Parte de los éxitos electorales de las derechas gritonas se debe a la desconfianza, al rechazo hacia una dirigencia política que mantenía, a izquierda y derecha, un discurso políticamente correcto pero que no atendía a las demandas de los de Abajo y de los del Medio, siguiendo la clasificación simple pero útil que hacía Orwell. Los desaforados las atienden, al menos. No las solucionan, pero eso se sabe después.
Comparto el comienzo, que es también el planteo central, de un artículo que alguien acercó a un grupo de Whatsapp -así es el diálogo en estos tiempos digitales. A mí me hizo ruido, y quiero discutirlo aquí:
«Mientras buena parte del sistema político se entretiene contando votos como quien cuenta porotos, algo más profundo —y más inquietante— viene ocurriendo: una falla estructural en la representación democrática convive con el avance de derechas cada vez más radicalizadas, algunas ya sin pudor en sus guiños neofascistas. Y, sin embargo, su crecimiento electoral no significa que representen a la sociedad: significa que aprendieron a intervenir en la subjetividad.
No ganan porque traduzcan demandas reales ni porque ofrezcan soluciones consistentes. Ganan porque logran instalar un clima afectivo donde el miedo, la angustia y la desconfianza funcionan como dispositivos de gobierno antes incluso de gobernar. La operación es conocida: construir enemigos disponibles —migrantes, “kukas”, “comunistas”, cualquiera que pueda ser señalado como amenaza— y encuadrar allí todas las frustraciones sociales. Una simplificación brutal que, aun así, rinde políticamente.
La novedad no está en la fórmula, sino en la sofisticación de sus mecanismos. No se trata solo de discursos encendidos en redes sociales, sino de verdaderas estrategias psicopolíticas que buscan moldear la percepción…«
Esta nota de Nora Merlin apareció en la contratapa de Página 12 hace meses, el 21/11/25. No me «hace ruido» por el estilo. Está bien escrita. Tampoco el ruido se debe a que crea que no habla de fenómenos reales. Discrepo sólo en un punto clave, que más adelante menciono.
Le apunto porque refleja bien una mirada muy común entre quienes comunican de Este Lado, la oposición a la experiencia Milei. (Ojo: también se la encuentra en comunicadores del Otro Lado).
Y ese es el primer aspecto del asunto que me interesa discutir: ¿por qué toda esa buena gente que denuncia cómo la «Derecha» manipula subjetividades con estrategias psicopolíticas, porque no las usa para el lado del Bien?
Por mi parte, estoy demasiado jubilado como consultor político para asumir las exigencias de una campaña «full time». Pero hay muchos colegas más jóvenes, capaces, con honorarios razonables.
En realidad, esto toca el segundo punto que me interesa traer al debate. No tengo buena opinión de la propaganda política que hoy se está desplegando en Argentina. Ni la de las huestes del devaluado «mago del Kremlin», ni tampoco la que lleva adelante la entusiasta pero desorganizada militancia peronista (no hay otro proyecto político serio disputando el poder nacional).
Ambas campañas -con muchos videos y reels, mucha IA- están dirigidas a los «propios», los ya convencidos. Está bien, hay que reforzar la identidad. Pero con eso no alcanza. Ni un lado ni el otro de la «grieta» actual tiene bastantes seguidores, votantes «propios» para conseguir los apoyos necesarios para gobernar. Necesitan, al menos, de los que no quieren que ganen los «Otros».
Ahora, estos son puntos técnicos. Instrumentales. Hay un supuesto decisivo en ese texto de la licenciada Merlin. Y también en el discurso de los que desde el progresismo o el liberalismo de izquierda se enfrentan en los países occidentales a la runfla de impresentables que aparecen como las «derechas alternativas».
Es éste: «No traducen demandas reales (de sectores sociales)«. Ahora, se puede decir que una demanda colectiva es equivocada, o injusta. Pero, ¿que no es real? Ahí te lo explican: proviene de una falsa conciencia. No puede ser que el «verdadero» sujeto social quiera cosas feas.
En mi falible opinión, esa actitud explica parte de los éxitos electorales de las derechas gritonas. La desconfianza, el rechazo hacia una dirigencia política que mantenía, a izquierda y derecha, un discurso políticamente correcto pero que no atendía a las demandas de los de Abajo y de los del Medio (la clasificación simple pero útil que hacía Orwell).
Los desaforados las atienden, al menos. No las solucionan, pero eso se sabe después.
El peronismo solía ser aristotélico: «la realidad es la única verdad». Y su dirigencia con responsabilidades de gobierno, gobernadores, intendentes -los que no se mudaron a Puerto Madero- conservan en su mayoría el oído para escuchar los reclamos de los de a pie.
Pero el peronismo tiene también un contenido emocional profundo. Y la numerosa y decisiva franja de militantes y comunicadores -organizados o espontáneos- asocia la noción de «pueblo» con las columnas de obreros que marcharon un 17 de octubre para apoyar a un coronel que les había conseguido grandes reformas en su favor. O mucho más cerca, a esos jóvenes clasemedieros -más muchos veteranos nostálgicos- que entre 2003 y 2008 redescubrieron el entusiasmo, después del cinismo menemista.
Pero cambia, todo cambia, como cantaba Mercedes Sosa. Hay que escuchar las demandas de hoy. Y tener presente que en la última vuelta no se respondieron.