deferencia hacia los compradores o de una estrategia de posicionamiento. Puesto que aparentemente, a pesar de los esfuerzos de Neumen, todos los demás se quedan con el 70 antes de impuestos por ciento cuando podrían ganar el 20. ¿O eran obligados? No se entiende.

Eclosión de declaraciones

Por esas fechas, también se pronunció Mario Grinmann, el Presidente de la Cámara de Comercio. Declaró que “nosotros somos conscientes, es duro reconocerlo, que algunos vamos a quedar en el camino, pero si ese es el precio que hay que pagar para que nuestros nietos, nuestros hijos, tengan una Argentina normal, un país que progrese con futuro, yo creo que vale la pena”. Agregó que “destruir se destruye muy rápido, pero construir se da en mucho tiempo. En este momento se está construyendo y en eso tenemos que aportar todos, cada uno, nuestro granito de arena, aun cuando no la estemos pasando bien” y concluyó que “Hay que buscarle la vuelta para que la Argentina entre en una estructura de bonanza… Eso lleva tiempo para que afecte positivamente a todos los sectores. No se puede ir con parches para un sector sí y para el otro no, y nosotros coincidimos, a pesar de que conocemos la realidad de nuestros sectores”.

También se refirió a la caída del consumo como algo necesario “Había anabólicos, todos sabíamos que eso era la isla de la fantasía, que no podía durar (…) veníamos con una inercia (…) el consumo volaba porque la gente sabía que el dinero en el bolsillo se quemaba y había que salir rápidamente a desprenderse.”

En la última semana, la Unión Industrial Argentina y la Asociación Empresaria Argentina difundieron comunicados. En los dos se valora la política económica del Gobierno, pero se pide una mejora en la relación con el sector empresarial.

AEA sostiene que “es indispensable promover un diálogo constructivo y respetuoso entre el Gobierno y el sector privado de modo de remover los obstáculos al desarrollo, así como de generar condiciones cada vez más favorables para la concreción de inversiones productivas en diferentes sectores de la actividad económica”.

La UIA afirma que “es importante señalar que el empresario argentino no diseñó el marco económico previo ni es responsable de las distorsiones estructurales acumuladas durante décadas” y “en esta etapa de transformación, queremos ser claros: el respeto es condición básica del desarrollo. Respeto hacia quienes producen, invierten y generan empleo en todo el país”.

Carga ideológica

La postura que expresa este sector del empresariado tiene una carga ideológica concreta. Pero la justificación de las dificultades que afectan a sus sectores, bajo la premisa de que se trata de un cambio necesario para encarar un proceso de transformación estructural, es tan ilusoria como contradictoria.

La política del Gobierno de “estabilización” ya terminó. Los cambios de configuración macro-ecónomica tuvieron lugar en 2024. Se trata del mentado reacomodamiento de precios relativos, que tuvo como resultado el desplome de los ingresos y el mercado interno. Lo cual afecta directamente la posibilidad que tienen las empresas para desenvolver su actividad.

Desde entonces, el Gobierno se empeña en sostener esa relación entre precios e ingresos, con el consiguiente resultado sobre la economía. Luego de que 2024 fuese un año de caída, 2025 finalizó con un crecimiento del 4,4 por ciento del PIB. Pero ese crecimiento es explicado, en términos sectoriales, por las actividades primarias, y principalmente por la intermediación financiera y la diferencia entre impuestos y subsidios. Su composición, altamente influida por factores metodológicos, torna plausible la sospecha sobre su veracidad.

Las ramas vinculadas al mercado interno continúan por debajo de sus niveles de 2023. Con principal acento en la producción industrial, que mantiene una pérdida de ocho puntos en relación con el año anterior al inicio de la gestión libertaria. Los indicadores de consumo también se encuentran en declinación.

Estos datos, sumados al hecho de que la economía haya iniciado una desaceleración en la segunda mitad del año, demuestran que la consecuencia de esta política económica son la contracción de la actividad y el empobrecimiento de la población. Esto alcanza a las empresas, porque las absorbe en la debacle.

Es decir que no se trata de dificultades transitorias, sino de una tendencia estable. Registrada esa diferencia, vale la pena preguntarse sobre las implicancias de los conceptos que esgrimen los grandes empresarios al caracterizar la situación previa, y cómo buscan responder a lo que sucede actualmente.

Por ejemplo, si los márgenes de ganancia eran exorbitantes, y el consumo, así fuese “artificialmente”, era alentado, ¿por qué razón las condiciones para invertir no eran propicias? ¿Por qué lo serían con el mercado interno en declinación? Y si el Gobierno se muestra indiferente, amenazándolos directamente al abrir las importaciones en un contexto inherentemente adverso y burlándose de ellos cuando intentan reaccionar, ¿por qué se le pide respeto y consideración, en lugar de asumir una oposición abierta hacia la consolidación de un país que, al igual que al resto, los deja afuera?

Sucede que el empresariado está especialmente afectado por una idea autodestructiva. Cree que las condiciones que permitían la acumulación de capital no eran sostenibles. Es cierto que las altas tasas de inflación, en cierto punto, se vuelven un trastorno. Pero, bajo esa perspectiva, se podría remarcar que el cierre de empresas, el crecimiento de la desocupación y la merma del poder de compra de los ingresos son trastornos más graves.

También es necesario insistir en la categoría de precios normales. Una vez establecidos los salarios y el nivel de vida, se determinan costos de producción que no se pueden violar libremente. Eso vale tanto para Argentina como para cualquier país, desarrollado o subdesarrollado. Los aranceles y el control de las importaciones serán considerados una aberración por la economía convencional, pero se utilizan sistemáticamente desde los inicios del capitalismo, y nunca desaparecieron.

Al subrayar estos conceptos, se entiende que abrir las importaciones no es parte de una incitación a la competencia. En realidad, se trata de una agresión al entramado productivo, que obstaculiza la acumulación de capital. La competencia es parte del proceso de producción, y surge como una necesidad de las empresas al expandirse. En condiciones de contracción de la producción, tiene que haber menos competencia por definición.

El problema es que, al menos desde mediados de la última década, cuando los cambios iniciados por los gobiernos del kirchnerismo adquirieron persistencia, la tendencia entre los empresarios fue la de apoyar políticas desfavorables para el crecimiento. La contradicción entre sus posicionamientos ideológicos y sus intereses objetivos se hace notar en una situación crítica como la que atraviesa el país. Pero carecen de respuesta.

La coyuntura política deja en evidencia que para el empresariado no existe un lugar en un país escindido de los trabajadores. Como alternativa, el campo nacional-popular tiene la oportunidad de perseguir el aglutinamiento de intereses en favor de una propuesta de crecimiento económico. Ése bien puede ser instrumento para contrarrestar el ataque mileista.

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