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Trabajar más y ganar menos

En los últimos meses el cierre de empresas, comercios y el deterioro económico acaparó todas las miradas. ¿Cómo se impacta en el desempleo? Y además, asunto poco analizado, ¿cómo impacta en el tipo de empleo?

El colapso de empresas y comercios hace que las estadísticas laborales adquieran especial interés habida cuenta que son un termómetro de cómo la sociedad sobrevive este proceso. 

Días pasados se conocieron las cifras del desempleo del último trimestre del 2025, relevadas en plena contienda electoral y en medio de un terremoto productivo. Esas cifras pueden confundir al lector desprevenido, ya que la lógica indicaría la existencia de valores explosivos. Sin embargo la realidad es otra. Y eso se debe a que debemos tener en cuenta que el mapa laboral ya no se explica con una sola variable. 

No alcanza con mirar el desempleo tradicional porque el problema no es solo cuántos quedan afuera del sistema -que lo es-, sino cuántos logran entrar… y en qué condiciones se encuentran. 

Muchas veces se mira solo la desocupación. Pero hoy eso ya no alcanza para entender el problema. ¿Qué muestran los datos cuando uno mira más allá?

Muestran una escena incómoda: el trabajo no colapsa, pero tampoco crece. Se transforma. Y en esa transformación, pierde densidad, estabilidad y calidad. Así el ajuste no siempre entra primero por el desempleo abierto. A veces entra por una vía más silenciosa: trabajar más para ganar menos, o directamente tener trabajo y seguir buscando otra ocupación.

A fines de 2023, la desocupación nacional era del 5,7%.
Un año después, en el cierre de 2024, había subido al 6,4%. Y en el cuarto trimestre de 2025, trepó al 7,5%. En apenas dos años, el desempleo aumentó 1,8 puntos porcentuales. Son 274.000 nuevos desempleados en los aglomerados urbanos. Cifra a la que habría que sumarle los desempleados de las pequeñas localidades del país.    

Pero el problema no se queda ahí. Porque mientras la tasa de actividad se mantuvo prácticamente estable, la tasa de empleo empezó a retroceder: pasó de 45,8% a 45,7% y luego a 45%. Traducido: la gente siguió pateando la calle pero el mercado cada vez demandó menos. Ahí aparece el verdadero corazón del problema. Cuando una economía no genera empleo suficiente, lo que crece no es solo la desocupación. También crece la desesperación laboral. Eso se ve en un indicador que suele pasar desapercibido, pero dice mucho: los ocupados demandantes de empleo. Es decir, personas que ya tienen trabajo, pero que igual buscan otro porque el que tienen no les alcanza para vivir o no les sirve.

Ese grupo era 15,5% del total del mercado a fines de 2023. Subió a 16,6% en 2024 y se mantuvo en ese nivel en el 2025. O sea: uno de cada seis personas con trabajo normal quiere salir corriendo de su propio empleo. No porque tenga espíritu emprendedor sino porque no le alcanza para vivir. 

También se sostuvo alta la subocupación, arriba del 11%, lo que refleja otra cara de la misma crisis: personas que trabajan menos horas de las que necesitan y que buscan completar ingresos en un mercado que no ofrece demasiado. No es solo falta de trabajo. Es también trabajo insuficiente, precario o directamente inviable.

Traducido en personas de carne y hueso, la verdadera foto de la Argentina de hoy tiene a más de un millón cien mil compatriotas desempleados, más de 2,4 millones de personas ocupadas buscando otro trabajo, más de 1,6 millones de subocupados, y una estructura laboral donde cada vez más personas están adentro del mercado de trabajo, pero afuera de cualquier idea de estabilidad. Así, el desempleo tradicional del 7,5% se transforma en un 24% de trabajadores con graves problemas laborales.  ¡Todo un mercado bajo presión!

Entonces si el problema ya no es solo la falta de empleo, sino también la mala calidad del trabajo.

Aquí aparece la gran paradoja argentina: se discute inflación, dólar, reservas, superávit, riesgo país… pero en la vida cotidiana el termómetro real sigue siendo otro: si el trabajo alcanza o no alcanza para vivir. Hoy la respuesta es bastante clara: cada vez alcanza menos.

Ahí es donde se juega la verdadera discusión. Porque cuando el empleo se fragmenta, la sociedad también lo hace. La salida no pasa solo por bajar un índice. Sería un error plantear sólo ese objetivo. Debe reconstruirse un mercado laboral que vuelva a ofrecer algo más que supervivencia. Eso exige al menos tres cosas: facilitar la contratación formal en pymes y sectores críticos sin recortar derechos, recomponer ingresos para que la actividad vuelva a moverse e invertir en capacitación. Y mucho. Porque el drama argentino ya no es únicamente que falte trabajo. Es que, incluso cuando aparece, éste no alcance. El país no necesita una reforma para que sea más fácil trabajar peor. Necesita una economía que vuelva a hacer del trabajo una forma de vivir, no apenas de aguantar. Si el único plan laboral consiste en aceptar empleos más débiles, más baratos e inseguros, entonces no estamos saliendo de la crisis: estamos administrando su degradación.

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