¿Y ahora qué?

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Leopoldo Fortunato Milei

¿Qué intereses nacionales defiende el Presidente cuando declara ser parte de la guerra contra Irán? No hubo ninguna explicación, ni trivial ni profunda. Además la Constitución le prohíbe declarar la guerra sin el Congreso, pero lo hizo. Igual que Galtieri en 1982, cuando la Argentina vivía en dictadura y no en democracia. Y además, profundizó su aislamiento en la región. La soledad estratégica nunca es buena consejera.

El presidente Javier Milei declaró que la Argentina está «en guerra» junto a Estados Unidos e Israel contra Irán. No consultó a nadie. Lo hizo desde un país con reservas netas negativas por 17.000 millones de dólares, más de la mitad de su población bajo la línea de pobreza y un riesgo país que trepa por encima de los 630 puntos. La advertencia de Teherán, publicada en un medio oficial, no se hizo esperar. Mientras tanto, sus pares de Brasil, México y Colombia optan por el equilibrio diplomático. Una historia de vulnerabilidades, soledades y los ecos de una tradición rota.

El presidente Javier Milei decidió dar un paso que ningún otro mandatario latinoamericano se atrevió a dar. En una reunión de gabinete de la que trascendieron pocos detalles pero un relato con mucha épica, Milei dijo que la Argentina está «en guerra». No en una guerra metafórica contra la inflación o contra la casta, como las que suele librar Su Excelencia. Una guerra de verdad, con bombas, con buques en el estrecho de Ormuz, con misiles que ya volaron sobre Medio Oriente y con Irán del otro lado del mostrador.

Después, en la Universidad Yeshivá de Nueva York, el Presidente fue más explícito: «Irán es nuestro enemigo. Nos han metido dos bombas, una en la AMIA y otra en la Embajada de Israel. Por lo tanto, son nuestros enemigos. Además, tengo una alianza estratégica con Estados Unidos e Israel». Hablaba ante un auditorio que lo aplaudía. Afuera, en la Argentina real, el Banco Central mostraba reservas netas negativas por unos 17.000 millones de dólares, la industria caía al 3,2 por ciento y 892 empresas cerraban sus puertas en un solo mes.

La historia no sólo es maestra de la vida. También de la ironía. El mismo día en que Milei declaraba su guerra, el diario oficialista Tehran Times publicaba una respuesta con nombre y apellido: «Argentina se ha presentado oficialmente como enemiga de Irán y se ha alineado con Estados Unidos y el régimen sionista en la agresión militar contra nuestra nación. Esta es una línea roja imperdonable que ha sido cruzada». La nota, firmada por Saleh Abidi Maleki, prometía una «respuesta proporcionada». Desde la Casa Rosada, el vocero Javier Lanari respondió con la firmeza de quien no tiene un país frágil y fragilizado aún más por su propio gobierno: «Ninguna amenaza va a cambiar la posición del presidente».

Su Excelencia se jacta de la famosa macro. Pero aunque diga que las reservas son un tema superfluo porque detrás está el secretario del Tesoro Scott Bessent, la Argentina no tiene colchón propio para enfrentar shocks externos. Significa que cualquier perturbación, por pequeña que sea, puede convertirse en una tormenta perfecta. Y en ese momento Donald Trump quizás tenga alguna prioridad mayor que su gobierno amigo en el extremo sur. Irán, quizás. O las elecciones de medio término, en noviembre, cuando se renovará un tercio del Senado y la cámara baja entera.

El riesgo LLA

El riesgo país, ese termómetro que mide la desconfianza de los inversores en la capacidad de pago argentina, superó los 632 puntos básicos. Miguel Kiguel, que fue secretario de Finanzas y no es precisamente un populista, lo explica así: «Nuestra deuda es casi toda en dólares. La acumulación de reservas es más importante para la Argentina que para otros países, justamente porque el margen para absorber tensiones es menor».

Buena parte de los 3.600 millones de dólares que el Banco Central compró este año fue dirigido a atender vencimientos de la deuda. Un dólarducto perfecto.

Todd Martínez, co-jefe de Calificación Soberana para las Américas de Fitch Ratings, estuvo en Buenos Aires y dijo: «No solo queremos ver acumulación mientras se paga la deuda: queremos ver que incluso pagando la deuda haya una acumulación de reservas que genere un colchón frente a un shock inesperado». El shock inesperado se llama Irán. O guerra. Una guerra de la que el país participa aunque nunca fue consultado.

Hay un antecedente, por supuesto: cuando el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri decidió junto a la Armada y la Fuerza Aérea desembarcar en Malvinas en 1982. Cero consulta. Pero claro, la Argentina todavía estaba bajo la dictadura de cuyo comienzo se cumplirán el martes 24 nada menos que 50 años.

Alguien podrá decir que esa mención es injusta con Milei, porque en 1990 Carlos Saúl Menem decidió que la Argentina participara con dos fragatas en la guerra del Golfo. Sin embargo hasta el propio Menem, para reducir el costo político de la decisión unilateral, resolvió someter después la iniciativa al Congreso. El envío de la flotilla fue un hecho consumado, pero someterse al voto de los legisladores terminó constituyendo una confesión de que las cosas deben hacerse de otra manera. No es una opinión puramente política. El artículo 99, inciso 15, de la Constitución, dice que el Presidente “declara la guerra y ordena represalias con autorización y aprobación del Congreso”.

Mientras Milei declara la guerra desde los atriles, la economía real muestra signos de desgaste profundo, como lo explican en esta edición Cristian Módolo y Guido Aschieri.

El ajuste fiscal, celebrado por el Gobierno como el principal logro de la gestión, se sostiene sobre recortes que afectaron a 13 de los 16 rubros principales del presupuesto, con caídas del 62 por ciento en programas sociales y del 47 por ciento en transferencias a provincias.

¿En serio es una bendición?

Algunos analizan la guerra actual con el criterio de la Segunda Guerra Mundial, cuando la Argentina se vio forzada a sustituir importaciones y eso generó un efecto virtuoso. El barril de Brent ya superó la barrera de los 100 dólares, y analistas de riesgo no piensan que sea delirante imaginar una carrera hacia los 150 o incluso 200 dólares, angostamiento del estrecho de Ormuz mediante.

Su Excelencia confía. Declaró: «Argentina va a tener una mejora de los términos de intercambio, porque está subiendo el petróleo, también la soja, el maíz, el girasol y nuestro país es exportador neto». Considera que los efectos del conflicto serán transitorios y que, tras su paso, se producirá un reordenamiento político global que beneficiará a los países que están «del lado correcto».

El problema es que la Argentina no es solo un exportador de energía. Es también un país que necesita dólares para sostener su estructura de pagos y que enfrenta un calendario de vencimientos de deuda que, según JP Morgan, promedia los 27.700 millones de dólares anuales entre 2027 y 2030. El superávit energético, por más abultado que sea, no alcanza para cubrir ese agujero.

Además, como advirtió Martínez de Fitch, la suba del petróleo tiene un efecto ambiguo: mejora los términos de intercambio, pero complica la desinflación y afecta el crecimiento. Si alguien no cree en ese escenario, puede preguntarle en privado a Trump qué es lo que más teme si la guerra se alarga. O a Lula, que encima soporta una campaña en contra por parte de la ultraderecha, según cuenta Sergio Kiernan. La inflación, que el Gobierno esperaba llevar a cero a mediados de año, se mantiene en niveles cercanos al 3 por ciento mensual. El propio ministro Caputo extendió el horizonte desinflacionario hacia septiembre u octubre.

El riesgo de ser blanco

La declaración de Milei no es inocua. Irán tiene capacidad de proyectar poder más allá de Medio Oriente, a través de sus aliados y de operaciones encubiertas. En América Latina, la presencia iraní se ha denunciado en distintos momentos, particularmente en la triple frontera.

El Gobierno parece pensar el tema como si fuera puramente ético. Un razonamiento es así: si Irán es el principal sospechosos de los atentados en Buenos Aires de 1992 y 1994, hay que tomar partido en la guerra. Y se completa de este modo: hay que estar donde están los Estados Unidos e Israel.

No se trata de amor y odio. En ambas ideas no hay ninguna profundidad estratégica. Y aun desde un punto de vista ortodoxo, sumar incertidumbre a la fragilidad es suicida hasta si se mira el tema con ojo financiero.

De paso: nada de consultar a los vecinos. Ningún contacto con Brasil. De coordinar, ni hablar. Como si la Argentina estuviera sola en la región. Como si bastaran los mimos con José Luis Kast, el flamante presidente chileno que se dedica a cavar zanjas para que no pasen los bolivianos.

Las críticas internas

Juan Gabriel Tokatlian, analista prestigioso de las relaciones internacionales, señaló que «la tradición diplomática argentina siempre se basó en la prudencia y la neutralidad. Romper con eso sin un beneficio claro y tangible para el país es un error de proporciones».

José Siaba Serrate, economista, agregó un matiz: «En un contexto de fragilidad externa, sumar un riesgo geopolítico es lo último que necesita la Argentina. El mercado ya está castigando los bonos argentinos más que a otros emergentes, y esto podría profundizarse».

El contraste regional

La falta de consulta o coordinación regional de Su Excelencia seguramente se deba a que no quiere escuchar refutaciones más que posibles.

El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva condenó el ataque perpetrado contra Irán por parte de Estados Unidos e Israel. Y también condenó la respuesta militar de Irán contra Arabia Saudita, Baréin y Qatar. Celso Amorim, asesor especial en asuntos internacionales de Lula, fue más allá: «Nadie es juez del mundo. Matar a un líder de un país en ejercicio es condenable e inaceptable. Debemos prepararnos para lo peor». Y predijo «un drástico aumento de las tensiones en Oriente Medio, con un gran potencial de escalada».

En México, Claudia Sheinbaum fijó una posición basada en principios constitucionales. «México siempre va a luchar por la paz», afirmó. La cancillería mexicana expresó su preocupación e hizo un llamado a todas las partes «para que privilegien la vía diplomática y se abstengan del uso de la fuerza». Sheinbaum recordó que la Constitución mexicana establece los principios de autodeterminación de los pueblos, no intervención y solución pacífica de controversias. Los mismos principios de la carta fundacional de un organismo que ya nadie recuerda: Naciones Unidas.

En Colombia, Gustavo Petro cuestionó al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu: «Netanyahu hoy lanzó un misil matando 108 niñas de un colegio de primaria en Irán. Ese ataque es ilegal». Y pidió la creación de «un gran frente mundial contra la guerra» que promueva «un pacto por la vida de la humanidad».

Y además, otra espalda

Hay principios y tradiciones. Y hay números. Para tomar parámetros de los que gusta Su Excelencia, Brasil tiene reservas internacionales superiores a los 350.000 millones de dólares. Aunque a Lula puede afectarle la inestabilidad mundial, tiene margen para absorber shocks externos. México tiene una relación deuda/PIB del 50 por ciento y acceso fluido a los mercados internacionales. Colombia, aunque con desafíos fiscales, mantiene un perfil de deuda manejable y un riesgo país sensiblemente inferior al argentino.

La declaración de Milei deja a la Argentina en una posición incómoda y solitaria en la región.

Mientras Lula, Sheinbaum y Petro mantienen líneas de diálogo abiertas con todas las partes y preservan su autonomía diplomática, la Argentina de Milei apuesta todas sus fichas a un escenario de victoria rápida de Estados Unidos e Israel. Es una apuesta que recuerda a otras épocas, a otros alineamientos, a otras promesas que nunca se cumplieron. El toma y daca con el que fantaseó Galtieri fue apoyo en Malvinas porque antes la Argentina cumplió con los Estados Unidos enviando a América central entrenadores expertos en tortura. Falló. Nunca llegó el trade off, el intercambio que suele encandilar a los diplomáticos cuando ignoran la historia. Las decisiones de la Casa Rosada están al nivel del tuit sobre $Libra convenido con Mauricio Novelli y la habilidad diplomática del experto en aviación pública y privada Manuel Adorni.

A la vulnerabilidad financiera y a la fragilidad social, Su Excelencia le está sumando otra faceta: la soledad estratégica. Y la soledad nunca es buena consejera.

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