El IPC de febrero es el segundo consecutivo con un aumento mensual del 2,9 por ciento. El aumento del costo de la energía y de los alimentos provocado por la guerra de Irán repercute en la economía internacional, y de manera particular en Argentina. Se comprobará luego si se precipita una crisis cambiaria, pero independientemente de ello, es probable que se consolide la desaceleración de la economía, hasta que se transforme en una recesión.
El Índice de Precios al Consumidor de febrero dio un alza mensual del 2,9 por ciento. Es el segundo mes consecutivo en el que se llega a ese número. A diferencia de enero, en el cuál la categoría que más se incrementó fue la de los alimentos con un incremento del 4,7, esta vez es la segunda, que con una variación del 3,3. La Canasta Básica Alimentaria y la Total tuvieron, respectivamente, alzas de 3,2 y 2,7 puntos, menos que el 5,8 y el 3,9 por ciento.
Aunque son incrementos considerables, hubo una desaceleración de los componentes que suelen impulsar el inicio de procesos tendenciales. Lo que empujó el aumento general fueron las tarifas de los servicios públicos, con una suba del 6,8. Eso no quita que el crecimiento de las tarifas, por su incidencia como costos, puedan verse reflejados en los datos de marzo.
Parte de la desaceleración del precio de los alimentos se explica por la calma cambiaria de los primeros meses del año. En enero, el Índice de Precios Internos Mayoristas, que capta los costos de reposición de bienes e insumos para los productores, tuvo solamente un incremento mensual del 1,7. Y dentro, los productos importados crecieron un 1,5 por ciento.
Ese contrapeso en los problemas internos es desplazado por la guerra en Irán. Desde su inicio el costo de la energía y el petróleo en el mundo se disparó. En Estados Unidos el precio de la gasolina aumentó aproximadamente un 9 por ciento. También aumentaron las tasas de interés, el costo de los fletes, la electricidad, los semi-conductores, y los alimentos.
En la producción de alimentos incide el costo de los fertilizantes, con una repercusión importante sobre las cosechas en las que son usados. El principal motivo, además del aumento del costo de transporte, es el cese del tráfico marítimo en el Estrecho de Ormuz. La zona de producción más importante de fertilizantes es el Golfo Pérsico, y el Estrecho su salida al Océano Índico. El aumento del precio de la comida tiene repercusiones globales, que en el caso de los países más pobres puede llegar a la hambruna. Y, en conjunto con la energía, en una desaceleración de la economía mundial.
No es una observación original que Argentina se encuentra vulnerable a esos cambios. En la edición anterior de Y ahora qué? se explicó que un informe de Wells Fargo sentencia que con el aumento del precio del barril sobrevendrá la inestabilidad cambiaria. Pero antes de eso, si se verifica, hay un impacto directo por la situación de los ingresos. Tanto la energía cómo los alimentos son bienes elementales, determinantes para el funcionamiento de la economía por ser los sostenes de la vida misma. Y los argentinos van a ver acentuado el decaimiento de su calidad de vida que experimentan desde 2018, con mayor virulencia desde 2023.
Es decir que el propio aumento de los precios relativos refuerza un proceso de rezago, grave por sí mismo. Se comprobará luego si a raíz de la guerra se precipita una crisis cambiaria, pero independientemente de ello, es probable que se consolide la desaceleración de la economía argentina, hasta que se transforme en una recesión. Para la fortaleza política de Javier Milei y el Gobierno libertario no son buenas noticias. Para la población argentina, tampoco.