El 10 de marzo falleció a los 87 años Alfredo Bryce Echenique, uno de los grandes escritores peruanos junto a Vargas Llosa, Scorza, Arguedas y Ribeiro. Jaime Iturri pinta sus libros y su vida, amor y whisky incluidos.
El paisaje era exagerado. Navegábamos en un pequeño bote con motor fuera de borda por el Isiboro para después continuar por el Sécure, dos grandes afluentes del Amazonas. El sol y los mosquitos nos castigaban sin piedad pero ahí estábamos, visitando a indígenas amazónicos. Para no aburrirme de un paisaje donde todo era verde me llevé un grueso libro que me duró apenas tres días. Ni modo: tuve que releerlo. Algo por lo que estaré siempre agradecido.
Ese viaje por la Bolivia amazónica era el escenario ideal para leer La vida exagerada de Martín Romaña. La historia de un latinoamericano en el París post mayo del 68, cuando ya el grito de Prohibido prohibir se iba extinguiendo.
Ahí, sentado sobre su sillón Voltaire, Romaña va escribiendo su cuaderno azul y luego el rojo mientras sufre el amor y posterior abandono de Octavia.
Así, no solo disfruté la lectura. La padecí, porque, como todos, yo también sentía melancolía de relaciones contrahechas. Porque como dice Alfredo Bryce Echenique: “El amor es la única derrota que se puede contar con humor. Al fin y al cabo es la historia de cómo uno se entrega entero para terminar descubriendo que ella ya se fue hace rato”.
O como dice el protagonista de El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, continuación de la vida exagerada de Martín Romaña: “Cuando las cosas se sufren, lo que le sale a uno es un poema, un cuento o una novela, más una soledad de la puta madre”.
Regresando de mi aventura con los amazónicos y mientras curaba los males estomacales que ella causó, me puse a leer Un mundo para Julius. Y descubrí la riqueza de ese muchacho nacido en cuna de oro que, sin embargo, se siente más cómodo entre lo que su clase llama “la servidumbre”. Fue la disección más certera que conocí y conozco sobre el señorío limeño y sus miserias. Una clara muestra de que, en el fondo y no tanto, el rey está desnudo.
Hay otras novelas, libros de cuentos, artículos periodísticos y hasta memorias (o Antimemorias si lo prefiere) pero las dos mencionadas arriba ya servirían para el ingreso al panteón de Bryce. Junto a Manuel Scorza, Julio Ramón Ribeiro, José María Arguedas y Mario Vargas Llosa figura en la pentalogía más importante de las letras peruanas de la segunda mitad del siglo XX.
Una vida de novela
Bryce Echenique estudió derecho, profesión que nunca ejerció, y después de la Universidad de San Marcos se fue a París como su Martín Romaña.
Transcurrió la vida entre cuadernos en los que escribía, artículos que poco a poco fue publicando y una relación muy fuerte con la bebida, particularmente con el whisky, que pronto se convirtió en uno de sus amigos más fieles. Lo fue también el vodka, ese maravilloso destilado de la papa originaria de los Andes.
Célebre es su frase de que él era el escritor más borracho de la historia, palabras que acompañaba con hechos. Un buen día llegó a una ciudad lejana a dar una conferencia. Fue al hotel y, maletas y todo, tuvo su primera parada en el bar. No se movió de ese espacio hasta la madrugada, cuando amablemente lo llevaron a su habitación para que durmiera algunas horas.
Célebre es la entrevista a la que acudió invitado por César Hildebrand. Bryce estaba totalmente borracho y sin embargo respondió con una solidez y dijo cosas tan inteligentes que hizo homenaje a aquella sentencia bohemia de que “el trago ilustra”.
Tal vez el alcohol era el refugio del verdadero Julius, tan lejano a su clase de origen a la que siempre reclamó su ignorancia. Un Julius que deja la inocencia el día que descubre que la empleada que más amaba se dedicaba en sus horas libres a la prostitución.
Joaquín Sabina, otro que sabe de letras y alcohol, escribió a poco de enterarse de su muerte: «Le falta sal a Lima cuando bajo al bar y no me esperas en tu silla y el cielo es una mancha del carajo. Y el corazón en solfa bastardilla y dos pájaros tristes sin trabajo y un manco de Lepanto en cada orilla.»
Bryce era ese latinoamericano que escribe y reescribe. Nunca permitió que el trago lo anulara como creador. Pero sobre todo era el narrador que contaba a quien lo escuchara la vida pormenorizada de sus seis hermanos para terminar refiriendo que en realidad sólo tenía cuatro, y dejaba que el receptor de la historia determinara cuales de todas la narraciones eran fruto de su inventiva.
Es que, como dice el autor de Martín Romaña, “así como la arquitectura corrige las incomodidades de la naturaleza, la literatura corrige las incomodidades de la realidad”.
Y un día Bryce descubrió que “la verdadera patria son los amigos” y ellos, además de los reales, están incluidos en la literatura: Martín Romaña, Julius, Pedro, Octavia de Cadiz y tantos otros. Y claro, un tal Johnnie Walker, de su carnal Jack Daniels o de un Tovarich, que camaradas somos.