A 50 años del golpe de Estado, el historiador Juan Manuel Romero considera que los intentos fracasados de la democracia por resolver la herencia económica de la dictadura habilitaron el resurgimiento de voces de ultraderecha. Y estas voces, además, se permiten relativizar los crímenes cometidos por el terrorismo de Estado.
–¿Cómo llegamos, cincuenta años después del golpe de Estado a tener que soportar insultos y maltratos de un presidente de la Nación? ¿Qué nos pasó en el medio?
–Romero: Tengo la impresión de que hay dos dimensiones en su pregunta. Una es la dimensión económica y su parecido con otros programas económicos neoliberales del pasado, incluyendo el de la dictadura. Y la otra dimensión para pensar tiene que ver con el marco de la aparición de estas expresiones de la nueva derecha con discursos que banalizan los crímenes de la dictadura, y que -en términos generales- podríamos llamar negacionistas, aunque creo que hay un universo con mayores matices y más complejo en la estrategia discursiva del gobierno.
–Según usted, la primera es la económica. Respecto a eso este programa parece peor que el de la dictadura porque los militares y los gobiernos democráticos, salvo con Carlos Menem, tuvieron una política de Estado con rutas, petróleo, Aerolíneas Argentinas y telecomunicaciones porque entendían que podían afectar la seguridad nacional. Y desde el lugar de los derechos humanos, si antes la crítica estaba concentrada en el ámbito castrense y sus familias, hoy mucha gente desde el ámbito civil empieza a pensar de otra forma en relación a los militares. ¿Es correcto eso? ¿Fracasó la forma de abordar estos temas, o se produjo un cambio en la mirada de la gente?
–Romero: Para pensar el tema económico, coincido con su caracterización, y diría que vale la pena subrayar que el plan de Martínez Dios y este -en varios aspectos- son parecidos. Este puede que sea peor en sus efectos, pero el contexto sobre el que operan es distinto. Hasta el año 76 era radicalmente distinta a la situación, más allá de la crisis inflacionaria. El final del gobierno peronista fue caótico y se produjo en medio de una crisis institucional, política, económica e inflacionaria que operaba con el telón de fondo de un país mucho más integrado que este, en el que sobrevivían las estructuras de la Argentina del pleno empleo, la Argentina industrial, de los sindicatos y las empresas… Digamos, la Argentina peronista, dicho así, globalmente. Existía aún el mundo del Estado benefactor del siglo veinte. Y, de hecho, una parte importante de los objetivos del programa de Martínez de Hoz suponían una reforma estructural de ese mapa socioeconómico que, en el diagnóstico de los militares y de sus asesores liberales, eran la causa de las enfermedades que identificaban con la sociedad argentina. Es la idea que hoy reaparece con la imagen de los empresarios prebendarios y los sindicatos.
–Martínez de Hoz decía que la Argentina tenía inflación, estaba estancada en su crecimiento y había una causa que era una economía semi cerrada.
–Romero: Además, un Estado demasiado interventor que estimulaba la puja distributiva, y eso provocaba una espiral inflacionaria. Y todo eso lo asociaban al problema político del peronismo. La implementación de ese plan económico tuvo distintos momentos. Uno hasta de 1978, y luego se produjo el desembarco de los Chicago Boys y una política económica más monetarista con la famosa tablita. Pero también había inconsistencias entre un plan de estabilización y uno mucho más ambicioso de reforma de la estructura económica. Tuvo un efecto y pasaban cosas como esto de las privatizaciones periféricas y algunas estatizaciones muy particulares. El tema económico tuvo efectos ambiguos porque uno podría decir que fracasó porque nunca pudieron resolver la crisis inflacionaria. Por el contrario, la agravaron con ese proceso de financiarización de la economía y terminó en una crisis importante en 1981 y 1982 que -además- es parte de la explicación del fracaso de sus objetivos económicos. También tuvo resultados muy perdurables porque le dejó a la democracia una herencia económica muy pesada en endeudamiento externo y respecto al cambio de estructura social.
–¿En qué se nota más hoy?
–Romero: En algún sentido Milei es un producto de los fracasos de la democracia en resolver esa crisis económica que quedó latente de la dictadura. Y esos fracasos de la democracia para resolver los problemas económicos del país habilitaron el resurgir de estas voces de ultraderecha que, además, se permiten relativizar o banalizar los crímenes del terrorismo de Estado.
–¿No le está dando mucho peso al fracaso de las políticas económicas subsiguientes a la época de la dictadura?
–Romero: Es que, con avances y retrocesos, en términos generales la democracia no pudo resolver los problemas de fondo de la economía argentina.
–¿Y eso termina repercutiendo, desde lo político, también en el aumento de la violencia, o es una estrategia para mantener el poder y seguir encubriendo las falencias económicas de este gobierno?
–Romero: Pueden ser las dos cosas. Seguramente hay una dimensión estratégica, pero esa violencia opera sobre un tejido social que está muy deteriorado y que habilita a eso. Efectivamente hay demandas respecto de la capacidad del Estado, de la política y de la democracia para trabajar sobre problemas gruesos de la Argentina, y esta derecha tiene la astucia de reconocer algunas de esas demandas, ha sintonizado con algunas de ellas. Además, hay un deterioro muy importante del tejido social, del nivel de igualdad, de la calidad del empleo, de la calidad de los servicios del Estado, de la educación, de la salud, y ha construido un discurso muy perverso y dañino que habilita esta violencia. Igual creo que la demanda está más en la economía, y que los discursos negacionistas vienen desde arriba.
–¿Qué desafíos creé que persisten en materia de reivindicación de los programas de memoria y educación relacionados con la política de derechos humanos?
–Romero: Soy relativamente optimista en términos de la vigencia del consenso democrático. Dicho de otro modo: no creo que el eco que tuvo Milei, en el ámbito político y electoral, se extienda a esta reivindicación disruptiva de la dictadura o a los intentos de imponer una narrativa alternativa a la que construyó la democracia durante estos 40 años. Creo que el grueso de la sociedad no compra el paquete completo. Pero sí me parece significativo que estos discursos -que habían estado muy marginados o relegados a la familia militar y a algunos grupitos de extrema derecha- hoy tengan un lugar institucional y un espacio mucho más visible y amplificado en la discusión pública. Si miramos todos estos años de democracia, en general hay alguna asociación entre los momentos de aparición de estos reclamos y las crisis económicas, momentos de debilidad de los gobiernos democráticos por las sucesivas crisis económica que dieron algún cauce a esta idea de la dictadura como un lugar de orden.
–¿Cómo evalúa el paso del menemismo?
–Romero: El momento de Menem, por ejemplo, fue de regresión, más por razones pragmáticas que ideológicas cuando intentó clausurar la discusión, pero logró un efecto ambiguo porque, por un lado, fue un momento muy regresivo con los indultos, y dejó latentes un montón de demandas y reclamos por Memoria y Justicia. Pero, a su vez, le quitó al Partido Militar su principal razón de ser en ese momento, le sacó su principal bandera. Al mismo tiempo de la aplicación de sus políticas neoliberales y del desfinanciamiento general del Estado, debilitó brutalmente a las Fuerzas Armadas.
–¿Y del kirchnerismo?
–Romero: Fue un momento de matrimonio entre la agenda de los organismos de derechos humanos y las políticas estatales de Memoria, Verdad y Justicia porque el kirchnerismo hizo propias las demandas, los reclamos y la agenda. Si bien llegó a crear algún tipo de rispideces, es un muy valioso en perspectiva porque se avanzó muchísimo. Se hicieron muchos juicios por la verdad, se conoció mucho más de lo que sabíamos, pero también -como contrapartida- aparecieron con más fuerza algunas de estas voces negacionistas y reivindicaciones larvadas o banalizantes. Y digo esto porque hay un arco de discursos que no siempre son negacionistas, pero sí sinuosos y versiones más sofisticadas que armaron una narrativa alternativa en un mundo que incorporó a Victoria Villarruel, Cecilia Pando o Agustín Laje y otras voces más nuevas.
–¿Y qué trajo esa novedad?
–Romero: Viene de la mano del cambio generacional y la aparición de fenómenos seductores como Milei, sobre todo para varones jóvenes menores de 35 o 40 años, que no tienen una memoria viva de la dictadura. Y por eso pueden usar como provocación el tema de la violencia o tomar con sorna la idea de la provocación, por ejemplo, con un Falcon verde.
–Si continuamos con esa línea de pensamiento, ¿qué cree que persiste como desafío a partir de este recambio generacional?
–Romero: El desafío es salir un poquito de las convicciones y de los discursos de nicho y construir alternativas políticas que aborden a un universo de gente que puede no estar contenida en las seguridades que tenemos los que estamos politizados o convencidos de que puede existir algo mejor.