Considerado uno de los mayores expertos en geopolítica de América latina, el brasileño José Luis Fiori escribió en caliente, y todavía sin resultado a la vista, su análisis del bombardeo sobre Irán. Lo acaba de publicar en el boletín del Observatorio del Siglo XXI, que dirige junto con el argentino Andrés Ferrari Haynes. Aquí el texto completo, que incorpora un elemento inquietante: el de la guerra religiosa.
“Liberamos las manos de nuestros combatientes para intimidar, desmoralizar, cazar y matar a los enemigos de nuestro país.”
Pete Hegseth, secretario de Defensa de EE. UU., en O Globo, 15-3-2026, p. 20
El “orden mundial basado en reglas” entró en colapso después del ataque militar de EE.UU. e Israel contra Irán, el 28 de febrero de 2026. Un ataque sin justificación que se llevó a cabo en medio de una negociación diplomática que estaba en pleno curso entre EE. UU. e Irán.
Por parte de Israel, se trata de un viejo proyecto acariciado durante muchos años por su primer ministro, Benjamin Netanyahu: conseguir el apoyo del gobierno norteamericano para realizar un ataque masivo contra las instalaciones nucleares y contra el sistema de defensa balística del Estado iraní, con el objetivo, en última instancia, de derrotar y someter al pueblo persa a los designios del pueblo judío.
Por parte de EE. UU., sin embargo, las cosas están menos claras, y todo indica que el presidente norteamericano terminó sometiéndose a los argumentos del primer ministro israelí. Basta observar que, desde el primer momento del ataque, el presidente Donald Trump cambió varias veces de opinión, demostrando inseguridad con respecto a los objetivos de la estrategia de guerra. Y todo indica que, en efecto, el presidente norteamericano se dejó seducir por el plan israelí de una guerra corta y de una victoria rápida y fácil, obtenida mediante la decapitación de las principales dirigencias civiles y militares de Irán.
Aun así, no hay duda de que esta declaración de guerra encaja perfectamente en el proyecto del presidente estadounidense de reafirmar el poder militar de EE. UU. y reconstruir su supremacía unipolar dentro del sistema mundial. Tal como ya había ocurrido con su “guerra arancelaria” contra el mundo y con sus ataques o amenazas contra Venezuela, Colombia, Cuba y Groenlandia, contra sus propios aliados europeos y, además, contra China.
Un mundo sobresaltado
La verdad es que, a través de estas amenazas y de sus acciones concretas, y más aún, a través de su presencia diaria en la prensa mundial, el presidente norteamericano viene logrando mantener al mundo en un estado de permanente sobresalto, transformando la incertidumbre y el miedo en las piezas centrales de su estrategia de poder personal y del propio poder de EE. UU.
En las primeras horas del ataque, las fuerzas israelíes mataron al ayatolá Alí Jamenei y a buena parte de la cúpula dirigente del Estado y de las Fuerzas Armadas iraníes. Pero en pocas horas la dirigencia civil, religiosa y militar del país se reorganizó y contraatacó, de manera implacable, a Israel y al territorio de sus vecinos árabes donde están instaladas las 19 bases militares estadounidenses distribuidas por Oriente Medio. La mayoría de los analistas internacionales, así como los mandos militares de Israel y de EE.UU., fueron sorprendidos por la rapidez y la precisión destructiva de la respuesta iraní y, con ello, dos semanas después del inicio de las hostilidades, la guerra tomó un rumbo completamente imprevisto e imprevisible, involucrando a un número cada vez mayor de países y afectando en cadena a toda la economía mundial. Empezando por la escasez y el aumento de los precios mundiales del petróleo y de la energía, y de los fertilizantes y alimentos en general, golpeados por el cierre del estrecho de Ormuz, que había sido anunciado desde el principio por los iraníes en caso de ser atacados, pero que no fue tomado en serio por las fuerzas invasoras.
Lecciones de una guerra religiosa
Aun así, después de esta derrota estratégica inicial y de dos semanas de ataques aéreos y destrucción de ambos lados, ya es posible extraer algunas lecciones e identificar algunas consecuencias irreversibles. Empezando por el hecho de que el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, Líder Supremo y máxima autoridad religiosa de Irán, en las primeras horas del ataque, transformó el conflicto en una “guerra santa”, involucrando a dos “Estados religiosos”: Israel e Irán. Y lo que enseña la historia es que, en las “guerras religiosas”, no hay posibilidad de paz. Son guerras que solo terminan (a menos que haya intervención externa) con la destrucción completa del adversario, que debe ser muerto o convertido por la fuerza.
Por otro lado, ya en las primeras horas del conflicto, quedó visible la naturaleza absolutamente ficticia del sistema de Estados árabes del Golfo Pérsico, creado o incentivado por los colonialistas europeos y sostenido por la tutela y protección de las bases militares norteamericanas instaladas en sus territorios. Los sucesivos ataques balísticos iraníes demostraron que esas bases militares no son capaces de proteger a los pueblos de esos pequeños reinos. Más que eso, se mostraron incapaces de impedir la destrucción de su sistema de información y rastreo balístico y de apoyo logístico de todo Oriente Medio, incluido el famoso sistema de defensa aérea de Israel —su Domo de Hierro (Iron Dome)—, que fue perforado de forma sistemática y destructiva por las sucesivas oleadas de misiles y drones persas. Por no hablar de la incapacidad norteamericana para impedir el cierre del estrecho de Ormuz, que obligó a Donald Trump a pedir ayuda a sus aliados europeos y a la propia China, que acaba de ser declarada enemiga número uno de EE. UU., debido a su nueva doctrina estratégica de defensa divulgada en diciembre de 2025.
Por otro lado, desde el punto de vista de sus consecuencias más amplias, como dijimos al principio, este ataque injustificado explicitó de forma definitiva la irrelevancia absoluta del Derecho Internacional para EE. UU. e Israel, instaurando, de forma permanente, el uso de la fuerza y de la guerra como dos pilares del nuevo orden mundial que está naciendo a la sombra del caos, bajo la batuta de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Estos dos países desprecian de forma explícita cualquier intento de legitimar su comportamiento agresivo mediante algún tipo de argumento moral o de ley internacional. Se creó una situación caótica en la que el uso de la fuerza transforma todos los conflictos en una prueba de fuerza, en una guerra, cuyo límite será siempre el recurso a la amenaza o al uso de armas nucleares. Por eso mismo, la amenaza de utilización del armamento nuclear también se transformó en una “moneda corriente” en la prensa y en el discurso de las potencias atómicas.
En este momento, lo que se puede prever es la prolongación de una guerra de desgaste durante varias semanas más, mientras se mantenga únicamente como una guerra de desgaste aéreo. Pero será cada vez mayor el riesgo de que esta guerra se transforme en una amenaza existencial, sobre todo para Israel, que dispone de armamento atómico. Y lo mismo puede decirse de EE. UU., porque la simple prolongación de la guerra ya representa una derrota estratégica para un presidente que se comporta y gusta de ser visto como un gobernante violento e imprevisible que dispone de armas nucleares tácticas. En este caso, sin embargo, no debe descartarse un contraataque iraní contra las centrales nucleares de Israel, lo que tendría un efecto análogo al lanzamiento de una bomba atómica.
Fuera del campo de batalla, existe apenas un factor que puede ser capaz de interrumpir el avance de esta “marcha santa” de la insensatez, de la inclemencia y de la inhumanidad. Y ese factor puede llegar a ser el impacto económico de la guerra dentro de EE.UU., junto con su efecto en cadena sobre la economía mundial. Ese impacto debe ser cada vez mayor, y puede alcanzar niveles insoportables, en caso de que la organización militar de los hutíes de Yemen se ponga del lado de Irán y decida cerrar también el estrecho de Bab el-Mandeb, que da acceso al mar Rojo y al canal de Suez, provocando así una ruptura sin precedentes del sistema mundial de energía y comercio. En ese caso, con certeza, la presión sobre el presidente norteamericano a favor de la paz, dentro y fuera de EE.UU., puede volverse insoportable, aunque sea solo por los intereses electorales de Donald Trump.
El mundo está atravesando un momento de incertidumbre radical, y todos los caminos y escenarios futuros son mera especulación. Pero los dados ya han sido lanzados, y las grandes y medianas potencias del mundo ya se están ajustando a la nueva realidad y al nuevo orden forjado por el bastón de la fuerza y de la inclemencia. Procuran asegurar su soberanía energética y rediseñan sus economías de guerra para el momento en que tengan que enfrentar la violencia y la arbitrariedad del imperio militar global de EE. UU.