Romina y Natalia. Episodio XXII.
Todos los 24 de marzo Giselle recuerda. Ella, ese día de 1976 salió de la casa a tomar el colectivo al colegio y en la cuadra siguiente, el diariero le dijo: “¿A dónde vas, Giselle? Por fin hicieron el golpe. Isabelita está presa en Campo de Mayo. Volvete a tu casa, ¿No ves que no hay nadie en la calle?” Y Giselle se volvió. Era verdad. Aunque fuera temprano, la ciudad parecía ausente. Después notó que pasaban cosas. En realidad, algunas venían pasando desde el año anterior. Las gemelas de la primera división, dos chicas muy flaquitas, idénticas, dejaron de venir. Y las preceptoras fueron recorriendo las aulas de los segundos años para advertirles que de esas hermanas no se podía hablar. Que no se las nombrara. Que el país se estaba saneando.
Unos meses después, una chica de cuarto año se le acercó en el recreo. Gise estaba con otras compañeras. La chica se les acercó mucho y les dijo: “Si les dicen que María Pía de tercero tercera se murió aplastada por un tren, no les crean. Es mentira”.
La chica se fue rápido. Giselle y sus amigas se miraron, no entendieron de qué hablaba la de cuarto, pero enseguida, antes de hacerse preguntas, vino una profesora de gimnasia con una pelota y las hizo jugar al vóley. En la secundaria, durante la época del proceso siempre tenías que estar jugando al vóley en el recreo.
Pasaron los años. Una compañera de facultad de Graciela, mamá de Giselle, fue arrancada de su casa y encapuchada junto a su papá y su hermano. A ella la soltaron. A sus familiares, no.
Y el vecino de departamento, ese cretino, según su esposa, que salió a comprar cigarrillos y nunca más volvió. No era un chiste.
Y más y más casos de los que nunca sabía bien. Conocidos de conocidos a los que no se los veía más. A Giselle nunca le tocó un familiar o amigo directo. En medio del desastre, ella, sus padres, amigos y parientes se dedicaban a criticar la política libre aperturista que también era un desastre.
La democracia fue quitando los velos y dándole impresión. ¿Cómo pudo haber estado caminando durante siete años flotando por sobre una nube de colores sin saber?
Recién en el 2001, cuando la clase media se tambaleaba, ella empezó a incorporarse a las marchas por Memoria verdad y justicia. Estuvo cerca de las madres, ahí, al lado. Se cumplían veinticinco años. Y cada año las marchas se hacían más densas, más concurridas.
Este martes pasado fue. Tenía que encontrarse con un grupo grande de chicas grandes como ella, entre las que estaban Natalia, Romina, Stella, Ricardo, hasta la jueza Cangulari, que siempre va. Fue por la 9 de Julio y vio que a la altura del obelisco el sendero se bifurcaba. Por un lado la Calle Corrientes en loca algarabía con turistas, paseantes y algunos manifestantes, y por el otro, Diagonal Norte se iba preparando. Entraban columnas, se habían ya asentado los puestos de artesanía, comida y remeras. Dos universos distintos por dos vías que se juntan. Ella iba rápida a encontrarse con sus amigas, cuando de pronto, así, en la vereda, con el obelisco en frente, transeúntes variopintos, así, en ese caos no tan caótico, oye una voz joven que le dice a otro: “Los montoneros desaparecieron a Uriburu”.
–¡¿Cómoooo?! –Giselle olvidó su objetivo y caminó dos pasitos a donde estaban los dos jovenzuelos aparentemente hablando de política.
–¡Chicos, qué dicen!
El autor de la frase, que parecía oficiar de profesor libertudo bajalínea, dio un pasito para atrás y dejó hablar a Giselle, que se puso a aclarar a tontas y a locas el entuerto histórico.
–No, chicos, Uriburu fue un milico brutal como todos. Fue el que le hizo el golpe a Yrigoyen en el año treinta.
–¿A quién?
–A don Hipólito Yrigoyen.
El jovenzuelo abrió los ojos. Nunca había oído ese nombre. El bajalínea se hacía un poco el que sabía y no daba bola.
–Vos habrás querido decir “Aramburu”. Ese fue otra bestia que con el petiso Rojas bombardearon la Plaza de Mayo con la gente caminando, yendo y viniendo. Bombardearon al pueblo. Después derrocó a Perón, fusiló gente, proscribió al peronismo, no podías ni nombrarlo. Eso fue la revolución libertadora, más bien llamada “fusiladora”, un período largo lleno de muertes e injusticias sociales. Ubíquense, pichones. Uriburu fue la década infame, la del treinta, la que derrocó a Don Hipólito; Aramburu, la fusiladora que derrocó a Perón. Después a Aramburu,- yo me acuerdo, fue en el ’70, lo secuestraron y lo mataron los montoneros. Pero los montoneros no lo desaparecieron. A esas barbaridades las hacían los milicos.
Después de tan acalorada y apresurada explicación, Giselle siguió su camino. A su grupo no lo pudo encontrar. A la plaza no pudo llegar. Estaba llenísima. Y la avenida de Mayo era impenetrable. Se quedó con la gente, con las agrupaciones, que las había de todo tipo, desde colegios con alumnos, padres, docentes y personal, hasta partidos políticos, sindicatos, asambleas barriales, todos unidos y bien organizados, después de medio siglo de una democracia que no se va a ir.
Igual, Gise se quedó pensando en que ella nunca podría ser una buena profesora de historia. Calificaba e insultaba a los protagonistas de sus relatos sin ninguna serenidad.