Este especialista en análisis del discurso político y director del LEDA-UNSAM (Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos), asegura que la violencia y el autoritarismo expresado por Milei y algunos de sus funcionarios “construyen una pedagogía antidemocrática muy preocupante al discriminar la inteligencia de la oposición”.
Para Ipar, la violencia ejercida desde el poder busca “acallar las demandas y la imposibilidad de satisfacerlas”. Y no hay mejor ejemplo, ni más próximo, que el discurso pronunciado por Javier Milei al inaugurar las sesiones ordinarias del Congreso.
Chequeado relevó el tono de su alocución, y según su Centro de Datos, el Presidente pronunció un insulto cada 100 segundos mientras que durante la apertura de sesiones de 2025 profirió un ataque cada 180 segundos. Los agravios más utilizados -en la alocución de este año- fueron “ladrones”, “corruptos”, “ignorantes” y “kukas”. En algunas ocasiones, esas palabras estuvieron acompañadas por frases más amplias como “manga de ladrones”, “políticos corruptos” o “bestias ignorantes brutas”.
–El discurso de Milei en el Congreso marcó un punto del cruce de la violencia simbólica en redes con la violencia de la palabra en un show mediático en el corazón de la política argentina. ¿Qué consecuencias cree que pueden ocurrir a partir de este escenario creado en el Parlamento en el que el Presidente se dedicó a insultar y denostar a la oposición?
–Ipar: Una de las marcas del discurso de Milei la observamos en la plétora de insultos y descalificaciones. Está obsesionado en atacar, en agredir, pero también en discriminar y en marcar una denostación radical de las capacidades de los otros, que es el punto especialmente preocupante porque esas agresiones nunca deberían -al menos en una sociedad democrática- implicar la discriminación y descalificación de las capacidades para entender el mundo. En el discurso de Milei aparece esta regla de descalificación al definir a sus opositores como parásitos, infradotados mentales o gente que no tiene capacidad de entender. Esto genera una situación preocupante desde el punto de vista de cómo el Presidente entiende la política en general, y la política democrática en particular, cuando afirma que todos están equivocados o tienen ideas viejas o que han fracasado, o que todos los que no piensan como él son ignorantes e incapaces de pensar y construir discursos con sentido. Está creando una especie de monopolio del sentido y de la inteligencia que resulta profundamente antidemocrático.
–¿Qué oculta esa forma de discurso violento? ¿La creación de un nuevo enemigo político al que hay que destruir (como ya lo dijo en varias ocasiones), sembrar temor como una forma de control social o es un disfraz para encubrir el agotamiento de su plan macroeconómico?
–Ipar: Si uno escucha con cierta serenidad lo que podríamos llamar las pretensiones de racionalidad del discurso de Milei, donde pretende referir datos y construir juicios fundamentados, sorprende la enorme pobreza de su discurso. Los datos que muestra son más bien pocos y se mete en un juego de cifras apocalípticas sobre cómo ha dejado el Gobierno la gestión anterior citando números hiperbólicos sobre la inflación que nunca existieron. Pero, en el fondo, termina siendo un discurso que oculta el modo en el que la economía no tiene los niveles de éxito que Milei propone. En dos años de gestión puede mostrar el aumento de la vulnerabilidad y precarización laboral. Sobre esa escasez de datos exitosos de la realidad, lo que hay son adjetivos hiperbólicos como el mejor ministro de Economía de la historia o la generación que va a cambiar la historia… Los adjetivos reemplazan datos y hechos, y las hipérboles suplantan una evaluación razonable del desempeño del Gobierno y muestra lo poco que tiene para exponer e indica una nueva forma de mentir y construir máscaras, engaños y falsedades.
–¿Por ejemplo?
–Ipar: Argentina nunca tuvo, ni siquiera en el 2023, el riesgo de tener 11.000 o 14.000% de inflación, como repite Milei hace más de dos años. El tono en el que pronuncia esas palabras, el modo en el que se apasiona, pero es una máquina de hacer proliferar mentiras a partir del tono y la gestualidad.
–¿Puede detectar rasgos semejantes a los utilizados por el aparato de propaganda nazi en esta estrategia de Milei de utilizar la violencia del discurso político para construir un enemigo?
–Ipar: Las analogías con los totalitarismos del siglo XX son siempre difíciles y exigen suma prudencia. Creo que lo mejor no es compararlo, pero sí hay que destacar el estilo de movilización, el estilo de la construcción discursiva que desarrollaron, como la gramática. Las reglas del discurso de Milei, efectivamente, tienen mucho parentesco con el estilo de la movilización de los partidos que terminaron en totalitarismos en el siglo XX. Ahí sí podemos encontrar analogías. Historiadores del fascismo encuentran pistas en estas nuevas fuerzas de extrema derecha que están asolando el mundo político contemporáneo con los movimientos del siglo XX, específicamente en las formas en las que se moviliza el fanatismo, las formas de fidelidad al líder y de la aceptación de su palabra como un ente revelado.
–¿Cómo caracterizaría su discurso, entonces?
–Ipar: No es de un político liberal, que debería caracterizarse por la tolerancia ante las diferencias, por el privilegio de la diversidad y la libertad de los otros. Milei es el hacedor de una legitimidad en la que la única libertad que cuenta es la de una pequeña élite que se despreocupa completamente de los otros. Entonces, contrariamente, hay un elemento claramente antiliberal en su estrategia de movilización y legitimación que incluye el modo en el que se refiere a las otras identidades políticas, culturales y de valores comunes. Siempre trae una idea delirante de Occidente y de la tradición judía infundada porque no se entiende cuál es la moral a la que se refiere cuando habla de valores judíos entre los que está la moral por la caridad o la preocupación por los pobres. En el Antiguo y en el Nuevo Testamento hay infinitos pasajes donde la justicia social es un valor supremo. Por eso digo que hay una manipulación de esas tradiciones que él dice encarnar.
–¿Qué tipo de acciones violentas en la vida diaria cree que la gente podría ejercer con esta habilitación a la violencia que Milei propone desde su modelo?
–Ipar: Un Presidente intolerante, implícitamente, estimula una ciudadanía intolerante. Un Presidente violento estimula una ciudadanía violenta. Y, tal vez, lo más preocupante es esta nueva forma de descalificar las opiniones y las inteligencias de los otros porque parece que su discurso en el Congreso, estuvo dirigido a su club de fanáticos, así que fue un discurso fanático que puede alentar a ser todavía más prejuiciosos y más discriminadores de las opiniones y las inteligencias de los otros. Todo eso construye una pedagogía antidemocrática muy preocupante.
–Milei llega a ejercer este tipo de violencia porque, de algún modo, la oposición lo está habilitando con su permisividad o falta de reacción. ¿Qué considera que tendría que hacerse desde la oposición como respuesta a su violencia política?
–Ipar: El qué hacer ante este tipo de neoautoritarismos es una pregunta difícil. Pero hay aprendizajes sobre los que hay que construir certezas políticas y horizontes democráticos.
–¿Por ejemplo?
–Ipar: No reproducir la lógica violenta, agresiva y discriminadora. Ese flujo de prejuicios, esa gramática de intolerancia, solo hace crecer a este tipo de fuerzas políticas que se nutren de esos lenguajes, de las pasiones y de este tipo de clima. La intolerancia, la agresividad obsesiva y la discriminación, son como el aire que respiran las fuerzas políticas autoritarias, y la oposición se equivocaría mucho si colabora con ese tipo de clima cultural. Hay que tener discursos apasionados y un compromiso con la palabra que esté a la altura del desafío que estos políticos de derecha radical le ponen a la escena democrática. La oposición tiene que aprender a comprometerse con su palabra y a apasionarse cuando defiende valores democráticos, las formas de sociabilidad y cuando propone otra lógica para la convivencia política. Y tiene que hacerlo con un discurso desacartonado, ligado a las instituciones y al pasado.
—¿Qué otra cosa aconsejaría?
–Ipar: Hay que discutir esta especie de ensalada de valores y morales que supuestamente traen estos partidos políticos, y hay que hacerlo con argumentos y todos los detalles, aunque parezca absurdo. Hay paladines de una supuesta justicia que usan mucho la palabra ética y moral, y terminan siendo personajes profundamente inmorales que promuevan faltas y horrores éticos importantes y generan violencia que pueden terminar en guerras, pero también en represión a los jubilados o a los familiares de personas con discapacidad. Alguien que habla de ética y moral tiene la política más inmoral hacia niños, adolescentes, jubilados, personas con discapacidad, etc. Alguien que habla de ética y moral termina involucrado en la defensa de crímenes horrendos como los cometidos por la dictadura y termina apoyando a esos perpetradores que fueron juzgados y que tienen condenas. Los espirales de violencia los conocemos y siempre terminan mal y en contra de la fuerza democrática, de la defensa de intereses mayoritarios y de la posibilidad de construir una alternativa democrática real, que es lo que la sociedad que se opone a Milei espera de la oposición política.
–En definitiva, volver a un diálogo civilizatorio.
–Ipar: Las fuerzas de la derecha radical buscan gobernar a través de una minoría que ronda el 30% pero que es muy ruidosa, muy violenta, muy agresiva, y buscan el silencio de la mayoría. Buscan que no aparezcan en el debate público los problemas de la mayoría, ni las fallas del Gobierno, o las alternativas políticas. Y el modo que tienen de cancelar todo eso es crispando y volviendo violento el debate público. Por eso digo que sería un error estratégico para la oposición dejarse llevar a ese campo, limitaría la posibilidad real de que las demandas incumplidas puedan ocupar el lugar que la sociedad necesita que ocupen porque la violencia es un modo de silenciar esas demandas y es parte de la estrategia de estas fuerzas políticas al generar un entorno cultural violento para que sus fracasos no se noten.