Alejandro Cohen Arazi filmó la aldea de aquellos hombres que enfrentaron la reconstrucción del dolor de las torturas y desapariciones ejecutadas por la dictadura cívico militar, que se conocería como el libro Nunca Más, una obra monumental que concentra la tragedia contemporánea argentina.
“Ea ea ea ea, ea ea ea eh/ No queremos el olvido/ no queremos amnistía/ Lo que el pueblo está exigiendo/ es aparición con vida”.
Mientras las plazas del país explotaban de fervor cantando esa canción, en el segundo piso del Centro Cultural General San Martín (CCGSM), en Buenos Aires, se empezaba a armar un equipo heterogéneo con mucha voluntad y muy poca preparación. En nueve meses, los empleados de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) elaborarían un informe que fue la base de la prueba para el Juicio a las Juntas y que hoy se sigue usando en distintos tribunales.
El origen
El informe, conocido como el Nunca Más, fue presentado al presidente Raúl Alfonsín por la comisión de notables encabezada por Ernesto Sabato y adquirió trascendencia internacional.
Pero nadie había puesto el foco en los hombres y mujeres que se encargaron de recibir las denuncias sobre desapariciones y torturas, lograron entrecruzar la información, detectar la existencia de unos 400 centros clandestinos de detención, elaborar una lista de desaparecidos y otra de represores y torturadores. Hasta ahora.
El estreno de Conadepianos, a 50 años del golpe cívico militar de 1976, muestra a esos trabajadores, varios de ellos militantes por los derechos humanos, sobre quienes recayó una tarea histórica. Basado en entrevistas que grabó Martín Mujica en el Archivo Nacional de la Memoria en 2014, Alejandro Cohen Arazi armó un collage que muestra la determinación y la incertidumbre, el miedo y el coraje de personas -muchas de ellas veinteañeras- que se pasaron día y noche recogiendo y sistematizando los testimonios de los familiares de las víctimas.

Conadepianos, que será proyectada en el cine Gaumont el 23 (20.30 hs.) y 27 de marzo (19 hs.), es un documental de cabezas parlantes grabado en la exEsma que evita entrar en los detalles macabros de la experiencia de los detenidos y desaparecidos.
Con una música incidental sutil, encabezada por las notas de un piano, deja que los protagonistas recuerden su experiencia y coincidan en la valoración de su tarea décadas después de 1984: para todos fue “el trabajo más importante de nuestras vidas”.
Máquinas de escribir, teléfonos a disco, ceniceros desbordados y un par de computadoras con letras verdes en las pantallas. Ese es el ambiente de trabajo que quedó registrado en las fotos de Enrique Shore, el único fotógrafo de la Conadep.
El principio
Apenas cinco días después de asumir, Alfonsín firmó el decreto que creó la Comisión. Atrás quedó la idea pre-elecciones de armar una comisión bicameral, según algunos, por la poca colaboración que prestaría el peronismo y sus gobernadores.
Para la sociedad argentina y el mundo, la comisión fue presentada con un elenco de personalidades súper amplio y alejado de tendencias políticas manifiestas. Eran doce representantes de la sociedad civil y la cultura: además de Sábato, tres académicos: Ricardo Colombres, abogado y exrector de la Universidad de Buenos Aires; Hilario Fernández Long, decano de la Facultad de Ingeniería (UBA) y Gregorio Klimovsky, matemático y filósofo; tres religiosos: Carlos Gattinoni, pastor evangélico de la Iglesia Metodista Argentina; Marshall Meyer, fundador del Seminario Rabínico Latinoamericano, y el obispo Jaime de Nevares; los diputados radicales Santiago López, Hugo Piucill y Horacio Huarte; el filósofo Eduardo Rabossi, la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú y el médico René Favaloro (que renunció en desacuerdo a que la comisión no estuviese facultada a investigar los crímenes de la Triple A).

Al principio fueron cinco empleados bajo la órbita del Ministerio del Interior, el mismo encargado de tramitar las denuncias por detenciones. Terminaron siendo 120. Los asistentes sociales que ya estaban en el Ministerio fueron abandonando la tarea. Lo mismo pasó -según cuenta un trabajador- con el equipo de psicólogos que asistía a los que recibían las denuncias. Entonces se acercaron personas sugeridas por los “notables” y por Graciela Fernández Meijide, secretaria de recepción de denuncias.
María Eugenia Lanfranco estaba de vacaciones en la playa cuando leyó la primera noticia sobre la Conadep. Aunque no tenía militancia, quiso participar. Tocó timbre y después de un par de entrevistas informales, pasó a integrar el equipo.

Los primeros tres meses recibieron pocas denuncias. Pero los siguientes, cuando el trabajo comenzó a conocerse en los medios y entre los familiares de víctimas, mucha más gente se animó.
Algunos testimonios, sobre todo del AMBA, contaban con mucha documentación como denuncias en la policía y hábeas corpus presentados por los familiares, y ocupaban varias páginas. Otros, sobre todo en el interior, donde la comisión se trasladó, contaban solo con la fecha y el lugar en que los desaparecidos habían sido chupados. “Era solo un párrafo”, recuerdan en la película.
“Con vida los queremos”
La Comisión empezó con la idea de encontrar a los desaparecidos vivos. Un rumor decía que estaban en un campo de concentración en la Patagonia. Un familiar le preguntó a Lafranco: “¿Usted me va a encontrar a mi hijo?”. Al poco tiempo de comenzar, tuvieron que aceptar que muchos habían perdido la vida. Algunos represores, presos por distintos delitos en esa época, confirmaron eso al declarar en la Conadep. Fue la primera vez que Hugo García escuchó la frase “éramos dioses”, que marcaba el sentimiento de los represores al disponer de la vida de los detenidos.
Silvia Di Florio, otra trabajadora, explica que el método de trabajo en la Comisión fue una “improvisación creativa”. Sin preparación sobre cómo desarrollar las entrevistas y cómo sistematizar la información recabada, cada empleado anotaba en cuadernos los datos, que después eran revisados por la gente del archivo.
El entrecruzamiento era mental o se daba en las charlas. Si un liberado mencionaba que en su detención escuchaba un tanque de agua goteando y el dato se volvía a repetir en otro testimonio, podían deducir que ambas personas habían estado detenidas en el mismo lugar.
En un momento, los empleados hicieron una vaquita, compraron un mapa de Argentina y chinches de colores para marcar la ubicación de los centros clandestinos y a qué fuerza pertenecían.
También hubo que “bautizarlos”, darles un nombre. Es el mapa que se ve en la película ‘Argentina, 1985’.
Un aparato intacto
El aparato militar estaba intacto y el miedo también. Cuando visitaban los centros de detención, los laburantes eran trasladados en autos Falcon del Servicio Penitenciario. Era común recibir amenazas de bomba por teléfono. Los empleados lo comentaban así nomás y seguían trabajando. No contaban con ningún tipo de custodia, y lo mismo pasaba con el material. Cualquiera podía entrar al edificio de Sarmiento 1551.
Un día descubrieron que los archiveros de metal habían sido abiertos la noche anterior. La solución fue sellar los cajones de metal todas las noches con cinta de embalar y cortarlas al día siguiente. Enseguida se volvió un enchastre.
Otro día, un represor preso llegó a la oficina y le dijo al que recibía la denuncia: “A aquel empleado de allá lo conozco, es militar”. Los habían infiltrado.
Hacia el final de los nueve meses de trabajo, el informe estaba guardado en una caja fuerte. Alguien la abrió y sacó varios capítulos. Pero los trabajadores tenían algo de experiencia en “contrainteligencia”: todo el material había sido fotocopiado.
Una noche Roberto Berdún, que falleció después de la entrevista, se quedó a dormir en la casa de un amigo y al despertar vio a un hombre que lo apuntaba con un arma. Pero se restregó los ojos y volvió a mirar: era un perchero con ropa.
Los Conadepianos
El informe CONADEP, luego conocido como informe Nunca Más, fue presentado al gobierno el 20 de septiembre de 1984 mientras multitudes se manifestaban frente a la Casa Rosada.
También tuvo su programa especial en la televisión, donde el ministro del Interior, Roberto Tróccoli, hizo una introducción abonando a la teoría de los dos demonios: habló de un “brote subversivo que llegó a las playas argentinas e impactó a la sociedad”, como muestra el documental.

Los notables decidieron no incluir los nombres de los represores en el informe final. En ese momento, muchos trabajadores se sintieron desilusionados. Sintieron que la investigación llegaba mucho más profundo que lo que el público finalmente conoció.
Pero, con el tiempo, los protagonistas de ese trabajo hercúleo reconocieron que “se hizo lo que se pudo para ese momento histórico”.
Es lo que dice, en la presentación del documental para la prensa, Paloma Wigodzky. Ella y sus compañeros siguieron en contacto a lo largo de estos más de cuarenta años. De hecho, Paloma participa en un grupo de WhatsApp que se llama “Las chicas de la Conadep”. O, como las rebautizó el documental, Conadepianos.