¿Y ahora qué?

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Stella piensa

Romina y Natalia. Episodio XX. Sentada al borde de una silla desfondada, mareada, enferma, casi viva… no, nada que ver. Estoy sentada en este macetón de cemento gris, acá en la 9 de Julio y Avenida de Mayo esperando a mis amigas, como en todos los 8 de Marzo. Natalia y Romina están con las suyas. Nati siempre la trae a Romi porque le hace bien, en esta marcha ella salta, baila descarga, no rompe nada, conoce otro tipo de alegría.

La convocatoria era a las cuatro y media, pero yo, ansiosa, llegué antes y mejor, porque desde acá estoy viendo ahora pasar las columnas de la izquierda, la de Nuevo Encuentro, veo a las Socorristas en red que son miles y son hermosas; y desde atrás por 9 de Julio viene La Cámpora de Berazategui y veo la de Atem, uy, las de Católicas por el derecho a decidir, la de actrices argentinas, allá lejos están las de Ni una menos. Somos todas pibas, pibas de todas las edades. Hay bombos, cánticos, por suerte, casi nada de estruendos. No soporto los ruidos parecidos a las bombas.

No traje el celular. ¿Para qué? Este era el punto de encuentro, sí. Pienso en ellas, que ya van a venir. Liliana, Beatriz, Teresa. Teresa se dejó las canas. No me gusta, pero le digo que sí me gusta, y, bueh. Veo esta marea de mujeres y pienso en los secretos. O, más bien, en los recuerdos sepultados. Porque nunca más conversamos de estos. De estos secretos, digo. Los secretos se pueden guardar en un fondo y no sacarlos más, dejarlos ahí depositados hasta que se encapsulen solos y se olviden.

Una vez, hace años, le dije a Teresa,

–¿Te acordás de cuando trabajabas con el dentista?

–No, ¿Qué dentista? ¿De qué hablás Stella?

–Del dentista, Tere, el de Caballito, no te acordás, que vos eras secretaria en el ’71.

–Ay, no, Stella, me olvidé de eso, casi no me acuerdo la cara del tipo.

Pero yo me acuerdo de todo. Hasta fui medio testigo. Teresa iba siempre de pantalones y camisas holgadas. Arriba un guardapolvo muy aseado, todo era aseado y prolijito. Ella estaba en la sala de recepción, recibía a los pacientes, se lavaba las manos con jabón desinfectante y alcanzaba las pinzas, las pastitas. El odontólogo,-no me acuerdo el nombre,- también era muy aseado, educado, amable, alto, casi alto como la máquina de los dentistas. Tere le tenía un poco de miedo, creo que alguna vez me lo dijo. Ella iba de mañana, a la tarde estudiaba para maestra jardinera y militábamos en Quilmes, en la Villa de Itatí que era una villa nueva.

El tipo era gaucho, le daba días para examen, era buen jefe, pagaba bien, ella, cumplidora. A veces se le acercaba mucho, pero eso te pasa seguido a los veinte años con los tipos, es común. “Un día me franeleó, yo no entendía, me reí un poquito, le dije que no, que conmigo, no”,- así me contó Tere,- le dije que no. Y me agarró, me alzó, qué fuerza tienen los tipos, quise agarrar un libro para pegarle, pero el doctor, sí, era el doctor, el mismo de guardapolvo de todos los días, el doctor, me agarró de las muñecas con mucha fuerza, después me soltó, le tiré del pelo y gritó, le pegué, él me pegó más fuerte en la cabeza, fue muy rápido. Yo tenía pantalones, pero él pudo igual, no sé cómo hizo, yo estaba boleada. Me acabó adentro. Yo estaba mareada. Y hasta me limpió con una toalla. Me ayudó a levantarme del escritorio, me ayudó a vestirme y me sirvió una cocacola. Al lunes siguiente volví a trabajar.

Teresa volvió a trabajar, pero sin querer, un mes después, un día se desinhibió. Él la franeleó antes de que llegara el último paciente. Lo atendieron. Se fue. Tere empezó a lavar y guardar el instrumental, las pincitas y esas cosas. El doctor se fue a lavar las manos. Se acercó al sector del asiento. La máquina del torno estaba todavía prendida. Ahí fue cuando Teresa se desinhibió, se destapó. Agarró el torno y se lo clavó al tipo en el cuello. El tipo pegó un grito, sangró bastante pero no era grave, se mantenía en pie, Teresa no soltaba el torno, no lo soltaba, hasta que lo soltó. Los vecinos llamaron. Entró la policía. Teresa estuvo dos días presa por lesiones en una comisaría. Los canas le decían que una verdadera mujer debía saber aguantar ciertas cosas, sobre todo si querían trabajar. Salió por fianza. La que estuvo presa fue ella. El tipo, no.

Y Beatriz. Beatriz era la mejor vendedora. Sabía esquivar con mucha altura los piropos groseros, las acercaditas. Era la que más vendía en toda la concesionaria, era y es la persona que más sabe de autos, fierrera como el padre, ahora es una gran economista, pero en esos años trabajaba en la Concesionaria de Torinos de Palermo Chico. Y le tocaba a ella ser la jefa de sección. Su competidor era un tal Oscar, que no era un mal vendedor, pero Beatriz tenía antigüedad, don de gentes, sabía muy bien mover el gran local de Avenida Libertador. A ella le correspondía la gerencia. Se la dieron al tal Oscar porque era hombre, claro, vos entendés, Beatriz, sos muy buena, pero para este tipo de productos como los coches, mejor que sea un varón,-le dijo el dueño y ella… Dejó ese laburo muy frustrada y nunca más lo habló ni lo volvió a contar. Casi que lo olvidó. Después hizo carrera como economista en Techint. En su larga vida laboral habrá visto y sufrido de todo, pero al episodio de la concesionaria lo sepultó bajo siete llaves.

Y Liliana… Liliana viene ahora desde Hipólito Yrigoyen, me hace gestos con las manos, Lili es quilombera, es divina, yo le muevo los brazos, ella cruza ahora la columna de las de las Ecofeministas, y la de Pan y rosas, permiso compañeras. ¿Lili, por qué te metiste en la carpa con los dos pibes? Una vez se lo pregunté, al día siguiente del hecho, a la mañana siguiente, ella estaba a los llantos, vinieron las chicas de las otras carpas. Estábamos en el Bolsón, era hermosísimo, las amistades eran hermosas, el paisaje, alucinante. Esa noche, como todas, habíamos hecho el fogón, habíamos cantado Sui generis a morir, habíamos imitado a Lito Nebbia todos a coro, habíamos cantado folclore. En ese lugar no había policía. De pronto la veo a Lili irse medio tambaleando con dos pibes hasta la carpa de ellos que estaba medio lejos. Y creo que volvió sola a la madrugada. Se acostó temblando. Yo la sentí un poco y seguí durmiendo. Al amanecer nos contó. Se lo reprochamos. ¿Por qué te fuiste con esos dos pibes? ¿Por qué hiciste eso? ¿La culpa fue de ella? El hecho quedó cerrado. Nunca más se habló. Secreto guardado hermético. Creo que ella lo olvidó. ¿Puede ser? Nunca más lo hablamos.

Ya llega Lili. Grandes besos y abrazos. Yo también tengo mi secreto. Casi que lo olvidé. Me lo recordó otra amiga hace unos años. Ni en terapia lo cuento. Está sepultado.

Llega Beatriz. Llega Teresa.

No abrazamos las cuatro locas. Cuando nos juntamos siempre somos pibas. Y ahora seguimos a las pibas de las Tumbandas, con la negra Marcela, que es mi amiga.

Quizá, con toda la cantidad de años que llevamos encima, algún día podamos sacar estos secretos dolorosos y conversarlos. Pero no. Creo que todavía, no.

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