¿Y ahora qué?

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Éste no es un plan de estabilización

Si el dólar se disparase, significaría un nuevo retroceso en el poder de compra de la población. Y los indicadores de actividad económica ya acusan la merma. El corazón del mecanismo que promueve la entrada de capitales de corto plazo sigue funcionando. El Gobierno sigue expuesto a los riesgos de una corrida y en este esquema se ve obligado a acumular reservas para enfrentarla. Por lo que no destina los dólares a apuntalar la actividad económica.

Cuando se acercaba la elección del 26 de octubre de 2025, el tipo de cambio oficial mayorista, que se había alzado progresivamente desde que se inauguró el sistema de bandas en abril, llegó a ubicarse en torno a los 1.485 pesos por dólar. Asistencia de Scott Bessent mediante, el Gobierno logró contenerlo. Posteriormente, la divisa se aquietó, y desde el inicio del año fluctúa entre los 1.390 y los 1.400 pesos por dólar.

Aun con este aquietamiento, el índice de precios al consumidor siguió acelerándose, alcanzando una variación mensual del 2,9 por ciento en los dos primeros meses del año. Pero el índice de precios internos mayorista, relacionado con costos de producción y reposición, comenzó el año con un aumento del 1,7 por ciento en enero y del 1 por ciento en febrero, en gran parte por la tracción a la baja de los bienes importados.

Se puede vislumbrar la importancia que tiene la contención cambiaria para la administración encabezada por Javier Milei. Si el dólar se disparase, significaría un nuevo retroceso en el poder de compra de la población. Y ya los indicadores económicos acusan la merma, con caídas de la producción industrial y las ventas cada vez más marcadas, un crecimiento menguante del PIB, e indicios de que, paulatinamente, se eleva la desocupación. 

Es un desenlace plausible frente a la continuidad de la política económica que se inició a fines de 2023. Esencialmente, consistió en provocar una caída muy aguda de los ingresos y de la actividad económica mediante una devaluación, e impedir que luego se recomponga. 

La estabilidad cambiaria posterior fue el mecanismo que permitía una “normalización”, sin que se recuperaran los niveles de actividad previos. Y el Gobierno tampoco supo resguardarla. Contrariamente a lo que a veces se afirma por abuso de lenguaje, nunca se puso en práctica un plan de estabilización, y eso es lo que impide, valga la redundancia, estabilizar el tipo de cambio de tal forma que una recomposición de los ingresos y de la actividad no devenga en tensiones inmediatas en el mercado cambiario.

Para hacerlo, el Gobierno debería haber eliminado las restricciones a las compras de divisas y elevado las tasas de interés por encima de las variaciones de precios desde un principio, sin recurrir a la bicicleta financiera como mecanismo de contención. 

Por el contrario, optó por intervenir sobre el dólar financiero manteniendo el esquema cambiario restrictivo, con licitaciones de títulos públicos recurrentes con tasas de interés que daban rendimientos positivos en dólares, pero por debajo del movimiento interno de los precios. Una invitación a la timba de corto plazo.

Así se le agotaron rápido las reservas que acumuló con la recesión, intentando frenar el dólar financiero en un esquema que incentivaba la compra. Por eso tuvo que recurrir al FMI e inaugurar las famosas bandas, que en la práctica le impidieron mantener el control sobre el mercado cambiario. Entre tanto, el Banco Central nunca acumuló reservas de manera persistente hasta principios de este año, una vez pasada la tormenta electoral.

Eso comenzó a ocurrir ahora. Entre enero y finales de marzo, se compraron 3.929 millones de dólares. No obstante, el stock de reservas, que en diciembre del año pasado se encontraba en 41 millones de dólares y comenzó el año en 44, cayó a 43 millones, luego de haber llegado a 46 durante febrero. Es decir que la acumulación no es tan persistente.

Cabe preguntarse cuáles son los límites de la estabilidad cambiaria, si los tuviese. De momento, uno aparece con claridad. La facilidad para comprar dólares sin que se exacerben tensiones en el mercado cambiario es explicada por la debacle de la economía, que repercute en un menor flujo de importaciones. 

Al cierre de esta nota no se conocen datos del mercado cambiario que permitan dar cuenta de los flujos netos por cobros de exportaciones y pagos de importaciones, pero el INDEC informó que, en los primeros dos meses del año, hubo una disminución del valor de las importaciones del 11,8 por ciento contra 2024. Y las exportaciones aumentaron 9,6 puntos.

También continúan las licitaciones de títulos públicos, nominados en dólares y en pesos. Los títulos en dólares tienen tasas anuales cercanas al 6 por ciento, y vencen en plazos largos. Pero, por ejemplo, las tasas mensuales de las letras del tesoro rondan el 2,5 por ciento. Frente al IPC, no es muy elevada. El corazón del mecanismo que promueve la entrada de capitales de corto plazo sigue funcionando. La tasa solamente es atractiva mientras el tipo de cambio permanezca sin movimientos.

Este conjunto de factores da lugar a un riesgo. Una vez que se termine la etapa fuerte de la liquidación de exportaciones provenientes del agro, usualmente en la primera mitad del año, los ingresos de divisas para el Gobierno se reducen. Y su posición es más frágil. Es decir que sigue expuesto a los riesgos de una corrida, y hasta tanto, se ve obligado a acumular reservas para enfrentarla. Por lo que no puede destinarlas a apuntalar la actividad económica.

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