La gestión mileista planteó unilateralmente una “batalla cultural” para disimular sus ataques permanentes a la cultura nacional y, por extensión, a la Nación argentina. Además de implementar políticas económicas que ya prologan una crisis con derivaciones negativas incalculables, el gobierno libertario manipuló gran parte de la conciencia comunitaria con el uso y abuso de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) de avanzada, para negar el hecho y para presentar su cruzada antinacional como el arranque de un círculo virtuoso.
Según numerosos investigadores y analistas hay en la actualidad un nuevo y creciente malestar en la cultura, el cual consiste en cierta reticencia (sin culpa, fatiga o desagrado) para asumir la participación en la propia comunidad. Y vista la expansión del fenómeno en Occidente se acuñó entonces el término endofobia, que daría cuenta de la experiencia subjetiva de la pérdida gradual, casi hasta su extinción, del vínculo afectivo y moral que sirve de sostén a toda comunidad política.
Ignorar el hecho, o minimizarlo, desde la perspectiva del campo nacional sería un error, máxime teniendo presente un fenómeno diametralmente opuesto en la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán. En efecto, allí a pesar de la muerte de los principales líderes religiosos y militares iraníes apenas iniciadas las hostilidades, se manifestó una tenaz resistencia con apoyo masivo que obligó a considerar la existencia de una nación articulada con una cultura vigorosa, incluso trascendente del régimen de los ayatolas y sus aristas más ásperas y propias de una oprobiosa dictadura teocrática.
O sea que, si la endofobia es un fenómeno constatable, pero con seguridad exacerbado por las modalidades de hacer política apelando a las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) de avanzada, urge volver a interrogarse respecto de la existencia y el sentido de la nación. Es necesario debatir democráticamente en qué medida la endofobia, quesirve a los sectores beneficiados por la postración nacional (sirve a los lazos de sujeción al sistema de dominio mundial, más fuertes conforme continúa concentrándose la economía y se generaliza su estructura monopólica) participa de un pasaje histórico de coyuntura o de carácter irreversible.
Ni el tiro del final
Parece una obviedad pero no lo es: las comunidades tienen una forma específica de resolver, o superar, la contradicción con su entorno natural, transformándolo y transformándose para su crecimiento y desarrollo. Esa forma específica en gradual desenvolvimiento es su cultura, y va definiendo la base material que la sustenta. Pero importa destacar que se trata de una forma tan específica como también productiva, que incluso puede contener eventualmente alguna informalidad transitoria, al tiempo que lo informe, aquello que permanece afuera de la forma y con intención de negarla, es improductivo por naturaleza, cuando no meramente estéril.
Las comunidades han desplegado trabajosamente una cultura propia, una forma específica para ser en el mundo, para transformar lo dado, nutrirse y a su vez transformarse. El logro de una base material relativamente autónoma que las sustente converge con la cultura necesaria para ello, y es así cuando eventualmente, tal como sentenciara Benedict Anderson, aparece la comunidad imaginada de la nación, la que puede dotar de un sentimiento de conexión mutua y destino compartido a millones de personas que nunca habrán de conocerse presencialmente. Como derivación lógica de la soberanía colectiva puede darse, además y prosiguiendo con la construcción social requerida por las circunstancias, una organización política, el Estado nacional.
Para Anderson, la imaginación de las comunidades nacionales requirió el cruce de una interacción “semifortuita” entre el capitalismo, una tecnología por entonces revolucionaria de las comunicaciones (la imprenta) y la diversidad lingüística humana. En la actualidad otro es el trasfondo histórico dominante, a tal punto que desde los libros impresos hasta los periódicos y la TV han perdido terreno ante las plataformas de streaming y las redes sociales. El impacto negativo del fenómeno sobre la construcción de identidades culturales y políticas derivó de sus fuertes presiones contra las tendencias a la integración y asimilación nacionales. Y las consecuencias de las TIC de avanzada (al servicio de intereses comerciales no manifiestos, apelando a mecanismos ocultos de sustracción de información de sus usuarios, mercantilización de la misma y su control amenazando a la libertad, la democracia y la privacidad) en contacto con la diversidad temperamental humana provocó el incremento y radicalización de las divisiones ideológicas y culturales, no sólo en el seno de las naciones sino también entre ellas.
Aislamiento de los miembros de la comunidad, fragmentación de la cultura nacional, invento de renovadas diferencias espirituales, mutua exclusión, partes que pretenden hegemonizar la totalidad de la comunidad, son algunas de las consecuencias atribuidas al impacto de las TIC de avanzada. Por ellas suelen circular mensajes extremistas, funcionando en tales casos como cámaras de amplificación y de inducción para animar incluso acciones violentas de acuerdo con ideas delirantes. Prueba de ello en Argentina fueron los mensajes intercambiados por los miembros de la denominada Banda de los copitos (de algodón de azúcar), en ocasión del atentado contra la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que no terminó en una catástrofe simplemente porque no salió la bala.
Nación, sacrificio y desarrollo inclusivo
Una de las visiones “clásicas” referidas a la nación señala que sus atributos son, entre otros, la identidad, el proyecto colectivo, la unidad sin fisuras profundas, la lealtad simbólica y la memoria histórica. Cuando esos atributos ceden total o parcialmente, puede sin embargo persistir el Estado nacional, pero también modificándose y modificando el entramado cultural que le dio origen, hasta poner en riesgo su continuidad.
Es sabido, y uno de los beligerantes en la guerra de Medio Oriente sirve de ejemplo, que también hay naciones sin territorio, forzosamente nómades. Israel recién lo obtuvo en 1948, dándose simultáneamente un Estado nacional. Y en este punto corresponde señalar que un Estado nacional puede contener varias naciones, como en el caso de la República Plurinacional de Bolivia, fundada en 2009.
La cuestión es compleja, eso está claro. Abundan quienes plantean que la continuidad de la nación, desde sus inicios hasta los momentos críticos como el que atraviesa la Argentina actual, requiere una suerte de lealtad sacrificial, la cesión de una parte de los intereses individuales (económicos, profesionales, simbólicos, etc.) en beneficio de la proyección futura del conjunto. Esa perspectiva, aunque en las antípodas de la prédica endofóbica incesante que circula por las redes, tampoco ofrece una salida y va más allá: asegura que la medida del auto sacrificio de las partes expresaría la densidad moral de la nación.
Ahora bien, es imprescindible que el campo popular tome nota de las herramientas digitales que utilizan los beneficiarios de la postración nacional, la endofobia consiguiente, y el llamado a la realización de nuevos sacrificios para recuperar a la nación y ponerla otra vez de pie. El campo nacional, a contrario sensu, debe reformular un proyecto político y traducirlo en un programa de desarrollo inclusivo donde todas las clases y sectores, salvo los que lucran con el estado de cosas actual, lejos de sacrificios visualicen la creciente satisfacción de sus intereses merced al desenvolvimiento del quehacer productivo.
Y habrá que incorporar el uso de las TIC de vanguardia no sólo para divulgar el hecho y hacer políticamente visible un puto de fuga para la crisis actual, sino también para salir al cruce de las campañas que tildarán a la iniciativa de “nacionalista”, por qué no “racista”, y de paso “aislacionista” y “retardataria”. Y habrá que estar preparado finalmente para formular las respuestas debidas, recordando unas palabras del ya citado Benedict Anderson: “En una época en que es tan común que los intelectuales progresistas, cosmopolitas (¿sobre todo en Europa?) insistan en el carácter casi patológico del nacionalismo, su fundamento en el temor y el odio a los otros, y sus afinidades con el racismo, convendrá recordar que las naciones inspiran amor, y a menudo un amor profundamente abnegado.”