¿Y ahora qué?

Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

El maestro de la negociación no sabe qué negociar

Donald Trump le manda un ultimátum a Irán, los ayatolas le piden reparaciones y disculpas. Siguen llegando tropas al Golfo y no queda en claro quién negocia por quién.

La teoría es simple: Donald Trump es el maestro de la negociación, alguien que le vendería hielo a los esquimales y arena a los beduinos. Trump es además de Nueva York, nacido y criado, tierra de guapos y mafiosos, con lo que si no comprÁs hielo o arena te hace una de esas propuestas que no podés rechazar. Por algo es multimillonario, dice la teoría. Por algo es presidente.

Pero esta teoría de la negociación se parece demasiado a la teoría del chantaje, donde firmar un papel cuando te apuntan con un arma no es válido, como cualquier abogado te explica. Cuba tiene que cambiar de gobierno, porque si no se apagan las luces. Venezuela tiene que portarse bien, o vienen los comandos y te secuestran. Es la escena vista en tantas películas, la del pibe que tiene que entregar el almuerzo -o los caramelos, o las bolitas- en el patio del colegio, o los grandotes lo fajan.

El tema con Trump es que frena en seco cuando le hacen frente. La Unión Europea, Brasil, Canadá, son ejemplos. Groenlandia sigue siendo danesa, y eso que Dinamarca es diminuta. Y después está Irán, supuestamente demolido pero todavía haciendo fuego.

El Presidente Naranja se metió en una guerra que pensaba ganar en días. Todo el tema estaba predicado en una rendición de los ayatolás, que en 47 años en el poder tuvieron tiempo de construir una teocracia militarizada, con varios focos de poder -Consejo Supremo, ejército, Guardia Revolucionaria, milicia popular- que no tienen ganas de ceder sus privilegios. Es bastante típico que el país entero la pase mal, no tenga un mango, sufra devaluaciones monstruosos e inflación, pero las estructuras del poder real sigan ahí. Este verano, invierno por allá, las estructuras mataron a miles de personas en las calles, por el pecado de protestar contra el sacro gobierno.

En esa se metió Trump, cuya ignorancia de asuntos militares parece ser absoluta. Estados Unidos tiene un poder militar simplemente nunca visto. Sus flotas son inmensas, sus aviones de combate oscurecen el cielo, su tecnología es insuperada, y hasta tiene algunos regimientos, no tantos, que son de primera. Pero hay leyes físicas que se siguen cumpliendo: las flotas proyectan tu poder a distancia, tus escuadras aéreas hacen llover fuego y destrucción, pero sólo la infantería puede tomar y controlar territorios. Siempre fue así, y sigue siendo así.

El problema para Trump es que prometió que nunca más iba a invadir otros países, que iba a sacar a sus votantes de las “guerras eternas” por las que culpaba a los demócratas y a los republicanos blandos. Esto es un argumento resonante en un país que todo el tiempo te pide a tus hijos para que vayan a combatir en lugares de los que nunca escucharon hablar, por objetivos que no te van ni te vienen. No son los ricos y famosos los que ponen los hijos, son los pobres y los laburantes. Cuando alguien se pregunte por qué esas clases sociales son trumpistas y votan contra sus propios intereses, es relevante recordar esto.

Pero ya hay norteamericanos muertos en el Golfo Pérsico, la guerra está costando un dineral brutal y el costo ya se nota en el surtidor, que es la tablita del dólar de EEUU. En la base del presidente, los MAGA, ya se instaló la idea de que el premier israelí Benjamín Netanyahu llevó a Trump de la nariz a una guerra que no era suya. Y, lo peor, otra vez se siente ese frío en la espalda que indica que nadie sabe cómo terminar con el tema.

Trump se volvió a parar en la teoría del gran negociador y le hizo a lo que queda del gobierno iraní una propuesta que no podían rechazar: o abren el Estrecho de Ormuz, o les apago la luz bombardeando todas sus centrales eléctricas. Tienen 48 horas. Se entiende que el norteamericano quiera esto, porque con un par de misiles los ayatolas paralizaron el canal por el que pasa la quinta parte del petróleo mundial. No es que los afecte directamente, que en EEUU no importan de esos rumbos, pero el precio internacional saltó y eso sí llegó al surtidor local.

Pero el apriete tiene dos problemas conceptuales. Uno es definir qué es abrir el Estrecho. ¿Una promesa de no bombardear? El otro es que demoler la infraestructura eléctrica de un país es un delito bajo la ley internacional, como si uno hiciera una campaña de bombardeo contra las escuelas o los hospitales.

Como era de esperar, en Teherán despreciaron la propuesta. Inmediatamente, Trump estiró el plazo, y este martes lo volvió a estirar hasta el 6 de abril. Washington dijo que estaba negociando con el enemigo, el enemigo lo negó, los rumores y versiones hicieron zumbar los oídos del mundo, la bolsa de Wall Street volvió a caer, el petróleo volvió a subir. Al final, se supo que Pakistán le hizo llegar a los iraníes un documento con quince puntos para terminar la guerra.

La propuesta, se supo, es que Teherán se rinda casi incondicionalmente, que se olvide de tener un programa nuclear, que se olvide de tener misiles, que no financie más grupos militantes, que entregue el uranio que ya tiene, que no vuelva a poner su bandera ni en una lanchita armada. Ni una palabra de aflojar la dictadura, que ya no hay tiempo para eso. Los iraníes respondieron con un paper de cinco puntos, que aceptaba que los norteamericanos y los israelíes se retiraran, y exigía reparaciones por “una guerra injusta e ilegal”.

La negociación, por así llamarla, sufre de un problema endémico en el gobierno MAGA, que no queda en claro quién la conduce. Por un lado, está el inmobiliario y amigote presidencial Steve Witkoff, siempre en tándem con el yerno Jared Kushner, también inmobiliario. El dúo ya fracasó en la última negociación con Irán antes de que empezaran los ataques. Witkoff explicó que su idea es mostrarle a los iraníes de que “este es un punto de inflección y no hay alternativas buenas para ellos, sólo muerte y destrucción”. En castellano, apretarlos hasta que se rindan.

Para mayor confusión, esta semana Trump agregó a su vice JD Vance y a su canciller Marco Rubio al equipo. Esto tiene sus matices, porque el vice es un conocido crítico de estas aventuras militares, mientras que el canciller -cubano americano, hijo de gusanos obsesionados con los Castro- es un halcón feliz de usar el Gran Garrote. Lo que no hay en el equipo, ni en los bordes del equipo, son diplomáticos profesionales. El estilo improvisado de Trump, que se considera un genio del tema y no tiene paciencia para las vueltas de una negociación entre países, hace que al equipo le falte gente con experiencia, idiomas, contactos. Esto pasa cuando la lealtad al mandamás es el único valor cotizable: no queda nadie que te pare cuando estás por pisar el charco.

Mientras, esta oscuridad está fastidiando hasta a la derecha. La senadora Lisa Murkowski, republicana del muy conservador estado de Alaska, formó un grupo de colegas para presentar una ley que fuerce al Congreso a votar una autorización de guerra. Esto es básico, ya que la constitución norteamericana le reserva al Legislativo el poder de declarar guerras que el Ejecutivo va a conducir. Hace rato que esto está gastado y quemado, porque basta decir que uno está “en operaciones”, en una “incursión policial” o cualquier eufemismo que no contenga la palabra guerra. Y este Congreso le tiene terror a Trump.

El presidente está aprovechando el impasse para apilar tropas en la región, incluyendo algunos de sus mejores regimientos, de esos que sí pueden combatir.

Líbano

Mientras todos miramos a Ormuz, Netanyahu está demoliendo el Líbano. La capital, Beirut, está siendo bombardeada sistemáticamente y sus tropas otra vez están tomando el sur buscando a Hezbolá. Ya hay un millón de refugiados, de los cuales cien mil viven en carpas. Lo que quedaba de la muy maltratada economía libanesa se evaporó.

Festejo

En julio, Estados Unidos cumple 250 años, para variar en guerra. Trump lo va a festejar con una novedad: los billetes que se emitan este año van a llevar su firma. Esto nunca ocurrió, ya que los billetes siempre llevan la firma del ministro de economía, por allá titulado Secretario del Tesoro. En una ceremonia en el ahora tan dorado Despacho Oval, Trump puso su florida firma en una hoja que será usada como stencil.

Esclavitud

Ghana es la primera nación independiente del Africa subsahariana, lo que le da un lugar simbólico sólo comparable al de Etiopía, que nunca fue colonia. El país suele hacer propuestas muy por encima de su tamaña o su peso geopolítico, y esta semana las Naciones Unidas le sancionó una trascendental. A partir de ahora, el tráfico de esclavos que costó once millones de libertades y vidas, es “el más grave crimen contra la humanidad” de la historia.

El voto fue de 123 a favor, 52 abstenciones, tres en contra. Los viejos traficantes de esclavos europeos se abstuvieron. Estados Unidos votó en contra, junto a sus satélites Israel y Argentina.

Que los europeos se abstengan hasta es un momento de hipocresía entendible. Portugal inventó la esclavitud moderna, Inglaterra se enriqueció con el tráfico, España fue un gran cliente y los bancos de media Europa los financiaron. Si se mira la historia complete, no queda nadie con los fundillos limpios. Los europeos se niegan a tocar el tema, o a votarlo, para no abrir la puerta al pago de reparaciones por las fortunas ganadas con el sufrimiento africano.

Estados Unidos está en la misma. ¿Y Argentina?

Samuel Okudzeto Ablakwa, el canciller de Ghana, aclaró que absolutamente Africa espera compensaciones económicas. Para empezar, que le devuelvan las miles de obras de arte que le saquearon durante el colonialismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *