¿Y ahora qué?

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Una historia personal de los años de plomo

Dos protagonistas con nombre y apellido, mendocinos ellos: el dentista Carlos Botello Vargas y el autor, Guillermo Ariza. Dos hechos: uno antes de la dictadura y otro después. La víctima de ambos es el propio Ariza, que tantos años después cuenta todo.

El odontólogo Carlos Botello Vargas era hermano de Sarita, una querida amiga de mi madre que seguramente por eso fue designada como mi madrina de bautismo. La recuerdo con enorme afecto por el cariño invariablemente expresado en nuestros muy esporádicos encuentros, donde a veces concurría su hermano, el sujeto principal de estas evocaciones.

Botello era alto, fornido, pintón de ojos celestes, rubio tirando a colorado y de piel muy blanca, o al menos eso le parecía a quien por entonces era un chico interesado en hacerse una idea de todo y de cada uno de los seres vivos que encontraba en su camino.

El profesional amigo de mi familia tenía su consultorio privado en la Av. San Martín, casi esquina Vicente Zapata, enfrente del moderno edificio del Correo Central de Mendoza y casi en diagonal con la iglesia jesuita del Sagrado Corazón, de magnífico y dorado retablo barroco.

En esos consultorios también atendía el Dr. Sevilla, que era el dentista de nuestra familia, y en consecuencia nos veíamos de paso con cierta frecuencia. Apellido sefardita, grueso de cuerpo y mirada siempre sonriente, nos ayudó a llegar a la edad adulta con abundantes piezas dentales en su lugar.

Se decía que Sevilla era comunista, algo que hay que tomar con pinzas por la época y por aquella sociedad harto conservadora que veía fantasmas por todas partes. Su hija Betty fue compañera nuestra en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Cuyo, con una militancia que hoy definiríamos como progresista. Aunque perdí contacto, supe ha tenido una destacada vida académica tanto en nuestro país como en España y otros sitios hispanoparlantes.

En cualquier caso, si su padre era un hombre de izquierdas, no tenía ningún impedimento en compartir el piso con Botello, con quien tenía un trato ostensiblemente fraternal. Lo divertido de este asunto, al menos hasta este punto del relato, es que Botello era odontólogo con grado castrense (¿teniente coronel?). Un “enganchado”, como se decía en aquellos tiempos.

Por esos años, me tocó pasar la revisión sanitaria para cumplir con el servicio militar. El día fijado llegué al pabellón del hospital que atendía al personal armado y, como parte del procedimiento de rutina, se me indicó que me instalara en el sillón del dentista.

Entonces advierto que el profesional que se acerca para revisarme la dentadura era… ¡Botello Vargas! Mi reacción fue espontánea, diciéndole: “¿Cómo le va doctor?” a lo cual él respondió con una orden marcial: “¡Abra la boca!”. No fuera cosa de mostrar debilidades o preferencias, no señor.

No tuve por años más noticias de él, y recordar esa anécdota de la colimba era divertido, como que cada cual atendía su juego.

Se pudre todo desde el 75

Medio siglo después del golpe de Estado se han escrito centenares de análisis sobre sus características y consecuencias, en un espectro interpretativo que es imposible sintetizar aquí. Citaremos dos sólo para contexto.

En primer lugar la nota sustancial que publicó en esta revista Martín Aguirre (https://yahoraque.com.ar/50-anos/algunas-notas-a-50-anos-del-golpe-la-memoria-sitiada/ ). Y con otros puntos de vista nada banales, se coincida o no con ellos, está también el aporte en Infobae de Claudia Peiró: https://www.infobae.com/opinion/2026/03/24/24-de-marzo-vivir-para-contarlo-con-un-sentido-de-verdad-y-justicia-historica/

En este relato testimonial tenemos que remontarnos a noviembre de 1975, estando en vigencia el estado de derecho, cuando en la madrugada del 22 al 23 de ese mes una fuerza de tareas conjunta de Ejército y Policía de Mendoza intentó ingresar a los tiros en nuestra casa de Godoy Cruz, una construcción sólida tipo chalet con jardín delantero como eran frecuentes en esa época. La había construido para mis padres veinte años antes con amistoso celo nuestro tío el ingeniero civil Luis Alberto (Lucho) Ariza.

Quizás quien disparó aquella noche dos balazos calibre 45 a la cerradura de la puerta principal había visto demasiadas películas de bravos policías norteamericanas porque creyó que con eso bastaba para irrumpir luego a las patadas en el domicilio, lo cual, desde luego, no ocurrió.

La tozuda y noble puerta quedó bloqueada e inexpugnable, impidiendo el paso de los atacadores quienes vieron frustrado su intento de ingresar aplicando el factor sorpresa (es decir sin mostrar orden judicial, como quien dice, a los patadazos) y reaccionaron del peor modo, o sea ametrallando las ventanas de la planta baja, el primer piso y el portón del garaje.

Alguien contó después varias decenas de orificios de bala sobre esas aberturas, como muestra de la incompetencia y rabia con que actuó ese grupo paramilitar aplicando un ilegal y desmesurado uso de la fuerza a un cometido inconfesable que anticipaba el terrorismo de Estado. No fue un caso aislado, pues acciones de este tipo ya venían ocurriendo en diversos puntos del país, no siempre usando el siniestro nombre de la Triple A.

No abundaré sobre otros aspectos del episodio, que tiene muchos otros ribetes tragicómicos porque no es el objeto de este testimonio, cuya intención es rescatar una conducta valiente en un contexto plagado de bajezas y agravios a la condición humana.

Digamos sólo que les gritamos a los atacantes que dejaran de tirar porque que íbamos a descender a la planta baja, cosa que hicimos encendiendo luces hasta que abrimos una persiana y pasamos al jardín donde los atacantes nos golpearon, encapucharon y maniataron. Fuimos secuestrados en esa ocasión mi cuñado, Raúl Saal, mi hermano Pablo, dos médicos notables en sus especialidades, y quien esto escribe.

Entre los captores había uno especialmente sádico, aunque torpe en su ejecución, pues nos tajeó con algún elemento afilado los tobillos sin lograr cortar el tendón de Aquiles. Con las víctimas impotente afloran esas raras patologías psicológicas.

La “detención” no tuvo carácter legal alguno. A Raúl lo apartaron, maltrataron y arrojaron la noche siguiente en un camino periférico detrás del Cerro de la Gloria. Con Pablo padecimos un interrogatorio con tormentos mientras nuestro partido político, el MID, hacía gestiones ante las autoridades militares para revertir esa afrentosa situación.

Actuaron en ello el ex gobernador de la UCRI (1958-1961) Ernesto Ueltschi, el presidente de la agrupación en Mendoza, Rodolfo Calvo, el apoderado del partido, Héctor (“Pechito”) Corvalán Lima y, representando al conjunto de los compañeros, destacaban por su intensa actividad Angel Cirasino y Juan Chiappinotto, buscándonos en comisarías. El partido envió al día siguiente del secuestro al diputado nacional Ricardo Sangiácomo, cuya presencia debe haber ayudado. Todavía existía, aunque ya muy acotada, la institucionalidad constitucional. Funcionaba el Congreso y aún estaba en la Presidencia de la Nación María Estela Martínez de Perón

La detención se publicó en la prensa local, algo que más tarde no ocurrió en todos los casos.

Como éste no es un relato pormenorizado de aquel episodio, lo resumo diciendo que fui liberado diez días después y mi hermano antes que terminara el año. Aquella noche fatídica de secuestro tuvo más víctimas, por desaparición. Al menos se mencionan dos: el Chino Moriña y otra persona cuyo nombre no he retenido.

Si el objetivo del ataque a nuestra casa fue intimidarnos, no lo lograron. Mi indignación por el atropello era muy motivadora y llegué hasta entrevistarme con el gobernador militar que asumió en la provincia tras el golpe de marzo del año siguiente, el brigadier Sixto Fernández, a quien no dejé de decirle lo que sigo pensando hasta el día de hoy: que las Fuerzas Armadas se disolvieron a sí mismas como institución para la defensa nacional al abandonar toda legalidad y convertirse en terroristas de estado. Y debe añadirse que la reparación no ha sido completa, pues requiere condiciones todavía inexistentes en el país para alcanzar una tan necesaria como genuina reconciliación.

Ahora, la anécdota

Tras el golpe, designaron a Carlos Botello Vargas interventor en dos instituciones: la Federación Económica de Mendoza (FEM), entidad gremial empresaria vinculada a la CGE, donde me desempeñaba como asesor, y la obra social de empleados públicos de la provincia, OSEP.

El gerente de la FEM me llamó por teléfono apenas asumido el interventor e, invocándolo, me dijo que ya no trabajaba allí, sin más. Sin telegrama, sin pedido de renuncia. Sólo una voz entusiasmada y vengativa en el auricular. Puedo pensar ahora, para evaluar a la distancia los tiempos que corrían, que fue un trato suave, dicho no sin ironía.

Recurrí a mi madrina, Sarita Botello, para solicitar una entrevista con su hermano, que me fue pronto concedida.

Me recibió en un pequeño despacho de la OSEP, sin ventanas, y fue una reunión breve. Recuerdo que encaré con mi desafiante planteo sobre la ilegalidad de los procedimientos represivos pero mi interlocutor me interrumpió de inmediato alcanzándome dos o tres hojas escritas a máquina, tamaño oficio, donde figuraban, a lo largo de los años en la Facultad, mis “antecedentes” según el servicio de inteligencia del Ejército.

Usted tiene que conocer esto”, me dijo Botello al darme los papeles, asumiendo una inmensa responsabilidad que ponía su propia vida en peligro si el hecho trascendía.

Puedo especular sobre sus motivos, acaso por la relación cuasi familiar que teníamos, pero mi impresión de entonces fue que estaba cumpliendo con un deber de conciencia, en una actitud de destacable valentía.

La estructura del informe no podía ser más precaria. Carecía de membrete y se alternaban distintos tipos de máquinas de escribir y cintas de impresión, empezando por la fecha y siguiendo con el hecho que describía, confiriéndole un aire de autenticidad debido, paradójicamente, a su desprolijidad.

Por ejemplo: “Día,mes,año. Se reúne con fulano de tal en el bar tal donde planean tomar la comisaría tal”. La reunión había existido y los temas no eran ni por asomo los mencionados, pues generalmente mis conversaciones eran sobre política estudiantil y la situación de la provincia y el país, desde un ángulo de análisis desarrollista, contemplando todas las dimensiones de la vida social.

Como dirigente con exposición pública tenía posición tomada en contra de la lucha armada porque dividía las fuerzas nacionales que, reunidas, pujarían por una transformación profunda de la sociedad y su cultura, para enriquecerlas en términos de justicia social y pleno despliegue de sus capacidades culturales.

Esos “antecedentes” se habían reunido durante años, porque abarcaban casi todo el período de mis estudios universitarios, al menos desde 1968/69. Es decir que fui muy tempranamente registrado como un blanco a abatir y es evidente que quienes comunicaron esos hechos fabricados conocían de cerca mis actividades informando sobre ellas de modo intencionalmente homicida.

Obvio es decir que la inteligencia militar, a juzgar por ese documento, era profesionalmente pésima por lo sesgada y falaz, como si fuese diseñada no a los fines de la seguridad del Estado y su pueblo sino de persecución interna de opositores.

La última “entrada” registrada en esos papeles se refería al discurso que me había tocado brindar en 1972 ó 73 en la colación de grados de mi promoción en la Facultad. Decía que había exhortado a los graduados “a continuar la lucha (revolucionaria, se entiende) hasta la victoria final”. Le dije entonces a Botello, a modo de contrargumentación, que en aquellos años yo estaba convencido que de que la ciencia política ayudaría mucho a mejorar la convivencia en la Argentina y que los profesionales de esa especialidad eran muy necesarios. Una convicción cientificista que hoy me arranca una burlona sonrisa autoindulgente.

Botello, que para ese momento había cumplido su cometido, extendió su brazo por encima del escritorio y tomó de mis manos los papeles diciéndome: “como usted comprende, no puedo dejarle esto”, sin opinar –ni falta que hacía– sobre la tragedia implícita que esas trajinadas hojas de infamia contenían.

No volví a verlo. En esos años lideró el grupo de profesionales que creó la facultad de Odontología de la UNCuyo y, tiempo después, supe que había muerto con su esposa en un accidente en la ruta viajando hacia la costa atlántica.

Tampoco puedo opinar sobre toda su conducta en los años de plomo, pero su actuación en ese momento, en lo que me concierne, fue irreprochable dadas las enormes limitaciones existentes. No viví en Mendoza desde aquellos años e ignoro qué posiciones o actitudes tuvo sobre éstas y otras cuestiones álgidas que no han terminado de saldarse.

Quizás sólo para muestra alcance este botón. Un testimonio entre miles que sangran todavía.

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