¿Y ahora qué?

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Lula al contraataque contra Flavio Bolsonaro

El crecimiento de Flavio Bolsonaro en las encuestas fue un golpe, pero el experimentado presidente creó un comando de campaña y avisó que la va a pelear. La campaña sucia y la interferencia de Trump.

El shock de ver a Flavio Bolsonaro empatando al presidente Lula da Silva en encuestas serias sacudió los porotómetros calibrados para las presidenciales de octubre 4. Que iba a ser difícil se sabía, que la derecha bolsonarista se estaba comiendo a los moderados y centristas también. Pero que el senador hijo del encarcelado ex presidente golpista llegara a los cuarenta puntos sin siquiera hacer un acto… esa no se esperaba. Pues Lula, ochenta cumplidos, está mostrando la vitalidad de siempre y contraatacando en varios frentes. Ya van para diez campañas presidenciales desde 1989 y el hombre algo aprendió.

Lo primero que se hizo fue un análisis frío del fenómeno. ¿Por qué un político menor subió tanto? ¿Portación de apellido? La conclusión es que Flavio concentra la pulsión más derechosa del país y también convoca a los que están cansados de Lula. Encuestas discretas, propias, muestran una sed de nombres nuevos hasta entre los que van a votarlo. Para el riñón del PT ya está claro que la elección va a ser plebiscitaria, por si o no, sin mucho matiz. Y concluyen que el rechazo, el sector que jamás votaría a Lula, está en un treinta por ciento. El apellido agrega un poco, pero no tanto.

La primera estrategia decidida es de consolidación entre los que aprueban la gestión, lo que implica mostrarse en inauguraciones de obras y etapas de programas populares. Ejemplo: Lula en persona visitando Minas Gerais para la entrega de ómnibus escolares. De paso, Lula habló largamente con el senador mineiro Rodrigo Pacheco, un aliado de los viejos, para que se presente como candidato a gobernador. Cuentan los que cuentan que a Pacheco no le encanta la idea, pero lo haría por la causa.

Mientras, el presidente ya formó un comando para la campaña -que todavía ni empezó oficialmente- con históricos suyos. Hubo un desayuno en el que Lula avisó que ve la disputa como “muy dura” y quiere que el comando sea “rápido en las reacciones”. Ahí ya están el presidente del PT Edinho Silva, el secretario de Economía Popular y Solidaria Gilberto Carvalho, el ministro de Desarrollo Social Wellington Dias, el presidente del Banco Nacional de Desarrollo Aloizio Mercadante, la secretaria ejecutiva del Foro de San Pablo Monica Valente, el ex presidente de Petrobras José Sérgio Gabrielli, el ex intendente de Diadema José de Filippi Júnior como tesorero y el secretario general de la Presidencia Guilherme Boulos.

Como se puede ver, en el equipo hay mucho economista y no es casualidad. Brasil tiene la menor tasa de desempleo en añares, acaba de salir del Mapa Mundial del Hambre, muestra crecimiento en el ingreso real de las clases baja y media, tiene la inflación bajo control, revalorizó su moneda sin distorsiones, pero… es pesimista. Una razón, peliaguda de solucionar, es que la tasa básica de interés está en 14,75 por ciento, eso después que el Comité de Política Monetaria del Banco Central la bajó de los quince puntos. El peso electoral de este dato tiene que entenderse en el contexto de un país donde nadie piensa en dólares ni se sabe de memoria a cuánto cotiza y cotizaba, pero donde la gente sí habla de “os juros”, los intereses que te cobra la tarjeta. En agosto de 2020, la tasa estaba en dos por ciento, en junio del año pasado ya estaba en quince.

Esto crea una nostalgia trucha del bolsonarismo, “cuando estas cosas no pasaban”, pero también está teniendo efectos en la economía real. El enorme grupo comercial Pao de Azucar pidió un proceso de Recuperación Extra Judicial de su deuda, que ya no podía pagar. La REJ es un paso previo a la quiebra preventiva, que involucra mediadores pero no jueces. Justo después del gigante comercial, pidió una REJ la Raízen, la mayor empresa de biocombustibles del Brasil, que debe diez mil millones de dólares. 

Dos datos: la tasa brasileña es la mitad que la argentina. Y el PT anda hablando de domesticar por ley el Banco Central.

El tema, entonces, es cómo ponerle un billete en el bolsillo al pobre, la especialidad y corazón del lulismo, y domar la economía financiera, mañera ella. El PT al menos tiene equipo e ideas para hacerlo, la derecha bolsonarista guardia silencio y los partiditos del Centrao, como llaman por allá al arco moderado, no tienen nada que decir. De hecho, ruedan de crisis en crisis, la última que su gran esperanza electoral, el gobernador de Paraná Ratinho Junior, se acaba de bajar de la candidatura presidencial. Ratinho quería dejar bien atado el paquete en su estado con la candidatura de su secretario de Gobierno Guto Silva, número puesto. Pero ahí apareció Flavio Bolsonaro abrazando como candidato a Sergio Moro, el juez truchísimo del caso Lava Jato, adorado por la derecha por haber puesto preso a Lula. Ratinho decidió presentarse de nuevo a gobernador.

Con lo que el Centrao, pobre, se quedó con las mucho más débiles posibilidades del gobernador de Goiás Ronaldo Caiado o el gaúcho Eduardo Leite

Guerra sucia

A falta de ideas, siempre se puede partir al insulto y la calumnia, cosa bien sabida por los organizadores de campañas. El bolsonarismo expresa lo que entre nosotros llamamos “que se vayan todos”, esa fantasía de que el sistema está podrido y la solución es alguien de afuera, eso que nos ensartó con Javier Milei. Igual que aquí, esa pulsión crea un ellos y nosotros muy conveniente para polarizar: Bolsonaro habla de la gente “decente”, Milei de los argentinos “de bien”. El corolario es que todo político opuesto al proyecto de la derecha es metafísicamente corrupto.

Y aquí entra en la campaña Daniel Vorcaro, que no es corrupto sino un bandido y un corruptor. Vorcaro creó un banco, el Master, que subió y cayó como una cañita voladora, después de engordar con depósitos de municipios, gobiernos estaduales y hasta la administración federal de fondos de pensión. Vorcaro hasta tenía un batallón de hackers y trolls, además de un grupo de tareas armado, cuyo jefe casualmente se “suicidó” en prisión.

Preso y bien preso, el ex banquero ahora le ofreció a su juez ser un “delator premiado”, el muy explícito nombre que usan en Brasil -es una figura legal, formal- para el que bate a los demás a cambio de su libertad o una reducción de penas. Pero Vorcaro dejó filtrar que tiene condiciones, que va a hablar de lo que le conviene y no tanto de lo que no. Una, es que no va a delatar a nadie del Poder Judicial, aunque ya se sabe que la mujer del Supremo Alexandre de Moraes era una de sus abogadas, y muy pero muy bien paga. Otra oferta es ensuciar al PT y a Lula, revelando sus “conexiones con el poder”.

Que haya ofrecido eso es creíble, porque el banquero/bandido es un conocido manipulador. Cuando su banco empezó a hacer agua, coimeó elegantemente a un mínimo de dos funcionarios importantes del Banco Central. No alcanzó, con lo que activó contactos para encontrarse con Guido Mantega, un “consigliere” de Lula, para tener una reunión con el presidente. Nunca ocurrió. Finalmente, activó a su batallón de trolls para intimidar al Banco Central, pero terminó preso.

En el Planalto observan este chantaje de cerca, preparando desmentidas, pero en el Congreso los bloques de derecha están en modo de emergencia. Es que los que hicieron depósitos y recibieron favores de Vorcaro son casi todos derechistas conocidos, que se exhibieron con el exitoso empresario. Ahora, sus asesores preparan carpetas y memos explicando que la relación de los políticos con el Banco Master era limpia. Buena suerte con eso, pero en un año electoral todo vale. 

El verdadero peligro es, en profundidad, que todo esto lo controla un juez y el Poder Judicial juega su juego, ahora y siempre.

Otra mugre importante viene de afuera, de una interna en Washington. La enorme pulsión de Donald Trump de ser el segundo Teddy Roosevelt ya es conocida, y el “patio trasero” le resulta infantilmente indispensable. Brasil es, por supuesto, la mayor pieza del patio, con lo que su control es importante para el Presidente Naranja. La interna es entre los pragmáticos y los ideológicos, capitaneados por el canciller Marco Rubio, hijo de gusanos cubanos y apasionado contra todo lo que huela a rojillos. Rubio es un anticomunista que sigue en guerra, como esos japoneses que aparecían en islas perdidas décadas después de Hiroshima.

El episodio más reciente fue el de un obscuro asesor de la Casa Blanca en asuntos brasileños, un tal Darren Beattie, que a fines de febrero pidió una visa para visitar el país con pasaporte diplomático y tener reuniones con funcionarios federales. La visa le fue entregada sin problema por el consulado en Washington el 6 de marzo, y al día siguiente Beattie, que es bloguero como su presidente, anunciaba que iba a Brasil a visitar al “mártir” Jair Bolsonaro, encarcelado en la Papudinha de Brasilia.

Ahí revisó el tema Itamaraty, la diplomacia brasileña, y encontró que Beattie no había pedido ninguna reunión con nadie del gobierno, y que ni en sus blogs hablaba de otra cosa que no fuera Bolsonaro. El gobierno consideró que el asesor había mentido en su solicitud de visa y se la canceló el 13 de marzo. Hasta se aclaró que visitar a un preso no es delito en Brasil, pero sí andar inventado reuniones oficiales en un documento legal como es una visa.

Para no provocar a Rubio, el episodio se mantuvo en secreto, pero los secretos últimamente duran apenas días…

De paso, Beattie conoce a Eduardo Bolsonaro, el hermano menor de Jair que hizo lobby para que Estados Unidos sancionara a su país con tarifas de importación. Beattie se dedicó a bloguear que a Jair le habían hecho fraude electoral, igual que a Trump.

Más grave y constante es la intención de Washington de declarar como organizaciones terroristas a las dos principales bandas de narcos de Brasil. Rubio insiste con que el Comando Vermelho y el Primeiro Comando da Capital, mafias de la pesada más pesada, son narco-terroristas, etiqueta conveniente y a la moda. El verdadero peligro es que los delincuentes son de la esfera policial, pero los terroristas son de la militar, y Estados Unidos hace rato que no tiene problema en bombardear otros países para combatir gentes que ellos declararon terroristas. El bolsonarismo aplaude la idea, cosa de mostrarse como Mileis brasileños, y hasta presentaron un proyecto para que el Congreso declare a las bandas como elementos terroristas.

El 16 de marzo, Washington envió otro mensaje en la persona del presidente de Bolivia Rodrigo Paz, un derechista que no sabe qué hacer para congraciarse con Trump. Paz visitó Brasilia y a la salida de su reunión con Lula, en la puerta misma del Palacio del Planalto, largó que las bandas sí son terroristas y que Brasil “exporta violencia”. La guarangada cayó fatal, pero el análisis sigue abierto: ¿fue expresión de una posición tomada por EEUU? ¿un intento de Rubio de retomar la iniciativa en su interna? ¿o un palo de Paz en plan chupamedias?

Dignidad

Lula dio otro ejemplo de estatura política. Fue en Bogotá, donde asistió a la reunión de la Celac-Africa y salió el tema de las tierras raras, el nuevo intento de saqueo neocolonial. Lula explicó que “todos aquí fuimos colonia, pero conquistamos nuestras soberanías y no podemos volver a ser exportadores de materias primas. No podemos permitir que alguien se entrometa y vulnere nuestra integridad territorial”.

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