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La guerra más impopular

Desde 1918 que no se veía una operación militar con menos apoyo popular y con menos claridad en los objetivos que el bombardeo a Irán. El canciller y el ministro de Defensa buscan darle una salida digna a Trump.

Una de las reglas más antiguas sobre la guerra, es que uno siempre sabe cómo empiezan pero nunca cómo terminan. Estados Unidos, en estos últimos cincuenta años de aventuras militares, le hizo un cambio al dicho: habrá alguien que sepa cómo terminan, pero los norteamericanos no saben terminarlas. La veintena de años en Afganistán e Irak confirmaron lo que la casi veintena en Vietnam ya había indicado: que los primos del norte no saben cerrar el paquete.

Donald Trump no es la excepción y agravó el problema usando su gran bocota de bully de patio escolar para avisar que se comía a Irán en cosa de días. Ya pasaron dos semanas, pero los ayatolas siguen disparando misiles y haciendo volar drones. Al contrario del Presidente Naranja, que necesita una victoria absoluta, fantástica, gloriosa y sobre todo rápida, los iraníes ganan por aguantar.

Y este miércoles dieron un golpe fuerte al bombardear tres buques tanques en el Estrecho de Ormuz, por donde pasa la quinta parte del petróleo y el gas del mundo. La sola idea de que hicieran algo así ya había anarquizado los mercados energéticos, que son más desalmados que los traficantes de diamantes. Los precios subieron, los barcos ya no tienen seguros para circular por esa zona, cada surtidor en Estados Unidos subió el galón de nafta, y ya aumentaron los pasajes de avión en el mundo entero.

Y hay que recordar siempre que los norteamericanos miran el precio de ese galón con la misma obsesividad con la que los argentinos miramos el dólar. Y por las mismas razones.

Es notable: al gobierno MAGA parece haberlo tomado completamente por sorpresa que Irán atacara a sus aliados y a sus bases en la región. Ni siquiera habían preparado planes para evacuar sus embajadas y a último momento llamaron al ministro de Energía para ver cómo se controlaba el precio del combustible (vendiendo las reservas estratégicas a precio bajo). De hecho, este martes, funcionarios federales informaron al Congreso sobre qué anda pasando y un demócrata, el senador Christopher Murphy, contó asombrado que en el gobierno no tenían ni idea de cómo volver a abrir el Estrecho de Ormuz…

Esto puede ser la habitual falta de profesionalismo de estos gobiernos medio disparatados de la nueva derecha, tipo Boris Johnson, Jair Bolsonaro y Javier Milei, todos llenos de personajes impresentables y obviamente improvisados. Pero lo que realmente preocupa a propios y ajenos es la convicción de que Trump no sabe cómo terminar esta guerra. El presidente no para de hacerse el guapo, diciendo a la tarde que ya aplastó Irán y a la noche que los va a aplastar. Su canciller, Marco Rubio, y su ministro de Defensa, Pete Hegseth, andan por ahí hablando de objetivos más moderados que le permitan al Gran Jefe cantar victoria y parar la guerra.

Rubio hasta hizo un diagrama tipo conferencia para explicar que los objetivos no son una rendición incondicional o un motín popular que cambie el régimen. Lo que quiere el canciller es destruir la capacidad de los ayatolás de producir y lanzar misiles, y hundir enterita la Armada iraní. Hegseth es menos organizado, pero anda en los mismos carriles y agrega el tema nuclear.

Es buena, la idea, porque los norteamericanos pueden declarar vencidos a los iraníes cuando no les quede más que una lancha, aunque si Teherán sigue lanzando misiles la cosa se complica. Pero en principio, Trump y el nuevo ayatolá en jefe pueden cantar victoria –“los aplastamos” versus “resistimos”- y habría paz. El problema es Benjamín Netanyahu, que lleva décadas hablando de destruir Irán por completo, como una venganza, y no va a disciplinarse así nomás.

Un problema que a nadie se le escapa es que Irán pueda colapsar como colapsó Siria. Balcanizado entre kurdos, árabes, baluchis y zonas controladas por lo que quede del régimen, el resultado bien puede ser una guerra civil, intervenciones militares de los vecinos y una oleada de refugiados enorme, que Irán tiene cien millones de habitantes. Esto le encantaría al actual gobierno israelí, pero le dejaría un clavo a los norteamericanos, que no se van a poder desentender de un desastre semejante.

Mientras, el esfuerzo por degradar -la púdica palabra militar- el funcionamiento del régimen se está poniendo granular. Esta semana, los habitantes de Teherán vieron con terror drones norteamericanos abriendo fuego contra los controles de tránsito de la milicia Basij, que vive pidiendo documentos y botoneando al prójimo como fuerza parapolicial. Pero el tema es que estos controles están en esquinas por toda la ciudad, con lo que bombardearlos o ametrallarlos es un peligro eminente para los civiles que viven ahí o para los desangelados que justo pasaban.

El costo de la guerra

El Pentágono tuvo que comerse un sapo de los grandes y verdes, porque tuvo que ir a una reunión con los senadores más prominente y admitir que en los primeros seis días de operaciones se gastaron 11.300 millones de dólares en municiones, misiles, combustible y drones perdidos. De hecho, las primeras cuarenta y ocho horas fueron espectaculares y costaron 5600 millones. Después bajaron un poquito.

Este gasto épico es muy, muy superior al que se había filtrado. Gracias a los funcionarios legislativos que le pasaron el dato a los periodistas.

El otro costo

En octubre, no hay que olvidarse, hay legislativas en Estados Unidos y si Trump quería ganar mostrándose como un majestuoso líder militar, le salió mal. Todas las encuestas coinciden en que esta es la guerra más impopular en la historia contemporánea del país, con un piso de aprobación del 27 por ciento según Reuters/Ipsos, y un techo del 50 según Fox News. Para comparar, cuando Roosevelt le declaró la guerra al Japón después de Pearl Harbor tenía al 97 por ciento del público a favor, según Gallup. Y cuando el segundo Bush desembarcó en Afganistán, la misma agencia detectó un 92 por ciento de apoyo. Ni los minions de Fox se animan a inventar números semejantes.

Esto es porque Trump había prometido “terminar con las guerras estúpida y sin sentido”, por las que acusaba a Barack Obama y a Joe Biden. De hecho, él le puso fecha de cierre a Afganistán, cosa que el demócrata Biden se tuvo que fumar como un desastre propio, que lo fue. Pero ahora es él arrancando guerras que nadie entiende, porque una cosa es bombardear guerrilleros en Yemen o centrales nucleares en Irán, y hasta secuestrar al presidente de Venezuela, y muy otra es arrancar una guerra de esta escala.

El que expresó con furia esta bronca de la base fue el influyente Joe Rogan, un referente de la derecha MAGA que tiene el podcast político más escuchado del país. Rogan no es un minion y en 2020 pidió el voto para Bernie Sanders, nada menos. Pero en 2024 claramente le ganó votos a Trump, que le agradeció en público y le dio su número privado.

Rogan ahora dice que su presidente los traicionó y que esta guerra “es insana, una locura”. Para el comentarista, “ni siquiera explicó para qué la empezamos”.

En Haití

Y hablando de locuras y de drones, Human Rights Watch acaba de denunciar que el gobierno haitiano creó una “fuerza de tareas” equipada con drones para bombardear a las mafias que le disputan el territorio de la capital. Según la ONG, ya murieron por lo menos 1243 personas, incluyendo 17 menores, en 141 ataques entre marzo de 2025 y enero de este año.

Para peor, los drones son del tipo suicida, que simplemente se tiran como una bomba sobre el objetivo y son la cosa menos sutil que se te ocurra. Los fabrica la empresa norteamericana Vectus Global, que ganó un contrato con el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé y los exporta con una licencia especial de Washington.

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