¿Y ahora qué?

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El intercambio desigual sigue vigente (en la teoría y en la práctica)

El autor se mete con la teoría y descubre cómo los estudiosos Paul Bairoch y Arghiri Emmanuel cuestionan los mitos de la globalización. La intervención estatal y la fortaleza de los salarios reales son motores históricos indispensables para la industrialización y el crecimiento económico interno. El actual gobierno argentino adopta un librecambismo extremo que ignora las leyes de acumulación de capital. Sin protección comercial ni una legislación laboral sólida, el destino del desarrollo capitalista nacional resulta inviable.

El gobierno argentino sostiene que actualmente se está configurando un nuevo orden mundial en el que la forma de inserción determinará el destino de nuestro país.

“La era de la cooperación global sin brújula moral ha terminado. Entramos a una nueva era de grandes naciones que compiten por asegurarse cadenas de valor verticales. Y en este mundo cada vez más partirán las aguas entre las naciones libres y las naciones sometidas”, consignó Javier Milei en su discurso ante la asamblea legislativa el 1 de marzo.

Además señaló: “Tenemos los minerales críticos que necesita Occidente. Tenemos la energía, gas, petróleo, energía nuclear y energía renovable. Para abastecer cadenas de producción a escala. Tenemos tierra, agua y capacidad agroindustrial para garantizar la seguridad alimentaria del hemisferio. Y tenemos la ubicación, el extremo sur del continente, con salida a 12 océanos y presencia en la Antártida. Somos un eslabón natural de la cadena de valor estratégica de Occidente (…) En este nuevo mundo, las dos capitales más importantes que puede tener una nación son sus recursos y su ubicación. Argentina tiene los dos, pero nuestra ventaja no es solo de recursos, es de acoplamiento”.

Las opiniones del Presidente se dan en un marco de la disputa que se ha desatado a partir de la profundización del proteccionismo en el actual segundo mandato de Donald Trump. Tirios y troyanos coinciden en ofrecer paraísos alternativos para encaminar las nefandas consecuencias de lo que proponen sus oponentes. Al fin y al cabo el inequívoco infierno son los otros.

La realidad histórica y las perspectivas del comercio internacional, con este proteccionismo o con el mercantilismo disimulado y convenientemente maquillado anterior, están muy distantes de cualquier tipo de paraísos. Para la periferia, ni siquiera están cerca del purgatorio, donde una vez atravesado a fuerza de marketineras “cadenas de valor”, la purificación lograda serviría según algunos para alcanzar la gloria del desarrollo.

China

El enorme papel que China alcanzó en el comercio mundial a partir de las últimas dos décadas no cuestiona las tendencias de fondo que siguen marcando el camino y la dirección por donde transita la economía-mundo con relación a la economía mundial.

La recaída del imperialismo a exportar capital, tan masivamente como en el singular caso chino, no fue una respuesta necesaria a la eventual crisis de sobreproducción, como sí lo eran desde los albores del capitalismo hasta fines del siglo XIX. Ese ir de una economía bloqueada hacia otra que prometía beneficios desde sus inexplotadas actividades económicas de fuste, le dio al capitalismo su característica de expandirse como una mancha de aceite. De ahí su irrefrenable impronta de sistema mundial.

Para principios del siglo XX la necesidad de estabilizar los procesos políticos integrando a las sociedades llevó a aumentar los ingresos de los trabajadores de los países desarrollados y esa ampliación del mercado hizo innecesario volcar capital extramuros ante una crisis de sobreproducción. El ciclo se podía ahora enmendar internamente.

Bairoch y Emmanuel

En el presente la canción sigue siendo la misma. Basta un repaso de las observaciones del historiador Paul Bairoch sobre la realidad de la globalización y los mitos que la pretendían realzar sus atractivos, combinada con la verdadera faceta del comercio planetario signada por el intercambio desigual, según la describiera el economista greco-francés Arghiri Emmanuel. Ambos tienen cosas para decir del mundo tal cual es hoy y del desmadre estratégico para el desarrollo argentino que significa la postura cerradamente librecambista del actual gobierno argentino.

Traer a colación los análisis de Bairoch y Emmanuel acerca del desarrollo desigual y el intercambio desigual le corre el velo ideológico que cubre el verdadero rostro de los procesos reales de la acumulación a escala mundial. El ejercicio deja la sensación de que a Donald Trump se lo deplora por el desenfado de no seguir con la mascarada, por no disimular que el derecho del más fuerte es también un derecho, o el derecho que rige en un mundo anárquico.

¿Se irá con Trump el nacionalismo proteccionista? Sea quien fuere el que lo suceda, no parece que tenga mucho margen para un viraje de ciento ochenta grados. El reemplazo hará un necesario cambio de forma, pero no mucho más que eso, en vista de que lo que rige en la relación Centro-Periferia es el desarrollo desigual y el intercambio desigual.

Mitos de la globalización

La caída del Muro y el darse manija con “el final de la historia” llevaban a los más firmes partidarios de esa visión a sostener que las territorios nacionales que parcelaban la economía mundial estaban ahí para ser ya parte del pasado efímero. Keniche Ohmae –un numen de las corporaciones trasnacionales- proclamaba un mundo sin fronteras (para la inversión) y la “californización” de las costumbres y los consumos en la aldea global.

Ya a mediados de los ’90 eso era advertido con prosa serena por el historiador Paul Bairoch y el economista Richard Kozul-Wright. Volcaron sus apreciaciones en el paper titulado “Mitos de la globalización: algunas reflexiones históricas sobre la integración, la industrialización y el crecimiento en la economía mundial”.

Por entonces se había popularizado el paralelismo entre las tendencias que se vivían en los ’90 de globalización y el medio siglo de integración económica internacional anterior a la Primera Guerra Mundial. De hecho, algunos autores sugerían que las tendencias que se desataron tras el final de la Guerra Fría marcaban un retorno a este período anterior, del cual extraían conclusiones sólidas sobre las perspectivas de crecimiento y la convergencia asociadas con la globalización.

Bairoch y Kozul-Wright evalúan este paralelismo histórico. Parten de la base de que muchas características de la economía internacional actual no son únicas. Sin embargo, se muestran escépticos ante los intentos de establecer un paralelismo directo con el período anterior. En particular, señalan que el período anterior a 1913 no fue de liberalización comercial ni de menores expectativas sobre el papel del Estado, y sugieren que el rápido crecimiento industrial en algunas economías no puede explicarse por las presiones de la globalización.

En términos más generales, Bairoch y Kozul-Wright cuestionan la descripción de este período anterior de globalización como uno de rápido crecimiento y convergencia. El dúo lo asocia, en cambio, con un desarrollo económico desigual, durante el cual un grupo muy pequeño de países logró reforzar sus denuedos de crecimiento interno mediante vínculos con la economía internacional, mientras que para otros estos mismos vínculos apenas modificaron las perspectivas de crecimiento a largo plazo, e incluso las obstaculizaron en algunos casos.

Los problemas que rodean la globalización abarcan mucho más que la simple medición del alcance de los intercambios económicos transfronterizos y sus interrelaciones. Las verdaderas preguntas se centran en si dichos intercambios ya han erosionado la capacidad de los Estados para gestionar sus economías y si la eliminación de la responsabilidad estatal sobre la dirección de la actividad económica es un avance positivo. Esto es lo que está poniendo en tela de juicio la experiencia Trump, independiente de las aristas subjetivas.

Hasta Trump la versión más prominente de la tesis de la globalización respondía positivamente a ambas preguntas. Paro ya a mediados del os ’90 Bairoch y Kozul-Wright buscaron cuestionar esta sólida tesis de la globalización. Lo hicieron analizando los cambios en la economía mundial antes de la Primera Guerra Mundial. Es que esa etapa se ha convertido en un punto de vista privilegiado para quienes ven en los acontecimientos contemporáneos la recuperación de una tendencia de globalización anterior, interrumpida durante medio siglo por una serie de acontecimientos económicos y políticos, en gran medida indeseables.

Bairoch y Kozul-Wright entienden que la evidencia presentada por ellos confirma la visión escéptica de un mundo globalizado completamente nuevo. A la luz de los profundos cambios sociales, políticos y económicos que han caracterizado el corto siglo XX, la idea de que simplemente estamos recuperando una tendencia de integración económica global interrumpida por dos guerras mundiales y una era perversa de gestión estatal no resulta convincente.

“Tomando dos de los elementos más destacados del debate contemporáneo sobre la globalización, la liberalización del comercio y la disminución del papel del Estado, de nuestro estudio de las tendencias en el medio siglo anterior a 1913, podemos describirlos mejor como mitos históricos. Quizás aún más significativo es que no encontramos evidencia que respalde la idea de que este período anterior fuera una época dorada de crecimiento económico y rápida convergencia. Además, la industria, que al parecer fue el motor del crecimiento económico en este período, se vio mucho menos influenciada por factores internacionales que otros sectores y también fue una importante fuente de divergencia en la economía mundial”, consignan Bairoch y Kozul-Wright.

En este sentido, los autores también sugirieron que la internacionalización del capital financiero, que dominó el proceso de globalización anterior tanto como en la era contemporánea, parece estar estrechamente relacionada con un proceso de desarrollo desigual, que a menudo refuerza las diferencias existentes en la economía mundial en lugar de propiciar la convergencia.

“Si bien el capitalismo moderno es un sistema en expansión cuyos orígenes se encuentran en los procesos dinámicos de inversión e innovación, estos procesos dinámicos no son abstractos ni espontáneos, sino que se canalizan y moldean mediante acuerdos institucionales e intervenciones políticas particulares” caracterizan Bairoch y Kozul-Wright.

Para los autores, los cambios institucionales ocurridos durante los tres cuartos de siglo transcurridos desde 1913 excluyen cualquier lección política simple de ambos episodios de globalización. Destacan la conclusión general de que las políticas sí generaron cambios importantes y duraderos, en particular en la expansión de la actividad industrial a finales del siglo XIX. En este sentido, es erróneo describir la industrialización liderada por el Estado como un producto de la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Más bien, la combinación de aranceles crecientes, el apoyo a la modernización tecnológica y el amplio endeudamiento estatal en los mercados internacionales de capital ya eran ingredientes importantes del desarrollo económico en la era de la globalización del siglo XIX.

“Sin embargo, comprender por qué algunos países lograron aprovechar la internacionalización para un proceso exitoso de convergencia no puede limitarse a una cuestión de políticas adecuadas y la presencia de un Estado bueno (o malo). Las dinámicas institucionales más amplias que forman parte de este proceso son, para bien o para mal, producto de actores sociales y políticos, y vinculan los cambios en las fuerzas internacionales al contexto de la economía política” reflexionan a modo de corolario Bairoch y Kozul-Wright.

Visto así, lo raro no es que haya aparecido Trump, sino lo que tardó en aparecer. Valga insistir que esto hace abstracción de lo rocambolesco del personaje.

El intercambio desigual

Este “producto de actores sociales y políticos” es la gran lección para la asediada y desgastada Argentina actual. Eso viene dado por las “leyes del movimiento” del Intercambio Desigual, en las que se asume que el “Centro” con salarios altos proporciona el mercado, que es el foco de la acumulación y el cambio técnico, mientras que la “periferia” con salarios bajos se queda fuera del desarrollo precisamente porque los salarios son bajos y el mercado pequeño.

“¿Todavía podemos hablar de intercambio desigual (o el ‘intercambio desigual’)?”, le preguntaron al propio Arghiri Emmanuel a principios de los ’80 cuando los precios del petróleo agrietaban los mismos cimientos del capitalismo mundial y paralizaba las ciudadelas de sus mercados financieros. Respondía Emmanuel que “ningún evento del mundo real vocifera lo suficiente como para que impida bailar alrededor de los ‘conceptos’ del mundo imaginario. Así que mi respuesta, como se verá, no es sólo positiva. Voy más lejos. Yo digo que no se puede hablar de otra cosa. Cualesquiera que sean los referentes explícitos y los múltiples revestimientos discursivos, el verdadero propósito, en primer o último análisis en el debate Norte-Sur, es necesariamente sobre los intercambios y sus desigualdades. Sencillamente, por el hecho de que no hay otro. Por la misma razón, aquellos que me formulan estas preguntas las hacen, al menos cada vez que sus análisis tienen el sentido de ‘el intercambio desigual’, sin saberlo, igual que las hacía, ingenuamente M. Jourdain sobre la prosa”.

En la opinión de Emmanuel, el empeoramiento del Intercambio Desigual a lo largo del tiempo se debe a un proceso de insuficiencias en la acumulación de capital en el que el aumento de los salarios reales (vía aumentos de salarios nominales como condición de salida) desempeña un papel central en el desarrollo de las fuerzas productivas.

En lugar de que un aumento de los salarios reales (vía aumentos de salarios monetarios, previo a todo trámite) sea el efecto del progreso técnico y la industrialización, los salarios altos preceden y son causa del desarrollo en muchos casos importantes. Se podía objetar que no es el caso de China. Pero ahí el mercado son los Estados Unidos y la UE. Ambos mercados motivaron la enorme e innecesaria localización de las multinacionales ahora cuestionada por Trump, en este objetivo sin desmentida demócrata.

Los salarios altos provocan mayores niveles de desarrollo y, debido al poder de negociación diferencial de los trabajadores “centro-periferia”, impulsan a la “periferia” a que se adentre aún más en el intercambio desigual.

Un estudio reciente (julio 2024) de Jason Hickel, Morena Hanbury Lemos y Felix Barbour ha cuantificado el tamaño del intercambio desigual, midiendo los flujos de trabajo incorporado en la economía mundial desde 1995 hasta 2021, considerando los niveles de calificación, los sectores y los salarios. Los autores encontraron que, “en 2021, las economías del Norte global se apropiaron netamente de 826 mil millones de horas de trabajo incorporado del Sur global, en todos los niveles de calificación y sectores. El valor salarial de este trabajo neto apropiado fue equivalente a 16,9 billones de euros en precios del Norte, considerando el nivel de calificación laboral. Esta apropiación aproximadamente duplica la mano de obra disponible para el consumo del Norte, pero drena al Sur de capacidad productiva que podría usarse en su lugar para las necesidades humanas y el desarrollo local. Se entiende que el intercambio desigual está impulsado en parte por desigualdades salariales sistemáticas. Encontramos que los salarios del Sur son entre un 87 por ciento y un 95 por ciento más bajos que los salarios del Norte para un trabajo de igual calificación. Si bien los trabajadores del Sur aportan el 90 por ciento del trabajo que impulsa la economía mundial, reciben sólo el 21 por ciento del ingreso global”.

Los trabajadores del “centro” son, en efecto, una aristocracia obrera que explota al trabajador “periférico”. “El fruto más amargo de mi trabajo sobre ‘El intercambio injusto’ fue la conclusión negativa a la que llegué respecto a la solidaridad internacional de la clase obrera (…) La lealtad a la nación trasciende los conflictos internos de intereses, por un lado, mientras que, por otro, se fortalece como consecuencia del antagonismo internacional. La integración nacional ha sido posible en los grandes países industriales a costa de la desintegración internacional del proletariado (…) Como dije en mi libro (se refiere al ‘Intercambio Desigual’) , cuando la importancia relativa de la explotación que sufre la clase obrera por pertenecer al ‘proletariado’ disminuye continuamente en comparación con la que se beneficia por pertenecer a una nación privilegiada, llega un momento en que el objetivo de aumentar el ingreso nacional en términos absolutos prevalece sobre el de mejorar la participación de cada sector en relación con los demás. Esto es lo que los trabajadores de los países avanzados han comprendido bien, volviéndose cada vez más ‘socialdemocratizados’ durante el último medio siglo, ya sea apoyando a los partidos socialdemócratas ya existentes o ‘socialdemocratizando’ a los propios partidos comunistas”, consigna Emmanuel.

Emmanuel, explica en su obra sobre “ganancias y crisis” (1974, 1984), que toda la dinámica del cambio a favor de una vida mejor para el conjunto social, se basa en la capacidad de los trabajadores, a través de sus negociaciones salariales a corto plazo, tanto para ejercer suficiente presión sobre el capital como para impulsar el ritmo del cambio técnico y proporcionar el mercado necesario para la acumulación.

El tamaño del mercado es el factor limitante central en la acumulación capitalista. A decir verdad, no es simplemente el tamaño del mercado, sino, en un sentido verdaderamente dinámico, su crecimiento lo que importa a los inversores. Y eso viene de la mano del poder de compra creciente de los salarios.

Ante la debacle en extremos pronunciada que sufre la distribución del ingreso nacional, este es un gran limitación política argentina, quizás la más prominente. Es la de oponerse y ni siquiera saber cómo encarar el aumento de los salarios, para ir hacia un mercado más atractivo y mejores términos de intercambio. Están convencidos de lo contrario, de los posibles “efectos nefastos” sobre el desempleo y la balanza de pagos de una negociación salarial exitosa del movimiento obrero organizado. Juan Vital Sourrouille, Adolfo Canitrot y los 13 paros de Saúl Ubaldini, no fueron porque sí, ni se esfumaron del presente.

La plausibilidad parecería mayor si se aceptara, en línea con el argumento general de Emmanuel, que existe en el capitalismo tal cual es, una tendencia básica a que el valor de la producción superara el poder adquisitivo al que se enfrentaba, una correspondiente tendencia deflacionaria crónica y la falta de oportunidades de inversión rentables.

Entonces sin proteccionismo comercial, sin férrea legislación laboral, el desarrollo capitalista no tiene destino. Incluso sin exacerbar el gasto público. Así lo demuestran, ciencia y experiencia.

Hay que ser muy cretino (idiota perverso) para apoyar la exacta opción estratégica contraria al desarrollo capitalista –y si de algunos capitalista, que no es para nada lo mismo- en que se encuentra enfrascado hasta el tuétano el oficialismo cárdeno, por el momento con la anuencia de buena parte de la sociedad civil.

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