¿Y ahora qué?

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Menos empresas, menos competencia, menos innovación, menos empleo

El modelo libertario premia al que genera dólares, no al que genera empleo, por lo que el negocio no es producir. Es valorizar activos mientras que la apreciación del peso y la apertura externa reconfiguran el mapa productivo y el trabajo argentino. El país vuelve a partirse en dos.

Es claro y abierto en la Argentina el divorcio de aquellos que tienen unabaja dependencia del mercado interno y alta capacidad de capturar rentas, como el campo y el subsuelo de la cordillera, en desmedro de aquellos sectores vinculados a la vida urbana como el comercio y la industria. En una parte se halla una porción muy reducida del empleo, en tanto que el restante 80 por ciento del país observa cómo sobrevivir.

En esta nueva experiencia “aleccionadora”: el modelo productivo debe aggiornarse al mundo globalizado y competitivo. Pero los tiempos cambian. Cada nueva apertura se apoya en un aparato productivo concreto. Y en diciembre de 2023, sólo el 1% de las empresas -las grandes- empleaban el 44% del trabajo formal privado, el 77% de la fuerza laboral se ocupaban en actividades de servicios, las empresas contaban con escasos 24 años promedios de antigüedad, el 93% no vendían más allá de los límites de sus provincias y el 95% no realizaban inversiones en Investigación y Desarrollo. Éste es el aparato productivo que tenemos: atomizado, productor de servicios, con organizaciones jóvenes, apenas integradas a las cadenas provinciales y que no invierte en nuevos desarrollos.

Con este cuadro de situación, las consecuencias no tardaron en llegar. Dos años después, según las estadísticas oficiales del Ministerio de Capital Humano- Secretaría de Trabajo de la Nación-, el conjunto de empresas se contrajo un 4%, es decir, 21.588 firmas dejaron de funcionar. Cifras netas donde se compensaron con las nuevas aperturas, ergo: el proceso es destructivo no creativo. En tanto que implicó una caída del 2,85% en el número de trabajadores formales. Es un desmoronamiento como el vivenciado en otros procesos de la historia argentina que alcanza a casi la totalidad del territorio nacional.

La apertura tuvo efectos distintos según cada provincia.

Donde hay renta extraordinaria, hay expansión. Donde no, hay ajuste.

En efecto, la Ciudad de Buenos Aires perdió el 3,5% de empleo y también el 2% de sus firmas. En cuanto a la principal generadora de riqueza, la provincia de Buenos Aires, la tendencia es similar: caída del 3% en trabajadores y 3% en empresas. Pero el verdadero golpe está en el norte. Catamarca, Formosa, La Rioja, Santiago del Estero: números en rojo profundo. Caídas de dos dígitos en algunos casos como la provincia de La Rioja que perdió casi el 15% de sus trabajadores formales.

Formosa también pierde el 12% de su mercado laboral. Santa Cruz no se queda atrás: -14%. Tierra del Fuego completa el cuadro: -12%. El sur, que supo ser refugio, hoy ajusta.

En el medio, provincias que resisten sin despegar. Córdoba cae (-3% en empleo), Santa Fe también (-2%) y Mendoza pierde el 4,6% de sus firmas. No colapsan, pero tampoco empujan. Son motores que giran en vacío.

Chaco, Corrientes y Misiones muestran un deterioro persistente. Menos empresas, menos empleo, menos densidad productiva. Completan el mapa “en rojo”, La Pampa, San Luis, Entre Ríos con retrocesos moderados pero consistentes.

Sin embargo, sólo una provincia escapa de la regla: Neuquén. Crece 18% en empleo y también en empresas. Vaca Muerta no es solo energía: es una burbuja de dinamismo en un país que se enfría. Y la realidad nacional expone el contraste.

El futuro

Si las tendencias actuales se sostienen, el escenario que se proyecta es claro: caídas de miles de empresas en los próximos meses –especialmente hacia fines de año-, mayor concentración y un mercado laboral cada vez más fragmentado. La economía tendería a apoyarse en sectores dinámicos, intensivos en recursos y con baja capacidad de generación de empleo, mientras amplias porciones del entramado productivo —sobre todo pymes y economías regionales— seguirían perdiendo vitalidad.

En lo social, el impacto es igual de profundo. La caída del empleo formal no desaparece: se transforma. Se traduce en más informalidad, más cuentapropismo precario y menor estabilidad en los ingresos superando el 50% de informalidad laboral. Por eso las estadísticas de desempleo del INDEC no reflejarán abruptas tasas de desempleos. Esto se irá percibiendo en el tiempo cuando el poder adquisitivo siga bajando. Esto implica una sociedad más desigual y con menos movilidad.

A futuro, no se trata solo de cuánto varíe la economía, sino de cómo queda configurada. Un sistema con menos empresas es también un sistema con menos competencia, menos innovación y menor capacidad de recuperación. Y un mercado laboral más débil es, inevitablemente, un tejido social más frágil.

Si no hay cambios en la dinámica actual, el cierre de empresas no terminará y se profundizará la reconfiguración productiva: un país dividido en dos, más concentrado y con mayores dificultades para generar valor agregado. ¿Este esfuerzo, entonces, no vale la pena? Definitivamente no es el modelo de desarrollo que nos contenga a todos.

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