La guerra en Irán no es el punto de partida: es una consecuencia. El detonante es la decisión de Washington de quemar el orden que construyó. EE.UU. es el dragón que duerme bajo una pila de oro, incinera a todo el que se le acerca y sale a saquear toda montaña que compita con la suya. Atenta contra la propia pax americana posterior al derrumbe de la Unión Soviética.
La viñeta que ilustra esta nota lo dice todo: Donald Trump recostado en el diván de un psicoanalista. El terapeuta, con bloc en mano, le pregunta: «¿Y dices que esos negociadores iraníes están aquí ahora mismo?» Es el paciente que ve lo que no existe. Pero el chiste supone un problema: ese paciente gobierna la potencia más poderosa del mundo.
En la era Trump, la narrativa no necesita ser verdad para mover mercados, desplazar aliados ni reconfigurar el orden mundial. El multilateralismo no está siendo destruido con tratados rotos ni con ejércitos en marcha. Está siendo desmantelado, anuncio tras anuncio, con la misma imprevisibilidad con la que se escriben posts sobre posts.
El desajuste global desatado con el ataque de EEUU e Israel, bajo los auspicios de Arabia Saudita, a Irán no surge de la nada: es la extensión lógica del patrón de fuerza unilateral de Trump. El analista Phillips Payson O’Brien explica en War and Power (2025) que los intentos de cambio de régimen de EE.UU. en Irak y Afganistán mostraron el mismo patrón: objetivos fluctuantes (desde neutralizar la amenaza militar al cambio de régimen total), sobreconfianza en las capacidades propias y subestimación del adversario.
El torpe afán por apropiarse de ciertos puntos centrales del comercio mundial es anterior incluso a la ofensiva sobre la República Islámica. Pero desde que asumió Trump 2.0 ha sido explícito en que su interés está puesto en los lugares que importan. Arrancó por el Canal de Panamá -que moviliza el 6% de todo el comercio mundial –y logró que su presidente títere cancelara los contratos de las operadoras chinas. Luego la mira del flamante presidente se fijó en Groenlandia, clave para el control de las rutas de acceso al ártico. El bloqueo iraní del estrecho de Ormuz y la balas que empieza a entrar en Israel y, sobre todo en Qatar, monarquía de larga y furtiva influencia en la política y economía argentina, es una consecuencia, aparentemente, mal sopesada por la bravuconada MAGA.
Más aún cuando los hutíes yemenitas, aliados de Irán, estarían en condiciones de agravar aún más el impacto global del cierre de Ormuz, volviendo a la carga sobre el tránsito marítimo estratégico por el Canal de Suez.
Shock energético
No todo es petróleo en tablero inclinado de Trump. La propagación de la entropía es escalonada. En pocos días suben los precios de nafta; en semanas, los precios del gas industrial (en Europa ya se duplicaron) comprimen los márgenes empresariales; en meses, los efectos de segunda ronda se trasladan a salarios y precios generales. El BCE bajó su proyección de crecimiento al 0,9% para 2026, con inflación potencial del 4,4% en escenarios adversos.
Los iraníes advirtieron que están preparados para una larga “guerra híbrida”. Pues esta sería la primera vez en la historia que la economía, las finanzas y el comercio globales son instrumentados como armas.
A su vez la concentración de poder en manos de megacorporaciones degrada la democracia, el orden basado en reglas del Derecho Internacional y la tan aclamada accountability que viene de la mano del apoyo popular. Las corporaciones más exitosas se han vuelto tan o más poderosas que los Estados, destronando su protagonismo soberano de los conflictos armados, el procesamiento de la información y la comunicación estratégica.
La guerra en Irán es un indicador de que nada volverá a ser como era. Los radares, drones, computadoras y satélites privados guían el movimiento de tropas en Ucrania, en Gaz ay en Irán. Y la IA que usan los niños para (no) hacer la tarea se aplica a la vez para apuntar armas “no tripuladas”. El rol de Palantir en estos escenarios de automatización de masacres y la negativa de Anthropic para prestarse a desarrollar procesos de extermino robotizados, son síntoma de la nueva situación.
Las BigTech obtienen ganancias inmensas por ambos tipos de usos, civil y militar. Tener una de estas compañías en casa, Washington, Moscú, Beijing o Teherán, hace que -para los que creen que no debe haber “reglas de empeñamiento ni ley en la guerra- regularlas sea un tiro en el pie. La guerra comercial o tecnológica es una extensión (¿o comienzo?) del conflicto bélico “híbrido”.
Por caso Starlink, de Elon Musk, desde hace tiempo el hombre más rico de la tierra, no es solo un servicio de conectividad: es infraestructura estratégica. Con 9.357 satélites en órbita a fines de 2025 y activo en 160 mercados, no tiene par cercano (Eutelsat OneWeb opera unos 650 satélites; Amazon Kuiper, menos de 200). Lo que lo hace políticamente explosivo no es su alcance sino su modelo de gobernanza: una empresa privada decide quién se conecta, dónde, en qué condiciones. En Ucrania: las terminales se volvieron condición operativa de la resistencia a la invasión rusa. En 2022, Musk decidió personalmente no activar la cobertura cerca de Crimea para impedir un ataque naval ucraniano — una decisión soberana tomada por un CEO no electo.
En Irán: tras el inicio de las protestas en enero, el régimen de los ayatolás redujo la conectividad nacional a un 1% – 4% de lo normal. Otro tanto ocurrió cuando comenzaron los ataques de EEUU e Israel a fin de febrero. Decenas de miles de terminales de contrabando permitieron que las imágenes de la represión llegaran al mundo. La administración habría Trump movido clandestinamente unos 6.000 kits adicionales al país, tratando los terminales como instrumentos de política exterior.
También ocurre en el Sahel: con grupos como JNIM e Islamic State West Africa Province que construyeron cadenas de suministro ilícitas para terminales Starlink desde Libia y Nigeria hacia Mali, Níger y otras zonas de conflicto.
La infraestructura satelital comercial ha pasado a ser una dependencia estratégica en Occidente.
¿Qué se antepone al proyecto del binomio israelí-norteamericano? Poco. Es cuestión de contar piedras en su camino. Piedras que pueden ser fácilmente destruidas con misiles. En estos últimos días parecen revelar su próxima desaventura: Turquía.
El incremento del precio del gas y el petróleo a causa de la guerra tiene, por ahora ganadores. Además de las multinacionales petroleras, ExxonMobil a la cabeza, los países señalados como impulsores del caos, EEUU y Rusia, se llevan la parte del león (Noruega en segundo lugar, e Irán, que controla Ormuz y deja pasar sólo a los circunstanciales aliados)
El 50% del petróleo chino pasa por Ormuz. Pero China no ha mostrado interés en jugar en este escenario. Observa. Observa activamente con su buque espía Liaowang 1, el más moderno del mundo. Y aprende mientras espera, con la idea fija de recuperar Taiwán, que EE. UU. agote sus reservas de misiles de largo alcance en el auxilio a su principal aliado Israel. En una guerra corta EE.UU. tiene ventaja tecnológica; en una guerra larga, China tiene ventaja logística y de atrición. La destreza de combate da ventaja a EE.UU., pero esa ventaja se reduce si el conflicto se prolonga más de un mes. Estados Unidos no tiene suficientes misiles, fábricas ni mucho menos tolerancia política.
La expansión imperial estadounidense incomoda a todo el mundo. Empuja todavía más a que cada uno se valga por sí mismo. Si EE.UU. permanece atascado en Medio Oriente, se distrae del pivot hacia Asia — beneficio estratégico pese al costo económico. En el oriente, India tiene que elegir un lado. Históricamente apoya a Israel, incluso Modi visitó Israel el febrero pasado. Declaró el total apoyo indio a la nación judía desde el seno del Knesset. 10 millones de trabajadores indios en el Golfo envían 50.000 millones de dólares anuales en remesas. El 60% del GNL importado proviene del Golfo (90% de Qatar). La crisis generó racionamiento de gas, largas filas para garrafas y cierres temporales de restaurantes y pymes. Con cinco elecciones estaduales en abril de 2026, el gobierno capó los precios de la nafta, aunque es fiscalmente insostenible. India guardó silencio tras el hundimiento de una fragata iraní que regresaba de un ejercicio en India por un submarino estadounidense en el Océano Índico. Su presidencia del BRICS no produjo una posición común hasta ahora. Pakistan, su antagonista más próximo, se posicionó como mediador proactivo mientras India quedó paralizada.
La Yihad Islámica Palestina era un proyecto iraní. Hamás, sin recursos iraníes, verá fortalecida a su facción pro-Qatar/Turquía por sobre la facción pro-Irán. Ni Qatar ni Turquía están en el negocio de liberar toda Palestina. Consecuencia: sin Hamás ni YIP como obstáculos activos, la derecha israelí avanzará en la anexión de Cisjordania y el sur del Líbano. La Autoridad Nacional Palestina es demasiado débil para desafiar a Israel. Trump puede tener palanca a corto plazo sobre Netanyahu, pero probablemente no logre detener la anexión permanentemente. Y, si finalmente el régimen iraní cae, habrá que tener en cuenta que Arabia Saudita ya no necesita a Israel como contrapeso ante Irán. Riad no querrá quedar asociado con Israel, que no puede protegerla de represalias en Dammam. Probablemente se volverá sobre Rusia y China con ambición de dotarse del arma nuclear. Más desorden en desorden.
Desde más lejos, los aliados noratlánticos de los Estados Unidos miran con incomodidad. Una Europa dividida presenta diferentes grados de resistencia al belicoso gigante del norte. España fue pionera en su negativa a involucrarse en la guerra. Pedro Sánchez va tan lejos como negar el uso de las bases españolas para la operación Furia Épica. En la otra esquina Alemania y Reino Unido miran con mejores ojos. Ambos firmaron una declaración conjunta afirmando su predisposición para liberar el estrecho. Pero ni siquiera el genuflexo Keir Starmer ha querido sumarse a la guerra. Y sus militares dicen que no están en condiciones de operar en Ormuz. Mientras, el presidente de Francia Emmanuel Macron, hace equilibrios (bah, se desequilibra) yendo y viniendo con su portaaviones Charles de Gaulle, mientras afirma que no va a participar de operaciones bélicas. Sumado a eso, los germanos aumentan el presupuesto para la defensa de 86mil millones de euros a un total de 129mil millones.
En simultáneo la UE busca mayor autonomía comercial para resguardarse de la inestabilidad generalizada. Nuevos socios como el Mercosur, India e Indonesia. Todos buscan no depender de lo que resulte del experimento tarifario y bélico de Washington.
¿Qué pasa en Latinoamérica? La región se ve enfrentada al aumento de los precios del combustible, uno de los factores principales en la formación de precios de casi todas las categorías de consumo. La nafta es clave para todo lo relacionado a cadenas de logística. Otra vez sopa…
Hablando de Argentina, ¿zafamos? No, hay una suba de hasta 8% del combustible en estos últimos días. Indudablemente afectará el cálculo de inflación del mes de marzo, lamentable noticia para los objetivos del gobierno nacional. Una de Arena, “el mundo busca orígenes que no estén en zonas de conflicto (ni tengan hipótesis de conflicto), que sean poseedores de reservas significativas y que no sean dependientes de pasos marítimos estratégicos.” Nuestro país cumple con las tres condiciones. Esta resultó una gran oportunidad para vender GNL a la India de Narenda Modi, presidencia pro tempore del BRICS. Con las piezas en movimiento, no hay bloque o alianza que quede estático. Hoy más que nunca, y si Estados Unidos sigue agitando el avispero, los aliados y socios duren lo que el sol en el cielo.
El orden multilateral no se fractura. Tras la caída de la URSS y hasta las guerras de Trump fue más o menos un sistema unipolar. El nuevo encuadre es más severo: las partes son mayores que la suma del todo, lo que significa que ya no existe una mesa común que fracturar. Cada polo está construyendo la suya propia. No es un mundo multipolar — la multipolaridad supone que varios polos coexisten dentro de un sistema de reglas compartidas. Lo que emergió es algo diferente: muchos actores que buscan imponer su propio orden local, sin coherencia global. India hace acuerdos de libre comercio con Europa. La UE-Mercosur, tiene su propia hoja de ruta. EE. UU. reclama Groenlandia. China construye corredores. Rusia extrae renta del caos.
El menosprecio del orden que su hegemonía misma había construido durante las últimas tres décadas deviene en el fin del orden multipolar y la adopción de uno de sálvese quien pueda. La diplomacia, alguna vez caracterizada por el protocolo y la sutileza, hoy se juega con todos los ases sobre la mesa. Se amenaza con invasión a aliados y se tranza alianzas comerciales con viejos enemigos.
Hace un mes la Argentina le vende GNL a Modi, que perdió su proveedor en el Irán bloqueado por Trump. El premier indio se abraza con Netanyahu, pero preside los BRICS. Rusia sigue su invasión de Ucrania, y China observa en casi total silencio. Cada loco con su orden.